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MARÍA ÁNGELES CORTABARRÍA, LA CONCIENCIA CON CLASE

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En la primavera de 1985 yo era por fin un ex soldado español recién licenciado, a la búsqueda de certezas con las que afrontar mi reiniciada e incierta vida civil. Buscaba trabajo a tiempo completo y conspiraba contra el sistema a tiempo parcial. De la mano de Ángel Angulo, Isabel y yo entramos a formar parte de la Asociación Pro Derechos Humanos en El Puerto, tras nuestro paso adolescente por la cantera de las Juventudes Franciscanas. Angulo nos había llevado de Francisco de Asís a la Teología de la Liberación, una manera de entender la fe que defendía optar por los pobres en lugar de por los progres. La enarbolaban curas y monjas más preocupados por el estómago que por la entrepierna de sus hermanos. 

La Asociación se reunía en la casa de un matrimonio socialista, cerca de la barriada de Malacara. Los anfitriones, chicarrones del Norte vasco, atesoraban una larga experiencia en la lucha por un mundo más justo y amable. María Ángeles Cortabarría e Isidoro Gálvez provenían de las Juventudes Obreras Católicas. Cada miércoles por la noche nos ofrecían su casa y su frigorífico con el propósito de intentar enderezar unos derechos que para los más humildes siempre nacen torcidos.  Ellos dos, Ángel Angulo, Tina Aguinaco,  Isabel y yo, formábamos parte de esa célula social cristiana. Tina Aguinaco, más asturiana que el anís, era profesora de Historia, viuda de Jaime San Narciso, un médico que había luchado toda su vida contra la terrible enfermedad del egoísmo. 

Yo acudía a las reuniones intentando que no se me notaran mis innumerables contradicciones pequeño burguesas. Hablaba lo menos posible, siguiendo la conocida estrategia de permanecer callado y parecer tonto, antes que hablar y despejar claramente las dudas. Tenía la esperanza de que el roce, además del cariño, pudiera hacer también que se me pegara algo de la bondad, la generosidad y la alegría de aquellos cristianos humildes e ilustrados tan consecuentes con el mensaje de Jesús. No hace falta que diga que me quedé en joven promesa.

Mari Ángeles era siempre la que centraba los debates cuando nos íbamos por los cerros de San Cristóbal, la que nos recordaba que además de ver, teorizar y juzgar había que actuar. Y también celebrar los pequeños avances sociales que se conseguían fruto de las luchas ciudadanas. Empecé también a tratarla fuera de esas reuniones semanales, en la tienda de electrónica que regentaba junto a Isidoro y que estaba muy cerca de mi casa, en la que ambos arreglaban cacharros averiados con el mismo entusiasmo con el que intentaban reparar las averías del mundo la noche de los miércoles.

Otras batallas, otros grupos y otros compromisos hicieron que la Asociación dejará de reunirse, aunque continuamos coincidiendo en muchas luchas sociales. Tina Aguinaco nos dejó en 2004, pero se presentó ante el Dios en el que creía con la tarea de amar al prójimo como a uno mismo muy bien hecha. Nos acordamos de ella cada vez que ponemos la mesa y compartimos el pan sobre el mantel que nos pintó para nuestra boda. Isidoro Gálvez, el sindicalista íntegro, dio de mano en el duro tajo de vivir en 2005. El sábado fue Mari Ángeles la que nos dijo adiós tras una vida de compromiso con la defensa de los desposeídos. Elegante y compasiva, dio testimonio en innumerables ocasiones de que la conciencia debe prevalecer siempre sobre las consignas partidistas. En los malos momentos se aferró a la esperanza, a esa esperanza que es la misma vida defendiéndose, y que le hizo afrontar su enfermedad con una dignidad que sobrecogía. Nos enseñó también que el compromiso no puede beber de las aguas negras del resentimiento y la amargura, sino de la fuente clara de la amabilidad y la empatía. No militó nunca en las posturas maximalistas y sectarias. 

Se nos ha ido Mari Ángeles, la socialista rebelde, la conciencia con clase. Ella, Isidoro, Tina y Angulo son algunos de los imprescindibles de mi vida. Esos de los que hablaba Bertolt Brecht.



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