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El blog de Pepe Mendoza

LOS MILAGROS DE LA SANIDAD PÚBLICA

LOS MILAGROS DE LA SANIDAD PÚBLICA

Amanece el martes 28 de marzo, día en el que los japoneses celebran el Hanami, tradición que consiste en acudir a jardines y parques a admirar la belleza de los cerezos en flor. Tras una noche larga entre el sueño y la vigilia, tres parejas españolas de tres capitales distintas se dirigen a sus hospitales de referencia. A cada una de ellas las recibe un equipo de profesionales sanitarios que van a realizar un triple trasplante cruzado de riñón. Mejorar sustancialmente la calidad de vida de las personas, sin tener en cuenta sus posibilidades económicas, son rutinas extraordinarias que se dan a diario en los hospitales de este país y que no solemos advertir ni valorar lo suficiente. El progreso científico y la justicia social de la sanidad pública no deberían ponerse nunca en cuestión: sin un sistema de salud público y universal, los avances de la ciencia solo favorecerían a quienes pueden pagarlo, que son siempre una minoría.

A las ocho en punto de la mañana (la sincronía al minuto es imprescindible para el éxito de las operaciones) los tres donantes de cada una de las ciudades entran en quirófano. Las intervenciones se realizan por laparoscopia: basta una pequeña incisión para extraer el órgano. Antes de que los doctores finalicen su trabajo, los riñones son introducidos en una ambulancia que se dirigirá al aeropuerto, donde un vuelo regular los llevara a la ciudad de destino. En una de ellas, un monumental atasco en la carretera pone en peligro la llegada puntual de la ambulancia al pie del avión. La policía le abre paso y avisa a la torre de control que el avión que está a punto de despegar debe esperar obligatoriamente la llegada del órgano que se va a trasplantar.

Con los tres riñones ya en los hospitales de destino, a las cuatro de la tarde comienzan las intervenciones de las tres personas receptoras, que finalizarán sobre las ocho (los tres donantes hacen ya tiempo que han pasado a planta). La intervención consiste en conectar el nuevo a los dos que ya existen. La persona receptora vivirá el resto de su vida con tres riñones. A los trasplantados se les bajan las defensas para evitar el rechazo, así que pasarán un mínimo de 24 horas en la UCI y, posteriormente, cuatro días en aislamiento para evitar infecciones. Cuando las nuevas conducciones cicatricen y los médicos comprueben que filtran bien, se estima que en 10 o 12 días estarán en su casa.

Por cuestiones de confidencialidad y de protección de datos, no se pueden hacer públicas las ciudades que han intervenido en este trasplante cruzado. Pero cada familia sí puede contar su historia de salvación con nombre y apellidos. Y yo he venido aquí a hablar de la mía, de los míos. Mi cuñada Milagros Ramos Ruiz, tras cumplir el protocolo obligatorio de 5 años de espera de su tratamiento por una mastectomía, pasó a la lista de espera para el trasplante. Como ninguno de los dos le funcionaba correctamente, lleva años dializándose. Su marido, Juan Luis Arévalo Espinosa, se ofreció como donante, pero las pruebas médicas revelaron que no eran compatibles. Al fallar el plan A (la donación directa), los doctores le propusieron el trasplante cruzado, que consiste en que otras familias también incompatibles entre ellas intercambian sus órganos con personas de ciudades distintas.

A simple vista, todo parece muy sencillo. Pero es un trabajo ímprobo que hay que diseñar y ejecutar con la precisión de un relojero antiguo. Han sido muchísimos los estudios para buscar compatibilidades. Entre ellos, el de certificar que Juan Luis puede funcionar con un solo riñón. Los dos han pasado por un Comité Ético (el abogado del hospital y un psicólogo). Así mismo, por un Comité de Trasplante, que emitió informes que fueron entregados a un Juez, que es quien en última instancia autoriza el intercambio de órganos. Y ya con todos los papeles en regla, comienza la obra de orfebrería fina por parte de todos el personal implicado: coordinadores, urólogos, nefrólogos, anestesistas, enfermeras, auxiliares, celadores…

Ahora que la Sanidad Pública y sus profesionales están siendo sometidos a un desprestigio infame por parte de aquellos que buscan su privatización y, por tanto, el beneficio privado en detrimento de los derechos comunitarios, es justo y necesario contar la excelencia y el compromiso abnegado con el que trabajan los sanitarios de este país. Sin un sistema público de cuidados, es más que probable que Milagros y las otras dos personas que a partir de ahora tendrán una vida más saludable y, por lo tanto más feliz, no hubiera podido llevarse a cabo.

Pronto los seis podrán pasear juntos, con pausas y sin prisas, liberados ya por fin de la dictadura espacio temporal de la diálisis. Nosotros celebraremos, cada 28 de marzo, mientras los japoneses contemplan extasiados la belleza conmovedora de los cerezos en flor, el milagro, también hacia la luz y hacia la vida, que sucedió en el hospital público Puerta del Mar.

FOFÓ CUMPLE CIEN AÑOS

FOFÓ CUMPLE CIEN AÑOS

Fofó, el payaso que cada vez que nos veía se interesaba en saber cómo estábamos y nos trataba de usted, cumple hoy 100 años. También los hubiera cumplido un señor de Murcia llamado Alfonso Aragón Bermúdez, de no haber muerto, a la temprana edad de 53 años, de hepatitis B, a causa de las transfusiones de sangre que recibió durante una exitosa intervención quirúrgica para extirparle un tumor cerebral benigno.

Fofó y Alfonso era dos tipos requetefinos, medio chiflaos, casi divinos, disparataos, sin bien el segundo solo hacía el payaso en la intimidad. Durante muchos años, los niños creímos que el que falleció aquel 22 de junio de 1976, el último día de colegio antes de las vacaciones, fue Fofó. Mis amigos y yo nos enfadamos muchos con sus hermanos cuando aparecieron días después y Gaby nos contó la trola de que seguía vivo, que el que se había ido al cielo a jugar con un montón de niños que lo estaban esperando con los brazos y las risas abiertas era Alfonso, un señor al que no conocíamos de nada. ¡Vaya mentira, mentira, mentira es!, pensé yo entonces, tatareando uno de los estribillos de una de las canciones que entonaban después de la aventura. A mí no me engañaban como a los niños chicos. Muchos años después, supimos que el payaso más serio tenía razón. Hace falta media vida para entender cosas que suceden en un instante.

Al entierro del tal Alfonso, que lloramos como si hubiera sido el de Fofó, lo que es no saber, asistieron miles de personas que colapsaron las calles de Madrid camino del cementerio.

A la fiesta del centenario de Fofó, peluca rubia despeinada, bombín rojo con una cinta negra en la base, nariz color carne (para no asustar) y camiseta roja XXL estamos todos invitados. De lo del color del atuendo también nos enteramos más tarde. Yo, cuando en casa sustituimos el viejo General Eléctrica Española por un Telefunken Palcolor.

Había una vez un circo que alegraba siempre el corazón. Y un payaso maravilloso y eterno que sigue hecho un chaval. Como nosotros cada vez que lo vemos y oímos en aquella vieja casa de vecinos, los ojos clavados como chinchetas en la tele, la merienda entre las manos, la risa suelta, la maleta arrumbada en el suelo.

Seguimos estando, querido Fofó, más o menos bien, con los achaques propios de la edad. Algunos, ya, donde tenemos tres pelos no es en la barba sino en la cabeza.

M DE MIERDA, DE MENOR, DE MIGRANTE, DE MORO, DE MENA

M DE MIERDA, DE MENOR, DE MIGRANTE, DE MORO, DE MENA

 

Ayer fue presentado en Madrid "M", el sobrecogedor documental de la Diputación Provincial de Cádiz sobre la inmigración. M de mierda, de menor, de migrante, de moro, de mena... El trabajo, con guion del periodista Nicolás Castellano y la producción ejecutiva de Fernando Santiago relata las experiencias de menores migrantes no acompañados tras su llegada a España de manera irregular.

Estaría bien instaurar, para aquellos a los que solo les importa la vida de los no nacidos, medidas antirracistas y de defensa de la dignidad de los desposeídos. Que los talibanes de la aporofobia sean obligados a escuchar el latido del corazón de los niños que viajan en patera. Que los que los votan tengan una ecografía en 4D (D de dolor, de devastado, de desnutrido, de desubicado) del miedo que les paraliza desde que llegan. Y que todos los psicópatas sociales sean sometidos a una urgente y larga terapia de humanidad que rebaje los niveles de podredumbre moral en los que viven.

¡NIÑA, LAS CRÓNICAS COQUINERAS!

¡NIÑA, LAS CRÓNICAS COQUINERAS!

 

¿Harto de deambular por los centros comerciales como Arrimadas por Ciudadanos, buscando un regalo que será carne de Wallapop el 6 de enero por la tarde? ¿Cansada de navegar por Internet, con menos entusiasmo que Beardo en los plenos, sin encontrar un detalle para ese amigo invisible al que, como su propio adjetivo indica, no puedes ni ver? ¿Aún no tienes nada para tu pareja y temes que sin un buen detalle navideño tu relación termine como la de Isabel Preysler y Vargas Llosa? ¿Aburrido y desesperado, como todos los años por estas fechas, y con menos ganas de comprar que Froilán de trabajar?

Hazte ya con "Aquellos días azules. Crónicas coquineras 1976-2000)", la casa de vecinos construida con papel, engrudo y crónicas en la que tus familiares y amigos merecen quedarse a vivir unos días. Desde su azotea podréis contemplar el paisaje y el paisanaje de El Puerto del último cuarto del siglo XX. El Papi, Los Majaras, la Macaria, Emilio Flor, Manolo Morillo, Rafael Alberti, José Luis Tejada, Diego Ruiz Mata, Javier Ruibal, Joaquín, Los Cucas y muchos ilustres vecinos más saldrán a tu encuentro para alegrarte la lectura, la memoria y la vida. Entrarás de nuevo en el Teatro Principal, en la antigua estación de trenes, en las Dunas de San Antón, en el Motel Caballo Blanco, en el Club Mediterráneo, en Tierra, mar y vino, en la Cervecería El Puerto, en el Liberato, en la Casa de las Cadenas, en el Cine Macario, en la discoteca Galaxia… Para que no te olvides de qué barrio, de qué playa, de qué cine, de qué arboleda perdida venimos.

Libro, dedicatoria y entrega en mano por el módico precio de 12 euros. Ya lo dice la copla: Mejor quisiera estar muerto/que verme pa toa la via/ sin Aquellos días azules/ fino humor, pura alegría.

EMILIO FLOR, UNO DE LOS NUESTROS

EMILIO FLOR, UNO DE LOS NUESTROS

 

Ayer nos sentimos divinos de la vida en el pleno municipal en el que nuestro amigo Emilio Flor recibió la medalla de oro de la ciudad. También fueron agraciados con la distinción de buenos vecinos, el futbolista Joaquín, las Hermanas Carmelitas, las empresas Osborne y Romerijo, y Linda Randell, a título póstumo, fundadora de El Centro Inglés.

En realidad, yo llevo 40 años sintiéndome divino de la vida al lado de Emilio Flor. Porque este amigo íntimo de Balbo El Menor es uno más de una enorme pandilla de portuenses cuyo objetivo fundamental es que todos disfrutemos juntos del chispazo de luz en una infinita eternidad de sombras al que llamamos vivir. Para crear una pandilla tan fantástica hace falta conocimiento, habilidad, tiempo, dedicación y empatía, toneladas ingentes de empatía. Pero por encima de todo, ser tutor del bienestar de todos es un acto de infinita generosidad.

Profesor de latín, teatrero, futbolista (de los pocos futbolistas del mundo que le han marcado un penalty a Íribar), conferenciante, guía turístico, cuidador de enfermos... Mas hay algo todavía más importante que todo esto: ser de nuestra calle, de nuestro instituto, de nuestro equipo de fútbol, de nuestro grupo de teatro. Ser de los plebeyos proletarios. Ser uno de los nuestros.

¡SA-NI-DAD PÚ-BLI-CA!

¡SA-NI-DAD  PÚ-BLI-CA!

 

Para mi, la mayor ventaja de la sanidad pública es que no hay enfermo, por muy pobre que sea, que no reciba el mismo tratamiento terapéutico que aquellos que gozan de una posición social más desahogada. Creer e invertir en ella es apostar por un modelo en el que nos igualamos todos, en el que nadie es más que nadie. No tengo nada en contra de la existencia de la sanidad privada, pero esta se basa en un principio de rentabilidad, no de solidaridad. Todos tenemos experiencias de cómo se las gasta a la hora de aceptar la cobertura de determinados colectivos maltratados por una enfermedad.

Según todas las encuestas, la sanidad pública es una de las las principales preocupaciones de los ciudadanos. No parece que los gobiernos autonómicos, que son los que tienen la competencia, se tomen en serio esta pata imprescindible, junto a la educación y demás servicios asistenciales, del estado de bienestar. No parece tampoco que los mismos gobiernos valoren la profesionalidad y el esfuerzo titánico diario de los profesionales sanitarios. Así que habrá que defenderla con uñas y dientes. Nos va la vida en ello.

NOS PERSIGUEN

NOS PERSIGUEN

Sábado por la noche. "Necesito unos tenis" (para la Generación Z, unas zapatillas de deporte), suelto en casa invocando con antelación el espíritu de los Magos de Oriente. Sin solución de continuidad, signifique eso lo que signifique, abro el móvil para leer un artículo que tengo pendiente. Entre párrafo y párrafo, aparecen fotos de la Nike Revolution 6, la Adidas EQ21 Run, la New Balance Fresh Foam, la Asics Gel Sonoma 6 y una cuantas más con nombres todavía más largos.

Desde entonces, leer en el móvil se ha vuelto imposible. Las zapatillas ya salen detrás de cada punto y seguido. Implorando la compasión del menda que está detrás de la pantalla grabándonos hasta los silencios, he pensado probar con varios conjuros. 1. Soy discípulo del Baba (nuestro vecino del barrio alto que se pasó la vida pisando el suelo sin intermediarios). 2. No me siento las piernas (con la voz del personaje que caricaturizaba a Rambo en "Esta noche cruzamos el Mississippi"). 3. Correr es de cobardes (como dijo Rogelio, aquel fino centrocampista del Betis que jugaba andando). Y una de cosecha propia: 4. Todavía tengo unas Tórtolas que me compré a finales de los 70 que me han salido buenísimas". Pero igual es peor el remedio que la enfermedad. Lo mismo me inunden el móvil con publicidad de pañuelos, cruceros por el río americano más cinéfilo, muebles de Rogelio Gurrea y cacerías organizadas por la patronal de los cotos, respectivamente. O todo a la vez. Y yo solo necesito unos tenis.

Los paranoicos tenemos razón. Nos persiguen.

¡MARÍA, BAJA, QUE ESTÁ AQUÍ EL DE GÜENDOLINE!

¡MARÍA, BAJA, QUE ESTÁ AQUÍ EL DE GÜENDOLINE!

La mañana del viernes once de agosto de 1989, la vida no sigue igual en el Barrio Alto. A la altura de Ultramarinos La Giralda, un vecino le asegura a otro que acaba de ver a Julio Iglesias mirando unos náuticos en el escaparate de La Bota de Oro. El otro, que sabe que el madrileño canta esa noche en la Plaza de Toros, no se sorprende. Qué tiene de extraordinario que un señor que se olvidó de vivir de tanto correr por la vida sin freno, atienda cuestiones menos trascendentes, más prosaicas. Comprarse a última hora unos zapatos para el concierto, por ejemplo.

Las redes sociales de la época, más primarias pero también más humanas que las de ahora, echan humo. La noticia corre de puerta en puerta, de balcón en balcón, de patio de vecinos en patio de vecinos. Los nativos del  centro se echan a la calle a buscarlo, hasta dar con él. “¿Ese es el que era el marido de la china, verdad, muchacha?, que no me sale su nombre ahora”. “¡Manuela, baja, que está aquí el de güendoline!” “¡Qué negro está, joé! Si parece Basilio, el que le cantaba a dos cisnes a la vez, uno que tenía el cuello blanco y otro que tenía el cuello negro, pobrecito”.

Julio luce unas gafas negras de sol, camisa blanca, chaqueta azul, vaqueros gastados y unos castellanos que brillan como el día de la Ascensión. Antes de salir, se ha vaciado en el pelo un camión de los de Nimo de Patrico. Pasea por el centro como el dandi que es: sonríe, posa para las fotos, saluda a los paisanos que se han echado a la calle para pedirle mil duros, dos entradas, las gafas, la chaqueta, un autógrafo… Pero no dice ni mu. “No habla para no gastar la voz de gorrión que tiene antes del concierto, no como el Pelajigo, que tiene un gallo en la garganta”, suelta una fan del contralto de Los Majaras. Una señora con alma de vigía reclama su protagonismo en el avistamiento: “Yo lo vi primera que nadie en el Bar Vicente, zambullendo una legión de churros de la Charo en un café triple en el que no hacían pie. Cuando terminó, se rascó la barriga como en las actuaciones, pero esta vez en vez de jey soltó un eructo que parecía la bocina del Vapor”.

De repente, a Manuela, que lo sabe todo sobre su ídolo y está convencida de que la canción que lleva su nombre la escribió para ella, le da en la nariz que ese tío no es Julio. Lo ha descubierto cuando un admirador le ha pedido una foto y él se ha perfilado enseñando su lado malo, el izquierdo, lo que para Manuela es una prueba irrefutable de que tiene delante a un impostor. Una aficionada a la sociología dental alega que supo que no era Julio cuando al reírse vio que le faltaban un par de piños en la boca “y los ricos no tienen ese mierda de dentadura”.

Julio Iglesias no es exactamente Julio Iglesias, sino un vecino de El Puerto que se le parece bastante y ejerce desde hace tiempo de doble del cantante. Cuando se descubre el pastel, algunas mujeres se enfadan y le cantan las cuarenta, cada una a su manera, como Frank Sinatra. El estribillo, eso sí, es coral: “Más quisiera tú, pisha”. Un cuarentón, con una barriga patrocinada por Cruzcampo, sentencia: “Por eso no soltaba prenda, para que no lo pilláramos hablando con acento de la calle Ganao”.

El verdadero Julio Iglesias está a diez minutos del de mentira, alojado en un hotel del centro de la ciudad. A esas horas, puede que continúe  todavía en horizontal, pero ya dormido y solo, después de una noche loca practicando su afición favorita. Es probable que se levante a la hora del almuerzo sin poderse ni mover, como la baldaita de la sevillana. Es posible también que el truhán y el señor que ama la vida y ama el amor pregunte dónde puñetas está. Alguien de su entorno le contestará que en El Puerto de Santa María, la ciudad de los cien palacios y una gran densidad de famosos por metro cuadrado, indicador que iba a multiplicarse exponencialmente durante la década de los 90. Ese verano también nos visitaron Isabel Pantoja, Rocío Jurado, Rocío Dúrcal, Carlos Solchaga, Ruiz Mateos, Raphael, Matías Prats (padre), José Luis Perales, Fernando Falcó y Fernández de Córdoba...

Al día siguiente, las crónicas contaron que el concierto, al que acudieron más de 20.000 personas, defraudó a sus incondicionales, que pagaron la entrada más barata a 3.500 pesetas y la más cara a 12.000. Aunque la actuación duró más de dos horas, Julito jamás se sintió a gusto en el escenario. El mentón derecho, eso sí, lució espectacular. Y la barriga se la rascó feliz y satisfecho, como si verdaderamente hubiera sido él y no su doble el que se hubiera zampado el papelón de churros de la Charo.  Pero se le notó cansado, muy cansado, a saber cuántos hijos hizo antes de tirar para la plaza. Una fan declaró a la salida: “Es muy grande y se lo perdono todo, pero últimamente suena mejor en sus discos”.

Tras la actuación, el artista que más vinilos había vendido hasta la fecha desde la invención del tocadiscos, invitó a su doble al camerino para conocerlo. Ese día, como buscan las olas la orilla del mar, los vecinos y las vecinas del Barrio Alto buscaron y anunciaron a grito pelao (la primera versión apócrifa de WhatsApp) que Julio Iglesias estaba en El Puerto.  Aunque ellos solo alcanzaron a ver su Cara B.

AQUELLOS DÍAS AZULES

AQUELLOS DÍAS AZULES

Con gran éxito de público, y esperemos que de crítica, el colaborador de esta web, Pepe Mendoza (El Puerto de Santa María, 1964), presentó el pasado viernes en la Fundación Rafael Alberti su nuevo libro Aquellos días azules. Crónicas coquineras (1976-2000). Pepe es un portuense de la calle San Sebastián (uno es siempre de la calle en la que vivía cuando empezó a ir a la escuela). Graduado Social y Licenciado en Derecho, ha sido articulista en M-80 Radio, la Cadena Ser, El Puerto Información, Noticias Locales y Diario de Cádiz.

Tras Ecos de Vecindad y En defensa nuestra, Aquellos días azules, su tercer libro, habla de esa promesa eterna de felicidad a la que llamamos verano. Concretamente, de los veranos del último cuarto del siglo XX, vistos por los ojos de un niño, un adolescente y un hombre más o menos maduro: tres personas distintas y un solo portuense verdadero. Unos ojos anclados a la orilla de un río al que llaman del olvido, en un melancólico lugar de retamas blancas y amarillas.

Durante la presentación, el autor estuvo acompañado por Paqui Ayllón y Alberto Castrelo, que condujeron con solvencia y mucho arte el acto. Colaboraron también, leyendo párrafos del libro, Belén Domínguez, columnista de Diario de Cádiz, y Antonio Ocaña, autor y actor de teatro. Dos jóvenes actores del grupo de teatro Balbo, Efraín Cruz y Chema De la Flor, interpretaron a dos tacañones del programa Un, dos, tres responda otra vez. Dos primos lejanos de Kiko Ledgar y a Ana, la secretaria contable, además de una pareja de concursantes vecinos y residentes en el Mar de Cádiz, que sacaron matrícula de honor en las preguntas que Kiko les formuló sobre el libro, hicieron las delicias del público.

Por las páginas de Aquellos días azules desfilan decenas de vecinos portuenses, además de un sinfín de famosos que nos visitaron en aquellos años. También brillan lugares emblemáticos que desaparecieron de un día para otro: la playa de la Colorá, la antigua estación de trenes, el Teatro Principal, los cines históricos, la Casa de las Cadenas, las Bodegas 501, la Joy Sherry, El Convento... ¿Sabía usted que El Papi resucitó al tercer día tras perder la vida en Marbella y siguió vendiendo por la playa de Vistahermosa sus famosas y sabrosas papas fritas? ¿O que el entonces ministro de Economía, Carlos Solchaga y su pandilla de amigotes fueron expulsados del Club Las Redes por liarla, todos con una tajá como un piano? ¿O que al quince veces campeón del mundo de motociclismo, Giacomo Agostini, de robaron la moto de la puerta del chalé de sus suegros en Vistahermosa? ¿O que un chiquillo de la Rivera al que llamaban el Juaqui fue convocado con la selección española sub 18 y ya se lo rifaban el Madrid, el Barcelona y el Atlético de Madrid? ¿O que, por primera vez en la historia del certamen, en 1985 la gala de Lady España se celebró fuera de Marbella y Cayetana de Alba le entregó la banda a Tita Cervera en la Joy Sherry? ¿O que Los Cucas, unos chavales de aquí, lo petaron en los 40 Principales con su canción “La última carta”?

Dice Mendoza que ha escrito este libro para que no olvidemos de qué barrio, de qué playa, de qué arboleda perdida venimos. Para que las personas y las vidas de entonces no mueran nunca en las alforjas sin fondo de nuestra memoria comunitaria. Para seguir vivos y juntos en las historias que nos contamos. Para que ni el levante ni el poniente borren nunca aquellos días azules y aquel sol de El Puerto.

(De la Web Gente del Puerto, 11-06-2022)

CINEMA PARADISO

CINEMA PARADISO

Leo en la revista Fotogramas que ha muerto Jacques Perrin, el actor francés que dio vida al director de cine de "Cinema paradiso". Su personaje, Salvatore, nos dejó una de las escenas más emotivas de la historia del séptimo arte. Al final de la película, sentado completamente solo en una sala de cine, el realizador admira el montaje que le ha dejado Alfredo como legado: todas las escenas de los besos censurados por el sacerdote de su pueblo y que su viejo amigo el proyeccionista había tenido que cortar.

La escena de ese adulto emocionado, que se reencuentra con su pasado ante la gran pantalla, haciendo las paces consigo mismo -con el pequeño Totó-, la corona la banda sonora del genio Ennio Morricone. "Busca algo que te guste, y hagas lo que hagas, ámalo; como amabas la cabina del Cinema Paradiso cuando eras niño", le dice Alfredo a Totó como un mandamiento laico que él recordará toda su vida.

Imposible no acompañarle en el sentimiento de gratitud y en el llanto contenido cada vez que volvemos a verla. Ha soñado uno muchas veces que el final de la vida debería ser algo parecido a esa escena: sentarnos en la butaca antigua de un antiguo cine de barrio y recrear el tiempo bello y efímero en el que amamos y fuimos amados. Reencontrarnos con nuestro pasado y con los nuestros, hacer las paces con nosotros mismos. Leer The End entre sonrisas y lágrimas. Y entrar plácidamente en un sueño eterno en el que seguimos viendo fotogramas y oyendo la voz en off de todos los narradores ominiscentes que nos hicieron mejores. Liturgia y pasión. El cine. La vida.

ESPLENDOR Y OCASO DE LOS CALCETINES BLANCOS

ESPLENDOR Y OCASO DE LOS CALCETINES BLANCOS

 

Allá por la década de los 80, los calcetines blancos alcanzaron un prestigio fascinante. Sin apenas darnos cuenta, abandonaron el último cajón del ropero, en el que convivían desordenadamente con camisetas, calzonas y sudaderas, y ascendieron a la zona noble donde habitaban orgullosas las prendas de salir (antes, ropa de los domingos). Del gimnasio del instituto y del campo de albero, pasaron a transitar por las pubs y discotecas de moda. De relacionarse con los tenis Tórtolas o las zapatillas Keds, a codearse con la hidalguía señorial de los zapatos castellanos. Eran maravillosos y te hacían sentirte maravilloso a ti. No solo ponías a su entera disposición tus pies, sino que, como a aquella novia primera, le entregabas tu alma, tu corazón y tu vida. Fue un ascenso sin precedentes en el superficial y volandero mundo de la moda. En aquellos días, exhibir los calcetines blancos por debajo del pernil del vaquero, mientras te tomabas un cubata en la barra de un pub, sentado en un taburete para que se vieran bien, era un signo de distinción.

Apenas duró una década ese reinado efímero. En los 90, ya estaban acabados. Y si te lo seguías poniendo, el acabado eras tú. La gente cuchicheaba a tu espalda y te señalaba como si fueras Darth Vader cuando, en un descuido, se asomaban entre el pantalón y el zapato.

Hubo también un tiempo en el que entrar en un discoteca era más difícil que salir hoy de Ikea. No te dejaban pasar si llevabas chupas de cremalleras. O zapatillas deportivas. Pero el ensañamiento sin compasión fue con los pobres calcetines blancos. Llegabas a la puerta y lo primero que hacía el gorila de turno era mirarte los zapatos con cara de asco, como si hubieras pisado una mierda. “No puedes pasar, llevas calcetines blancos”, sentenciaba vacilándote. Te daban ganas de contestarle: tú tienes el cerebro también en blanco y te han dejado entrar en la empresa, capullo. Pero no era plan. Casi estaba mejor visto ir descalzo, como nuestro vecino el Baba, que se llevó toda la vida pisando el suelo sin intermediarios. Sólo a Michael Jackson en sus videoclips se le permitía exhibirlos sin pudor.

La caída de los calcetines blancos estuvo a la altura de otros ocasos igual de traumáticos: Bob Derek, Eva Nasarre, Enrique y Ana, Parchis, Los Pecos... No volvieron a levantar cabeza. Cuando una supremacía cae, cae para siempre. Piensen en el imperio romano, que se derrumbó porque los del pecho de lata estaban a otras cosas y no echaron los cimientos en condiciones. Con los calcetines blancos pasó, salvando las distancias y los siglos, algo parecido: había mucha arena y muy poco hormigón en esa tendencia ochentera. Hoy en día, también han sido casi expulsados del ámbito deportivo. Ahora, son de colores y taloneros, que parece que va uno con patucos.

Quedan, eso sí, los álbumes de fotos, esas hemerotecas familiares, que, como las de los periódicos, las carga el diablo. Fueron los reyes del mambo durante una época en la que todos estuvimos enamorados de la moda juvenil. Honor y gloria a los calcetines blancos. Más concretamente, a los de la marca Ferry’s, que tenían una raya azul arriba y una roja debajo, con los que anduve por los borrascosos parajes de la adolescencia. Dios los tenga en su ropero.

MÁS ALLÁ

MÁS ALLÁ

MÁS ALLÁ

 

Más allá de los años,

más acá de la vida,

va contigo aquel niño

de mirada encendida.

 

¿Y Jesús tiene hermanos?

¿Es rico Baltasar?

¿En Belén no hay veranos?

¿Tiene baño el Portal?

 

En los ojos sin brillo

del adulto cansado

reverbera este niño

vivaracho, asombrado.

RECUERDA QUE ERES MORTAL

RECUERDA QUE ERES MORTAL

 

Memento mori es una expresión latina que significa recuerda que morirás. Su origen parece remontarse a la Antigua Roma. Cuando un hombre poderoso desfilaba endiosado por las calles de Roma, un siervo porculero y valiente caminaba a su lado recordándole las limitaciones de la naturaleza humana.

No somos nada. Agua y vísceras. Sangre y casquería. Carne trémula. Hueso ajado. Así que lo mejor es mantener al ego a dieta, atarlo en corto cuando las cosas van bien. Y recordar, con una elegante clarividencia, que no somos nadie. Y en las victorias, menos.

MALA GENTE

MALA GENTE

Detesto a esa gente que se escuda en una siniestra pureza para no hacer nada por nadie. Si se habla de mejorar las condiciones de vida de los animales, te contestan que primero están las personas. Si se les cuestiona sobre los inmigrantes que vienen en pateras, te dicen que antes que nada están los españoles. Cuando toca ayudar a los españoles pobres, los tachan de mantenidos y vagos. Si se celebra el día de la mujer o del homosexual, reivindican el día del hombre o el del hetero.


Es lo que que los sociólogos llaman "la falacia del Nirvana", un argumento engañoso y ayuno de empatía que sostiene que hasta que no se arreglen todos los problemas del mundo es inútil intentar solucionar nada.

En realidad, a ellos, puro ego, tanto los problemas del mundo como los del vecino de al lado les importa un pimiento. Son como el gallo aquel del cuento, que creía que el sol salía para oírle cantar.

EL POLO DE LOS POBRES

EL POLO DE LOS POBRES

 

Se llamaba flaggolosina, mi rico helado, del congelador lo saco congelado, etc. Aunque los únicos que le llamaban así eran los niños de anuncio. En mi barrio, ese polo de pobres tenía más nombres que sabores: flá, flan, poloflá, poloflán... Jamás escuché a nadie pedirle a Manolo, el hombre del kiosco, que era solo un poco menos bruto que nosotros, un flaggolosina. En el Distrito 21 no veraneaba nadie de Madrid ni de ningún sitio. Como mucho, algún trabajador de la pista de coches de choque que venía a la caída de la tarde a comprar otras cosas. Si algún niño le hubiera dicho un flaggolosina-por-favor, igual Manolo habría pensado que aquel finolis era descendiente de algún exiliado de guerra que había vuelto de Rusia ese verano. Porque de la guerra en general y de las suyas en particular sí sabía un montón.

El caso es que no había más: o el poloflá, o, como mucho, el Camy naranja o limón. A mediados de los 70 vivíamos aún en la Edad del Hielo. Vinieron luego, años más tarde, el Drácula, el Minimilk, el Mikolápiz o el Súper Choc, al que una niña de mi calle, finísima ella, le añadía al final otra h y otra o. Como para pedirle que pronunciara correctamente flaggolosina.

Pero esos fueron polos saboreados ya en la casapuerta de la democracia. Al bueno de Manolo había que señalárselos porque se perdía en aquel cartel de Frigo en el que los helados flotaban en una playa con árboles detrás tan parecida a La Puntilla.

MATRÍCULA EN VALORES

MATRÍCULA EN VALORES

 

Un alumno de la Universidad de Valladolid ha preguntado a uno de sus profesores si puede renunciar a su Matrícula de Honor. Dice que no necesita el importe porque tiene ya la beca completa y ha pensado que al siguiente alumno sobresaliente le podría hacer más falta.

Imposible no emocionarse con un gesto tan hermoso. La noticia la recogen hoy varios medios, pero ninguno dice su nombre ni pone su foto. Y deberían, porque necesitamos referentes como él, no porque no los haya sino porque no se les da voz.

Este país, infestado de patriotas de chicha y nabo que solo saben odiar, siempre a los más débiles, está en deuda con millones de personas anónimas que se dedican a hacer el bien allá donde van. Matricula de Honor también para el chaval en la asignatura más difícil: Valores, Generosidad y Empatía.

Qué buen trabajo han hecho con él su familia, sus profesores y sus amigos. Y, por supuesto, él mismo. Orgulloso de ser su compatriota. ¿Quién dijo que todo está perdido?

JUANLU MARTÍNEZ, LA ALEGRÍA DE VIVIR

JUANLU MARTÍNEZ, LA ALEGRÍA DE VIVIR

A finales del verano de 1981, el álbum de la liga incorporaba en sus páginas traseras los últimos fichajes de los equipos de primera división para la nueva temporada. Como todos los años, los jugadores que cambiaban de club aparecían enfundados en sus nuevas camisetas, pintadas sobre las antiguas porque entonces no había ni presentaciones mediáticas ni photoshop. El Zaragoza se hizo con los servicios de nuestro paisano Cecilio Zunzunegui, el Atlético de Madrid firmó a Hugo Sánchez y el Betis a Poli Rincón. En los equipos juveniles de la cantera portuense también hubo intercambio de cromos. Juan El Pollo dejó La Salle y fichó por el San Marcos. Lolo Borne abandonó el San Marcos y se enroló en el Safa San Luis. Y Manolín y un servidor nos fuimos del San Marcos y recalamos en La Salle. Los álbumes de aquellas ligas nuestras eran de fotos siempre de equipo, casi nunca individuales. Los guardaba el secretario de la Junta Directiva en un cajón bajo llave de la mesa que apenas cabía en el cuchitril de la sede del club, junto a las fichas de los jugadores y recortes de periódicos de nuestros partidos que publicaba Diario de Cádiz.

En los primeros días de la pretemporada de aquel verano, finales de julio, recién llegado a mi nuevo equipo, que presidía Pepe Sanz y entrenaba Carlos Pumar, hice amistad con un chaval al que no conocía. Tenía la cabeza llena de rizos, como el moreno de Los Pecos. Y unas piernas que golpeaban el balón con una fuerza parecida a la de Scotta, aquel delantero argentino del Sevilla especialista en los lanzamientos de faltas cuyos contrarios se hacían los locos para escaquearse de la barrera. Martínez para el entrenador, Juanlu para los compañeros, rendía donde lo pusiesen, ya fuera en el centro de la defensa o en el medio del campo. Era expeditivo, fuerte físicamente, generoso en el esfuerzo y solidario con los compañeros. Le gustaba ganar como a todos, pero sobre todo disfrutar de los entrenamientos y de los partidos, de esa pasión por la pelota que nos enganchó para siempre en el recreo de la infancia y en la plazoleta de la barriada. A mí me gustaba estar cerca de él en los entrenamientos y en los desplazamientos en autobús, porque por donde Juanlu pasaba siempre había buen rollo y muchas risas. Su estado de ánimo no lo condicionaban ni las victorias ni las derrotas. A veces, en medio de la tensión de un partido, con el entrenador gritando como un poseso con las venas del cuello hinchadas, se te acercaba y para relajar un poco el ambiente soltaba un comentario chistoso sobre el árbitro, algún jugador del equipo contrario e incluso del nuestro. Alguna vez me tapé la boca como hacen hoy en día los futbolistas, pero no para que no me leyeran los labios, sino para que el míster no me viera riéndome a carcajadas y me mandara a la ducha por frívolo e irresponsable. El fútbol y la vida eran para Juanlu algo parecido: un juego en el que lo más importante de todo era disfrutar.

Algunos años después, todavía en edad de poder tener un cromo en el álbum de la liga pero ya sabiendo que el único álbum en el que íbamos a tener protagonismo sería en el de nuestra boda, me llamó para jugar un campeonato de veteranos con Verinsur, la empresa en la que trabajó muchos años. Llegábamos una hora antes al campo y Juanlu empezaba a recordar anécdotas del pasado, con ese don de monologuista lleno de gracia que fue consolidando con los años. Muchas veces se nos olvidaba que teníamos que jugar y venían los del equipo contrario o el árbitro a decirnos que había que empezar, que aquello era un partido de fútbol, no un reservado de La Burra. Como si el encuentro fuera más importante que aquellos ratos en los que celebrábamos que volvíamos a estar juntos en plena adolescencia en las historias antiguas que recreábamos.

Pasó otra vez el tiempo como pasaba el cóndor y alguien nos dijo que Juanlu había montado un bar en Vistahermosa, El Lentisco. Un domingo después de pasar la mañana en la playa, con más hambre que Carpanta, mi amigo Antonio Carvajal y yo fuimos con nuestras parejas a comer allí. El nuevo emprendedor salió de la cocina y nos dio un abrazo que todavía siento. Nos contó que estaba muerto de miedo, que había hecho una inversión enorme y que confiaba en que El Lentisco fuera en poco tiempo un bar de referencia en El Puerto. Almorzamos y echamos allí la tarde, con el señor empresario sirviéndonos como si fuéramos marajás, feliz por tenernos allí, y nosotros encantados de contribuir económicamente en aquellos primeros días del negocio. Cuando le pedimos la cuenta nos dijo que otro día. Fue inútil insistir. Soltó dos o tres ocurrencias de las suyas y nos agradeció que le hubiéramos dejado desabastecido de tortillas de camarones, tomates aliñaos, cervezas y gin tonics. En las navidades de 2014 celebramos allí la comida de Navidad del INEM. Nos regaló a los postres la actuación de un grupo flamenco que había contratado expresamente para nosotros. Es para que te relajes, Pepe, me dijo, que tienes toda la cara de San Pancracio con depresión.

Así era y así será siempre Juanlu en los recuerdos luminosos que alimentan mi memoria. Un tipo entrañable que le alegraba la vida a aquellos que lo conocían. Uno de esos seres de luz que cuando te lo cruzabas siempre salías mejorado del encuentro. Un niño travieso e hiperactivo que se obligaba a ser adulto. La vida le golpeó a veces con fuerza, pero jamás se refugió en el victimismo ni en el resentimiento. Eso era Juanlu: una manera de ser, una forma cálida, generosa y divertida de estar en el mundo.

Los que hemos disfrutado de su amistad incondicional ya lo tenemos en nuestro íntimo álbum de cromos de la liga de la vida, posando para la eternidad con esa sonrisa limpia con la que le ponía siempre buena cara al mal tiempo. Cuidando de la gente que quería, con ese humor insobornable y elegante con el que transitó por el mundo. Lo vamos a echar mucho de menos. Ya no vamos a poder alegrarnos al verlo, pero cada vez que nos alegremos lo veremos, solo hay que saber mirar, feliz, disfrutón, imprescindible.

LAS AMISTADES MISTERIOSAS

LAS AMISTADES MISTERIOSAS

 

Para no naufragar más de la cuenta en el viejo y esforzado oficio de vivir hay que tener una doble vida. Ser otro, además del que el Registro Civil dice que somos. Más niño, más libre. San Agustín, que como Emilio Flor sabía latín, ya defendía hace quince siglos ese desdoblamiento de la personalidad: “Yo soy dos y estoy en cada uno de los dos al completo”. Merece la pena y la alegría construirse una segunda existencia en la que vivir a salvo de contradicciones y amenazas. Como Mortadelo cuando se disfraza para huir de sus jefes. La vida es muy corta, pero hay días malos que se hacen larguísimos en los que necesitamos que alguien nos rescate de una reunión de la comunidad de vecinos, de un extravío interior o de un insomnio cruel.

Tener una doble vida te compromete a cuidar de otras familias y de otros amigos. Es probable que tus íntimos de siempre no lo entiendan y que se vivan momentos de tensión. Que si tú estás muy raro últimamente. Que si no nos haces ni puñetero caso. Que si no te soporto cuando callas porque estás como ausente. No vamos a idealizar las nuevas amistades porque también tienen sus cosas, como todos, pero son gente de bien que estuvo cuando había que estar. Por alguna extraña jugada del destino, un día coincidisteis en un cruce de caminos de papel y se quedaron contigo para siempre. Puedes decir más cosas de ellos que de algunos primos o cuñados. Cuando llegaron, tal vez te sentías solo, quizás deprimido y unas palabras suyas bastaron para calmarte. Para comprenderte. Para quererte. Qué gente más maja.

Una sola existencia no da para mucho. A mí, esa militancia duplicada me ha salvado la vida muchas veces. Y me ha ayudado a sobrellevar lo más dignamente posible la tragicomedia que protagonizamos cada día.

De esos otros de los que hablo, y que con nosotros van, sabía mucho una señora que fue a ver la película La rosa púrpura del Cairo. Al salir del cine, le comentó a su amiga que le había dado mucha lástima Mia Farrow. Pero que también ella se lo había buscado, por enamorarse del actor de carne y hueso en lugar del personaje que el actor representaba en la pantalla. “¡Le está bien empleado, por quedarse con el de verdad!”, mascullaba enfadada.

Para recuperar esos paraísos perdidos en los que nunca hemos estado hay que tener una doble vida. La literatura es Alicia recordándonos desde su país maravilloso que con una sola no basta.

ORACIÓN MATINAL

ORACIÓN MATINAL

El camino en coche de casa al trabajo (quince minutos) se ha convertido, desde que empezó la pandemia, en una liturgia en la que intento conectarme con lo mejor de mí. Ya no escucho las noticias, sino canciones que me gustan. Ese acto de fe, sencillo, militante y nostálgico me reinicia en la vida diaria con el corazón y las tripas más limpias.

Mientras conduzco, hago examen de conciencia, acto de contrición y autoconfesión de mis faltas. Veo, me juzgo y pienso en las cosas que hago mal y en la manera de corregirlas. También en las que progreso adecuadamente y en la manera de practicarlas más a menudo. Paso revista a mi relación con las personas a las que quiero mucho y, a veces, la canciones que suenan en ese momento se convierten en una banda sonora maravillosa en la que todo fluye. Y yo soy Roberto Benigni, en La vida es bella, gritando buenos días princesa, dedicando temazos a toda la gente con luz que alumbra mi existencia. Otras veces, las melodías son hermosas pero inquietantes, como algunas de Morricone, y repaso mentalmente un posible malentendido con alguien que no me contestó el último whatsapp o no me cogió la llamada o no me saludó por la calle. ¿Habrá entendido mi ironía? ¿Estará molesto por algo? ¿Habré sido yo, cada vez más enfermo de despistes, el que no le contestó el whatsapp o no le cogió la llamada o no la saludé por la calle?

Y, entonces, respiró hondo, suena una canción, por ejemplo de El Jose, un tipo al que descubrí hace unas semanas, que me habla de que se va a inventar un camino pa quitarse la presión de quien no aguante su paso a ritmo de caracol. Yo, con menos arte pero la misma voluntad, invento textos de desagravio y diseño mensajes del tipo “qué buena la película que me recomendaste”, “mira que columna más chula ha escrito hoy fulanita”, “cada vez que me alegro te veo” o, después de un tiempo sin saber de alguien, “deberíamos hacer las paces, lo que pasó entre nosotros no justifica esta pertinaz sequía comunicativa”. Lo hago solo para provocar una sonrisa o recibir respuesta, para que el otro o la otra me diga a su manera, con la rotundidad y la pasión de Camilo Sesto, que a pesar de todo me sigue queriendo. O, que al menos, no pasa de mí.

Llego al curro imaginando que el mundo en general y mi mundo emocional en particular sigue estando igual de cálido y ordenado que el sueño de niño chico del que he disfrutado durante la noche, la cama que hemos dejado recién hecha, o el café y las tostadas que nos alegraron el desayuno. Esa armonía vital me llena de aire los pulmones. Aparco el coche y ficho y abro el ordenador y sigo tatareando esa canción preciosa que me recuerda que la vida es bella incluso cuando es fea. Y que quiero morirme joven, rodeado de la gente que quiero, lo más tarde posible.

EL VIEJO PROFESOR

EL VIEJO PROFESOR

Un verso evocando la infancia. Un poema recordado a Guiomar. Las primeras frases del ser o no ser de Hamlet. Es el inventario vital, derramado en palabras esparcidas por papeles arrugados, que Don Antonio Machado llevaba consigo en los bolsillos del viejo abrigo que le cubre los días previos a su último viaje. La niñez, el amor, la muerte, esas estaciones de penitencia que conforman la procesión de la vida. Las únicas palabras del hombre bueno que ya sólo recuerda la emoción de las cosas. De todo lo demás fue despojado. Hasta la vieja maleta, en la que portaba sus escasos enseres, se extravió al cruzar la frontera con Francia.

Se cumplen hoy 82 años de la muerte del profesor de instituto que dejó escrito que nadie es más que nadie. No sobrevivió a la pérdida de España, al dolor profundo del destierro. A las tres y media de la tarde del día 22 de febrero de 1939, miércoles de ceniza, fallecía en Colliure.

¿Y ha de morir contigo el mundo mago
donde guarda el recuerdo
los hálitos más puros de la vida,
la blanca sombra del amor primero?