Facebook Twitter Google +1     Admin

LOS OJOS SIEMPRE ABIERTOS

20180328083426-miguel.jpg

Es viernes, 27 de marzo de 1942. Josefina Manresa visita a su marido en la cárcel de Alicante. No lleva al hijo con ella, y Miguel, que presiente que no va a volver a verlo, se lo reprocha con lágrimas en los ojos: “Te lo tenías que haber traído. Te lo tenías que haber traído”. Josefina sabe también que el final está muy cerca. “Le toqué los pies y estaban fríos y con rodales negros. Tiene la ronquera de la muerte”, le dice al salir a su cuñada Elvira, la hermana de Miguel.

Sábado, 28 de marzo de 1942, víspera del Domingo de Ramos. “Sr. Jefe de Servicio: El oficial que suscribe tiene el honor de informar a Vd. que a las 5:30 horas del día hoy ha fallecido el recluso hospitalizado en este enfermería Miguel Hernández Gilabert. Significo a Vd. que el haber salido el cadáver con los ojos abiertos ha sido debido a no poder cerrárselos por medios naturales, según me manifiesta el médico auxiliar recluso”. Aprovechando la relajación en la vigilancia, algunos de sus compañeros de celda logran salvar, escondiéndolos en dos bolsas, las cartas y poemas que Miguel ha escrito en la cárcel.

Josefina vuelve a la prisión a media mañana. Cuando pone la fiambrera con la comida en la taquilla, un funcionario se la rechaza mirándola a los ojos. Ella se va sin preguntar nada. Ya lo sabe todo. A la salida, recuerda una de las últimas frases que le ha dedicado su marido: “¡Ay, Josefina, qué desgraciada eres!”.

La muerte del poeta ya es conocida por familiares y amigos, que van compareciendo en la puerta de la prisión para hacerse cargo del ataúd y llevarlo al cementerio. No está su padre. “Él se lo ha buscado”, responde a quienes se acercan a su casa a darle el pésame. Cuando el cortejo fúnebre llega al campo santo se le prohíbe quedarse a velarlo, pues es allí donde cada noche llevan a fusilar a los presos condenados a muerte. Lo entierran a la  mañana siguiente. Con los ojos abiertos, pues no pudieron cerrárselos.

“No me perdonarán nunca los señoritos que haya puesto mi poca o mi mucha inteligencia, mi poco o mi mucho corazón, desde luego a dos cosas más grandes que todos ellos juntos, al servicio del pueblo de una manera franca y noble”, dejó escrito.

No le perdonaron nunca los señoritos que fuera fiel a los vientos del pueblo, a los aceituneros altivos, a los niños yunteros. Que se alistara, como Federico y Antonio, en el bando de los perdedores de la Historia. El bando en el que militan, desde el inicio de los tiempos, los que sangran, luchan y perviven por la libertad.

28/03/2018 08:34 pepemendoza #. sin tema

Comentarios » Ir a formulario

No hay comentarios

Añadir un comentario



No será mostrado.





Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris
1959909