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1986: EL AÑO QUE ENTRAMOS EN EUROPA Y EN LA JOY SHERRY

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Habíamos entrado en 1986 a carcajada limpia, que es como deberíamos entrar en todos los años que nos quedan de aquí a la eternidad. En el especial de Nochevieja, el dúo Martes y Trece bordó un sketch hilarante en el que una señora, fan de Encarna Sánchez (pronunciése “¿Encaanna?”), llamaba en directo a la radio mientras se le achicharraban en el fuego unas empanadillas. También entramos, por fin, en Europa, que acababa de aprobar un nuevo PGOU. Ya no limitábamos al norte, como toda la vida de Dios, de Isabel y de Fernando “con el mar Cantábrico y los montes Pirineos que la separan de Francia”, sino con el mar Báltico y el mar del Norte. Ahora podíamos ir la tarde de verano que quisiéramos a bañarnos allí y comprarle un cartucho de patatas congeladas a algún colega vikingo de El Papi, qué alegría de veranos tan fresquitos. Ya “semos” europeos. Nosotros y nuestros vecinos del bloque de la izquierda, los que venden toallas tiradas de precio e hicieron una revolución con claveles.

El cambio ha sido radical. En apenas unos meses hemos pasado del Y viva España de Manolo Escobar, a la novena sinfonía de Ludwig van Beethoven. Del OTAN de entrada no, al OTAN de cabeza por toda la escuadra. Del “que dice mi madre que se lo apunte en la libreta, que ya se lo pagará a final de mes”, al “¿lo quiere usted con IVA o sin IVA?”. De la chaqueta de pana socialista y obrera, al traje de Armani del liberalismo de la izquierda caviar y de la beautiful people. Todo en un plis plas, como pasamos del burro al isocarro y del isocarro a la furgoneta. Lo anunció el profeta del Antiguo Socialismo, Alfonso Guerra: a España no la va a conocer ni la madre que la parió.

Yo también he cambiado mucho, sobre todo por los bolsillos. He conseguido, después de varios intentos, mi primer trabajo estable. Un par de exámenes en condiciones me abren las puertas de la Administración como auxiliar administrativo interino en la Delegación de Educación. Con educación se va a cualquier sitio. Y con mi máquina de escribir portátil, una Lettera 40, a cualquier oposición, Dios la tenga en su gloria y en su despacho. De terminar cada día como la baldaita de la sevillana, sin poderme ni mover, cuando me contrataban esporádicamente para descargar atunes y marrajos diez y doce horas diarias en VIMFRISA, la empresa frigorífica en la que trabaja mi padre, a formar parte del proletariado de cuello blanco, oliendo a Brummel en vez de a pescado azul.

Para celebrar que ya no tengo que ir a ver al Teja al sindicato y que disfruto de una nómina (bueno de media, porque la otra media se queda en casa), me voy a finales de julio con mi amigo Pepe Vázquez a las fiestas de moros y cristianos de Villajoyosa. Allí nos espera otro amigo común, Tomás Galiana, que dejó por amor la arboleda perdida de Crevillet y ejerce de anfitrión a tiempo completo. Desde alguna otra arboleda perdida del Universo, Tomás, que pensaba que todo puede ser perdonado en este mundo menos no ser divertido, debe estar ahora brillando con la misma intensidad con la que brillaban las estrellas de la Vila en aquellas noches límpidas de verano.

Será casualidad, pero ha sido entrar en la Comunidad y las extranjeras ya nos miran por la playa de otra manera. No sé, con lujuria pero sin cachondeito. Atrás quedó el macho cañí de pelambrera en pecho, corto de talla, que le habla a las guiris por señas y gritando. El landismo ha muerto. Hemos dejado de ser la España hambrienta de mundo y carne. Bueno, mis amigos y yo no del todo, la verdad. Ya no somos tampoco la reserva espiritual de Occidente, aunque las peñas de moros y cristianos del pueblo nos acogen como si fuéramos los sobrinos preferidos de Dios y de Alá. Nos pasamos el día comiendo, bebiendo y bailando, de cara a la Meca, al camino de Santiago, a la barra del chiringuito o a donde haga falta. Al calor del amor en un bar, como Gabinete Caligari, descubrimos la absenta, una bebida alcohólica con un sabor anisado y amargo. A altas horas de la madrugada, más que moros o cristianos somos devotos de una nueva religión que tiene como líder espirituoso a Paquito El Chocolatero: la Iglesia Absentista del Séptimo Pelotazo. En las peñas, además de las marchas propias de los desfiles, suenan los éxitos del momento. Triunfa un tal Rufino, un tipo con aire de pingüino, libertino, divino y superficial, que coquetea con Luz Casal, quién pudiera. Y Alaska y Dinarama: a quién le importa lo que yo haga, a quién lo importa lo que yo diga,  hatajo de cotillas. A las cinco se cierra la barra del 33, aunque Mario no sale hasta las seis. Pero eso es en el bar de Mecano. En los nuestros, los camareros son más generosos y los chapan después de ponernos púos de horchata con churros.

Cuando volvemos a El Puerto, nos enteramos que el alcalde Rafael Gómez ha paralizado, a instancia de lo ecologistas, parte de las obras de Puerto Sherry, pues incumplen el proyecto original. Puerto Sherry se enclava en La Colorá, una playa en la que Sol se acostaba muy despacito. De buen rollo, la chirigota Los Cubatas había recomendado al que lo enclavó que se lo enclavara en el culo. Se ha inaugurado también una nueva discoteca, la Joy Sherry, que abre sus puertas el 25 de julio. Para el diario ABC, su principal decoración es la naturaleza, “magistralmente ordenada al más genuino estilo francés y versallés”. Más de 5.000 personas asisten a la fiesta de apertura, en la que cantan, más o menos, Bertín Osborne y José Manuel Soto. Un avión privado ha venido desde Madrid con más de 200 ricos y famosos: la princesa Beatriz de Orleans, Cayetano Martínez de Irujo, Paloma Segrelles, Mila Santana, Lolita Flores, Lita Trujillo, Norma Duval, Alfonso de Hohenlohe... Los jóvenes proletarios del lugar, que veníamos de bailar de lado (bailar de lado no es bailar) en un zulo con bombillas de colores llamado el Club 2000, alucinábamos cada vez que entrábamos en ese palacio que parecía sacado de El Gran Gatsby. Recuerdo alguna vuelta a casa, después de que hubiéramos fracasado otra vez en el arte de la seducción, cantando con la lengua pastosa Tristeza de amor, la serie interpretada por Alfredo Landa, que ahora ejercía de digno perdedor en lugar de perseguidor de suecas.  

Hasta donde me llega la memoria, en la segunda mitad de la década de los 80 y en los primeros 90 El Puerto vivió su década prodigiosa, su epifanía turística. En el verano de 1987 abrió sus puertas otro templo canalla de la movida coquinera: el Convento. Pero para eso todavía falta un año.  

(Diario de Cádiz, 28-08-2016)

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