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JUFRA, COSECHA DEL 79

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     No había vuelto a mirar para arriba desde el alevoso derribo, pese a que cada mañana, muy temprano, atravieso ese afluente asfaltado del Guadalete que es la Avenida de la Bajamar. De sobra sabía que, en cuanto elevara la vista a esa habitación trasera de la Casa de las Cadenas que ya no está, la rabia y la nostalgia iban a zarandear mi corazón y mis recuerdos. No había vuelto a mirar, y el otro día se me fueron volando los ojos hacia aquella ventana luminosa de la memoria por la que se asomaban, en el verano de 1979, un puñado de adolescentes felices y despreocupados.

     Desde esa misma ventana, un día amanecimos juntos en la edad adulta de la mano de Ángel Angulo, el cura del mobilette, el franciscano rojo, rojiblanco del Athletic para ser más exactos. Nos reuníamos cada tarde de sábado en una habitación de aquella casa, y con Violeta Parra le dábamos gracias a la vida, que ya por entonces nos había dado tanto. Teníamos quince años y algunas espinillas, y unas ganas locas de explorar el mundo, de instalarnos para siempre en aquel compromiso festivo que eran las Juventudes Franciscanas. Serás hombre, nos prometía un librito que aún conservo, y que ayudó al padre Angulo a tejer, contumaz y paciente, la construcción de un nosotros. Un grano no hace granero, pero ayuda al compañero…

    Recuerdo también las mañanas de domingo de aquel largo y cálido verano, cuando íbamos andando de El Polvorista a la playa de Las Murallas, hijos del agobio y del dolor, aires de la Alameda, la marcha de los enanitos, rock andaluz mezclando con tinto y con casera en La Chocita. Y la vuelta, extenuados y morenos, a la caída de la tarde. Era llegar a casa, ducharnos y salir de nuevo disparados a la fiesta guateque: aquella novia primera, los primeros cubatas, el tocadiscos susurrando que de amor ya no se muere, mas ya nada será lo mismo if yo leave me now…

     Han pasado veintiséis años casi sin darnos cuenta, y por el desván desordenado de mi memoria aparecen rostros que no he vuelto a ver, anécdotas indelebles que nos siguen robando sonrisas, esfuerzos inocentes por adecentar el mundo, travesuras que inauguraron nuestro aterrizaje forzoso en este tiempo convulso de la adolescencia.

     Tal vez lo mejor de lo que hoy somos se fraguó en aquellos maravillosos años en los que construimos lo que iba a ser verdad ya para siempre, con el póster de Novecento al fondo, el buzón de sugerencias, los campeonatos de ping-pong, los bocatas del almacén de Manolo, los san jacobos de El Rempujo, buenas tardes Rosa, buenas tardes Pepa. La primavera de la vida floreciendo, milagrosa, en aquella habitación desde la que tocábamos el reino de los cielos de la mano de Joan Báez, de Luis Pastor, de Víctor Jara, compañeros de tertulia en aquellos discoforums de los sábados. Tal vez lo mejor de lo que hoy somos continúe entre los escombros provocados por esta burocracia municipal indecente y analfabeta.

     No había vuelto a mirar y ayer alcé la vista. Entre las ruinas, un puñado de adolescentes seguía construyendo, veintiséis años después, la hermosa utopía de poner alegría donde haya tristeza, de llenar de fe las dudas, de cambiar la desesperación por esperanza. Entre las ruinas, se oye, todavía, la oración de San Francisco.

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gravatar.comAutor: Gondiazar

La nostalgia, siempre 30 años atrás. Me emociono cuando escribes de ella. En otra ocasión escribías sobre Emilio Flor... y terminabas con '...porque tú eres de los nuestros'. Muchas gracias, Pepe Mendoza.

Fecha: 16/04/2015 10:50.


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