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El blog de Pepe Mendoza

FOFÓ CUMPLE CIEN AÑOS

FOFÓ CUMPLE CIEN AÑOS

Fofó, el payaso que cada vez que nos veía se interesaba en saber cómo estábamos y nos trataba de usted, cumple hoy 100 años. También los hubiera cumplido un señor de Murcia llamado Alfonso Aragón Bermúdez, de no haber muerto, a la temprana edad de 53 años, de hepatitis B, a causa de las transfusiones de sangre que recibió durante una exitosa intervención quirúrgica para extirparle un tumor cerebral benigno.

Fofó y Alfonso era dos tipos requetefinos, medio chiflaos, casi divinos, disparataos, sin bien el segundo solo hacía el payaso en la intimidad. Durante muchos años, los niños creímos que el que falleció aquel 22 de junio de 1976, el último día de colegio antes de las vacaciones, fue Fofó. Mis amigos y yo nos enfadamos muchos con sus hermanos cuando aparecieron días después y Gaby nos contó la trola de que seguía vivo, que el que se había ido al cielo a jugar con un montón de niños que lo estaban esperando con los brazos y las risas abiertas era Alfonso, un señor al que no conocíamos de nada. ¡Vaya mentira, mentira, mentira es!, pensé yo entonces, tatareando uno de los estribillos de una de las canciones que entonaban después de la aventura. A mí no me engañaban como a los niños chicos. Muchos años después, supimos que el payaso más serio tenía razón. Hace falta media vida para entender cosas que suceden en un instante.

Al entierro del tal Alfonso, que lloramos como si hubiera sido el de Fofó, lo que es no saber, asistieron miles de personas que colapsaron las calles de Madrid camino del cementerio.

A la fiesta del centenario de Fofó, peluca rubia despeinada, bombín rojo con una cinta negra en la base, nariz color carne (para no asustar) y camiseta roja XXL estamos todos invitados. De lo del color del atuendo también nos enteramos más tarde. Yo, cuando en casa sustituimos el viejo General Eléctrica Española por un Telefunken Palcolor.

Había una vez un circo que alegraba siempre el corazón. Y un payaso maravilloso y eterno que sigue hecho un chaval. Como nosotros cada vez que lo vemos y oímos en aquella vieja casa de vecinos, los ojos clavados como chinchetas en la tele, la merienda entre las manos, la risa suelta, la maleta arrumbada en el suelo.

Seguimos estando, querido Fofó, más o menos bien, con los achaques propios de la edad. Algunos, ya, donde tenemos tres pelos no es en la barba sino en la cabeza.

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