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PATEANDO PIEDRAS

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     El niño portuense que practica el fútbol-siete en la Ciudad Deportiva es una rara avis en el ecosistema balompédico provincial: subsiste como el único animal de área que tropieza doscientas veces con las mismas piedras. El chaval de Rota o de Sanlúcar, por poner sólo un par de ejemplos, goza de un hábitat menos inhóspito para emular a sus ídolos: tiene la fortuna de trotar por campos dignos y sólo debe preocuparse de seducir a la pelota que rueda.

     Nuestros hijos, no. Nuestros benjamines y alevines compaginan a la vez devoción y precaución. Saben que tienen que marcar goles como soles, pero también que si pierden la verticalidad van a quedar marcados por desollones como puños. Están al corriente de que hay que pelear la posesión del balón, pero no todas; cerca de las líneas de banda es mejor no sacar a relucir la casta, pues corren el riesgo de rematar de cabeza un pivote de hormigón. Los porteros son conscientes de que las palomitas mejor en el cine, viendo una buena película. El esplendor en la hierba sólo lo alcanzan cada quince días, cuando van a jugar fuera.

     Según me cuentan, hace ahora dos años, en un acto de homenaje a la cantera, un miembro del equipo de gobierno de entonces anunció, como se anuncia un fichaje estrella, la construcción de un nuevo campo. Dicen que enseñó los planos y que entusiasmó a la parroquia asegurando que el crédito presupuestario para la nueva obra ya se había consignado. Como yo no estaba allí, no sé cuanto hay de verdad y cuanto de frustrada ilusión en estas afirmaciones. De lo que sí doy fe es de que, desde entonces hasta ahora, las únicas piedras que se han movido de ese patatal infame la hemos quitado los padres, para velar por la integridad física de los que jubilarán a Ronaldinho.

     Así las cosas, casi un millar de galácticos bajitos peregrinan a diario buscando un lugar decente en el que practicar esa liturgia pagana que tiene como altar dos porterías. Algunos equipos han optado por entrenar en el campo ubicado fuera del Polideportivo, lo que lleva consigo que niños de muy corta edad tengan que cruzar la carretera, sin que hasta la fecha ningún agente (de futbolistas, no, de tráfico) haya comparecido para regular la entrada y salida del mismo.

     Roja directa a los que dejan en fuera de juego las ilusiones de los más pequeños.

     (Artículo publicado en Diario de Cádiz el 01-09-2007)

 



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