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JUSTICIA POÉTICA

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     Una mañana de abril de 2003, me topé en el diario El País con un reportaje de esos que te alegran el desayuno y la vida: un grupo de escolares de entre seis y siete años, del municipio de Alhama de Murcia, andaba regalando recitales de poesía teatralizada por institutos y universidades. “Alberti, Paloma Desterrada”, se llamaba el montaje. Su maestra, Carmen Molina, decidió un día presentarles a ese señor con pinta de abuelo moderno y voz de profeta del Antiguo Testamento que salía en las fotos con una gorra marinera y unas camisas de colores chillones que siempre le quedaban grandes. El profesor Pedro Guerrero, amigo personal del poeta y experto en su obra, calificó el trabajo como “una auténtica revolución pedagógica”.

     Yo quedé tan impactado que escribí ese mismo día una carta al director de El País, que Carmen leyó y me agradeció con un correo amabilísimo en el que me emplazaba a conocerles. En junio bajamos a El Puerto para resucitar a Alberti también en su pueblo, decía. Y ya de paso, le contesté yo, nos resucitáis también a nosotros, que andamos como almas en pena buscando al auténtico Rafael por las arboledas perdidas del recuerdo, nada que ver con ese personaje folclórico y alejado de sus amigos en que se había convertido en sus últimos años.

     Vinieron y tuve el placer de disfrutarles. Pero, por más que lo intentaron, no les dejaron jugar con el poeta y sus versos en la casa de la calle Santo Domingo. Que si la Fundación no estaba para eso, que si era fin de semana… Sí pudieron cantarlo en San Luis Gonzaga, gracias a la generosidad de Fernando Mora: a los críos les abrió de par en par las puertas del colegio y de su corazón, y a mí me recolocó mi cara en su sitio, pues se me había desencajado de la vergüenza.

     Me acordé mucho de esos niños el pasado lunes, cuando acudí a la Fundación para ver en directo el programa que Ángels Barceló le dedicó a Caballero Bonald. Cuando Javier Ruibal dijo que esperaba que aquella casa volviera a ser la casa de todos, cerré los ojos y casi puede verles, por fin, recitar en el patio que un día fuera una fuente con agua, aunque no estaba la fuente, la fuente siempre sonaba…

      Algo parecido a lo que sentí la otra noche, eso debe ser la justicia poética.

      (Diario de Cádiz, 12 de abril de 2013)



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