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DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (X)

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DÍA DÉCIMO

Anoche bajé a sacar la basura. Si no tienes perro, sacar la basura es probablemente la tarea doméstica que más se ha revalorizado desde que estamos en cuarentena. Aunque nunca llega la sangre al jardín, en casa algunos días parece que se va a montar la que se monta al final de “Parásitos”. Poder abrir la puerta con la bolsa agarrada como el que agarra un rencor y deshacerse del resto de competidores es una odisea digna de Ulises. La bolsa, para quien se la trabaja. La bolsa es la vida. Cinco minutos de paseo (tenemos algo lejos los contenedores) son ahora mismo un regalo a la altura de los Sugus de la infancia, de que te dejaran pasar en la adolescencia toda la noche fuera el día del Nazareno o de aprobar el último examen de la UNED en la madurez.

No hace falta decir lo bien que me sentó la caminata. Vi cosas en el barrio que vosotros no creeríais. Un gato naranja mirándome como si yo fuera ET. Una fachada que no la pintan desde el Renacimiento. Una mujer o un hombre o las dos cosas a la vez fumando en su ventana. Una mierda de perro de un mierda de dueño. Vi también en una lejana calle de chinos de mi infancia a El Lute. Y al Arropiero. Y a los Hermanos Mala Sombra, que presumían de ser malos de verdad. El coronavirus sí que es malo, malo de verdad, es como una espina que solo sabe matar, y es más malo que la quina. Dónde va a parar.

Como tengo prohibido quejarme, cuando me da el bajón miro para abajo y veo la cantidad de compatriotas que lo están pasando muchísimo peor que yo. Con la vista a la altura del subsuelo reparé en el movimiento acompasado de mi brazo derecho y la bolsa negra con lazos naranjas del Bosque Verde. Me vine arriba y me puse a desfilar cual si fuera un soldado celebrando junto a otros miles de compañeros, entre multitudes enfervorizadas que aplaudían en las calles (¡en las calles!), el Primer Desfile de la Victoria sobre el Coronoavirus.

Luego, no me pregunten por qué, me acordé de Diógenes. Si viviera, lo estaría pasando muy mal sin poder recoger la basura para subirla a su casa. A su tinaja, mejor dicho, que era su residencia, como la del Chavo del Ocho. Caminaba por las calles con una lámpara encendida buscando hombres honestos. Si viviera, le escribiría diciéndole que vivo en un país hasta arriba de hombres y mujeres honestas. Según él, la virtud es el soberano bien. Si viviera, le diría también que vivo en un país lleno de virtuosos. Pregonaba una vida natural, sin lujos. Si viviera, lo contrataría como ponente para que diera charlas ahondando en esa idea que no conseguimos meternos en la cabeza ni en el corazón. Y hablaría con mi amigo Pepe Rodríguez para que me buscara en Osborne un tonel en condiciones desde el que impartiría sus conferencias por los barrios y, sobre todo, por las zonas residenciales. Las cosas más importantes de la vida, qué sabio el tío, no son cosas. Él lo sabe desde el Siglo IV a.C. (antes de Cristo). Nosotros desde la Semana I d.C. (después del Coronavirus).

Tras dejar la bolsa en el contenedor volví volando, pero sin entretenerme como hacía Camarón. Me sentí un Peter Pan ya maduro que sin embargo entiende cada vez menos el mundo de los adultos. En lugar de Campanilla iba acompañado por Custodio, mi Ángel de la Guarda, que el año que viene cumple 19 trienios conmigo. Él no es funcionario, trabaja en la seguridad privada, pero cuenta los años como yo, y sabe de vacaciones y asuntos propios más que Moscoso. En el contrato indefinido que firmamos en su día exigió, salvos en casos de fuerza mayor, los mismos permisos de los que disfruta su jefe. Tengo que hablar con él en la próxima revisión del convenio para que afloje un poco, que cada vez estoy más torpón y dejarme mucho tiempo solo es una temeridad.

Una noche de estas deberíamos también salir a la ventana a agradecerles a todos los Ángeles de la Guarda su dulce e imprescindible compañía. Se están dejando las alas por no desampararnos ni de noche ni de día, pues saben de sobra que nos perderíamos. No es casualidad que tal como está la cosa sigamos cantando y riéndonos, que soñemos con abrazos interminables en las calles, baños interminables en las playas y cervezas interminables en los bares (¡bares, qué lugares!), en lugar de con cosas muchísimo más desagradables.

Ya en la cama, pongo la radio y escuchando a algunos políticos me acuerdo de aquella escena de Los Hermanos Marx en la que Zepo le dice a Groucho:

-Papá, ha llegado el hombre de la basura

Y Groucho contesta:

-Dile que hoy no queremos, que ya tenemos suficiente.

(22 de marzo de 2020)



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