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EFECTO ALEJANDRO

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  Cuenta Jorge Valdano que una vez le pidió consejo al entrenador Carlos Bilardo sobre cómo superar una depresión provocada por una lesión de la que no terminaba de recuperarse. “Dese una vuelta por un hospital y si no mejora haga una excursión al cementerio”, le espetó el mister sin apenas mirarlo.

     En las instalaciones de la piscina municipal se celebra este fin de semana el XIV Campeonato de Andalucía de Natación Paralímpica. Más de un centenar de participantes van a tomar las calles de agua), en una de las más hermosas manifestaciones de rebeldía contra las apariencias que uno conoce. A día de hoy los que intentan joderles la vida recortando en dependencia no han regulado todavía multas que sancionen esa subversiva demostración de dignidad. Rebelde el invidente que no se resigna a ser engullido por la oscuridad. Rebelde la chica con brazos distintos que tira de casta para ayudarse en el braceo. Rebelde el joven con piernas invisibles que las bate con el alma. Rebelde la down que compite con un cromosoma de más y unos cuantos prejuicios de menos. Rebeldes con causa y con un par que se han prohibido a sí mismos decir no puedo.

     Si según el efecto mariposa el aleteo de ese bichito coqueto se puede sentir al otro lado del mundo, imagínense lo cerca que sentimos los incondicionales de mi sobrino Alejandro, que esta tarde debuta a las seis en la prueba de 400 libres masculino, las brazadas de nuestro héroe favorito. Sus hazañas vitales y deportivas han mejorado, y de qué manera, la salud de todos los miembros de su cada vez más numeroso club de fans. El efecto Alejandro protege nuestras defensas por dentro y por fuera mucho mejor que el Actimel.

     En estos tiempos de indolencia cobarde, ver a mi sobrino y a toda esa legión de titanes fieramente humanos lanzarse a la piscina confiando en sus propias fuerzas, suscita más admiración que piedad, más orgullo que conmiseración, más envidia que pena. Ese derroche de contagioso amor propio nos provoca a todos, de vez en cuando, una vergüenza igual de propia, que nos viene divinamente para limpiarnos de vanidades, gilipolleces y otras adherencias. Como terapia, no me digan que no, es más esperanzada que la que Bilardo recomendaba a Valdano.

     (Diario de Cádiz, 6 de diciembre de 2013)



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