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1976: EL VERANO QUE CREÍMOS QUE FOFÓ HABÍA MUERTO

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Para los mayores fue el primer verano sin Franco, pero para nosotros fue el verano en que se fue Fofó. El payaso más divertido nos dejaba para siempre (eso creíamos entonces) un 22 de junio, el último día de colegio antes de las vacaciones. Su hermano Gaby declaró en defensa propia y en defensa nuestra que Fofó no había muerto, que quien había fallecido era Alfonso Aragón. Pero a mí, que tenía 12 años y según mi tía Elisa era ya un muchachito, no me engañaba como a los niños chicos. De haberlo tenido cerca le hubiera cantado lleno de rabia uno de sus estribillos familiares: vaya mentira mentira mentira es. Muchos años, muchas canciones y muchas aventuras después supe que Gaby decía la verdad, que el payaso serio nunca habló más en serio. Hace falta media vida para entender cosas que suceden en un instante.

Franco no estaba, pero tampoco se había ido. El mismo viejo orejón que salió por la tele una mañana de otoño llorando su muerte, se empeñaba en que el Caudillo, como el Cid, siguiera ganando batallas después de muerto. El tipo oscuro del traje oscuro, a la sazón presidente del gobierno, tenía nombre de árbitro: Carlos Arias Navarro. Pero su apodo, el Carnicero de Málaga, como reconocimiento a su infatigable trabajo en la represión tras la guerra civil, le emparentaba más con el gremio de los boxeadores. En primavera, cinco trabajadores fueron asesinados por la policía en Vitoria y dos militantes del Partido Carlista corrieron la misma suerte en Montejurra a manos de pistoleros ultraderechistas. La entonces incipiente oposición forzó su destitución y el rey nombró a un joven guapo, desconocido e inexperto llamado Adolfo Suárez. En las radios y en las televisiones Jarcha cantaba que había libertad. Y si los más escépticos creían que todavía no la había, Martirio y sus amigos hippies aseguraban que terminaría habiéndola.

Los nuevos monarcas, Juan Carlos y Sofía, que todavía tenían un contrato en prácticas como reyes pues no llevaban ni un año en la empresa, nos habían visitado en abril, tomando los pueblos como si fueran pastillas: uno antes de cada comida. Almorzaron en Arcos, merendaron en Cádiz y cenaron en Jerez. Los portuenses fuimos agraciados con una paradita corta en la plaza de los Jazmines, delante del Corazón de Jesús. Allí fueron cumplimentados por el alcalde Manuel Martínez Alfonso, el abuelo de Heidi para los nacidos de este lado de la montaña de San Cristóbal. Entre la multitud, un anónimo poeta de la experiencia lanzó al cielo un verso desollado: “Juan Carlos, Sofía, la olla está vacía”.

En mi barriada -Maestro Francisco Dueñas Piñero en los papeles, Distrito 21 en las papelinas-, las ollas también estaban a la cuarta pregunta. Nunca vi la de los Troncoso Guisado, pero debía de ser tan grande como las que salían en las películas de caníbales. Los Troncoso Guisado, vecinos y residentes en el bloque 6, eran “los de los 18 hijos”. Ese verano eran ya también “los famosos”, pues habían ganado el Premio Nacional de Natalidad 1976. Una mañana llegó un autobús modernísimo a la plazoleta y salieron todos vestidos de domingo. Partían para Madrid con todos los gastos pagados por  José María Iñigo, que los iba a sacar en “Directísimo”. Por un pico le debió salir, pues según Dolores, la madre que los parió a todos, consumían a diario 12 kilos de pan. Salvo a nuestra paisana Merche Valimaña, la Macaria, que para mis padres había ganado ella sola el festival de Eurovisión haciéndole los coros con otras dos a la malaje de Massiel, yo no conocía hasta entonces a nadie que saliera en la tele. De pronto me contaba 20 de un tirón en mi colección de famosos, como cuando matabas a alguien en el parchis: Manuel, Dolores y los 18 niños. En la clasificación general por provincias, los gaditanos también estábamos que nos salíamos, nunca mejor dicho. Fuimos campeones de España en coeficiente de alumbramientos. Éramos unos monstruos debajo de las sábanas. Las ollas estaban vacías, pero en las camas había un ambientazo.

Por lo demás, los aires de libertad de los que hablaba Jarcha no habían entrado aún por la celosía de mi casa. Mi horario de recogida seguía siendo el de un estado de excepción. Que el toque de queda no se ampliara ni siquiera en verano me impedía ver la segunda peli en el Cine Playa, quedarme hasta tarde en las fiestas de  Crevillet o en la de los Marineros e incluso ir al trofeo Ciudad de El Puerto. Era ya un muchachito, pero solo la tía Elisa reparaba en ello. Una cosa es la libertad y otra el libertinaje, repetía mi padre como una letanía cada vez que le reclamaba un aumento de horarios. En mi pandilla yo era de los pequeños, pero entre los más mayores ya había libertinos que se lo pasaban bomba con otras niñas igual de libertinas. Al menos eso contaban ellos en la plazoleta. Tampoco estaba tan mal, pensaba yo, ser libertino con moderación, los fines de semana por lo menos. No un libertino como Sandro Giacobbe, no, que el cantante italiano más que libertino era un sinvergüenza. En El Jardín Prohibido se liaba con la mejor amiga de su novia, a la que luego iba a contarle la faena argumentando que lo sentía mucho, que la vida era así, ni que la hubiera inventado él. Qué morrazo. Miguel Gallardo por lo menos era más legal. Hoy tengo ganas de ti, le cantaba con elegancia y sin rencor a una ex que lo había dejado tirado. Aunque en el fondo, todos sabíamos de sobra de qué tenía ganas Miguel. De lo mismo que el señor Troncoso.

Vaya mentira es eso de ir haciéndose mayor sin un poquito de libertinaje, pensaba yo aquel verano en el que confundí, con la insolencia de mis doce años, la muerte de Alfonso Aragón con la de Fofó.

(Diarío de Cádiz, 1 de agosto  de 2016)



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