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HAY UN AMIGO EN MÍ

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     Menudo berrinche se cogió el otro día, mientras leíamos el Diario juntos, el niño que aún me habita. Al chaval, que cuando menos le espero me sale de dentro, hay que entenderle: rebelde y ocioso, continua jugando en la vieja calle a esa edad en la que uno está dispuesto a comprar a cualquier precio una certeza. Y ahí sigue, fiel a su mundo de siempre: las aventuras de los payasos de la tele, aquella novia primera con la que jamás cruzó palabra, el Atlético de Ufarte, Luís, Gárate, Irureta y Becerra. Uno intenta tratarle con toda la ternura de la que es capaz, aunque he de reconocer que a veces me puede su insultante inocencia, virtud que yo empecé a echar en falta cuando dejé de ser él, no se si me explico.

      De un tiempo a esta parte, no gana para disgustos mi pequeño amigo del alma. El último, ya digo, se lo dio el columnista de este periódico Francis Gallardo, que anteayer  aseguraba que Uri Geller, el hombre que allá por 1975, en el programa "Directísimo"  de José María Iñigo,  paralizó España declarando la guerra a todo tipo de cuberterías, era un impostor. Ni fuerza mental, ni leches: tenía las yemas de los dedos pringadas de una sustancia con componentes de aluminio que degradaba en frío el acero inoxidable de las cucharas. Y lo relojes los ponía en marcha con unos micro imanes que llevaba camuflados en las manos.

      Mentira cochina, dijo Pepito. Otro mito al carajo (como Fidel, como Brigitte Bardot, como la transición democrática), dije yo. Lo peor de los mitos, intenté hacerle ver con mucha delicadeza, es que encienden el corazón pero no el cerebro. Ahora me dirás que la inclinación prodigiosa de Locomotoro, digna del mejor contorsionista, es otra falsificación de la Historia, o que Chencho no se perdió sino que lo abandonaron,  o que la abeja Maya no vivía en un país multicolor sino en un país de mierda, bramó llorando antes de esconderse en mi interior, más concretamente en una de las habitaciones oscuras de mi infancia, que es la suya.

      No sabe ese niño que la decepción, como él,  va por dentro.

      (Columna publicada en Diario de Cádiz el 22-10-2009)

 



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