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MEMORIAS DEL ADRIANO

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     Tiene esta tierra un barquito al que quieren jubilar. Dicen que no es rentable,  como si fuera un nuevo depósito de ING Direct. Que no es competitivo, como si fuera el coche de Fernando Alonso. Pero las aguas plateadas y azules que a diario le ven ronear y presumir, susurran a quienes quieran oírle: nos os creáis esa trola, ese engaño; pese a los achaques de la edad, el Vaporcito sigue hecho un chaval. Habla el mar para defendernos de los necios que no distinguen entre valor y precio, para que no confundamos la velocidad con el tocino, para recordarnos que las prisas son para los ladrones y los malos toreros. Y habla, sobre todo, para que seamos honrados con nuestra historia.

     Yo era un niño con ganas de cantar el pasodoble de Los Hombres del Mar donde hay que cantarlo, aquella mañana de septiembre de 1976. Iba con mi madre al ambulatorio de Vargas Ponce, cuando acudir a un médico que no fuera el de cabecera suponía viajar a la capital, bella aventura que incluía desayunar en la Plaza de las Flores, darse una vueltecita por Simago y acercarse al puesto del Melli a comprar la última cinta de la comparsa de Antonio Martín.

     Recuerdo, como si fuera hoy mismo, mi primer viaje. La noche antes, con la imaginación y los nervios sueltos, abandone mi condición de niño pobre para convertirme en un respetado pasajero de la serie Vacaciones en el Mar, al que una bella sobrecargo deseaba a la entrada un feliz viaje. Antes de que me venciera el sueño, fui pirata bueno, descubridor de islas desiertas, héroe en todos los naufragios en los que el Vaporcito salía indemne de los peligros del mar, la mar, sólo la mar. 

     Con el sol desperezándose por las marismas, embarqué por fin. Necesitaba más ojos para contemplar aquel carnaval azul con voces de gaviota; me faltaban oídos para escuchar ese rumor de siglos. Y al fondo, Cádiz, como un Edén salado y claro, como una utopía sosegada y amable, bailándole el agua al templo marinero que anunciaba su llegada a golpe de bocina.

     El niño que un día de septiembre de hace treinta años descubrió el Atlántico asomándose a la bahía, el que presintió aquella inolvidable mañana que el Paraíso debió de estar muy cerca de esta esquina, acudirá hoy a defender la dignidad de ese pobre barco con honra al que algunos contables quieren jubilar. A reivindicar, desde la esperanza y la melancolía, que el Vaporcito del Puerto siga navegando por el río del olvido sin que se resienta su memoria.

     (Columna publicada en Diario de Cádiz el 09-09-2006)



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