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ADIÓS, PRIMARIA, ADIÓS

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     La nostalgia hoy nos conduce, gentilmente, al recuerdo amable de aquella  primera mañana. Si cerramos los ojos, les vemos llegar caminando muy despacio sobre el fondo desvaído del tiempo: la mochila, ligera de equipaje, cargando con ellos, la sospecha arqueándoles las cejas, sus manos apretando con fuerza las nuestras, las cabezas bajas, como queriendo no existir. Mediaba septiembre de 2000, en Sydney  estaban de Olimpiadas, los bollicaos todavía traían el precio marcado en pesetas y la factoría Disney anunciaba para Navidad "El emperador y sus locuras".

     Cuando se dieron cuenta, un ogro con cara de ogro y voz de ogro les había encerrado en una habitación sin aire y sin salida. Ni rastro de mamá, ni de papá. Ni rastro de la Pantera Rosa. Afuera, los pájaros de La Puntilla construían la mañana recién estrenada con los hilos de luz que salían de sus cantos. Allí dentro, en cambio, el concierto era un desconcierto de lágrimas y mocos.

     Entre virus y garabatos de colores, soltando miedos y anudando vocales, pasaron los dos primeros cursos. Un día repararon en que, para contar sus años, la mano se les había quedado pequeña, y decidieron, con la veteranía incontestable de sus seis primaveras, cruzar la carretera y mudarse a la Calle Primaria. Mi mamá me mima, Pipo tiene hipo, Pablito clavó un clavito: el milagro de leer les dejó boquiabiertos y orgullosos. Se adentraron, también, en el fascinante mundo de los números: los había enteros (o sea, sin achaques), romanos (como las pizzas) y primos por parte de madre. Tuvieron conocimiento del medio y de la media, de la gimnasia y la magnesia, de la lengua de los mamíferos y de la de Shakespeare (bueno, más bien de la de Beckam). Y de la flauta, que ya no sonaba por casualidad.

     Hoy están aquí más alegres, más altos, más guapos. Vuelven a mudarse. La mochila que ayer les acompañó casi vacía, parte hoy repleta de recuerdos y lealtades, de sueños y esperanzas. Comparecen para decirle adiós a una Pantera Rosa que sigue sin aparecer, pero que como las meigas en Galicia, haberla, hayla. Si no viviera en el colegio, para qué iba a presentarse por aquí, de vez en cuando, el Inspector.

     Pero han venido, sobre todo, para despedirse de aquellos ogros que un día les acogieron con los brazos abiertos: las maestras y maestros que, valerosos y optimistas, todavía creen que la educación, como la verdad, nos hace libres.

     Ellos no lo saben, pero una parte indeleble de lo que serán mañana se formó, durante ocho maravillosos años, en este humilde colegio público.

 

     (Esta columna fue leída en la fiesta de graduación del Colegio José Luis Poullet, el 21-06-2008, y publicada, en versión reducida, en el Diario de Cádiz del mismo día) 

 

 

           



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