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El blog de Pepe Mendoza

DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (VII)

DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (VII)

DÍA SÉPTIMO

Defender la alegría como una trinchera/defenderla del escándalo y la rutina/de la miseria y los miserables/de las ausencias transitorias y las definitivas/ nos aconseja estos días Mario Benedetti, un poeta que forma parte de mi educación sentimental y social desde que supe de su existencia, allá por 1984. En aquel año, ambos residíamos en Palma de Mallorca por razones distintas. Él, huyendo de la dictadura de su país, Uruguay, que duró desde 1973 a 1985. Yo, sirviendo a la patria en la todavía jovencísima democracia española. Lo conocí allí, pero a través de sus obras, y gracias a mi novia, que me enviaba paquetes todas las semanas con libros que sacaba de la biblioteca pública de El Puerto. El primero que me llegó, “La tregua”, es una de las historias de amor más hermosas que he leído nunca.

Años después supe por uno de sus cuentos que paseábamos algunas tardes en esas mismas fechas por el Paseo Borne, el lugar de esparcimiento al que los soldados de la isla acudíamos los días que no teníamos servicios ni guardias y podíamos salir a respirar el aire puro y civil de la libertad. Yo estaba convencido, o mejor deseaba estarlo, que alguna tarde de la primavera o el verano de aquel año habíamos cruzado nuestras miradas.

Un relato publicado años después me convenció de que, efectivamente, fuimos compañeros no solo de paseo, sino de café y de copas. Contaba Don Mario que escribía en el Café Manila, el mismo al que yo iba para que mi novia me llamara desde su trabajo al teléfono público de ese mismo Café, sin gastarnos un duro. Hasta que me descubrieron y me prohibieron la entrada. Alguno de esos días de aquel verano, quién sabe, él pudo estar terminando “Geografías” (1984), una compilación de cuentos y poemas. O tal vez empezando “Cuentos completos” (1986), mientras yo susurraba al otro lado del teléfono palabras de amor sencillas y tiernas.

Algunas noches, Benedetti me acompañaba escondido en el abrigo tres cuartos a la garita norte del cuartel de Ingenieros XIV. Allí, agazapados, con el cetme y el ardor guerrero arrestados por lo civil en un rincón, se fraguó, al socaire de un rumor de grillos, el comienzo de una bella amistad. Algunos de sus principios éticos y consejos forman parte de mi manera de estar en el mundo, de transitar por la vida. Que si el corazón se cansa de querer, para que sirve. Que los débiles de veras nunca se rinden. Que hay que vivir adrede.

La mili me confirmó lo que ya amigos mayores que yo ya me habían contado. Con las gratificantes excepciones de algunos militares decentes, cultos y demócratas, la patria seguía siendo el último refugio de muchos canallas: órdenes absurdas, matonismo estrafalario, moral de rebaño, fascismo ambiental, gritos de borrachos en la noche… Pero era también un espacio de socialización en el que se aprende a convivir entre iguales muy desiguales (listos y torpes, ricos y pobres, generosos y egoístas), a sentir compasión por el más débil, a entender para siempre el significado exacto de la palabra amigo. El poeta montevideano fue, de hecho, como ese amigo invisible que teníamos de pequeños, con el que conversaba mientras leía sus libros en la garita o en la litera de la Compañía.

Años más tarde, esta vez sí, el destino terminó cumpliendo bien su trabajo. Me enteré que regalaba una lectura de sus textos en el Castillo de San Marcos y allá que fui yo para contarle que teníamos un trocito de vida en común, enarbolando una frase de Julio Cortázar que me venía al pelo: “Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”. Llegué tempranísimo. Al entrar en el castillo, con el paso sin ajustar y la emoción descompensada, doblé una esquina y tropecé con él. “Lo siento amigo, esto más que un encuentro ha sido un encontronazo”, me dijo sonriendo mientras recomponía la figura. Yo quise igualmente disculparme y quise hablarle de aquellas noches insumisas de verano en la que bajo la única patria de las letras Martín Santomé y Laura Avellaneda, los protagonistas de su novela más famosa, me enseñaron que la ternura es la cara más hermosa de la rebeldía. Pero se me atascaron las palabras.

Aquel mito discretísimo me dejó mudo. Defender la alegría de las ausencias transitorias y las definitivas. Un ejército de compatriotas, cada uno como humildemente sabe y buenamente puede, lucha a destajo, sin tregua, desde hace una semana, para que las ausencias definitivas sean las menos posibles. Nos va la vida en ello.

(18 de marzo)

DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (VI)

DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (VI)

DÍA SEXTO

Fue motivo de regocijo y chanza en los comentarios en este muro la foto de la cocina conventual que ilustraba la crónica de ayer. Algunas Hermanas y Hermanos en la Fe, la Esperanza y la Paridad, mostraron su sorpresa porque un servidor merienda de vez en cuando Cola Cao y Nocilla. Soy primo lejano desde chiquitito del negrito del África tropical y sigo cantando desde los 70 su himno proletario, y degustando con entusiasmo el alimento de la juventud. En cuanto al compuesto de leche, cacao, avellanas y azúcar, he de decir, aún a riesgo de romper de palabra el voto de humildad, que a día de hoy continuo siendo un hombre fuerte, alegre y deportista. Es cierto que en mi más tierna infancia fui adicto al Tulicrem, una crema de cacao riquísima que a veces engullía a escondidas a cucharadas. Pecado de gula por el que siempre pedía perdón antes de dormir. Un día, de la noche a la merienda, el Tulicrem desapareció de los ultramarinos, como desaparecieron las máquinas de bolas de chicle atornilladas a la pared, los burros desfilando con cerones cargados de arena y los diteros.

No voy a dar el nombre de ningún hermano, pero en más de una ocasión este cuerpo serrano y marinero ha sido depositario de alguna que otra mirada concupiscente cuando salíamos a rezar maitines, laudes, prima, tercia, sexta, nona, vísperas y completas. Nos quejábamos entonces con la boca pequeña de la cantidad de veces que había que abandonar la celda. En estos días, curiosamente, salimos a la ventana cada diez minutos para solidarizarnos con los sanitarios, la patrulla policial, la patrulla canina, los vendedores de chandals, el Dúo Dinámico… Mucho me temo que algún que otro hermano de fe quebradiza cuando todo esto acabe abandonará el convento y se remangará los hábitos.

Ayer alguien colgó en el tablón de anuncios que mañana (hay que recordarles a los fieles que esta diario, como los periódicos, recoge lo sucedido el día anterior) nos han convocado a las 7 de la tarde para homenajear a todos los hijos de Dios bautizados con el casto y puro nombre de José. Para amenizar la fiesta, se cantará la canción de los payasos de la tele “Hola Don Pepito, hola Don José”. ¡Qué barbaridad! En cuanto termine de escribir esta crónica le pido permiso al Prior para utilizar el teléfono comunitario y llamo a la policía y denuncio a los organizadores del evento. No sé qué pensará el Padre Angulo, franciscano y jurista de reconocido prestigio que estará pasando la cuarentena subiéndose por las paredes y rezándole a San Mamés para que vuelvan a dar por la tele partidos de Athletic de Bilbao, aunque sean los de Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gainza. La letra de la canción de los payasos, pecadores ignorantes, habla de que Don Pepito y Don José se visitan mutuamente sin importarles un pimiento el coronavirus, con el agravante de que Don José está en contacto con la abuela de Don Pepito, o al revés, que ahora mismo no me acuerdo. Si esto no es violentar el estado de alarma, que vengan Dios y Fernando Simón y lo vean.

Hay canciones muy bonitas, con letras que invitan al recogimiento, la oración y a levantar la mirada al Cielo en lugar de llevarse todo el Santo Día con los ojos bajados y clavados en el móvil, por muy graciosos que sean los memes. Canciones con títulos que nos ayudan a estar a solas con Dios y con nosotros mismos, que es como tenemos que estar. “Solo”, de Chiquetete, “Sabor a mí” y "Reloj" de Los Panchos, “Soledad”, de Emilio José, “No resulta fácil”, de José Luis Perales, “El baúl de los recuerdos”, de Karina, o “Una estrella en mi jardín”, de Mari Trini (la va a tener que quitar ella sola, la pobre). Perdonadme pero aquí en el convento solo escucho música clásica sin letra y no estoy al día.

Vayan ustedes con Dios, pero no más lejos de la ventana. Amén.

(18 de marzo)

DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (V)

DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (V)

DÍA QUINTO

Teatro, lo nuestro es puro teatro. Cada mañana de esta cuarentena que nos ha aislado pero que milagrosamente ha hecho que estemos más unidos que nunca, nos ponemos la nariz de payaso y salimos al escenario de las redes sociales en defensa propia, en defensa nuestra. Somos el circo de aquella infancia que alegraba siempre el corazón. Se canta, se aplaude y se celebra en ventanas y balcones cualquier cosa, con tal de mantener viva la esperanza, que es la vida misma defendiéndose del Covid-19, de los expedientes de regulación de empleo, del cinismo de algunos representantes públicos que no nos merecemos. A pesar de todo, seguimos vivos y actuando, lo cual es un éxito total. Somos como esos secundarios de oro del cine y el teatro español, imprescindibles para humanizar esta distopía futurista en la que las bolsas, los besos y las calles alcanzan mínimos históricos. No se qué pensarán vecinos y amigos teatreros de reconocido prestigio como Emilio Flor, Manolo Morillo, Antonio Ocaña, Montse Torrent, Juan García Larrondo o Paco Crespo, de todo esto. De la que probablemente sea la interpretación de nuestras vidas.

Mis rutinas siguen siendo, más o menos, las mismas. A mis ventanales voy, de mis ventanales vengo. Anoche me asusté mucho. Ustedes van a pensar que esto que voy a contarles es pura ficción, una argucia literaria para salvar esta croniquilla de hoy, pero juro por Dios que, además de no volver a pasar hambre (cuando anuncien el fin de la cuarentena tendremos que llamar a un albañil para que ensanche la puerta y poder salir), esto pasó y por eso lo cuento.

Eran exactamente las cuatro y diez, como en la canción de Aute pero Ante Meridiem, no Post Meridiem (signifiquen los que signifiquen estos latinazgos). Unos ruidos extraños me sacaron de los brazos amorosos de Morfeo. Llovía copiosamente. Todavía entre el sueño y la vigilia, me tranquilicé pensando que no podían ser ladrones, pues está prohibido salir de casa salvo para casos excepcionales. Robar, que yo sepa, por lo menos mientras estemos en cuarentena, no figura en la lista de actividades permitidas. Ni siquiera llevando un perro, salvo que te dediques a chorizar farolas. Me acerqué dando tumbos a la cocina, pues de allí provenían lo que ahora más que ruidos parecían quejíos. Cubrí el trayecto a oscuras, en camiseta interior, a pasito corto, dándome ánimos, como si fuera una costalero. Espíritus, me decía a la vez que apretaba para dentro los esfínteres, tampoco pueden ser, pues las almas en penas también deben permanecer recluidas. Pienso, qué tontería, que el niño del Sexto Sentido estará ya más tranquilo, pues ya hace casi una semana que no ve muertos.

Entro en la cocina y los que lloran a su manera son el frigorífico y el microondas. En mi casa es normal escucharlos a diario, seguro que en la suya también. Pero no sé, en estos días en los que la peste del siglo XXI cabalga a través de los países y de las paredes con la guadaña en guardia, a mí me asustan hasta los Telettubbies (esa doble t y esa doble b en el nombre tienen que significar algo siniestro). Pero no nos desviemos. Le puse la mano al frigorífico en el congelador y estaba ardiendo. Acudí inmediatamente después al microondas. Estaba frío como un cadáver. Qué raro era todo. No les he dicho que siempre he tenido muy buen rollo y una gran empatía con los electrodomésticos. Yo creo que ellos también tienen alma, corazón y vida. Bueno, en lugar de corazón, termostato, que es más o menos lo mismo. Y nos hablan, claro que nos hablan, desde una abismo blanco de kilovatios, destellos y fusibles. Mi interpretación sobre su extraño comportamiento la madrugada pasada es que también los cacharros se tienen que acostumbrar a tenernos todo el día en casa, pues elos también han perdido libertad e intimidad. Y ahora, además, están sobreexplotados.

Permanecí con ellos un rato, intentado anirmarles un poco. Les hablé de las nobles aspiraciones de la aspiradora, de la limpieza de miras del lavavajillas, de lo mucho que he aprendido de la Thermomix. Ir por la vida a velocidad cuchara ha rebajado bastante mis niveles de ansiedad. Me agradecieron sinceramente que tuviera a todos los miembros de su familia en tan alta consideración. No les dije, para no herirlos, que no a todos. La lavadora nunca me cayó bien. Desestructurar parejas de calcetines, con toda el sufrimiento que provoca, no es de buenas personas. Ni de buenos cacharros.

Ya no me acosté. Vi amanecer, que no es poco. Me asomé a la ventana y vi a la chica de ayer. Tan temprano ya había un ambientazo. La gente iba con el mismo pijama de estos días y con un impermeable para combatir la lluvia. Por razones de salud pública creo que deberían ampliar el Decreto del estado de alarma para que pudiéramos comprar pijamas nuevos. Coforme pasaban los minutos se fueron incorporando nuevos vecinos a la fiesta. No sé si los que cantaban eran animalistas sobrevenidos, dándole las gracias a Noé por haber salvado a una pareja de perros. O capillitas con el corazón contento corazón contento lleno de alegría rezándole a la Virgen de la Cueva para que siga lloviendo porque este año les da igual.

La lluvia, dijo Borges, es una cosa que sin duda sucede en el pasado. Otro tiempo vendrá, mejor que este presente.

(17 de marzo)

DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (IV)

DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (IV)

DÍA CUARTO

No quiero yo restar ni un ápice de entusiasmo a todas las iniciativas que surgen a través de las redes sociales para mantenernos activos y animados. Para que no se nos ponga la cara de la vieja del visillo que se nos está poniendo. Pero las vacaciones, los asuntos propios, los fines de semana, la media hora del desayuno, etc., etc., hay que respetarlos, activistas sin corazón. Que parece esto un remake de El Grand Prix.

Qué estrés, por el amor de Dios. Ya no puedo más, ya no puedo más, siempre se repite la misma historia (muy bien cantado). Así que hoy no hago ná. Repito: hoy no hago ná de ná. Bueno, saldré a la ventana a aplaudir a los héroes con bata de la sanidad pública, pero ya está. Que parece que vivo en las páginas de 1984, en la novela de Orwell y en el año en que estuve en la mili, en los dos sitios a vez, "quinto levanta tira de la manta, quinto levanta te vamo a reventá”.

Tengo el móvil bloqueado de tantas convocatorias, con la oferta de actividades actualizada al minuto. Mi amiga Fátima me acaba de reenviar el programa semanal de excursiones a la ventana . Ayer, a las 20 horas, hubo homenaje al personal de las grandes superficies, peluqueros, médicos, personal de limpieza. Hoy, salida a los balcones con las linternas del móvil encendidas como homenaje a las víctimas del corona virus. El martes hay que cantar “Sobreviviré”, versión Mónica Naranjo, en pijama (eso dice exactamente: ¿alguien sale a estas cosas trajeado?). El miércoles nueva gira para entonar el cumpleaños feliz a todos los que cumplen en marzo solos y en cuarentena. El jueves, otra vez “Resistiré”, imagino que para pasar lista y restarle puntos en el examen de la academia a los que ya estén roncos. Todo ello para hacer esta cuarentena más divertida dentro de lo que cabe, dice al final la convocatoria. ¡Virgen del amor hermoso! Si vamos a morir todos, vamos a morir un poco más tranquilos y relajaditos.

Urge pensar ya en una cuarentena adicional para los jartibles que tienen tomadas las redes. ¿Algún informático de guardia que pueda asesorarnos sobre qué se puede hacer con estos talibanes de la ONG Hiperactivos Sin Fronteras Tecnológicas? Que alguien jaqueé, siquiera un par de días, Twitter, Facebook, Instagram y Whatsapp a la vez, por favor. Que nos dejen roncar a pierna suelta en el sofá, en bragas o en calzoncillos, como hemos hecho toda la vida de Dios. Un respeto para el nutrido colectivo de holgazanes, pánfilos y demás fauna más floja que un muelle de guita del que soy socio numerario desde chico.

Si no ponemos remedio, esto se nos va de las manos. De seguir en esta dinámica, pronto algún influencer de esos nos convocará para que hagamos el amor en el balcón como homenaje a los trabajadores del sector de los anticonceptivos que llevan siglos al pie del cañón, nunca mejor dicho, y nadie se acuerda de ellos. O para que cantemos vestidos de los payasos de la tele “Pepe trae la escoba”, en reconocimiento al gremio de los trabajadores de la limpieza o al de los feriantes del tren de los escobazos, yo que sé ya. Un día de estos, ojalá me equivoque, un iluminado de una de las cientos de sectas que cree que el fin del mundo ha llegado por fin, nos pedirá que nos asomemos al balcón cantando con La Guardia “Mil calles llegan hacia ti”. Y al final ya en plena apoteosis mística autodestructiva, nos exigirán que nos tiremos directamente al asfalto para así acabar lo antes posible con este sinvivir. Vamos a terminar todos estresaos y estrozaos. Qué barbaridad.

A partir de mañana, eso si es una buena noticia, han dado lluvia, un tiempo ideal para disfrutar sosegadamente en familia de los juegos de mesa. Una manera más íntima y descansada de pasar al tiempo sin sobresaltos. Yo mataría en estos momentos por la caja de los Juegos Reunidos Geyper, la de 55, que los Reyes, menudos clasistas, nunca me trajeron. Una vez me pusieron la de 10, y va que chuta. La abrías y solo traían el parchís, la oca, el tres en raya, unos palillos grises de plástico malo que precían pizarrines y unas ratas horrorosas del mismo color con los que no jugaba nadie. Y poco más. Tampoco me trajeron nunca ni el scalextric ni la bicicleta. Ya no los quiero, y ahora mismo menos, no me vaya a multar la policía local. Aunque pensándolo bien, la bici me vendría estupendente para acudir desde mi cuarto a las próximas convocatorias en la ventana. Cuando me recupere, claro.

(16 de marzo)

DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (III)

DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (III)

DÍA TERCERO

Ringo, rango, rango, ringo, qué rarito este domingo. Sin misas, sin vermús, sin fútbol, sin Fallas, sin toros, sin cine, sin visitas. Esto con Franco no pasaba. Con Franco el que mandaba en las calles y hacía y deshacía a su antojo era Fraga, no el virus este de mierda que os tiene acojonaos, españolitos cobardes, ¡cagoendiez!

Hacen falta hombres de una vez, que se vistan por los pies, que desafíen la moral del rebaño y le planten cara con un par a la pandemia. Hombres como Aznar, que se caga en el bichito, en la Organización Mundial de la Salud y en el Gobierno juntos, y viaja a Marbella en lugar de permanecer encerrado en su casa de Madrid, como obliga el Decreto que regula el estado de alarma y que cumplimos escrupulosamente la inmensa mayoría de los vecinos de este país. O como Pablo Iglesias, que rompió la cuarentena a la que estaba sometido después de que su pareja diera positivo y se coló en el Consejo de Ministros porque él lo vale. O como Torra y Urkullu, que se han indignado bastante porque quieren gestionar las crisis del corona virus con independencia. Es probable que el corona virus catalán y el corona virus vasco no sean españoles, que vengan de otra cepa y tengan un RH distinto. Todos los españoles somos iguales, pero algunos somos más iguales que otros.

Con estos bueyes aramos. Al contrario que para el Covid-19, para la estulticia y la soberbia andamos sobrados de vacunas. Volver a los clásicos, por ejemplo, es un antídoto estupendo que te reconcilia con lo mejor de nosotros. Mientras desayunamos, invocamos el testimonio luminoso y la memoria agradecida de Don Antonio Machado. El poeta que nos recuerda que nadie es más que nadie. El ciudadano que dejó escrito con la tinta indeleble de su compromiso cívico que en España lo mejor es el pueblo. Que siempre ha sido así. Que en los trances duros los señoritos invocan la patria y la venden. Que el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva. En España, decía, no hay modo de ser persona bien nacida sin amar al pueblo. Qué antiguo este hombre y qué actual a la vez. Aznar, Iglesias, Torra, Urkullu, señoritos cada uno a su manera, usando su privilegios cada uno a su manera, mientras sanitarios, taxistas, maestros, artistas, autónomos, funcionarios, periodistas, hosteleros, trabajadores de todas clases, en fin, se desviven por transformar estos días oscuros en luminosos, por demostrarnos con su ejemplo que saldremos de esta. Aislados pero juntos. Y que también hay vida y fiesta y humor en este tiempo en el que estamos obligados a ser solitarios solidarios.

El día transcurre entre lecturas, saqueos al frigorífico, sobredosis de informativos, risas, zafarrancho, memes, llamadas. Mis hijos me enseñan cómo hacer una video llamada por whatsapp en la que puedan participar hasta cuatro personas. Y la hago yo solito a la primera, sin tutoriales, sin meter en Google “cómo coño hacer una llamada colectiva por whatsapp”, sin maldecir a la tecnología puta, digo punta. Sin volver a contar por enésima vez, cual abuelo Cebolleta, la confianza que daban y lo formales que eran el teléfono de rueda colgado a la pared y la Olivetti 98.

A la hora de la cena, la radio y la televisión abandonan por un momento la información sobre el corona virus real para hablar sobre el Corona Virus Real (repárese en el poder de las mayúsculas). Nos cuentan que el Emérito ha dado positivo por petrodólares y que su hijo Felipe se aleja de él para evitar a toda costa el contagio. El Rey de ahora renuncia a la herencia del Rey de antes. Qué cosas. La herencia de Juan Carlos es, cada vez menos presuntamente, un pastizal que ha ido acumulando durante toda su vida, cotizando pluriempleado en España y en Arabia Saudí. Normal que le haya quedado la pensión máxima. De lo ingresos recibidos en aquel modélico país parece que su hijo también era beneficiario, pero un año después de conocer ese regalo envenenado le ha dicho al padre que no, que no quiere nada, que él puede ir tirando más o menos con su nómina.

Ringo, rango, rango, ringo, qué rarito este domingo. El periodista José Ribagorda, se emociona en el informativo de la noche de Tele 5 al comentar las muestras de solidaridad de todo un país, un país cojonudo lleno de patriotas de los de verdad. En España, ya lo dijo Don Antonio, lo mejor es el pueblo. Siempre ha sido así.

(15 de marzo)

DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (II)

DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (II)

DÍA SEGUNDO

Ayer nos pasamos casi todo el día en el salón esperando a Pedro con nuestro mejor pijama. Que está al llegar, decían. Que ya pero todavía no. Que un poco de paciencia, por favor. ¡Pedrooooooo! Si le hubieran encargado la comparecencia a mi amigo Jesús Almendros, a las ocho de la mañana ya habríamos estado todos perfectamente informados, no solo sobre el estado de alarma, sino también sobre las mejores películas, obras de teatro y bandas sonoras con las que combatir esta inflación de tiempo libre.

El caso es que el informal de Pedro no llegaba. Yo me acordé de otros muchos incumplidores. Godot, por ejemplo, ese impresentable al que todavía están esperando los dos pobres desgraciados con los que quedó bajo un árbol hace una eternidad. También de aquel tipo que se fue un día de su casa y tuvo la mala suerte de encontrarse con Paco Lobatón en “Quién sabe dónde”. Cuando le preguntaron por qué después de más de quince años no había ni siquiera telefoneado nunca a su pobre madre para tranquilizarla, dijo que desde el mismo momento en que se fue pensó en llamarla, pero que un día con otro, un día con otro… Y, cómo no, pensé en Jesús de Nazaret, el rey del ya nos vemos si eso. Aun reconociendo que cuando vino vino de verdad, aseguró que regresaría en segunda convocatoria. “Vuelvo pronto”, escribió en el muro de Facebook de la Historia. 2020 años llevamos esperándolo. Ya le vale.

El caso es que desde que Pedro dijo que venía hasta que por fin vino, me dio tiempo hacer todo esto:

1.Comer otra vez a lo grande. Presa ibérica, no me digan que no es un acto de justicia poética la coincidencia entre el nombre del plato y la situación en la que nos encontramos.

2.Pegarme una siestón de los de pijama y orinal.

3.Leer la respuesta de mi amiga Mercedes Bravo, que sabe latín y griego, a mi pregunta sobre sí se puede salir a correr. Está totalmente prohibido, tomo nota. Correr en estos días es más de cobardes que nunca.

4.Ver como pude, porque se cortaba de vez en cuando, el concierto que Javier Ruibal nos regaló por las redes sociales desde su casa.

5.Encerrarme varias veces en el baño cada vez que intuía que mi mujer podía enarbolar su frase tipo en los tiempos de asueto: “podríamos aprovechar estos días para”. Tengo el estómago regular, puse como excusa, y luego ya dentro hacía ruidos extraños con la boca y tiraba de la cisterna compulsivamente. Las mujeres, sobre todo la mía, tienen siempre una faena en la cabeza.

6.Celebrar mi cumpleaños (gracias, muchas gracias). Nos pusimos de tarta hasta casi sufrir un ataque de hiperglucemia. Mis hijos me cantaron la nueva y desesperanzada versión del cumpleaños feliz: Cumpleaños feliz/cumpleaños feliz/a saber padre cuándo/nos permiten salir.

7.Escuchar como anunciaban que no habrá procesiones de Semana Santa. Igual Jesús este año, el primero en 21 siglos en el que no lo van a crucificar, se viene arriba (en este caso abajo) y regresa por fin, pero sin sermones ni multitudes. Ni milagros de los de tocar. Además, si no tiene perro no puede salir a anunciar la buena noticia. Creo que un equipo de psicólogos debería comunicarle también, poco a poco, que Pilatos ha pasado de villano a influencer, gracias a su experiencia en la destreza de lavarse bien las manos.

Eran más de las nueve de la noche cuando, con siete horas de retraso sobre el horario previsto, Pedro se plantó por fin en nuestro salón, igual pensando que le íbamos a decir que se quedara a cenar, con lo tiesa que está la cosa. El resumen de todo lo que dijo es que sigamos el ejemplo del probe Migue, ese español solitario y solidario que es feliz sin relacionarse con nadie. Un profeta que ya vio hace décadas lo que se nos venía encima y por eso hace mucho tiempo que no sale.

Antes de retirarnos a descansar, abrimos la ventana para aplaudir el patriotismo generoso e infatigable de los trabajadores de la sanidad pública. Benditos sean.

(14 de marzo)

DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (I)

DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (I)

DIA PRIMERO 

Como en casa en ningún sitio, como en casa en ningún sitio, repito incesantemente mientras voy de mi corazón a mis asuntos, del jabón a los pañuelos, de mi mujer a mis hijos. Los reúno en décima convocatoria y les informo que he asumido en el espacio Mendoza el liderazgo que me piden la Organización Mundial de la Salud, el presidente de mi país, el de mi comunidad autónoma, el alcalde de mi ciudad... Y, sobre todo, Fernando Simón, ese tipo que si mañana me dice que en vez de saludar con el codo ahora hay que saludar con el culo, allá que voy yo a celebrar la amistad como si estuviera bailando Los Pajaritos.

Como en casa en ningún sitio, como en casa en ningún sitio, ya me he enterado papá, me reprocha un tal Pablo, que por lo visto es mi hijo y sigue viviendo aquí (de lo segundo me acabo de enterar). Almorzamos juntos y comemos como si fuéramos la familia de ese señor mayor que ha pillado una modalidad del coronavirus de la que aún no hemos tenido tiempo de enterarnos bien: el corinna virus. El menú es de la Asociación Saharaui, cuya cena ha sido suspendida por razones obvias. Han llamado a los asistentes para que lo retiren y la comida no se eche a perder. Los venden por el irrisorio precio de ¡3 euros! Surtido de patés, semi-gazpacho de remolacha con ventresca de atún, vol-au-vent de puerros y champiñones con langostinos, lingote de ternera con cous cous especiado, strudel con frutos secos, crumble, perfect de plátano y caramelo salado. ¡3 euros, por el amor de Dios, de Alá y de Fernando Simón! Como sigamos comiendo así toda la cuarentena vamos a tener que pedir un préstamo a Cofidis para comprar papel higiénico.

En la sobremesa, mi hija Irene propone jugar al Monopoly, pero a mi me da cosa, aunque sea un juego, pasear por la calle de Alcalá con la falda almidoná y los nardos apoyaos en la cadera. Un juego sí que es, por lo visto, la recomendación de las autoridades sanitarias de no salir de Madrid para algunas familias de la capital a las que veo por la playa de Las Redes en pandilla, desafiando la cuarentena con premeditación y chulería. Los veo porque he salido a correr. Amado Fernando Simón: ¿correr se puede?

Como en casa en ningún sitio, como en casa en ningún sitio, ya nadie me escucha, pues cada uno anda encerrado en su cuarto con sus móviles y sus tablets, desafiando ya también desde el primer día el concepto de equipo y mi incuestionable autoridad de Pater Familias. Me siento triste y solo. Abandonado, como si fuera un manojo de brocoli en un stand de Carrefour.

Ya es de noche y me retiro a mis aposentos con el libro "Un antropólogo en Marte", de Oliver Sacks. Como antropólogos en Marte nos sentimos muchos en estos días, contemplando las actitudes incívicas de muchos de nuestros compatriotas, que confirman que el Apocalípsis, cuando venga, será una cosa muy tonta sin participación divina. Una cosa muy tonta provocada por millones de tontos.

Mañana sera otro día, el primer día en estado de alarma. Una buena noticia en este tiempo de clausura civil es que, probablemente, no sonarán en la radio los anuncios terroríficos de Securitas Direct, no me digan que no es maravilloso. Buenas noches, a todos, especialmente a Fernando Simón. Pepe Mendoza, un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo.

(13 de marzo)

EL SUEÑO DE ANA

EL SUEÑO DE ANA

 

El próximo jueves, 27 de febrero, a las 7 de la tarde, en el Centro Cívico "Augusto Tolón Ferrón", tenemos una cita con la solidaridad y con la literatura, que vienen a ser emociones parecidas. Mi amiga Ana, que tiene 9 años y ha conocido muy temprano el hachazo del dolor y la dicha de la salud restablecida, presenta su estupendo libro "El sueño de Ana".

Pero el sueño de Ana va mucho más allá de sus cuentos y poemas. Agradecida como está a los que le ayudaron a vivir para contarlo, su familia donará lo reacaudado por la venta del libro a la Asociación "Todo por Una Sonrisa", una gente también maravillosa que, como Miguel Hernández, entra en los hospitales como en las azucenas para poner un poco de luz en los días más oscuros. Con ese dinero y las donaciones recibidas la Asociación pondrá en pie una casa de acogida para familiares de menores hospitalizados y con tratamiento de larga duración o necesidades especiales. Todo por una sonrisa y por mantener bien alta la bandera de la esperanza que es, como nos reciuerda Cortázar, la vida misma defendiéndose.

Mi amiga Ana me ha pedido que le ayude en la presentación y allí estaré yo el jueves, disfrutando de esta hermosa causa que nos hace mejores. El sueño de Ana es un sueño lleno de versos, besos y empatía. Un sueño muy saludable.

PASA LA VIDA

PASA LA VIDA

Pasa la vida y pasan los años como pasábamos las páginas de los cuentos que ojeábamos de niños. Con la misma velocidad con la que se acababan misteriosamente las latas de leche condensada o las preguntas sobre los Reyes Magos. La vida, bella y efímera, es una fascinante paradoja. El chiquillo de ayer es hoy el padre del adulto que ahora somos. Don Antonio Machado, aquel hombre bueno que se obligaba a ser niño, llevaba en el bolsillo de su viejo abrigo un trozo arrugado de papel con su último verso: “Estos días azules y este sol de la infancia”. Hoy es siempre todavía.

Pasa la vida y solo sabemos que no sabemos casi nada. Del tiempo, que corre que se las pela. De los dioses, que están como una regadera. Del mundo, que tenemos que reformarlo nosotros mismos, construyendo espacios comunes que nos saquen de nuestra habitación, que nos ayuden a ser personas decentes sin morir ni matar en el intento. De los demás, que hay mala gente que llega a los sitios y lo jode todo y personas que conspiran para hacernos felices. De nosotros, que ya hemos perdido la cuenta de la cantidad de veces que hemos tenido que resucitar.

Pasa la vida y aquí seguimos, lo cual es un éxito absoluto. Todo un milagro, tal como están las cosas. Así que habrá que alzar las copas un año más y brindar por la hazaña de seguir caminando juntos, como buenamente podemos y nos dejan, por este lado, a veces luminoso, a veces sombrío, de la existencia. Rosa Montero dice que somos un chispazo en un infinito mar de sombras, un instante de fulgor y de pelea. Habrá, digo yo, que aprovecharlo. Habrá, digo yo, que pelearlo.

Mis más sinceros deseos de felicidad para todos en el nuevo año. Pero no de una felicidad volandera y de garrafón, sino de esa felicidad trabajada que se forja al calor del esfuerzo diario, y que cuando tiene a bien comparecer trae incorporada la dicha de haberla merecido.

Salud.

DULCE COMPAÑÍA

DULCE COMPAÑÍA

De desagradecidos anda España tan sobrada como de chorizos, patriotas de pacotilla y figurantes de medio pelo, y esa debe ser la razón por la que hay personas que jamas han reparado en la tutela generosa del que con nosotros va desde que la cigüeña nos dejó en aquella antigua casa de vecinos. Como si fuera la caprichosa casualidad la responsable de que el ascensor baje sin tiranteces o la que nos despierta algunas noches de esa pesadilla antigua en la que se nos queda la boca como al Risitas.

El mío acumula ya 55 años a mi servicio, 15 trienios y pico velando sin usura por la integridad física y sentimental de un servidor, que se dice pronto. Es verdad que también está mayor, que cada vez se apresura más despacio, pero mi querido protector madruga cada mañana a sus achaques y continúa desviviéndose por este pobre hombre al que algunas veces, en épocas de pertinaz sequía, ha tenido que dictarle incluso sus artículos.

Y aquí sigue, rescatándome todavía de las habitaciones oscuras de la infancia, ayudándome a cruzar el viejo puente que separa el pasado del mañana, ofreciéndome sus alas para que pierda de una vez el miedo a volar. Y aquí sigue, sin haber disfrutado nunca ni de un día siquiera de asuntos propios.

Y aquí sigue, en fin, sin desampararme ni de noche ni de día, pues él sabe de sobra que me perdería.

PAQUI Y LA ALEGRÍA

PAQUI Y LA ALEGRÍA

Una amiga con las defensas emocionales bajas me pide que le recomiende un libro que le ayude a salir del bache. Le contesto sin pensármelo dos veces: La lectora ciega, de Paqui Ayllón. Un libro que debería ser de obligada lectura en bachillerato. Un libro que debería ser recetado en los Centros de Salud. Menos Prozac y más Ayllón.

La historia de Paqui es la historia de una lucha inteligente y conmovedora contra la adversidad. Paqui, enfermera de profesión, perdió la visión muy joven a causa de una enfermedad degenerativa llamada retinosis pigmentaria. Su libro cuenta esa dramática experiencia huyendo del resentimiento y el victimismo, esos dos impostores que cuando la vida te noquea te ofrecen una pala para que sigas cavando en lugar de una cuerda para salir del pozo. En la profundidades de aquel invierno Paqui buscó ayuda.  Descubrió, junto a Albert Camus, que en su interior habitaba un verano invencible. Y encontró a la ONCE. Y aprendió a mirar de otra manera sin renunciar a transmitir a otros su gran pasión desde niña: la lectura. Y se hizo voluntaria lectora. Y empezó a iluminar con su espléndida voz de locutora antigua de radio a colectivos y asociaciones, a personas con dificultades para leer que necesitan escuchar historias bien contadas como necesitan el pan nuestro de cada día.

La lectora ciega es un canto a la vida, un libro coral en el que la acompañan los escritores a los que admira desde que con cuatro años empezó a leer. Hay una cita que Gloria Fuertes parece que dejó escrita para ella: “Todo el pasado se quiere apoderar de mí y yo me quiero apoderar del futuro”. Porque de eso va su libro: de la necesidad de apretar los dientes y tirar para adelante cuando la vida nos juega malas pasadas, en lugar de refugiarnos en  la habitación oscura de la melancolía. De defender la alegría. De reinventarse.

El prólogo, “La admirable alegría de Paqui Ayllón”, es de Elvira Lindo. Paqui cree en las hadas gracias a Ana María Matute y está convencida que fue una de ellas la que un día propició el encuentro con Elvira en una sala llena de libros. Tampoco tiene mucho mérito, la verdad, su fe en esos seres femeninos fantásticos con poderes sobrenaturales, porque ella forma parte del gremio. Como su perro guía Meadow es el ayudante canino que su Ángel de la Guarda tiene contratado para tomarse de vez en cuando un café tranquilo.

Si tienen que encargarle algún libro a los Reyes Magos, yo les recomiendo “La lectora ciega”. Está uno hasta el gorro de libros de autoayuda escritos por gurús serenísimos, forrados hasta los dientes, que creen que lo saben todo y pontifican desde sus lujosas  atalayas tocando el Nirvana con las manos. El de Paqui habla de una mujer humilde y agradecida, de la vida y de la esperanza, que es la vida misma, la suya, defendiéndose con las armas de la literatura, la música y la amistad. Menos pontífices millonarios y más Paqui. Menos Prozac y más Ayllón.

COQUINERAS SIN FRONTERAS

COQUINERAS SIN FRONTERAS

Hay dos maneras de estar en el mundo. Como pistolero de  un poblado de Oeste en el que las diferencias  se dirimen por las bravas y, llegado el caso, a balazo limpio, como un western en el que se masacra a los indios, se dispara contra el pianista del salón y se ahorca sin juicio a los forasteros después de salir de misa. O bien como vecino del barrio de uno, como la casa común en la que nadie es más que nadie, las flores del patio lucen para todos y el puchero por muy escaso que sea llega a todas las mesas.

Las amigas de la Red de Acogida de El Puerto viven en el barrio de un mundo en el que aún resuenan los ecos sagrados de aquella vecindad antigua en la que la vida tenía el sabor antiguo de la fraternidad. Generosas y valientes, salen cada día muy temprano a la casapuerta de la vida a baldear el tiempo estancado de un presente hostil con los que menos tienen, a encalar y enlucir  historias heroicas de viejas militantes de cuya grandeza tan poco saben las nuevas generaciones. ¿Quién dijo que todo está perdido?

El sábado 14 de diciembre, a las 12 del mediodía, en el número 7 de la calle Gatona de El Puerto, han organizado un evento solidario que han llamado Abriendo Fronteras, y en el que presentarán una Red de Acogida que ayudará a los menores extranjeros que tienen que salir al cumplir la mayoría de edad del Centro de Acogida en el que han vivido hasta entonces. El inicio de una nueva vida sin el apoyo ni de sus familiares ni de la Administración, quedando fuera del régimen protector del que han gozado hasta entonces, solo puede ser posible, lamentablemente, gracias a Asociaciones no gubernamentales y a la generosidad de vecinos como las quince familias portuenses que actualmente acogen a otros tantos chavales que llegaron a nuestra ciudad buscando un futuro mejor. Chavales que molestan por ser pobres, pues es sabido que a los racistas, en el fondo, apenas si les preocupa el color de la piel sino el de los billetes que lleven o no lleven en la cartera. Las fronteras, está claro, se inventaron para los que no tienen nada, pues los ricos gozaron siempre del único pasaporte que se ha revelado eficaz desde el inicio de los tiempos: el dinero.

A las puertas, siempre abiertas, de la Navidad, las amigas de la Red de Acogida portuense nos interpelan con esta hermosa iniciativa. Tantos siglos celebrándola  y aún no nos hemos enterado que Jesús es un africano pobre que llega, hambriento y desesperado, desde el otro lado del mar, preguntando si hay sitio para él en la posada. Nuestras coquineras sin fronteras están convencidas de que sí.  Que hay techo, comida, formación y esperanza en este barrio nuestro, en la casa de vecinos de El Puerto. ¿Quién dijo que todo está perdido?

PSICOSIS

PSICOSIS

El diario El País le ha preguntado a veinte personas anónimas qué película vieron de pequeños que les traumatizó para siempre. Ninguno de los entrevistados menciona la que a mí me ha dejado secuelas irreversibles y un estrés postraumático que no tiene cura: Psicosis, de Alfred Hitchcock. En 2020 se cumplirán 50 años de su estreno.

La vi con 15 años, con la pandilla, en la azotea de mi amigo Ico, una noche lluviosa de invierno, inmersos todos en ese otro drama no menos trágico que es la adolescencia. A los 40 minutos de empezar, mientras la bella protagonista disfrutaba de una ducha reparadora y nosotros de un cuerpo que invitaba a soñar, alguien descorrió la cortina y la apuñaló con saña, como se apuñala a los cerdos en las matanzas. La sangre casi tiñe de rojo nuestros cubatas. Era la primera vez en la historia del cine que una diva aparecía desnuda, la primera vez que una protagonista moría tan pronto, la primera vez que se veía un inodoro. Fue también la primera vez que mis amigos y yo, hasta entonces inmortales y despreocupados, tuvimos conciencia de que la muerte podía llegar a cualquier parte. Incluso hasta a tu baño, ese espacio lúdico festivo en el que empezábamos a celebrar, ya sin miedo a quedarnos ciegos, la fascinante aventura de conocerse a uno mismo. 

Desde aquel día, cuando estoy solo en casa hago lo imposible por demorar la ducha hasta que llegue alguien. Pero no siempre puedo escaquearme. Cuando vuelvo de correr, por ejemplo, no tengo más remedio que armarme de valor y pasar el mal rato, pues mi familia tiene el olfato del protagonista de El Perfume. Una vez, en plena paranoia, convencido de que alguien había entrado en el baño y que mi cotizada sangre de donante RH negativo iba a desperdiciarse en el agua y a desaparecer por el desagüe, saltó la alarma de la casa del vecino de enfrente, que suena igual que las tres notas agudas que son la banda sonora que acompaña desde entonces al gesto simulado de apuñalar a alguien.

Sé que van a pesar que exagero, que fabulo para salvar el artículo, pero les juro que últimamente, además del pestillo del baño, todas las precauciones son pocas, echo también el del dormitorio. Aunque da igual: detrás de la cortina, rebozado en gel, sigo viendo la cara desenfocada de un psicópata. La de un cura siniestro de la infancia, la de un compañero de clase que me la tenía jurada, la de una novia que juró vengarse cuando la dejé, la de un jefe que nunca llevó bien que le hiciera sombra, la de aquel central del Bayern Munich que nos birló en el último instante la Copa de Europa. Y veo el agua caer y me veo yo caer desplomado detrás, haciendo balance de mi vida y, sobre todo de mi muerte, una muerte estúpida y sin épica. La del que huye de casa intuyendo un peligro inminente y vuelve una hora más tarde al lugar del crimen a hacer un remake cutre de Crónica de una muerte anunciada: "El día en que lo iban a matar, Pepe Mendoza salió de su casa a las siete de la tarde en calzonas, y volvió con la lengua fuera, los gemelos cargados y otros auriculares del chino estropeados".

De la adolescencia se sale, pero de Psicosis no.

DAVID I DE EL PUERTO Y V DE PRADO DEL REY

DAVID I DE EL PUERTO Y V DE PRADO DEL REY

Igual con las prisas por no llegar tarde no os habéis dado cuenta, pero al atravesar la puerta de entrada de esta biblioteca os habéis quitado cinco siglos de encima. Sí, sí, 500 años, con sus días, sus noches y sus correspondientes resurrecciones, que se dice pronto. Bienvenidas al Siglo XVI, también llamado el Siglo de las Colonias, no porque huela a rosas sino porque los españoles somos los putos amos del mundo. Sobre un mundo cobarde y avaro, sin justicia, belleza ni Dios, imponemos nosotros la garra del Imperio solar español”.

Pero a lo que iba: que os veo a todas la mar de bien. Se nota que pertenecéis a una raza superior a la que el tiempo no se atreve a ofender. No pasan ni los Reyes, ni los Papas, ni las guerras, ni los turcos, ni las epidemias de peste, ni la Inquisición por vosotras.

El Rey Carlos I de España y V de Alemania, su hijo Felipe II, Magallanes, Hernán Cortés (el que fue alcalde de El Puerto no, el otro) San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, Fray Luis de León, Alonso de Berruguete, El Greco (el de los puros no, el otro) y Miguel de Cervantes, entre otros muchos paisanos, os agradecen sinceramente vuestra presencia aquí esta tarde.

Como habéis podido comprobar a la entrada, estamos en una casa de vecinos de la época, con un gran patio central, cocina salón y almacén en la planta baja, y habitaciones en las plantas superiores con vigas de madera. La silla principal, provista de brazos, no se puede utilizar porque es del señor de la casa. Las vuestras son las sillas simples y los taburetes, se siente.

Que sepáis que se desayuna y se almuerza en la cocina. En las familias acomodadas, los sirvientes le llevan a sus amos, antes de la medianoche, un plato ligerito para comer en la cama. Pero vosotros estáis tiesos, así que tomaréis lo que sobre, en la zona de servicio. No busquéis ni tenedores ni cuchillos porque todavía no se han inventado. O coméis con cuchara, o con las manos, que no está mal visto.

Las mujeres dormiréis a ras de suelo, fruto de la herencia musulmana. Solo algunas, las pudientes, disfrutaréis del nuevo invento que ha causado sensación entre las señoras: el tocador. Una mesa con espejo independiente, cubierta con un paño, sobre la que se colocan la palmatoria y los frascos de perfume.

Tampoco existen los relojes todavía, no vayáis tan rápido. El tiempo lo marcan las cosechas o la climatología. Junio y julio son los meses de más curro, pues hay que recoger las frutas, segar, trillar o trasladar los rebaños a los pastos veraniegos.

Los pobres son legión y son considerados enemigos en potencia, proponiéndose su encierre en lugares determinados y vigilándose muy de cerca a los vagabundos. Si os suena mucho esto es porque hay políticos hoy en día a los que les ha pasado lo contrario que a vosotras, que en lugar de rejuvenecer nacieron ya con cinco siglos de despotismo iletrado encima y con un arcabuz, en vez de un pan, debajo del brazo.

Si no demostráis que sois cristianos viejos, es decir, que no tenéis antepasados judíos o musulmanes, no aspiréis a ocupar puestos en la administración ni en el ejército, ni tampoco a emigrar a América. Los cristianos nuevos son siempre sospechosos para la Inquisición. Os advierto también que hay bandoleros apostados por todos sitios, mucho cuidado los que cuando salgan de aquí tengan que pasar por la Sierra de San Cristóbal para llegar a sus casas. Que estos no son ni Curro Jiménez ni El Algarrobo. Por las posadas también aparecen, advertidos estáis.

Las escuelas públicas carecen de recursos y están excesivamente masificadas, por lo que los Jesuitas ya hacen su agosto con la enseñanza, seleccionando solo a los mejores alumnos. La comunión se hace con cinco o seis años y los viajes a Euro Disney todavía no se estilan.

Ni que decir tiene que ya sois mayores de edad y que si no podéis reprimir las urgencias de la carne, toméis las medidas oportunas. Aquí, ni se os ocurra. En la cocina hay miel y vinagre para las mujeres, para que, cuando sea necesario, os lo introduzcáis en la vagina para frenar la actividad del “líquido seminal”. Para los hombres tenemos un preservativo hecho con una tripa de animal y lino que se ata al pene con un lazo de color rosa. Es bastante grueso, incómodo y además reutilizable, pues es carísimo. Qué asco. Vosotros mismos.

Quiero, antes de que se me olvide, dar un aviso. Una amiga, nuestra amiga Juana, no va a poder asistir a esta presentación. Juana es criada de varias señoras y tiene que trabajar esta tarde.

No está Juana, pero si está con nosotros David Fernández, que la conoce muy bien, ya que es su padre adoptivo. David es un cristiano ni viejo ni nuevo. Digamos aunque suene antiguo, que es un cristiano comprometido. Un cristiano comprometido de aquí, de toda la vida de Dios, de Menesto y de la Virgen de los Milagros, de un tal Jesús, de San Francisco de Asís y de San José Obrero, de Bellido, Paco, Manolo El Gordo, Ito, Encarna, Angulo... entre otros muchos padres y madres que se encargaron de su crianza emocional, intelectual y social.

Portuense nacido en el Barrio Alto el 4 de marzo de 1967, la cigüeña no cobró ni dietas ni kilometraje ese día porque de La Prioral a la calle Meleros, donde vino al mundo, no le hizo falta volar: lo llevó con la sábana al hombro dando un paseíto. David está afincado desde hace años en Prado del Rey. Es profesor de Historia, escritor con varios libros publicados, articulista, poeta y muchas cosas más, pero sobre todo amigo.

Como grano de mostaza” es su nueva novela y desde aquí desmentimos categóricamente la fake news que estos días aseguraba en Internet que el libro está patrocinado por Mac Donalds o por Burguer King. Mentira cochina.

Yo ya la he leído. Cuenta una historia fascinante y está muy bien escrita. Y he aprendido muchas cosas. Por ejemplo: que el "pecho" no eran solo las glándulas mamarias, ni los "pecheros" unos grandes mamones, sino un tributo que campesinos y burgueses debían pagar a la autoridad. Que el XVI fue el siglo en el que se supo que el hombre producía millones de bichitos, supersónicos, como el acuerdo entre Sánchez e Iglesias, llamados espermatozoides. Y que la batalla de Pavía no tuvo lugar en el Bar Ceballos, sino en la ciudad italiana que le da nombre, entre el ejército francés y las tropas germano-españolas.

Hagan ustedes el favor de disfrutarla.


(Presentación del libro "Como grano de mostaza", de David Fernández, el viernes 18 de noviembre, en la Biblioteca Pública Municipal "Rafael Esteban Poullet", de El Puerto de Santa María)

FASCINACIÓN Y DESILUSIÓN

FASCINACIÓN Y DESILUSIÓN

Para no crear falsas expectativas voy a dejar las cosas bien claras desde el principio. No sé qué hago yo aquí encima. No sé por qué no estoy ahí abajo con vosotros, sentado tranquilamente, poniendo cara de que me interesa mucho todo y a la vez ideando una estrategia para, en cuanto esto acabe, salir rápido y que no me claven los 15 euros de libro. No se qué he hecho yo para merecer esto, Juanmi, por Freud y por Juan Huarte de San Juan, santo capicúa y patrón del gremio de los psicólogos. Que yo siempre me he portado estupendamente contigo, incluso cuando estuvimos juntos en el Comité de Empresa del INEM y los cuadros de nuestros respectivos sindicatos nos miraban mal por llevarnos bien.

Pero a lo que iba, las cosas claras y el chocolate... de La Campana de Elgorriaga de toda la vida. Yo de otras cosas no entenderé, pero de orientación psicoanalítica con enfoque sistémico, menos. Ni pajolera idea, vamos. Así que las reclamaciones al maestro terapeuta. Avisados estáis.

Como pliego de descargos y en defensa propia, voy a contar cuándo, dónde y cómo se fraguó esta emboscada. Una mañana de finales de verano el padre de los De Pablo Mármol, de los De Pablo Mármol de Los Picapiedras de toda la vida, licenciado en psicología, especialista en psicología clínica, psicoterapeuta acreditado, supervisor docente, funcionario de reconocido prestigio, chirigotero canalla, presidente del club de fans de Alatriste y un montón de cosas más, se plantó en bermudas en mi puesto de trabajo, en el Centro de El Toruño de El Puerto. Vestía de verde caqui, a juego con el paisaje. He venido a hablar de mi libro, me dijo como si él fuera Umbral y yo la Milá.

La alegría que me produjo volver a verlo después de tanto tiempo se esfumó de repente al oír el motivo de su visita. Fascinación y desilusión, como el título del libro, qué cosas. A veces el destino hace bien su trabajo. “Te lo lees y hablas durante 15 minutos en la presentación”, me dijo con la solemne y seductora determinación con la que daba órdenes como Secretario del Servicio Andaluz de Empleo. ¡Te lo lees! ¡Hablas 15 minutos! ¡En la presentación! Eso me dijo. Eso me dijo.

Como soy muy bien mandao y, aunque cortito, siempre le pongo mucha voluntad a las encomiendas, hice un esfuerzo titánico y me empapé el libro dos veces. ¡Dos veces! La primera vez pensé que no me enteraba de nada porque estaba en versión original, así que entré en Internet por si el autor lo había colgado y podía leerlo con subtítulos. La segunda le dije a mi mujer, que sabe latín, que me hiciera un resumen, pero se negó. Fascinación y desilusión, otra vez. Esta vez, no de amigos y residentes en los servicios públicos de empleo, sino de pareja formal con muchos trienios en el Libro de Familia.

¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?, se preguntaba Raymon Carver hace cuarenta años. De fascinación y desilusión, le contesta John Michael De Pablo Urban, cuatro décadas y dos libros después, nunca es tarde si la respuesta con enfoque sistémico es buena.

Mientras leía el libro, mirando de reojo en el ordenador la página de El Rincón del Vago con la esperanza de que a última hora alguien colgara un resumen que me salvara de este sinvivir, me acordé de algunas parejas muy conocidas a las que este trabajo les hubiera venido de perlas en sus días más oscuros. Y me dije: ya está, habla de eso, Castelar, y que sea lo que Dios quiera.

De Adán y Eva, por ejemplo, que lo pasaron regular, al menos eso dice el Génesis, que era la Enciclopedia Álvarez de la época.

Recuerde el alma dormida avive el seso y despierte. En el principio creó Dios los cielos y la tierra, etc. Estamos justamente en el sexto día de la Creación, en la mañana luminosa en que el hombre más guapo del Universo amaneció con un dolor en el costado, pero, por primera vez en su recién estrenada vida, acompañado. ¿Tú de dónde has salido?, preguntó sonriendo a la mujer más guapa del Universo que apareció a su lado. Luego, ya sabéis lo que vino. Una rutita de senderismo por el Edén. Los primeros tonteos. Una cenita con productos cien por cien ecológicos. Una manzanita. Palabras de amor, sencillas y tiernas. Él: Por un beso de la flaca daría lo que fuera. Ella: Tarde o temprano seré tuya, mío tu serás. Él: El amor de mi vida has sido tú, el amor de mi vida sigues siendo tú. Ella: No, no hay nadie más, solo eres tú, quien llena mi vida. Él: Te quiero vida mía, te quiero noche y día, no he querido nunca así. Ella: Contigo aprendí a ver la luz al otro lado de la luna. Una banda sonora única, en un entorno único, para una pareja única.

Luego, ya se sabe que todos los futuros son crueles, llegó esa Voz en Off, cascarrabias y malajosa, que se pasó todo el Antiguo Testamento acojonando a todas las criaturas. “Ni se os ocurra acercaros a ese árbol de allí, porque si lo hacéis os vais a acordar de mí de aquí a la Eternidad”. Después vino lo de la serpiente que hablaba. El mordisco ruinoso. El desahucio exprés, sin resistencia porque no había nadie más para montar una plataforma. Los carnés de paro y el sudor de sus frentes. Los celos de los niños entre ellos. La ida de olla de Caín… Y claro, la desilusión a raudales.

No sabemos si el Sumo Hacedor hizo también terapia con ellos después de arruinarles la vida. Si le pudo el remordimiento e improvisó con la esperanza de que unas cuantas eras después algún recontratataranieto de la pareja publicara algo que hablara, bien de una psicoterapia individual desde una perspectiva sistémica integradora, bien de una psicoterapia sistémica de pareja. No dice nada la sección de Cultura y Espectáculos del Génesis. Pero algo debió haber porque nuestros primeros padres, tras aquellos días horribles, tuvieron un tercer hijo, Set, lo cual nos induce a pensar que, a pesar de todo, lograron sacar la relación adelante, pues estuvieron juntos casi 1.000 años. Toda una vida.

Me he acordado también de Romeo y Julieta, por si el libro de Juanmi, cinco siglos después, sirve para hacer una precuela con un final más civilizado.

Deberían leerlo todos los descendientes de las dos familias de origen, cagoendiez. Porque no olvidemos que esta historia de amor puro de oliva, cumbre del romanticismo, duró solo tres días y acabó con seis muertos, la pareja entre ellos. Es lo que Juanmi llama, esto es casi lo único que pillé, una “pareja tango”. Una relación en la que la pasión y la sensualidad están muy a flor de piel, el conflicto es vivido intensamente y las heridas son plenamente visibles. Joder, visibilisimas. Media docena de cadáveres, como en un capítulo de Los Soprano. No olvidemos que el título original de la obra es “La excelente y lamentable tragedia de Romeo y Julieta”. Vale, las familias se reconcilian al final, pero los enamorados son ya dos pajaritos fritos que se han quitado la vida en plena adolescencia. Menudo dramón. A decir verdad, me alegro que el libro haya salido un pelín más tarde, pues con gentuza como esa igual al psicoterapeuta también le hubieran dado matarile.

Victor e Ilsa se alegrarán también mucho cuando vean este libro en las mejores librerías del país.

Podrían ser una de las parejas que aparecen en él y que lograron sobreponerse a sus y cosas y a sus crisis. Así, por sus nombres de pila igual no caen, pero si les digo que paraban en el Café de Rick, en la ciudad de Casablanca, enseguida recordarán sus caras y su historia. La psicoterapia sistémica de pareja, o como se llamara entonces lo que escribió Michael Curtiz, el director, funcionó de maravilla, porque de no haber sido así se hubiera cargado la película. A todos nos gustan los finales románticos, pero si en última instancia Ilsa deja a Victor, su marido, un buen hombre, y se queda con Rick, un cínico con el corazón en ruinas, Casablanca hubiera sido un pastel con demasiado merengue que nos hubiera dejado a todos hiperglucémicos perdidos.

Porque la peli va del pretérito imperfecto, del vano ayer, de la relación efímera entre un hombre y una mujer que se enamoraron perdidamente mientras el mundo se desmoronaba. Del duelo largo del adiós. De las segundas oportunidades. Del principio de una bella amistad. Del encarnizado combate entre el deber y el placer. De las trampas de la memoria. De los claroscuros de la vida. De todas las vidas.

Y ahí siguen, ochenta años después, agazapados entre la niebla, Rick e Ilsa, cada uno con su vida y su recuerdo: “Siempre nos quedará París. No lo teníamos, lo habíamos perdido hasta que viniste a Casablanca, pero lo recuperamos anoche”. Y ahí seguimos también nosotros. En el París íntimo y personal, donde habitan la dicha y el fracaso. Porque a diferencia del presente, que vive solo la fugacidad de los estrenos, el pasado sí admite reposiciones. La psicoterapia sistémica, insisto, funcionó y la pareja se dio una segunda oportunidad y fueron felices y comieron perdices. O tal vez no. Pero si Rick llega a coger aquel avión e Ilsa hubiera dejado a su marido, probablemente Casablanca no estaría en los altares de la historia del cine.

Y terminamos ya con una pareja no menos espectacular, pero, esta vez sí, con un final feliz y de categoría, y sendos másteres de cientos de miles de horas en amor de verdad, paciencia y esperanza a prueba de bombas. Intuimos que el terapeuta Gabriel García Márquez, que trató a Fermina Daza y a Florentino Ariza a fondo, los vio por separado, esto es, con una psicoterapia individual desde una perspectiva sistémica integradora. Y les dijo que no, que no era inevitable que el olor de las almendras amargas les tuviera que recordar siempre el destino de los amores contrariados.

La terapia triunfó, y ellos salieron a hombros de los lectores por la puerta grande de la literatura: la pasión les duró toda la existencia y el amor germinó en los tiempos del cólera. Vivieron casi toda la vida separados pero en un permanente estado de fascinación. No hubo desilusión porque envejecieron enamorados juntos. Una utopía amorosa que se hizo realidad. Magistral el diálogo final que cierra el libro y que casi nos sabemos de memoria:

"El capitán miró a Fermina Daza y vio en sus pestañas los primeros destellos de una escarcha invernal. Luego miró a Florentino Ariza, su dominio invencible, su amor impávido, y lo asustó la sospecha tardía de que es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites. ¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo?, le preguntó.

Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años, siete meses y once días con sus noches.

Toda la vida – dijo."

¡Espectacular, no me digan que no!

Como es espectacular el poema que abre el libro de nuestro protagonista en su particular historia de amor con la psicología y la literatura. Porque el muchacho ese de barbas que, como diría nuestra amada Celia, hoy está más feliz que una perdiz, es un impostor camuflado de psicólogo sistémico, pero con alma y ademanes de poeta de altura. Este poema, que me voy a dar el gusto de leer, me dejó sin habla. Pensé que era de Mario Benedetti, o de Ángel González, o de Luis García Montero, lo juro. Pero iba sin firma. Temiéndome lo mejor, lo llamé inmediatamente. Era suyo. ¡Que cabrón! Este poema bien podría figurar, y creo que no exagero, como epílogo en la historia de amor de Fermina Daza y de Florentino Ariza. De todas las Ferminas Daza y de todos los Florentinos Ariza que en el mundo han sido, son y siguen empeñados en ser. En ser juntos.

Dice así:

Si necesitas una excusa para dignificar el tiempo,
mira quién de tu mano anduvo,
quién te guardó el costado
y te acompañó en silencio.

Si necesitas una excusa para dignificar el tiempo,
recuerda quién desbocó tu aliento,
quién fue puerto, bálsamo, nido,
de la fragilidad desnuda.

Si necesitas una excusa para dignificar el tiempo,
piensa quién acompañó tu siembra,
quién encendió las mariposas
y recordó a los muertos.

Si necesitas una excusa para dignificar el tiempo,
escucha quién anuda cabellos de otoño,
quién besó, sin miedo, tu sombra,
quién firme se mantuvo
ante el azote del tedio.


(Presentación de libro "Fascinación y desilusión. Una terapia sistémica de pareja", de Juan Miguel de Pablo Urban. Cádiz, 8 de noviembre de 2019)

Si alguien está interesado en ver el vídeo de mi intervención, aquí tiene el enlace:

https://www.youtube.com/watch?v=jpCz9H7c3Wk

Si no puedes acceder, solo tienes que googlear, 

Pepe Mendoza presenta fasinación y desilusión


CÍRCULOS CERRADOS

CÍRCULOS CERRADOS

En casa, una casa de trabajadores pobres, no había libros. Había tebeos y novelas del oeste que cambiábamos en el Liberato. Y un cierro verde por el que nos asomábamos a ojear los titulares de lo que pasaba en la calle San Sebastián, pues la letra pequeña la leían en secreto los mayores. Pero libros no hubo hasta bien mediados los setenta, cuando empezó a frecuentarnos un señor vestido de negro, con un maletín también negro. Parecía un ditero cultivado. Se presentaba como el agente del Círculo de Lectores, una actividad que, tal vez influenciado por Mortadelo y Filemón, me llevó a mirarle al principio con desconfianza. Luego, su palique elegante y la belleza de los artículos que expendía me ganó para siempre. Escuchar la puerta y verle por la mirilla era siempre una invitación a la alegría.

Ha cerrado Círculo de Lectores y que los libros circulen menos es siempre una mala noticia. En los aljibes íntimos que alimentan mi memoria puedo ver a un niño flaco y apocado. Es verano y los mayores duermen la siesta. Él está sentado, con un libro entre las manos, rodeado de plantas, intentando coger postura en el escalón del corredor de una casa de vecinos.

Aquel círculo familiar también cerró no hace mucho.

EL ABUELO HIPERACTIVO

EL ABUELO HIPERACTIVO

Aquel abuelo de todos era de fidelidades y costumbres fijas. Su familia, sus oraciones, su cacería, su pesca… A sus nietos nos visitaba todos los domingos en el cine, sin faltar ni uno, antes de que empezara la sesión infantil. En cuanto se apagaba la luz sonaba una fanfarria ardorosa y él aparecía siempre muy tieso para contarnos sus batallitas y advertirnos de los peligros del mundo. La de cosas que le había dado tiempo hacer de un domingo para otro. Aunque ya tenía una edad, no paraba quieto. Eso era un abuelo en condiciones y no el de Heidi, que era más flojo que un muelle de guita.

Era un tipo excelente. Qué digo excelente: Excelentísimo. Con mayúsculas, que era todavía más. El Excelentísimo acude a misa con su señora, narraba en el NODO Matías Prats, aquella voz legendaria por la que veíamos los partidos en la radio. Y todos los curas lo esperaban fuera de la iglesia con un toldo con palos, debajo del cual se metían aunque no lloviera. El Excelentísimo visita una obra y se protege la cabeza con un casco como el del Capitán Tan. El Excelentísimo inaugura otro pantano. El Excelentísimo preside un desfile militar. El Excelentísimo contempla cómo unas muchachas tiran unos aros para arriba, se dan una vuelta y los cogen sin que se caigan al suelo.

El Excelentísimo en el fútbol, regalando una copa que era suya, casi siempre al Athletic de Bilbao. El Excelentísimo recibiendo en su casa a un montón de gente importante con la mesa hasta arriba de papeles. Cuando las visitas eras muchas y no cabían en su despacho, se asomaba al balcón y desde abajo todos coreaban muchas veces su apellido. Él decía españoles, movía la mano derecha y se iba corriendo a otra alta responsabilidad. ¡Qué estrés, por Dios y por España!

Algunos niños decían que tenía el culo blanco porque su mujer se lo lavaba con Ariel, que era un detergente buenísimo pero que en casa solo se usaba para la ropa. Y que Barbate y un montón de pueblos más de toda España eran suyos enteritos. Y que su hija no pagaba ni en los carrillos ni en los cacharros de la feria porque para eso las pesetas y los duros llevaban tatuadas la cabeza cortada de su padre por la gracia de Dios.

Un día la espichó y mucha gente fue al entierro y lloró con el corazón encogido, como lloramos nosotros en el Teatro Principal cuando la espichó la madre de Bamby. Un señor mayor vestido de negro con orejas de soplillo y el puchero puesto salió por la tele diciendo que el abuelo acababa de llegar al Cielo. Yo también me puse triste. Pero no mucho, la verdad, porque ese día no hubo colegio.

Conforme fui creciendo me fui enterando de que aquel abuelo bajito y de voz aflautada hizo muchas más cosas que no nos contaron las tardes de los domingos de la infancia. De esas batallitas siniestras el NODO nunca nos dijo nada. Qué tramposo. Menos mal que al final, a María, María, se vieron sus tranfullerías.

SESIÓN INFANTIL

SESIÓN INFANTIL

"Hagas lo que hagas ámalo, como amabas la cabina del Paradiso cuando eras niño." (Cinema Paradiso)

Nadie ha vuelto a verlos por allí. Pero algunos vecinos del Barrio Alto cuentan que en las inmediaciones de lo que un día fueron el cine Moderno, el cine Victoria o el Teatro Principal, aquellos altares civiles de la infancia, algunas tardes de domingo se oye un rumor de memorias, un ruido de escenas. Son, aseguran, los espíritus que aún permanecen deambulando por las esquinas del tiempo, en los lugares comunes del recuerdo en los que un día forjamos sueños, pasiones, amores y esperanzas. Como los fantasmas del Roxy de Joan Manuel Serrat, no descansan en paz.

Dicen que de vez en cuando se oye también una algarabía de chiquillos impacientes que hacen cola en el carrillo de Severo o de Adela para cargar sus bolsillos de atramuces, alcatufas y citratos. Y que, ya dentro, ruge el león de la Metro y rugen los cientos de cachorros que esperan ansiosos que de la pared grande salga una buena historia en la que ganen los buenos por goleada.

Cuesta creerlo, lo sé. Pero qué queréis que os diga: yo nunca he estado curado de asombro. Tendríamos que pasarnos por allí una tarde de estas a curiosear un poco. A lo mejor, quién sabe, nos cruzamos con un señor de bigotillo ridículo, sombrero raído y acento mejicano con el que volvemos a troncharnos de risa. O con una bella heroína romántica que nos vuelve a jurar por Dios que nunca más volverá a pasar hambre. O, yo qué sé, con un tiarrón musculoso la mar de mono, taparrabos en la entrepierna, que nos vuelve a contagiar su pasión por los infinitivos.

Igual nos reconocemos en alguno de aquellos fantasmas bajitos y revoltosos vestidos de domingo, en un tiempo ya eterno en el que con tan poco fuimos tan felices.

VOLVER A URUEÑA

VOLVER A URUEÑA

Hemos vuelto a Urueña, la Villa del Libro, el pueblecito de Valladolid que se hizo relato. Urueña, tierra de campos y de lecturas, parece un microcuento. Con 188 habitantes disfruta de 5 museos y 10 librerías. En España hay una librería para cada 50.000 habitantes; en Urueña tienen una para cada 18 vecinos.

Si Borges imaginó el Paraíso como una biblioteca, yo asocio el Edén con este pueblo medieval con bellas casonas de piedra, calles escrupulosamente limpias con carteles que le dan nombre y explican brevemente su historia, paredes serigrafiadas con textos de Don MIguel Delibes, vecinos saludando con una amabilidad gozosa y rotunda al forastero.

Apenas dos centenares de mujeres y hombres, lectores con nombres y apellidos que se reúnen en torno a la magia de leer. Por aquí han pasado a presentar sus obras David Trueba, Nieves Concostrina, Alfonso Armada... En la época superficial y vaporosa de las redes sociales, un puñado de humildes ciudadanos, de apasionados lectores, conserva la costumbre antigua de sumergirse en los sueños escritos y riegan el árbol frondoso del pensamiento, la imaginación y la alegría.

Otra vez en Urueña, el heroico pueblo que sigue creyendo en la magia infantil y en la pasión arrebatadora de la lectura. Otra vez en Urueña, porque uno siempre vuelve a los bellos lugares donde ama la vida.

(En la foto, con Tamara Crespo, amiga entrañable y propietaria, junto a Fidel Raso, de la librería Primera Página, nuestra favorita, un lugar encantado en el que dan ganas de quedarse a vivir).

JUANLUMAN

Es sabido que la familiar y noble figura del cuñao ya no es lo que era. De unos años para acá, el término cuñadismo se ha hecho un sitio en el lenguaje colectivo. Cuñadismo: dícese de la tendencia compulsiva que algunos tienen a opinar sobre cualquier asunto, aunque no tengan ni puta idea, queriendo aparentar ser más listos que los demás. Es lo que antaño conocíamos como el maestro liendres, que de todo sabe y de nada entiende. O el típico enterao de toda la vida de Dios, ese espécimen que habita en oficinas, obras, bares, campos de fútbol y demás espacios narrativos. Atrás quedaron los tiempos del Risitas y el Peito, aquellos cuñaos entrañables y cachondísimos que se llevaban divinamente y que tenían un amigo común que se partía de risa escuchándolos mientras fumaba como un carretero.

El cuñado, ya digo, ha degenerado y es una pena. Enciende uno la televisión y solo salen cuñados que nos miran por encima del hombro y se ríen de nosotros con una desfachatez insultante y provocadora. El cuñao Pedro Sánchez, el cuñao Pablo Casado, el cuñao Alberto Rivera, el cuñao Pablo Iglesias, el cuñao Santiago Abascal… Si el hombre es un lobo para el hombre, el político actual es un cuñao para el ciudadano.

Pero no hay que irse tan lejos. Todos tenemos ejemplos cercanos de cuñaos encantadores y de cuñaos insoportables. Hay cuñaos y cuñaos. Repito: hay cuñaos y cuñaos. Mi cuñao Juan Luis, por ejemplo, forma parte de la vieja estirpe de los cuñaos que merecen la pena, un tipo al que uno ve siempre con una capa invisible de superhéroe, una sonrisa sempiterna que se traduce en un afán generoso por servir y una cámara de fotos colgada al cuello con las que caza los mejores instantes de nuestras vidas. De nuestras vidas juntos.

El cuñao Juan Luis, a partir de ahora Juanluman, es tan multidisciplinar como el genial Mortadelo, solo que él, en lugar de disfrazarse, ejerce los más variopintos oficios y tareas con la ropa de diario. Juanluman puede ser en un mismo día un fotógrafo genial, un escrupuloso técnico de Hacienda, un contable eficaz, un exigente entrenador de natación, un informático de reconocido prestigio, un esforzado amo de casa o un veterano entrenador de baloncesto, entre otras muchas ocupaciones que él ejerce siempre con una generosidad fuera de lo común. No va a haber paro en Cádiz, si todo el trabajo lo tiene él.

Los días de Juanluman, curiosamente, tienen las mismas horas que los nuestros, los mismos amaneceres y las mismas puestas de sol, pero a él le cunden mucho más que nosotros, supongo que porque el tiempo de los superhéroes se cuenta de una manera distinta a la del resto de los mortales. Hoy cumple 60 tacos. Vale nos lo creemos, pero me da que, tatachán, tatachán, la cifra es engañosa y tiene truco. Igual se rige por el calendario especial de los superhéroes y tiene 120, pues es imposible desde el punto de vista humano haber hecho tanto en apenas seis décadas de nada. Pero es que además, quién sabe, también podría ser familia lejana de Benjamin Button aquel personaje interpretado por Brad Pitt que rejuvenecía conforme iban pasando los años. ¿Creéis que estoy exagerando? Pedidle una foto de cuando tenía 25 (gafas ahumadas de culillo de botella, bigote a lo Clark Gable y uma novia que parecía su prima chica) y compararla con el Juanluman actual.

Si no fuera porque es imposible, a mí en mi próxima reencarnación me gustaría ser como él. Tan buen cuñao en el sentido más antiguo y noble de la palabra. 60 tacos cumple hoy según dice él que dice su partida de nacimiento. No sé, no sé. Por lo trabajado debe ser más viejo que el hilo negro. Por su apariencia parece un joven madurito. No sé, no sé. Igual es que los superhéroes no tienen edad.