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EL PARTIDO DE MI VIDA

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En la primavera de 1984, el Mendo, diminutivo con el que un tal Mendoza es conocido en su barrio, es agraciado con un viaje a Palma de Mallorca con todos los gastos pagados. Un todo incluido en el Centro de Instrucción de Reclutas General Asencio. Aunque lo ha intentado, no le han dejado renunciar al premio. Ni es hijo de viuda pobre, ni tiene los pies planos, ni un hermano en la mili, ni es corto de vista (sólo cortito). Así que el 15 de abril parte con un petate repleto de latas de conservas, la cartilla militar y cuatro billetes. Dos verdes, de mil pesetas. Y dos blancos: el de tren, que cubre la ruta Cádiz-Valencia; y el de barco, que le llevará de Valencia a Palma.

Este último trayecto lo hace de noche, en un ferry hasta arriba de excursiones de fin de curso. El Mendo pasa la madrugada dándolo todo en la discoteca del barco, despidiéndose a lo grande de su vida civil. Hasta el punto de que entre cubatas de garrafón y canciones de la movida madrileña se le olvida a dónde va. Suena Radio Futura, pero él, absorto en pedirse otra, emular a Travolta y buscar pareja para cuando empiecen los lentos, no capta la metáfora. “Arde la calle al sol de poniente/ hay tribus ocultas cerca del río/esperando que caiga la noche/hace falta valor…”. A su llegada a puerto, a primera hora de la mañana, con una resaca indecente, descubre enseguida que las  tribus ocultas van vestidas de Policías Militares. Los PM le refrescan le memoria y le dejan bien clara su nueva identidad. Él, y todos los quintos que le acompañan, son unos pringaos de mierda. Unos guripas que se van a cagar por las patas abajo en cuanto lleguen al campamento. Putos reclutas a los que se les va a hacer la mili muy muy larga. Hace falta valor.

Tras dejarse las suelas de las botas, el ánimo y los porqués en el patio de instrucción, cuarenta días después jura bandera. Su nuevo destino es el cuartel de Ingenieros XIV, oficina de Auxiliaría, escribiente. Una prueba de mecanografía a última hora le ha librado de ingresar con la práctica totalidad de su reemplazo en el Regimiento de Infantería Palma 47. Allí, la excelencia castrense se alcanza dando barrigazos y acumulando maniobras militares en la oscuridad.

Una tarde de primeros de julio, después de jugar un partido entre Compañías, un tipo con pinta de secundario de película italiana le aborda en el camino hacia el vestuario. Le dice que su zurda y su velocidad le podrían venir bien al C.D. Andratx, el equipo para el que trabaja, de la tercera división balear. Y le hace una oferta que no puede rechazar. “El pueblo está a 28 kilómetros de aquí, a media hora escasa en coche. Serán tres entrenamientos a la semana y el partido del domingo. Te ofrecemos 3.000 pesetas por partido, más una prima de 1.000 pesetas por empatar fuera y 2.000 por la cada victoria a domicilio. Además, hablaríamos con el Coronel del cuartel para que te librara de guardias y retenes los fines de semana”. El Mendo mira a su alrededor buscando la cámara oculta, pero solo ve un foco apedreado de la garita más cercana al campo. La parte contratante de la segunda parte se viene arriba y pone también sus condiciones. Cuando le den un permiso, tira para Cádiz aunque sea nadando. La respuesta es sí. El club paga la cena los días de entrenamiento. La respuesta es sí. A la pregunta de cómo se desplaza hasta Andratx, el ojeador le asegura que el entrenador vendrá en taxi para llevarlo y traerlo. El ojeador, el taxista y el entrenador son, por cierto, la misma persona. Toni, para los amigos. Toni, o la Santísima Trinidad del C.D. Andratx, y el Mendo rubrican el acuerdo con un apretón de manos.

El oriundo de El Puerto es el último fichaje del C.D. Andratx, un pueblo en el que veranea el mismísimo presidente del Gobierno, Felipe González. Está en pleno período de adaptación en una isla rica en la que atan a los perros con sobrasada. Las noches en las que le toca imaginaria imagina su cromo de la Liga 84-85, posando en un Estadio de Sa Plana vacío, que así se llama el campo (de albero) andragense. O de copas con Zuviría y Sabido, después de una reunión de la Asociación de Futbolistas Profesionales de la que los dos veteranos jugadores, ahora en el Mallorca, forman parte. Pero sobre todo se ve embolsándose cada final de mes la astronómica cifra de 12.000 pesetas, primas aparte. Además de valor, en la mili, como en la vida, hace falta pasta.

La pretemporada es dura, no solo por la palizas físicas, sino porque la letra pequeña del contrato dice que no se cobra hasta que no comience la liga. En esos días, el Mendo quema en los entrenamientos el triple de las calorías que ingiere en el comedor del cuartel. Se le está quedando un tipito estupendo. El Mendo, por cierto, futbolísticamente hablando, ya no es el Mendo. El club ha decidido que sea su primer apellido, González, el que aparezca en las alineaciones y en los medios. González, como Felipe.

Llega el primer partido de la pretemporada y el míster le da el 10, el número de los cracks: “Va a jugar usted en el centro del campo por la izquierda”. La equipación es azul, con los cuellos y los puños de la camiseta amarillos. Desde el pitido inicial a González le sale todo. Roba balones como si fuera Julio Prieto. Templa y manda como si fuera Landáburu. Regatea como si fuera Rubio. González es el líder indiscutible del equipo. Un místico en pleno éxtasis físico-espiritual que juega sin jugar en él. El Mendo, sin embargo, se siente un impostor que pronto será descubierto. A poco del final del partido lo cambian y la tribuna se pone en pie. Alguien en la grada grita: “¡Hem fitxat el Mag Gonzalez!”. González no cabe en su pellejo, pero el Mendo sigue buscando la cámara oculta. Mira hacia arriba pero solo ve los focos del estadio ya apagados.

Aquel fue, sin duda, el partido de su vida. De aquella y de todas las que le queden por vivir. Los quince minutos de gloria de los que hablaba Andy Wharol, multiplicados por seis.  Lo que vino después de aquella gloriosa hora y media no tiene ninguna importancia. El Andratx comienza la liga, pero el duende de González, como las musas de Serrat, ha pasado de él. Ha perdido el 10 y ahora juega con el 3. Es un lateral izquierdo del montón, conservador y previsible, para decepción de la hinchada. Y sobre todo del Toni, el ojeador-taxista-entrenador que esos días sufre una grave crisis de autoestima en su primera y en su tercera ocupación.

A pesar del fiasco, el club le paga religiosamente cada semana, lo que le permite vivir la primera parte de la mili sin estrecheces. Tiene un piso alquilado en Palma junto a otros compañeros. No hace guardias los fines de semana. Todo fluye, hasta que en diciembre obtiene un permiso de 20 días y le comunica al club que, tal como quedaron, se va para Cádiz. El míster le dice que no va a poder ser, que en esas fechas el equipo sufre una plaga de lesiones y no quiere tirar de juveniles. A González no le importa quedarse, pero el Mendo esta como loco por ver a su novia y a sus amigos. El Toni le lanza un ultimátum: si te vas, te damos de baja. El Mendo se monta en el avión y González se queda sin ficha.

Tras volver, para no perder sus privilegios cuarteleros, no dice nada de su despido. Hasta que una mañana el teniente de su oficina le comenta que irá el domingo a verlo jugar. El Mendo se acojona. Se ve ya en la prisión militar de Illetas, encerrado durante años por traición a la patria y al fútbol balear. Hace falta valor. “Mi teniente, hace un par de semanas que no juego por lesión. Me hicieron una entrada criminal en el partido contra el Manacor y tengo fastidiada la rodilla izquierda”, comenta con la voz temblorosa. “Pues entonces no iré. Ya me avisas cuando vuelvas a estar en forma”, contesta el teniente. Esa misma noche, todavía hipertenso, celebra en la cantina su interpretación de Óscar invitando a calimocho a media Compañía.

Tres días más tarde comunica a sus mandos, por la cuenta que le trae, que ha dejado el equipo por discrepancias con su entrenador. Como ya carece de ingresos, se alimenta otra vez solo del rancho pobre y escaso del cuartel. En pocas semanas volverá a ser de nuevo la radiografía de un suspiro de La Pastora. El furrier, que le tiene ganas, lo achicharra a guardias. Los domingos sin servicios los pasa tumbado en la litera, escuchando el carrusel deportivo de José María García. Recordando con nostalgia aquella tarde gloriosa de González, el soldado futbolista oriundo de El Puerto y del arma de ingenieros. “¡Hem fitxat el Mag Gonzalez!”.

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