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DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (XI)

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DÍA UNDÉCIMO

Soy un compulsivo lector de periódicos y un yonki de la radio. Desde que era un mocoso. Si cierro los ojos, el Google Map de la memoria me geolocaliza en el número 17 de la calle San Sebastián, una mañana de fin de semana, esperando ansioso a que me dejaran leer el Diario de Cádiz. El orden era la portada, los deportes y la página de El Puerto. Luego, conforme fui creciendo, empecé a aficionarme al columnismo y a leer a periodistas de la talla de Bartolomé Llompart, Luis Alberto Balbontín "Balpiña", Agustín Merello... Si se te escapaba alguna noticia podías buscarla, en segunda convocatoria, al día siguiente. Esta vez en una cueva paleolítica, con los pantalones por las rodillas, sentado en un púlpito blanco con un agujero en medio, bajo la luz mortecina de una triste bombilla de 60 vatios.

San Juan, que tenía una calle muy cerca de donde yo vivía, decía en sus cartas, que leíamos en los jesuitas: “Obrar y callar son cosas que recogen y dan fuerza al espíritu”. Leer en silencio y concentrado las noticias del día anterior era obrar. Ponerse a hacer el chorra balanceándote en el púlpito con riesgo de caerte dentro y no aprovechar ese tiempo íntimo y sagrado, era cagar. La mística y la escatología no están, aunque lo parezca, tan desconectadas. En cualquier caso, en ambos supuestos, ahí no había diferencias, salías con el culo manchado de tinta.

De la radio recuerdo los partes a las horas en punto. Se le llamaba parte en vez de informativo porque durante la guerra todas las emisoras de radio debían conectar con Radio Nacional de España para emitir los partes de guerra. Acabada esta, a los fascistas se les siguió llamando nacionales y los boletines de noticias se les siguió llamando "el parte".

La radio ha sido de toda la vida femenina. Lo de "niño pon el arradio" es un barbarismo machista. Mi padre, taurino y gallosista, escuchaba en verano por las noches a Don Puyazo. El periodista tenía un monosabio que se llamaba Perico y cabalgaba a “Veneno”, un caballo pecherón. Sus críticas eran pequeños sainetes. Suya es la frase “¡Vamos al toro!”, con la que empezaba el programa y que luego traspasó los muros de las plazas para instalarse en el lenguaje de la calle.

Pero la radio era sobre todo de las mujeres, que la escuchaban mientras cosían, charlaban entre ellas o hacían las mallas de Terry. La oferta era variada: novelas, anuncios, programas de discos dedicados o consejos sentimentales, que siempre recomendaban resignación, servicio y paciencia, ya sabe usted como son los hombres, mi querida Fermina. Yo recuerdo la sintonía de “Simplemente María”, donde, como su propio nombre indicaba, los capítulos eran de una simpleza emocional sobrecogedora. Dramas y desgarros amorosos todas las tardes, las vecinas moviendo la cabeza asintiendo, con un ojo mirándose entre ellas y con el otro fijo en la costura.

En uno de los programas estrellas de la radiodifusión española, una señora llamada Elena Francis contestaba las cartas que las mujeres le enviaban pidiéndole consejo para saber cómo actuar con el bestia de su marido. Sus oyentes estaban convencidas de que Elena Francis era de carne y hueso, pero no existía. Como tampoco existía el patrón de España, que montaba un caballo blanco sobre el que mi tío Manolo siempre me estaba preguntando por su color, igual pensaba que yo tenía problemas de visión. Tampoco entendí nunca muy bien porque el señor Santiago cerraba España todas las noches. Además, él personalmente, que era el Jefe de Todo, en lugar de un trabajador del muy noble y sacrificado cuerpo de serenos. En cualquier caso esa obsesión suya por chapar el país a diario me daba una gran tranquilidad. Porque para que entraran los ladrones a robarnos, primero tenían que abrir el portón de España, que debía ser tan grande como el que gestionaba San Pedro en el Cielo, y luego el de la puerta de mi casa. El sereno se podía despistar una vez, pero no dos.

Recuerdo también en estos días de clausura y dolor, la vida casera de entonces, nuestro doméstico estado de bienestar que ofrecía muy pocas prestaciones pero que a nosotros nos bastaban. Arropados ahora por los nuestros, la casa es un fortín desde cuyas ventanas intentamos vislumbrar cada mañana un halo de esperanza. Yo me quedo en casa. ¡Casa!, gritábamos de chicos en muchos juegos infantiles. Yo me quedo en casa. ¡Casa!, y al llegar a ella, una pared, una silla, un escalón, ahuyentabas el peligro. La casa, tu casa, te protegía, como nos protegían el médico del seguro, la maestra de la “miga”, el señor Santiago o el sereno de la esquina.

¡Casa, casa, casa!, grito como un conjuro mirando a la calle, pensando en los que no la tienen.

(23 de marzo)



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