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DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (VIII)

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DÍA OCTAVO

Ayer teníamos que haber presentado en la Fundación Rafael Alberti el libro “Del balón enamorado”, 20 relatos firmados por 20 aficionados a la literatura y al fútbol que es, como se sabe, para los adictos a esa pasión inútil, la cosa más importante de las cosas menos importantes de la vida. Pero el balón de la realidad se ha pinchado y todavía no podemos salir a arreglarlo o a comprar otro.

Yo había convocado para la ocasión a un tridente de gala, los periodistas Fernando Santiago, Carmen Morillo y Carlos Funcia. Y a otro periodista de reconocido prestigio, Rafa Navas, como árbitro de experiencia contrastada en la moderación. Mejor Navas Renedo, sin el nombre y con sus dos apellidos, como son conocidos de toda la vida los trencillas. Santiago, Morillo y Funcia, suenan a las defensas de tres que recitábamos de memoria cuando éramos niños. Melo, Ovejero y Calleja, la del Atleti. Cenitagoya, Díaz, Soriano, la del Cádiz. Salmerón, Pérez, García, la del Racing Portuense. Una defensa y un colegiado que juegan desde hace años en la Champion League del periodismo que baja la información y la opinión al pasto.

Como los relatos del libro, un partido de fútbol, en realidad, nada tiene que ver con ese juego en el que once jugadores se enfrentan a otros once, de un tiempo a esta parte taladrados a tatuajes y frases hechas, con un secador en una mano y un espejo en la otra. El fútbol, como todo buen aficionado sabe, no va de las andanzas, cada vez más anodinas, de un balón durante hora y media. El fútbol se remite a la infancia, a la felicidad, a las mañanas soleadas de los sábados, a las porterías de dos piedras, a los desafíos a Caseras… A todos esos cromos que guardamos en los álbumes íntimos que alimentan la memoria. De esa complicidad fraterna que solo surge en la niñez, cuando un equipo compartido es una de las primeras razones para entablar amistad con el niño de la banca de enfrente. Porque uno se enamora del fútbol en general, y de un equipo en particular, de la misma manera que se enamora de las cosas que quedan para siempre.

En mi caso, a mí me hipnotizó por primera vez una tarde de junio de 1970, viendo en la pantalla de un viejo televisor General Eléctrica Española a la selección del Brasil de Pele, Tostao y Rivelinho. A ese hermoso juego lleno de épica, leyenda y alegría, quería yo jugar el resto de mi vida. Y ser como Gárate, el elegante y exquisito delantero centro de mi equipo, el Atlético de Madrid. Un señor educadísimo que daba las buenas tardes a los defensas al entrar en el área y consolaba a los porteros mientras sus compañeros celebraban apiñados su fino instinto de caballero goleador. Si Albert Camus decía que todo lo que sabía sobre ética se lo debía al fútbol, yo le debo mucho a Don José Eulogio Gárate Ormaechea.

Empecé a practicarlo ya de una manera más organizada en los veranos de mediados de los 70. Cada tarde jugábamos la final de un Mundial, cada fin de semana teníamos un partido del siglo. Nosotros le llamábamos echar un desafío. Que los de la barriada La Playa quieren un desafío. Que uno de Fermesa ha venido hace un rato pidiendo un desafío. Que el portero de Crevillet dice que el desafío del otro día hay que repetirlo, que el gol de desempate fue alta. Aquellos sí que eran desafíos y no los de Jesús Calleja. Las primeras camisetas las compramos en Tejidos López y las sufragamos con una rifa clandestina. Eran celestes, como las del Celta. Para las calzonas y las medias había libertad de modelos y colores. La mayoría calzábamos unas Tórtolas indestructibles que sudaban más que nosotros y por la noche cantaban más que Arconada.

El caso es que ayer, por mor de este maldito virus que nos ha dejado sin partidos desde que asaltamos Anfield, no pudimos presentar el libro. Los beneficios que genere su venta irán a parar a la Fundación Centro Tierra de Todos, de Cádiz, entidad que nació con el objetivo de promocionar y lograr la integración social de los inmigrantes y de los jóvenes de los barrios trabajadores de la ciudad.

Mi relato se llama "Con el 13, Tonino". Su protagonista es aquel invidente que vendía iguales de la ONCE por El Puerto y que era la ilusión pero también la bronca de todos los días. “Tonino vendía cromos de mayores por las calles del barrio alto, los iguales para hoy. A los míos yo los llamaba “repes” o “lotengo” y los cambiaba en el recreo del colegio”.

Cuando acabe esta pesadilla volveremos a intentarlo, que nadie lo dude, ¡hombre por favor!, que somos del Atleti. Un servidor y esa defensa de tres estelar, Santiago, Morillo y Funcia. Bajo las órdenes del colegiado Navas Renedo, más madridista que Guruceta Muro, poniendo orden en la mesa.

(20 de marzo)

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