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DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (VI)

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DÍA SEXTO

Fue motivo de regocijo y chanza en los comentarios en este muro la foto de la cocina conventual que ilustraba la crónica de ayer. Algunas Hermanas y Hermanos en la Fe, la Esperanza y la Paridad, mostraron su sorpresa porque un servidor merienda de vez en cuando Cola Cao y Nocilla. Soy primo lejano desde chiquitito del negrito del África tropical y sigo cantando desde los 70 su himno proletario, y degustando con entusiasmo el alimento de la juventud. En cuanto al compuesto de leche, cacao, avellanas y azúcar, he de decir, aún a riesgo de romper de palabra el voto de humildad, que a día de hoy continuo siendo un hombre fuerte, alegre y deportista. Es cierto que en mi más tierna infancia fui adicto al Tulicrem, una crema de cacao riquísima que a veces engullía a escondidas a cucharadas. Pecado de gula por el que siempre pedía perdón antes de dormir. Un día, de la noche a la merienda, el Tulicrem desapareció de los ultramarinos, como desaparecieron las máquinas de bolas de chicle atornilladas a la pared, los burros desfilando con cerones cargados de arena y los diteros.

No voy a dar el nombre de ningún hermano, pero en más de una ocasión este cuerpo serrano y marinero ha sido depositario de alguna que otra mirada concupiscente cuando salíamos a rezar maitines, laudes, prima, tercia, sexta, nona, vísperas y completas. Nos quejábamos entonces con la boca pequeña de la cantidad de veces que había que abandonar la celda. En estos días, curiosamente, salimos a la ventana cada diez minutos para solidarizarnos con los sanitarios, la patrulla policial, la patrulla canina, los vendedores de chandals, el Dúo Dinámico… Mucho me temo que algún que otro hermano de fe quebradiza cuando todo esto acabe abandonará el convento y se remangará los hábitos.

Ayer alguien colgó en el tablón de anuncios que mañana (hay que recordarles a los fieles que esta diario, como los periódicos, recoge lo sucedido el día anterior) nos han convocado a las 7 de la tarde para homenajear a todos los hijos de Dios bautizados con el casto y puro nombre de José. Para amenizar la fiesta, se cantará la canción de los payasos de la tele “Hola Don Pepito, hola Don José”. ¡Qué barbaridad! En cuanto termine de escribir esta crónica le pido permiso al Prior para utilizar el teléfono comunitario y llamo a la policía y denuncio a los organizadores del evento. No sé qué pensará el Padre Angulo, franciscano y jurista de reconocido prestigio que estará pasando la cuarentena subiéndose por las paredes y rezándole a San Mamés para que vuelvan a dar por la tele partidos de Athletic de Bilbao, aunque sean los de Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gainza. La letra de la canción de los payasos, pecadores ignorantes, habla de que Don Pepito y Don José se visitan mutuamente sin importarles un pimiento el coronavirus, con el agravante de que Don José está en contacto con la abuela de Don Pepito, o al revés, que ahora mismo no me acuerdo. Si esto no es violentar el estado de alarma, que vengan Dios y Fernando Simón y lo vean.

Hay canciones muy bonitas, con letras que invitan al recogimiento, la oración y a levantar la mirada al Cielo en lugar de llevarse todo el Santo Día con los ojos bajados y clavados en el móvil, por muy graciosos que sean los memes. Canciones con títulos que nos ayudan a estar a solas con Dios y con nosotros mismos, que es como tenemos que estar. “Solo”, de Chiquetete, “Sabor a mí” y "Reloj" de Los Panchos, “Soledad”, de Emilio José, “No resulta fácil”, de José Luis Perales, “El baúl de los recuerdos”, de Karina, o “Una estrella en mi jardín”, de Mari Trini (la va a tener que quitar ella sola, la pobre). Perdonadme pero aquí en el convento solo escucho música clásica sin letra y no estoy al día.

Vayan ustedes con Dios, pero no más lejos de la ventana. Amén.

(18 de marzo)



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