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JUANLU MARTÍNEZ, LA ALEGRÍA DE VIVIR

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A finales del verano de 1981, el álbum de la liga incorporaba en sus páginas traseras los últimos fichajes de los equipos de primera división para la nueva temporada. Como todos los años, los jugadores que cambiaban de club aparecían enfundados en sus nuevas camisetas, pintadas sobre las antiguas porque entonces no había ni presentaciones mediáticas ni photoshop. El Zaragoza se hizo con los servicios de nuestro paisano Cecilio Zunzunegui, el Atlético de Madrid firmó a Hugo Sánchez y el Betis a Poli Rincón. En los equipos juveniles de la cantera portuense también hubo intercambio de cromos. Juan El Pollo dejó La Salle y fichó por el San Marcos. Lolo Borne abandonó el San Marcos y se enroló en el Safa San Luis. Y Manolín y un servidor nos fuimos del San Marcos y recalamos en La Salle. Los álbumes de aquellas ligas nuestras eran de fotos siempre de equipo, casi nunca individuales. Los guardaba el secretario de la Junta Directiva en un cajón bajo llave de la mesa que apenas cabía en el cuchitril de la sede del club, junto a las fichas de los jugadores y recortes de periódicos de nuestros partidos que publicaba Diario de Cádiz.

En los primeros días de la pretemporada de aquel verano, finales de julio, recién llegado a mi nuevo equipo, que presidía Pepe Sanz y entrenaba Carlos Pumar, hice amistad con un chaval al que no conocía. Tenía la cabeza llena de rizos, como el moreno de Los Pecos. Y unas piernas que golpeaban el balón con una fuerza parecida a la de Scotta, aquel delantero argentino del Sevilla especialista en los lanzamientos de faltas cuyos contrarios se hacían los locos para escaquearse de la barrera. Martínez para el entrenador, Juanlu para los compañeros, rendía donde los pusiesen, ya fuera en el centro de la defensa o en el medio del campo. Era expeditivo, fuerte físicamente, generoso en el esfuerzo y solidario con los compañeros. Le gustaba ganar como a todos, pero sobre todo disfrutar de los entrenamientos y de los partidos, de esa pasión por la pelota que nos enganchó para siempre en el recreo de la infancia y en la plazoleta de la barriada. A mí me gustaba estar cerca de él en los entrenamientos y en los desplazamientos en autobús, porque por donde Juanlu pasaba siempre había buen rollo y muchas risas. Su estado de ánimo no lo condicionaban ni las victorias ni las derrotas. A veces, en medio de la tensión de un partido, con el entrenador gritando como un poseso con las venas del cuello hinchadas, se te acercaba y para relajar un poco el ambiente soltaba un comentario chistoso sobre el árbitro, algún jugador del equipo contrario e incluso del nuestro. Alguna vez me tapé la boca como hacen hoy en día los futbolistas, pero no para que no me leyeran los labios, sino para que el míster no me viera riéndome a carcajadas y me mandara a la ducha por frívolo e irresponsable. El fútbol y la vida eran para Juanlu algo parecido: un juego en el que lo más importante de todo era disfrutar.

Algunos años después, todavía en edad de poder tener un cromo en el álbum de la liga pero ya sabiendo que el único álbum en el que íbamos a tener protagonismo sería en el de nuestra boda, me llamó para jugar un campeonato de veteranos con Verinsur, la empresa en la que trabajó muchos años. Llegábamos una hora antes al campo y Juanlu empezaba a recordar anécdotas del pasado, con ese don de monologuista lleno de gracia que fue consolidando con los años. Muchas veces se nos olvidaba que teníamos que jugar y venían los del equipo contrario o el árbitro a decirnos que había que empezar, que aquello era un partido de fútbol, no un reservado de La Burra. Como si el encuentro fuera más importante que aquellos ratos en los que celebrábamos que volvíamos a estar juntos en plena adolescencia en las historias antiguas que recreábamos.

Pasó otra vez el tiempo como pasaba el cóndor y alguien nos dijo que Juanlu había montado un bar en Vistahermosa, El Lentisco. Un domingo después de pasar la mañana en la playa, con más hambre que Carpanta, mi amigo Antonio Carvajal y yo fuimos con nuestras parejas a comer allí. El nuevo emprendedor salió de la cocina y nos dio un abrazo que todavía siento. Nos contó que estaba muerto de miedo, que había hecho una inversión enorme y que confiaba en que El Lentisco fuera en poco tiempo un bar de referencia en El Puerto. Almorzamos y echamos allí la tarde, con el señor empresario sirviéndonos como si fuéramos marajás, feliz por tenernos allí, y nosotros encantados de contribuir económicamente en aquellos primeros días del negocio. Cuando le pedimos la cuenta nos dijo que otro día. Fue inútil insistir. Soltó dos o tres ocurrencias de las suyas y nos agradeció que le hubiéramos dejado desabastecido de tortillas de camarones, tomates aliñaos, cervezas y gin tonics. En las navidades de 2014 celebramos allí la comida de Navidad del INEM. Nos regaló a los postres la actuación de un grupo flamenco que había contratado expresamente para nosotros. Es para que te relajes, Pepe, me dijo, que tienes toda la cara de San Pancracio con depresión.

Así era y así será siempre Juanlu en los recuerdos luminosos que alimentan mi memoria. Un tipo entrañable que le alegraba la vida a aquellos que lo conocían. Uno de esos seres de luz que cuando te lo cruzabas siempre salías mejorado del encuentro. Un niño travieso e hiperactivo que se obligaba a ser adulto. La vida le golpeó a veces con fuerza, pero jamás se refugió en el victimismo ni en el resentimiento. Eso era Juanlu: una manera de ser, una forma cálida, generosa y divertida de estar en el mundo.

Los que hemos disfrutado de su amistad incondicional ya lo tenemos en nuestro íntimo álbum de cromos de la liga de la vida, posando para la eternidad con esa sonrisa limpia con la que le ponía siempre buena cara al mal tiempo. Cuidando de la gente que quería, con ese humor insobornable y elegante con el que transitó por el mundo. Lo vamos a echar mucho de menos. Ya no vamos a poder alegrarnos al verlo, pero cada vez que nos alegremos lo veremos, solo hay que saber mirar, feliz, disfrutón, imprescindible.

15/06/2021 07:37 pepemendoza #. sin tema

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