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07/09/2006
AQUELLA NAVIDAD

Me debo estar haciendo mayor, porque este año el anuncio de la lotería no logra contagiarme el espíritu de la Navidad. No veo a Dickens por ningún lado, ni al retornado de El Almendro, ni a las muñecas de Famosa dirigiéndose al Portal, ni a Raphael bajando hasta el valle que la nieve cubrió, ropopompon, ropopompon. Por no ver, ni tan siquiera veo al niño que fui, sentado en el patio de butacas del Teatro Principal, celebrando los días sin colegio y la "Navidad con Amor". Mira que llevo tiempo intentándolo: concretamente desde agosto, cuando al ir a comprar carbón para la barbacoa, empecé a ver en el Carrefour gorros de Papa Noel. El otro día, incluso, me acerqué al Centro Cultural Alfonso X El Sabio para ambientarme un poco y ya estaban liados, qué estrés, con el Cartel del Carnaval. No recuerdo si voté por la Vera-Cruz o por Los Amigos de Gines.
Pero a lo que iba: este año el anuncio de la lotería no me lleva de la mano a mi niñez. Ya se que el Calvo de los Polvos (que, por cierto, cada ve se parece más a Zunzunegui) sigue conservando ese halo misterioso que tienen las hadas de los cuentos. Reconozco que hay veces que, al oír la musiquilla, mis sueños juegan a imitar a Rogelio, el ordenanza municipal que un día cambió las fotocopias por un Mercedes original. Aplaudo, también, que aparezcan por primera vez inmigrantes, esos prójimos lejanos que construyen sus ilusiones con los mismos materiales que nosotros.
La culpa es de Benito Zambrano, director del spot, que ha introducido el color, por primera vez, en esa evocación onírica de la nostalgia. Para un servidor, estas fiestas, como la lluvia, son algo que siempre sucede en el pasado, concretamente en esa patria mágica que llamamos infancia. Y la vida de los niños de finales de los sesenta transcurría, pobre y feliz, en blanco y negro. No había color en las imágenes de la gala navideña organizada para adorar al enviado de Dios en El Pardo, que nos reunía alrededor de aquel televisor General Eléctrica Española. Tampoco en las lágrimas de Pepe Isbert buscando desesperadamente a Chencho en la Plaza Mayor de Madrid. Ni en el Cine Exín que un año nos pusieron los Reyes Magos de Osborne.
Reconozco que soy más antiguo que los suspiros de La Pastora, que los recuerdos de la edad de la inocencia conducen, irremisiblemente, a la melancolía. Pero colorear el lienzo deteriorado en el que se dibuja la memoria de aquellos tiempos tan duros, pero tal vez más nuestros, me parece un crimen de lesa Navidad.


