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DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (XIII)

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DÍA DECIMOTERCERO

Decíamos ayer que el confinamiento en casa es una situación más o menos soportable. Ser rehén del coronavirus es peor. Y entrar en el convento de clausura de la Eternidad convertido en polvo, aunque sea enamorado... mejor ni pensarlo. Así que fe en nuestros profesionales, esperanza en que la situación revierta y caridad con la pareja, los hijos y lo vecinos ruidosos. Al final todo va a salir bien, y si no sale bien es que todavía no hemos llegado a la última página de esta epopeya colectiva. Un poco de paciencia que el libro es de los gordos. Aunque sea como aquel creyente que imploraba a Dios, preso de la desesperación: ¡Señor, dame paciencia, pero yaaaaa!

Leamos a Pascal, por ejemplo, un señor listísimo que fue matemático, físico, teólogo, filósofo y escritor. Decía que todas las desgracias del hombre se derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en una habitación. Eso decía. ¿La limpiaba también sentado? ¿Cambiaba la ropa de cama igualmente apalancado? ¿Qué hacía cuándo le tocaba pintar el techo? Qué pocos bares debió visitar el Paski (así le llamarían los de su peña si la hubiera tenido). Y ferias. Y conciertos en Tierra, Mar y Vino. Pero que fuera un muermazo exagerado no justifica que le hagamos una enmienda a la totalidad de su argumento. Sienta bien de vez en cuando hacerle sangre al sofá del salón. Aunque yo nunca lo consigo. Cuando empiezo a coger postura, terminan la lavadora o el lavavajillas. No falla.

El Paki acierta en lo esencial. Si queremos sumergirnos en el mar abisal de nuestro propio Ser y decirle dos o tres cosas bien dichas a la cara, lo mejor es estar cómodo y los dos solos. Mi Propio Ser y Yo. Sin postureo en Facebook, sin colgar fotos del encuentro íntimo con textos empalagosos: “Aquí, disfrutando del dominguito con la persona que más quiero en el mundo”. Sin hacer maratones por el salón vestidos como si estuviéramos corriendo la de Nueva York. Sin llamar cada dos por tres a la familia por video conferencia (algunos, en la primera conexión, han tenido que presentarse porque no se conocían). Sin movidas en la ventana. Por cierto, igual es cosa mía pero las primeras kedadas en los balcones eran más alternativas, más indies. Ahora son más comerciales.

Para recordar otros confinamientos que muchos hemos vivido a lo largo de nuestras vidas, aquí os dejo algunos que, más o menos, y con las consiguientes adaptaciones personales, probablemente nos marcaron para siempre.

- Salir de vacaciones a las cuatro de la tarde un día de agosto, hace 40 años y hace 40 grados a la sombra, en un Seat 850, sin aire acondicionado, mientras suena una y otra vez, vuelta y vuelta, una cinta de El Príncipe Gitano. O de Perlita de Huelva. O de Los Amaya.

- Hacer guardias en un pino de las Dunas de San Antón, dentro de una cabaña de autoconstrucción comunitaria hecha con plásticos, palos y retamas, para evitar que los de la barriada de al lado nos la destrozaran.

- Ir de ejercicios espirituales, que el cura te mandara dos horas a reflexionar a tu habitación sobre el Primer Mandamiento y terminar amándote a ti mismo pecando contra el Sexto.

- Perderse en la playa y llegar llorando a la caseta de información de la mano pegajosa de Nivea de una señora gorda con una pasada como la de Sandokan. Y escuchar, llorando más todavía: “En la caseta de información se encuentra un niño que se ha perdido, viste un bañador amarillo con pececitos azules y dice llamarse Pepito. Rogamos a sus familiares que pasen a recogerlo”. Y que por allí no pase ni Dios.

- Comprar dos entradas en el Teatro Principal sin mirar a la cara al taquillero, para ver con un amigo “Enmmanuelle II: La antivirgen”. Entrar tarde, con los cuellos de la cazadora alzados, temiendo encontrarte con el de la tienda de ultramarinos de la esquina, el ditero o alguno de tus tíos más salidos. Buscar un palco vacío. Y después de verla, media hora más tarde de que terminen los títulos de crédito, hacer tiempo hasta que salga todo el mundo, incluidos los acomodadores, todos los maromos de Emmanuelle y la mismísima Antivirgen.

- Las permanencias. Una hora supletoria en la escuela, de 5 a 6, que yo no necesitaba, pero mi madre por lo visto sí. Y soportar haciéndote burlas a los que se iban, la mayoría asomándose por las ventanas desde fuera, enseñándote el balón o las canicas con las que iban a jugar allí mismo. Y tú en tu banca con el síndrome de Calimero, pegando palillos de dientes con pegamento Imedio en una triste cartulina negra.

Ninguno de los de mi quinta que protestan por la cuarentena se acuerdan de esos malos ratos en los que fuimos rehenes de los mayores sin derecho a protestar.

En estos días, por lo visto, gente de toda la vida de Dios más floja que Pascal quiere ser ahora Kung Fú. O El Lute.

(25 de marzo)



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