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DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (VII)

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DÍA SÉPTIMO

Defender la alegría como una trinchera/defenderla del escándalo y la rutina/de la miseria y los miserables/de las ausencias transitorias y las definitivas/ nos aconseja estos días Mario Benedetti, un poeta que forma parte de mi educación sentimental y social desde que supe de su existencia, allá por 1984. En aquel año, ambos residíamos en Palma de Mallorca por razones distintas. Él, huyendo de la dictadura de su país, Uruguay, que duró desde 1973 a 1985. Yo, sirviendo a la patria en la todavía jovencísima democracia española. Lo conocí allí, pero a través de sus obras, y gracias a mi novia, que me enviaba paquetes todas las semanas con libros que sacaba de la biblioteca pública de El Puerto. El primero que me llegó, “La tregua”, es una de las historias de amor más hermosas que he leído nunca.

Años después supe por uno de sus cuentos que paseábamos algunas tardes en esas mismas fechas por el Paseo Borne, el lugar de esparcimiento al que los soldados de la isla acudíamos los días que no teníamos servicios ni guardias y podíamos salir a respirar el aire puro y civil de la libertad. Yo estaba convencido, o mejor deseaba estarlo, que alguna tarde de la primavera o el verano de aquel año habíamos cruzado nuestras miradas.

Un relato publicado años después me convenció de que, efectivamente, fuimos compañeros no solo de paseo, sino de café y de copas. Contaba Don Mario que escribía en el Café Manila, el mismo al que yo iba para que mi novia me llamara desde su trabajo al teléfono público de ese mismo Café, sin gastarnos un duro. Hasta que me descubrieron y me prohibieron la entrada. Alguno de esos días de aquel verano, quién sabe, él pudo estar terminando “Geografías” (1984), una compilación de cuentos y poemas. O tal vez empezando “Cuentos completos” (1986), mientras yo susurraba al otro lado del teléfono palabras de amor sencillas y tiernas.

Algunas noches, Benedetti me acompañaba escondido en el abrigo tres cuartos a la garita norte del cuartel de Ingenieros XIV. Allí, agazapados, con el cetme y el ardor guerrero arrestados por lo civil en un rincón, se fraguó, al socaire de un rumor de grillos, el comienzo de una bella amistad. Algunos de sus principios éticos y consejos forman parte de mi manera de estar en el mundo, de transitar por la vida. Que si el corazón se cansa de querer, para que sirve. Que los débiles de veras nunca se rinden. Que hay que vivir adrede.

La mili me confirmó lo que ya amigos mayores que yo ya me habían contado. Con las gratificantes excepciones de algunos militares decentes, cultos y demócratas, la patria seguía siendo el último refugio de muchos canallas: órdenes absurdas, matonismo estrafalario, moral de rebaño, fascismo ambiental, gritos de borrachos en la noche… Pero era también un espacio de socialización en el que se aprende a convivir entre iguales muy desiguales (listos y torpes, ricos y pobres, generosos y egoístas), a sentir compasión por el más débil, a entender para siempre el significado exacto de la palabra amigo. El poeta montevideano fue, de hecho, como ese amigo invisible que teníamos de pequeños, con el que conversaba mientras leía sus libros en la garita o en la litera de la Compañía.

Años más tarde, esta vez sí, el destino terminó cumpliendo bien su trabajo. Me enteré que regalaba una lectura de sus textos en el Castillo de San Marcos y allá que fui yo para contarle que teníamos un trocito de vida en común, enarbolando una frase de Julio Cortázar que me venía al pelo: “Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”. Llegué tempranísimo. Al entrar en el castillo, con el paso sin ajustar y la emoción descompensada, doblé una esquina y tropecé con él. “Lo siento amigo, esto más que un encuentro ha sido un encontronazo”, me dijo sonriendo mientras recomponía la figura. Yo quise igualmente disculparme y quise hablarle de aquellas noches insumisas de verano en la que bajo la única patria de las letras Martín Santomé y Laura Avellaneda, los protagonistas de su novela más famosa, me enseñaron que la ternura es la cara más hermosa de la rebeldía. Pero se me atascaron las palabras.

Aquel mito discretísimo me dejó mudo. Defender la alegría de las ausencias transitorias y las definitivas. Un ejército de compatriotas, cada uno como humildemente sabe y buenamente puede, lucha a destajo, sin tregua, desde hace una semana, para que las ausencias definitivas sean las menos posibles. Nos va la vida en ello.

(18 de marzo)

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