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DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (II)

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DÍA SEGUNDO

Ayer nos pasamos casi todo el día en el salón esperando a Pedro con nuestro mejor pijama. Que está al llegar, decían. Que ya pero todavía no. Que un poco de paciencia, por favor. ¡Pedrooooooo! Si le hubieran encargado la comparecencia a mi amigo Jesús Almendros, a las ocho de la mañana ya habríamos estado todos perfectamente informados, no solo sobre el estado de alarma, sino también sobre las mejores películas, obras de teatro y bandas sonoras con las que combatir esta inflación de tiempo libre.

El caso es que el informal de Pedro no llegaba. Yo me acordé de otros muchos incumplidores. Godot, por ejemplo, ese impresentable al que todavía están esperando los dos pobres desgraciados con los que quedó bajo un árbol hace una eternidad. También de aquel tipo que se fue un día de su casa y tuvo la mala suerte de encontrarse con Paco Lobatón en “Quién sabe dónde”. Cuando le preguntaron por qué después de más de quince años no había ni siquiera telefoneado nunca a su pobre madre para tranquilizarla, dijo que desde el mismo momento en que se fue pensó en llamarla, pero que un día con otro, un día con otro… Y, cómo no, pensé en Jesús de Nazaret, el rey del ya nos vemos si eso. Aun reconociendo que cuando vino vino de verdad, aseguró que regresaría en segunda convocatoria. “Vuelvo pronto”, escribió en el muro de Facebook de la Historia. 2020 años llevamos esperándolo. Ya le vale.

El caso es que desde que Pedro dijo que venía hasta que por fin vino, me dio tiempo hacer todo esto:

1.Comer otra vez a lo grande. Presa ibérica, no me digan que no es un acto de justicia poética la coincidencia entre el nombre del plato y la situación en la que nos encontramos.

2.Pegarme una siestón de los de pijama y orinal.

3.Leer la respuesta de mi amiga Mercedes Bravo, que sabe latín y griego, a mi pregunta sobre sí se puede salir a correr. Está totalmente prohibido, tomo nota. Correr en estos días es más de cobardes que nunca.

4.Ver como pude, porque se cortaba de vez en cuando, el concierto que Javier Ruibal nos regaló por las redes sociales desde su casa.

5.Encerrarme varias veces en el baño cada vez que intuía que mi mujer podía enarbolar su frase tipo en los tiempos de asueto: “podríamos aprovechar estos días para”. Tengo el estómago regular, puse como excusa, y luego ya dentro hacía ruidos extraños con la boca y tiraba de la cisterna compulsivamente. Las mujeres, sobre todo la mía, tienen siempre una faena en la cabeza.

6.Celebrar mi cumpleaños (gracias, muchas gracias). Nos pusimos de tarta hasta casi sufrir un ataque de hiperglucemia. Mis hijos me cantaron la nueva y desesperanzada versión del cumpleaños feliz: Cumpleaños feliz/cumpleaños feliz/a saber padre cuándo/nos permiten salir.

7.Escuchar como anunciaban que no habrá procesiones de Semana Santa. Igual Jesús este año, el primero en 21 siglos en el que no lo van a crucificar, se viene arriba (en este caso abajo) y regresa por fin, pero sin sermones ni multitudes. Ni milagros de los de tocar. Además, si no tiene perro no puede salir a anunciar la buena noticia. Creo que un equipo de psicólogos debería comunicarle también, poco a poco, que Pilatos ha pasado de villano a influencer, gracias a su experiencia en la destreza de lavarse bien las manos.

Eran más de las nueve de la noche cuando, con siete horas de retraso sobre el horario previsto, Pedro se plantó por fin en nuestro salón, igual pensando que le íbamos a decir que se quedara a cenar, con lo tiesa que está la cosa. El resumen de todo lo que dijo es que sigamos el ejemplo del probe Migue, ese español solitario y solidario que es feliz sin relacionarse con nadie. Un profeta que ya vio hace décadas lo que se nos venía encima y por eso hace mucho tiempo que no sale.

Antes de retirarnos a descansar, abrimos la ventana para aplaudir el patriotismo generoso e infatigable de los trabajadores de la sanidad pública. Benditos sean.

(14 de marzo)

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