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ELEGÍA A UNA OLIVETTI 98

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     Con la misma impunidad con la que el vídeo mató a la estrella de la radio los ordenadores han acabado con la vida de la vieja máquina de escribir. Hace un par de semanas cerró por defunción la última fábrica, cuyos propietarios todavía creían, como Henry James, que “escribir a máquina es como acompañar a un cantante al piano”.

     Durante décadas, el mejor periodismo y la mejor literatura cabalgaron a lomos de una remington, una continental o una royal. También el cine contribuyó a su leyenda. Nadie que haya visto El Resplandor podrá olvidar nunca la violenta locura de Jack Nicholson, mecanografiada en cientos de folios que repiten compulsivamente la misma frase. O la escena en la que Oskar Schindler dicta, de memoria, los nombres de los judíos que van a escapar de los hornos del nazismo.

      En mi casa, no, pero en la del vecino sí que había una, una underwood que, según él, era la misma que utilizaban en los ministerios. Aunque solo trabajaba bajo presión, aquel armatoste tenía una salud de hierro. Aún así, en alguna ocasión tuvo que llamar a su mecánico de cabecera, un señor de negro que acudía siempre con un maletín de médico del que sacaba gamuzas y aceites, y que una vez le curó un esguince de rodillo y otra un pinzamiento en el tabulador.

      Yo aprendí a escribir en una Olivetti 98, en las Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia, rama Administrativa y Comercial. Todavía hoy coloco los dedos (todos) en el teclado del ordenador y puedo oír  la voz del  Padre Martínez gritar ¡ya!, y, a continuación, el crepitar metálico de las máquinas, y me veo enfermo de vértigo,  acortando el tiempo, achicando el texto, volando a más de 250 pulsaciones por minuto.

     Escribir a máquina, decía entonces la publicidad de las academias, era una “condición indispensable para tener un buen trabajo con futuro”. En mi caso, perdonen la autorreferencia y la nostalgia, fue así. Le debo la vida, la vida laboral, a aquella vieja Olivetti 98. Dios la tenga en su despacho.

     (Diario de Cádiz, 16 de junio de 2011)

 



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