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DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (IV)

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DÍA CUARTO

No quiero yo restar ni un ápice de entusiasmo a todas las iniciativas que surgen a través de las redes sociales para mantenernos activos y animados. Para que no se nos ponga la cara de la vieja del visillo que se nos está poniendo. Pero las vacaciones, los asuntos propios, los fines de semana, la media hora del desayuno, etc., etc., hay que respetarlos, activistas sin corazón. Que parece esto un remake de El Grand Prix.

Qué estrés, por el amor de Dios. Ya no puedo más, ya no puedo más, siempre se repite la misma historia (muy bien cantado). Así que hoy no hago ná. Repito: hoy no hago ná de ná. Bueno, saldré a la ventana a aplaudir a los héroes con bata de la sanidad pública, pero ya está. Que parece que vivo en las páginas de 1984, en la novela de Orwell y en el año en que estuve en la mili, en los dos sitios a vez, "quinto levanta tira de la manta, quinto levanta te vamo a reventá”.

Tengo el móvil bloqueado de tantas convocatorias, con la oferta de actividades actualizada al minuto. Mi amiga Fátima me acaba de reenviar el programa semanal de excursiones a la ventana . Ayer, a las 20 horas, hubo homenaje al personal de las grandes superficies, peluqueros, médicos, personal de limpieza. Hoy, salida a los balcones con las linternas del móvil encendidas como homenaje a las víctimas del corona virus. El martes hay que cantar “Sobreviviré”, versión Mónica Naranjo, en pijama (eso dice exactamente: ¿alguien sale a estas cosas trajeado?). El miércoles nueva gira para entonar el cumpleaños feliz a todos los que cumplen en marzo solos y en cuarentena. El jueves, otra vez “Resistiré”, imagino que para pasar lista y restarle puntos en el examen de la academia a los que ya estén roncos. Todo ello para hacer esta cuarentena más divertida dentro de lo que cabe, dice al final la convocatoria. ¡Virgen del amor hermoso! Si vamos a morir todos, vamos a morir un poco más tranquilos y relajaditos.

Urge pensar ya en una cuarentena adicional para los jartibles que tienen tomadas las redes. ¿Algún informático de guardia que pueda asesorarnos sobre qué se puede hacer con estos talibanes de la ONG Hiperactivos Sin Fronteras Tecnológicas? Que alguien jaqueé, siquiera un par de días, Twitter, Facebook, Instagram y Whatsapp a la vez, por favor. Que nos dejen roncar a pierna suelta en el sofá, en bragas o en calzoncillos, como hemos hecho toda la vida de Dios. Un respeto para el nutrido colectivo de holgazanes, pánfilos y demás fauna más floja que un muelle de guita del que soy socio numerario desde chico.

Si no ponemos remedio, esto se nos va de las manos. De seguir en esta dinámica, pronto algún influencer de esos nos convocará para que hagamos el amor en el balcón como homenaje a los trabajadores del sector de los anticonceptivos que llevan siglos al pie del cañón, nunca mejor dicho, y nadie se acuerda de ellos. O para que cantemos vestidos de los payasos de la tele “Pepe trae la escoba”, en reconocimiento al gremio de los trabajadores de la limpieza o al de los feriantes del tren de los escobazos, yo que sé ya. Un día de estos, ojalá me equivoque, un iluminado de una de las cientos de sectas que cree que el fin del mundo ha llegado por fin, nos pedirá que nos asomemos al balcón cantando con La Guardia “Mil calles llegan hacia ti”. Y al final ya en plena apoteosis mística autodestructiva, nos exigirán que nos tiremos directamente al asfalto para así acabar lo antes posible con este sinvivir. Vamos a terminar todos estresaos y estrozaos. Qué barbaridad.

A partir de mañana, eso si es una buena noticia, han dado lluvia, un tiempo ideal para disfrutar sosegadamente en familia de los juegos de mesa. Una manera más íntima y descansada de pasar al tiempo sin sobresaltos. Yo mataría en estos momentos por la caja de los Juegos Reunidos Geyper, la de 55, que los Reyes, menudos clasistas, nunca me trajeron. Una vez me pusieron la de 10, y va que chuta. La abrías y solo traían el parchís, la oca, el tres en raya, unos palillos grises de plástico malo que precían pizarrines y unas ratas horrorosas del mismo color con los que no jugaba nadie. Y poco más. Tampoco me trajeron nunca ni el scalextric ni la bicicleta. Ya no los quiero, y ahora mismo menos, no me vaya a multar la policía local. Aunque pensándolo bien, la bici me vendría estupendente para acudir desde mi cuarto a las próximas convocatorias en la ventana. Cuando me recupere, claro.

(16 de marzo)

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