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ELOGIO DEL LUNES

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   Siempre he creído que los fines de semana están sobrevalorados y que los principios no merecen tan mala reputación. Aquí tienen, casi sin estrenar todavía, al pobre lunes, un día estupendo que a mí siempre me ha parecido humilde, formal y sensato. No tiene los aires de grandeza del viernes, ni la cabeza llena de pajaritos como el sábado. Pero es como ese amigo que no va de nada y que siempre está cuando lo necesitas.

Fue un lunes cuando Dios se puso manos al obrón y echó la peoná más agotadora de las seis que inauguraron la primera semana laboral del primer autónomo. Creó Dios los cielos, la tierra y la luz, dice el plumilla del Génesis. El techo, los cimientos y la instalación eléctrica natural, ahí es nada. Se ganó a pulso la categoría profesional de Sumo Hacedor. Y, de paso, dotó al lunes de un compromiso con las dignidades del trabajo que no hemos sabido valorar.

Un lunes fue el día en el que el hombre puso un pie en la luna por primera vez. Un pequeño paso para el hombre y otro gran paso para el prestigio emprendedor de los lunes. La Primera Guerra Mundial acabó un lunes y fue un lunes también cuando los nazis se rindieron en la Segunda. Una manera justa, democrática y esperanzada de empezar la semana.

La gente le tiene mucha manía al lunes. A casi todo el mundo se le hace larguísimo, pero eso es porque el lunes lo empezamos, emocionalmente, el domingo por la tarde, a esas horas feas que son como los minutos de la basura del baloncesto y en la que no hacemos otra cosa que lamentarnos de la insoportable levedad del fin de semana.

Cuando lo tratas y te desprendes de los prejuicios, el lunes es encantador. Es el día de las pequeñas cosas: el repaso a primera hora de la lección, los buenos olores, el café bien conversado, el propósito de enmienda, los reencuentros. Cada día de la semana tiene sus imágenes legendarias en la memoria de uno y yo siempre me veo dentro del mismo lunes. Un lunes invernal, frío y soleado de la infancia en el que llego a la escuela por detrás de la bocina, con el babi otra vez limpio y otra vez con todos los botones. Y luego ya en la fila, atravesando el patio de la SAFA, caminando soñoliento en dirección a la clase. No había fila más prieta que la que formábamos los lunes.

Yo defiendo el limpio y humilde batallar de los lunes, su borrón y cuenta nueva, su inercia resucitadora. El mundo se acaba los domingos, a eso de la media tarde. Afortunadamente, vuelve a comenzar los lunes.



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