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EL ÁNGEL DE LA GUARDA

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     Hace mucho que le debo una columna a mi Ángel de la Guarda. La rabiosa actualidad ha demorado en exceso el merecido homenaje a quien el mes pasado cumplió 46 años a mi servicio. Quince trienios y pico velando sin usura por la integridad física y sentimental de un servidor. Ya toca.

      Uno puedo creer en muchas cosas: en el andalucismo azul oscuro casi negro de Antonio Moreno, en la educación republicana de Barroso, o en el periodismo sosegado y elegante de Teo Vargas. Allá cada cual con sus fervores. Pero de lo que uno no debería renegar nunca es del Custodio que nos lleva en volandas por las cuestas más empinadas de la existencia. De desagradecidos anda España tan sobrada como de chorizos, razón por la cual hay personas que jamás han reparado en la tutela generosa del que con nosotros va, como si fuera la caprichosa casualidad la responsable de que el ascensor baje sin tiranteces o la que nos despierta algunas noches de esa pesadilla antigua en la que se nos queda la boca como a Miguel El Mellao.

     Es verdad que mi Ángel no posee ya esa punta de velocidad con la que antaño me libraba de las patadas de los veteranos tuercetobillos que aún no se pasaron al padel. Que no conserva, tampoco, el fino olfato que me anticipaba la fascinante visita de mi cuñado para vacilarme con la última ganga adquirida en Media Mark (yo no soy tonto y siempre me quitaba de en medio). Pero a pesar de que cada vez se apresura más despacio, mi protector madruga a sus achaques, y continúa desviviéndose por este pobre hombre al que algunas veces, en épocas de pertinaz sequía creativa, ha tenido incluso que dictarle las columnas.

     Y aquí sigue, rescatándome, todavía, de las habitaciones oscuras de mi infancia, ayudándome a cruzar el viejo puente que separa el pasado del mañana, ofreciéndome sus alas para que pierda de una vez por todas el miedo a volar. Y aquí sigue, sin haber disfrutado nunca ni de un día siquiera de asuntos propios, sin desampararme, en fin, ni de noche ni de día, pues él sabe de  sobra que me perdería.

     (Columna publicada en Diario de Cádiz el 22-04-2010)

          



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