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EL ÚLTIMO BAILE

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     Hay iconos que se mueren e iconos que se nos mueren. En apenas una semana se han ido con la música a otra parte Donna Summer y Robin Gibb, cualquiera sabe a qué discoteca. Si hay un cielo también para los lugares mágicos que ya no existen, a lo mejor están en El Oasis. De Los Bee Gees solo queda Barry, el del centro, justo al contrario que en Los Chichos. Permítame una propuesta surrealista para desdramatizar. Ahora que están tan de moda las fusiones, a lo mejor podrían unirse el de en medio de los Bee Gees y los Chichos de los lados, para versionar, en falsete agitanao, Mala ruina tengas (You have bad ruin). Cosas peores se han oído.

     No termina nunca el último baile, Last Dance, en la garganta portentosa de la Summer. Ni el eco lejano de las voces acarameladas y algo tramposillas de los Bee Gees, artistas imprescindibles en aquella pista de finales de los 70 en la que danzábamos, benditos, al ritmo, a veces vertiginoso, a veces apocado, de la adolescencia. Ni emepetrés, ni aipa, ni leche espolvoreada con Nesquik: no hay aparato que suene mejor que el tocadiscos de los quince años.

      A mí, muchas de las canciones de esa época me llevan a la JUFRA, a los guateques que organizábamos los domingos en la Casa de las Cadenas. Contábamos con la complacencia de Ángel Angulo, ese fraile loco, loco de amar, que no de atar. Entendía el amigo de Francisco de Asís y de San Mamés, que además de la música comprometida de Violeta Parra, Víctor Jara o Luis Pastor, compañeros de utopías en los discoforums de los sábados, también era necesario un rato a la semana de libertad sin tutela. Los jóvenes necesitan de la fiesta tanto como de la justicia, nos dijo una vez. Y el roce de los bailes lentos (por lo fino, le llamaba algún cursi) hace la fraternidad, decíamos nosotros, por más que alguna estirara tanto los brazos en el cuerpo a cuerpo que a veces los más alegrotes se nos subían encima para construir un castillo humano de esos que hacen en Cataluña.

      Uno podría volver a vivir toda la adolescencia solo con escuchar los vinilos del verano de 1979. Aquellos amigos, aquella casa, aquella ropa, aquella música, perduran mientras la vida pasa. No, no termina nunca el último baile.

      (Diario de Cádiz, 26 de mayo de 2012)

      



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