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YO FUI A LA FP: SAFA, COSECHA DEL 77

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Es un día sin fechar de primeros de septiembre de 1977. Aún no ha amanecido. Decenas de adolescentes de las localidades de Chiclana y Rota se hacen los remolones en sus camas. Cuesta la misma vida madrugar para empezar un nuevo curso escolar, tras las vacaciones de un verano en el que Mazzinger Z ha sido el amo del espacio y Rafaella Carrá la reina de las discotecas gracias a una fiesta que por lo visto fue fantástica. Los españoles mayores de veintiún años han descubierto también hace apenas tres meses la fiesta de la libertad, eligiendo a sus representantes por primera vez desde la Segunda República. Los tiempos, tiene más razón que un santo Bob Dylan, están cambiando. Aunque Gila asegura que da gustirrinín utilizarlas, los jóvenes españoles han decidido hacerle el boicot a las Filomatic. Y a las barberías. Se llevan los pantalones con unas campanas como las de la Iglesia Mayor de grandes. Y la lotería familiar de toda la vida se ha externalizado: ahora se llama bingo y hay uno en cada barrio.

Como todos los veranos de entonces, el de 1977 ha durado una eternidad. Pero septiembre ha llegado por fin para anunciar que la uva está más o menos madura y que la cosecha va a ser abundante y de buena calidad.

Los chavales y chavalas protagonistas de esta historia apenas han desayunado, nerviosos ante una  nueva etapa académica y vital que los va a llevar en los próximos años a una ciudad cercana que la mayoría apenas conoce. Con una libreta y un bolígrafo en la mano salen de casa, tras recibir los sabios y casi siempre ignorados consejos de las madres que los parieron hace,  más o menos, catorce años. Ten mucho cuidado que esto ya no es la EGB;  entérate bien de los libros que tienes que comprar; niña, ponte un rebequita que tan temprano hace fresco; toma hijo dos duros para que te compres un bocadillo en el recreo... Con la ciudad todavía a oscuras se encaminan hacia  la parada en la que varios autobuses calientan sus motores antes de partir hacia El Puerto de Santa María.

Mientras ellos viajan soñolientos e inquietos, decenas de chavales portuenses oyen sonar un despertador parecido y son zarandeados por unas manos parecidas para que se levanten y empiecen la misma liturgia que chiclaneros y roteños han acometido hace apenas una hora. A las ocho, en cualquier caso, ya con el Sol perfectamente maqueado brillando encima de la Plaza de Toros, como brillaba Travolta en la pista de baile de Fiebre del Sábado Noche, los muchachos y muchachas de esas tres ciudades formaran en el patio bajo las órdenes de los que van a ser sus profesores. “Los de la rama de Electrónica, Electricidad y Automoción, se vienen conmigo para el patio de los talleres. Los de la rama Administrativo y Comercial, se quedan aquí, por favor”.

Con cada uno ya en su clase y Dios en la de todos (ellos aún no lo saben, pero las Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia van a ser, sobre todo, una familia cristiana bien avenida), los futuros Administrativos empiezan a oír unas palabras rarísimas que parecen sacadas de La Guerra de las Galaxias. Cálculo Mercantil, Técnicas de Comunicación, Prácticas de Oficina, Humanística, Mecanografía, Taquigrafía…  La más rara de todas es, con diferencia, Estenotipia, que más bien parece una enfermedad que una asignatura.

Pasó ese día primero, y pasaron cientos, miles de días más persiguiéndose y persiguiéndonos, la vida corriendo que se las pelaba (aunque de eso fuimos conscientes muchos años después),  como cabalgábamos a lomos de aquella Olivetti 98 en la que había que alcanzar como mínimo 250 pulsaciones por minuto. La publicidad de las academias de la época decía que escribir a máquina era “una condición indispensable para obtener un trabajo con futuro”. Escribimos muchas cartas comerciales y algunas cartas de amor y algunos poemas desesperadamente malos. Descubrimos que los asientos contables no tenían patas, y que Caballero, además de un ponche, era también un método para aprender Taquigrafía. Y que además del cálculo que se les metía a los mayores en los riñones, había uno mercantil que nos metían a nosotros por las tardes y nos fastidiaba la sana costumbre de bajar a la plazoleta después de comer.

Es 30 de septiembre de 2017. Han pasado cuarenta años. Los chavales y chavalas de entonces vuelven hoy a verse para celebrar y rememorar aquellos maravillosos años. Algunas cosas han cambiado. Han cambiado el comedor y el bar de Pepe por el Hotel Las Dunas de San Antón, en el que van a almorzar entre sonrisas, lágrimas y recuerdos.  Han cambiado la gimnasia por el gimnasio. Han cambiado la ginebra de garrafón por una en condiciones. Han cambiado sus vidas de estudiantes por unas vidas laborales más o menos estables. Muchos han sido padres y madres, algunos son ya también abuelos. Don José Matiola y Don Julio Calzado profesores entonces, que también han querido sumarse a la fiesta, son hoy los amigos Pepe y Julio. Algunos compañeros partieron demasiado pronto hacia esa casa común más allá de las estrellas en la que un tal Jesús nos prometió que volveremos a vernos.

Pero en lo esencial, nosotros, los de entonces, los adolescentes de Chiclana, Rota y El Puerto que aquel día de septiembre coincidimos por primera vez, seguimos siendo, más o menos, los mismos. Alumnas y alumnos agradecidos (uno nunca es ex-alumno de la escuela donde descubrió el conocimiento, la amistad y el amor) de las Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia.

Yo fui a la FP. No sé qué hubiera sido de muchos de nosotros si aquella uva nueva no hubiera recalado en la viña de SAFA, en aquel  lejano y a la vez reciente mes de  septiembre de 1977. Si no hubiéramos formado parte de la estupenda cosecha en la que vivimos juntos la primera vendimia de nuestras vidas.

14/10/2017 23:51 pepemendoza #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

PAÍSES ANDALUCES

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Van ustedes a pensar que les estoy vacilando, o que me han metido un golazo por la escuadra los de El Mundo Today, pero ya les digo yo que no, que la noticia  que voy a contarles aparece esta mañana en algunos periódicos digitales. La ANA, que no es una amiga de Facebook con la autoestima baja, sino las iniciales de Asamblea Nacional Andaluza, acaba de ponerle fecha a la independencia de nuestra tierra. Como lo leen. Se declarará el próximo 4 de diciembre, aún no han dicho si por la mañana o por la tarde. Por respetar las tradiciones y no empezar con el lobby del carnaval en contra, yo esperaría por lo menos a que Los Majaras cumplieran con su cita anual en la calle Ganado para cantar el pasodoble de García Caparrós, aunque sea por última vez. Es más que probable que para el señor Pedro Ignacio Altamirano, líder de la ANA, el verso “pues no renunciaremos a nuestra autonomía”, tan reaccionario y corto de miras, sea la raíz de todos los males políticos que hoy nos asolan.

Lo cierto es que a partir de ese día ya no seremos Andalucía guapa gitana mujer morena, pues despertaremos libres de nuestras cadenas bajo el nombre de “Países Andaluces”, en plural, con un par, no como los muertos de hambre del Norte, gallegos, vascos y catalanes, que solo tienen uno y la mar de chico. Bajo esta nueva denominación de origen volveremos a ser lo que fuimos hace 3.500 años, cuando éramos Tartessos y el  PSOE ya hacía campaña en la primera Edad del Hierro para hacerse para siempre con el gobierno de la Comunidad.

Pero, ¡agárrense a Junior que vienen curvas!, nuestra República Federal pretende anexionar a la causa a  Murcia, el Algarve portugués y el Rif marroquí. Sobre estas tres sorprendentes incorporaciones, la ANA ha dicho que “los consideramos parte de Andalucía por lazos culturales y sociales”. O sea, que habrá que organizar un mínimo de cuatro referéndums, con sus correspondientes urnas y papeletas y sus cuatro declaraciones unilaterales de independencia, lo que nos va a salir por un pico y una pala, por lo menos en kilometraje y dietas. Se nos irá también una pasta en las academias de idiomas, pues habrá que sacarse por lo menos el B1 en  las cuatro lenguas oficiales que serán implantadas: andaluz, portugués, murciano y valenciano. Sobre el árabe, menos mal, no han comentado nada. Parece que de momento vale con el marroquí nivel regateo.

Han dicho  también que la mayoría de andaluces somos descendientes de castellanos ocupantes. Ha sido leerlo y he empezado a odiar con todas mis fuerzas independentistas la sopa castellana, el solomillo a la castellana y hasta los zapatos castellanos. Lo que hubiera cambiado nuestra ancestral historia de tiesos si, en vez de descendientes de castellanos ocupantes, hubiéramos sido descendientes de castellanos ocupados.

07/10/2017 21:09 pepemendoza #. sin tema Hay 1 comentario.

IMÁN EN EL CORAZÓN

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     Al único Imán al que le reconozco autoridad y al que acompaño en sus oraciones rockeras andaluzas desde hace más de cuarenta años, camino del águila o donde haga falta, es a Imán Califato Independiente, aquel grupo made in El Puerto que a mediados de los setenta enarboló la bandera de la buena música en una Andalucía que entonces no pasaba de ficción autonómica y hoy es, dicen, una realidad nacional. "No era sólo rock andaluz, era un estado de conciencia", tienen escrito los integrantes de la banda nacida en la primavera de 1976 que nos dejó dos álbumes impagables: Tarantos del Califato Independiente y Camino del Águila.

Imán es para mí, junto a Triana, Alameda, Cai y Medina Azahara, un recuerdo luminoso, la banda sonora de una adolescencia que me lleva a la playa de Las Murallas, donde algunas tardes de verano, cuando ya empezaba a anochecer y el mar era un rumor, salían de la tienda de campaña canciones como himnos que nos defendían de las inclemencias de los quince años recién inaugurados.

Es verdad que en aquellos años de libertad sin ira también sonaban guaperas a todas horas en el hit parade de la pista de coches de choque de Crevillet. Un contorsionosista, hijo del maestro Dominguín y de una bella italiana, que se creía superman. Dos hermanos que parecían Zipi y Zape ya creciditos, cursis como ellos solos, que adoraban a una tal Juani. O un tío bizco que decía que era como el aire, pegado a ti, siguiéndote al andar, cuando el acoso no estaba aún tan denostado. Nosotros no les veíamos el atractivo por ningún lado y nunca llegamos a entender que ocuparan un lugar destacado en los dormitorios de aquellas novias primeras, alimentando su histeria y sus sueños eróticos. Porque además de hacer una música infame tenían, estábamos seguros, más venas que una caja de huevas.

El rock andaluz: ahí sí que confluían la pureza, la independencia, el buen gusto y el sabor a Sur. Aquella búsqueda de ilusiones, de sueños y de libertad se hermanaba con la utopía colectiva e idealista que empezaba a construirse en la tierra de los hombres sin tierra. Jóvenes de pelo largo y de ataduras cortas, hijos del agobio y del dolor, revolucionaron el panorama musical de la época, creando la primera muestra de rock genuinamente español.

Vuelve Imán en esta melancólica tarde de verano, de la mano de Manuel Rodríguez, Marcos Mantero, Iñaki Egaña y Kiko Guerrero. Vuelven, y con ellos, los cigarritos aliñados, los tintos con casera en La Chocita y el saco de dormir. Y un montón de recuerdos situados en las regiones legendarias de mediados de los setenta.

Empieza a hacer cuarenta años de casi todo. 

25/08/2017 06:57 pepemendoza #. sin tema Hay 1 comentario.

MEJOR QUISIERA ESTAR LIBRE: EL LUTE Y EL PENAL DE EL PUERTO

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Se acaban de cumplir 36 años de dos efemérides que van indisolublemente unidas a la historia de nuestra ciudad. El 19 de junio de 1981, el gobierno de la UCD concedía el indulto a Don Eleuterio Sánchez Rodríguez, una persona que en su vida anterior había sido solo un personaje: El Lute. Apenas un mes más tarde, el 20 de julio, el Penal de El Puerto chapaba sus rejas para siempre, tras casi un siglo abierto como sucursal del infierno de Dante en pleno corazón de la Bahía. El Lute, cuando todavía era El Lute, y el Penal de El Puerto, cuando todavía era el Penal de El Puerto, sellan para siempre sus destinos en la Nochevieja de 1970. O tal vez en el Año Nuevo de 1971. Pero no adelantemos acontecimientos.

Los orígenes del Penal se remontan a 1891. Ese año se crea una Penitenciaría Hospital en el que fue el convento de la Victoria. El Gobierno decidió “crear un establecimiento especial para recluir a enfermos terminales y a otros de inutilidad parcial como ciegos, paralíticos, etc…”. Es nombrado director José Millán Astray, padre del futuro fundador de la Legión. Pero los problemas económicos del país demoran su apertura hasta 1896, año en el que llegan los primeros desahuciados sociales. La improvisación y la falta de seguridad hicieron que las fugas fueran constantes. Era fácil ver a los huidos corriendo por las calles de la ciudad ante el pánico de los vecinos. Según señala Manuel Martínez Cordero, autor del libro “El Penal de El Puerto de Santa María”, los internos convivían en “un antro de suciedad, de cochambre, donde se desconocía por completo el concepto de higiene… en un horrible hacinamiento, amontonados, como piaras de animales nauseabundos”. Esto hizo que los portuenses pidieran el cierre de la Penitenciaría Hospital. Las protestas fueron oídas y fue reconvertido como centro de reclusión de mujeres con capacidad para trescientas reclusas, aunque solo llegaron veinte a finales de 1902. En 1916, tras una gran reforma, pasó a ostentar la categoría de Prisión Central, sólo para internos varones.

El final de la guerra civil y la represión llevada a cabo por el gobierno franquista, sediento de cadáveres y venganza, convierte el Penal de El Puerto en uno de los centros penitenciarios más seguros y temidos del país. En 1940, el número de presos alcanza la cifra de 5.479, cinco veces más que antes del comienzo de la guerra. De una población masculina en la ciudad de 17.073 habitantes, 5.479 eran reclusos de El Penal, un 32,09 % del total de varones con residencia en el Puerto. Las cárceles españolas de la posguerra se parecen mucho a los centros de exterminio nazi durante la II Guerra Mundial. El historiador Gabriel Jackson afirma que entre 1939 y 1943 los prisioneros muertos por ejecución o por enfermedad en el país superan la cifra de 200.000. Martínez Cordero afirma que el número desproporcionado de presos en el Penal de El Puerto hacía que el ambiente en los dormitorios fuera irrespirable, a lo que había que añadir también la gran cantidad de chinches, piojos, pulgas y moscas en el contexto de una suciedad extraordinaria. El testimonio de un recluso hace también referencia al hambre: “el terrible fantasma había ya proyectado su siniestra sombra en el Penal de El Puerto”.

La muerte del dictador abrió un halo de luz y de esperanza entre las rendijas de los inexpugnables barrotes de ese pudridero de hombres. El 20 de julio de 1981, a las nueve de la mañana, el Penal cierra definitivamente sus puertas. Hoy es un lugar sagrado en el que se honra la memoria de tantos derrotados invencibles. La de miles de militantes de la vida sobre cuyo sacrificio está construido nuestro bienestar.

El Lute fue el delincuente más buscado del tardofranquismo. Quincallero pobre, portada de El Caso con la chaqueta raída y el brazo en cabestrillo, cara de Bélmez que aparecía y desaparecía misteriosamente, merchero experto en fugas que saltaba de los trenes en marcha como un Indiana Jones con hambre y sin glamour. En 1962, cuando fue detenido por primera vez por ser un reputado ladrón de gallinas, El Lute todavía no era El Lute, sino Eleuterio Sánchez Rodríguez, un chaval de 20 años, al que en su casa llamaban Terio o Luterio. En 1964 vuelve a ser apresado, ahora por el robo de cobre. Fue en 1965, tras el atraco a una joyería de Madrid junto a dos compinches en el que mueren un vigilante de seguridad y una niña, cuando Eleuterio pasa a ser rebautizado, por lo criminal, como El Lute. El policía que redactó la nota informativa de su detención fue el que le puso ese alias que terminaría convirtiéndolo en leyenda. A pesar de que nunca pudo probarse quién había sido el autor material de los disparos, un Consejo de Guerra le atribuye la autoría de los dos homicidios y le condena a muerte, pena que más tarde le sería conmutada por 30 años de prisión.

En los primeros días del mes de junio de 1966, cuando es trasladado desde el Penal de El Dueso a Madrid para testificar por el atraco a la joyería, El Lute se lanza de un tren en marcha y logra huir. Con heridas por todo el cuerpo, cruza a nado el canal de Castilla y recorre a pie 170 kilómetros. Caminar o reventar, no había más salidas. Dos semanas más tarde es detenido por la Policía de Tráfico en la carretera de Zamora-Salamanca. Un nuevo juicio por la fuga del tren, ahora en los juzgados de Palencia, le condena a 21 años de cárcel.

Las autoridades penitenciarias deciden trasladarlo al Penal de El Puerto, un centro de exterminio del que se hicieron eco hasta las coplas: “Mejor quisiera estar muerto que verme pa toa la via en ese penal del Puerto, Puerto de Santa María”. El Lute llega a finales de junio. Durante los cuatro años y medio de estancia en la prisión los funcionarios califican su comportamiento de ejemplar. El quinqui no sólo ha aprendido a leer y a escribir, sino que aprueba con buena nota la prueba de acceso a bachillerato de adultos. Los profesores del Instituto Padre Luis Coloma de la localidad vecina de Jerez de la Frontera, acuden a la prisión a examinarlo.

Pero las ansias de libertad, que es, como se sabe, uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos, no se aplacan de la noche a la mañana por muy preso ejemplar que uno sea. En la Nochevieja de 1970, cuando España entera se tomaba las uvas, o tal vez en el Año Nuevo de 1971, cuando ya Torrebruno y José Luis Barcelona nos deseaban la mayor de las felicidades, pues nunca pudo precisarse el momento exacto de la fuga, El Lute atraviesa sin compañía el agujero que ha horadado junto a otros reclusos en un plan perfectamente diseñado meses atrás.

A partir de entonces, el Régimen vende a El Lute a la opinión pública como la mismísima reencarnación de Satanás, aunque con algunas de las virtudes todopoderosas del mismísimo Dios, pues, según los telediarios, se hace omnipotente y omnipresente el mismo día y más o menos a las mismas horas en Málaga, en Sevilla, en Madrid o en la frontera vascofrancesa. ¡Qué viene El Lute, nos asustaban los mayores! Y todos corríamos, muertos de miedo, más que Ángel Nieto, Luis Ocaña y Mariano Haro juntos. “Dicen que anda por la calle Larga, preparando fechorías”, susurraba escondida detrás de una taza de café mi abuela Teodora. Mis tíos Manolo y Luisa vivían muy cerca del Penal y yo no quería ir nunca a ver a mis primos. Me imaginaba al peligroso delincuente saliendo de detrás de un rematojo, arrancándome de la mano de mi madre y retorciéndome el pescuezo como a las gallinas que robaba.

En junio de 1973, la policía lo localiza en Sevilla en un coche amarillo con matrícula de Cádiz. Es arrestado junto a su hermano El Lolo. Si no fuera por los uniformes, la foto de la detención bien podría ser las de unos amigos que han salido de copas y posan felices para inmortalizar una inolvidable noche de juerga. El Lute es de nuevo carne de presidio. Comienza también la construcción de su leyenda. Vicente Aranda lleva su vida al cine, interpretada por Imanol Arias. El grupo Boney M. lo convierte en una especie de bandolero bueno de la Transición. Pero el ciudadano Eleuterio Sánchez Rodríguez, según confesión propia, va a odiar durante muchos años a El Lute. Cumplió 18 años de prisión, hasta que en junio de 1981 le fue concedido el indulto. Licenciado en Derecho, escritor y conferenciante sigue creyendo que las cárceles no rehabilitaban ni antes ni ahora. Dice que su reinserción se produjo a pesar de la cárcel. A sus 75 años, con cinco hijos y cuatro nietos, confiesa que ya se ha reconciliado con el mito.

Hace unos años volvió al Penal de El Puerto, que ya no era tampoco el Penal de El Puerto sino el Monasterio de la Victoria, a dar una charla. De esa prisión criminal ya felizmente clausurada, recordaba sobre todo que “los presos miraban siempre hacia abajo, como burros, sin ninguna esperanza”. “Cuando entraba, os juro que he estado a punto de volver a escaparme”, confesó. Como aquella Nochevieja de 1970 o aquel Año Nuevo de 1971, que nunca estuvo claro, en la que El Lute y el Penal pusieron a nuestra ciudad en el mapa de España y en los telediarios.

CRÓNICA DE TRES MUERTES ANUNCIADAS

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¡CRIMINALES, VAIS A MATAR A UN GENIO!

Granada. Martes, 18 de agosto de 1936. Tres y cuarto de la madrugada. Ricardo Rodríguez camina en dirección a su casa tras pasar la noche jugando a las cartas. Al llegar al Gobierno Civil, ve a su amigo Federico salir escoltado por guardias y falangistas. “¡Criminales, vais a matar a un genio!”, grita desde lejos. Se libra por poco de ser detenido. El poeta va esposado con un maestro de escuela. Dos banderilleros anarquistas, también maniatados, cierran la cuerda de presos. Los cuatro hombres son introducidos en un coche que los traslada hasta Fuente Grande, muy cerca del barranco de Víznar. No hay luna esa noche.

Unos días antes, Ramón Ruiz Alonso, exdiputado de la CEDA, ha denunciado al poeta ante el Gobernador Civil de Granada. Se le acusa de ser socialista, masón y homosexual. Lorca, desolado, acepta el ofrecimiento de un buen amigo, el también poeta Luis Rosales, y se esconde en su casa. Un lugar que ambos consideran seguro, ya que dos de los hermanos de Luis eran destacados falangistas. Pero el domingo 16 de agosto la Guardia Civil se presenta en el domicilio de los Rosales y lo detienen. Acompañan a los guardias el ex diputado de la CEDA que lo ha delatado, y su compadre, Juan Luis Trescastro, un falangista fanfarrón y pendenciero muy conocido. El Gobernador consulta con Queipo de Llano qué debe hacer con el preso. Éste responde: “Dale café, mucho café”. Se le vio caminando entre fusiles, por una calle larga, salir al campo frío, aún con estrellas de la madrugada. El termómetro marcaba 16 grados. Fue  una noche oscura de verano.

Amanece en Víznar. En el Bar Pasaje, conocido popularmente como La Pajarera, los vecinos más madrugadores desayunan. Alguien abre bruscamente la puerta del bar y se acerca gritando al mostrador. Los paisanos giran  la  cabeza y reconocen enseguida al alborotador: es Juan Luis Trescastro. “Acabamos de matar a Federico García Lorca. Le he metido dos tiros en el culo, por maricón”, vocea orgulloso su hazaña. Así se lo va a hacer saber también horas más tarde al pintor Gabriel Morcillo, amigo de Federico: “Don Gabriel, esta mañana hemos matado a su amigo, el poeta de la cabeza gorda”.

Federico García Lorca, natural de Fuente Vaqueros, provincia de Granada, varón de 38 años, de profesión escritor, fue fusilado a las 4:45 de la madrugada del martes 18 de agosto de 1936, en el camino que va de Víznar a Alfácar, junto al maestro nacional Dióscoro Galindo y a los banderilleros anarquistas Francisco Galadí y Joaquín Arcollas. Fue una noche oscura de verano. No hubo luna esa noche.

 

¿CUÁNDO LLEGAREMOS A SEVILLA?

Un verso evocando la infancia. Un poema recordando a Guiomar. Las primeras frases del "Ser o no ser" del Hamlet de Shakespeare. Es el inventario vital, derramado en palabras esparcidas por papeles arrugados, que Antonio lleva consigo en los bolsillos del viejo abrigo que le cubre los días previos a su último viaje. Las únicas pertenencias del profesor de instituto que ya sólo recuerda la emoción de las cosas. De todo lo demás ha sido despojado. Hasta la vieja maleta en la que porta sus escasos enseres va a extraviarse al cruzar la frontera con Francia, la noche del 27 de enero de 1939.

Lo acompañan, en su vía crucis hacía el exilio su hermano José, Matea, la esposa de éste, y su madre, Doña Ana Ruiz, gravemente enferma. "¿Cuándo llegaremos a Sevilla?", pregunta la anciana a sus hijos en la confusión de la huida, con la cabeza y el corazón de vuelta ya a su juventud, en aquella primera vivienda de alquiler en el Palacio de Las Dueñas. El escritor Corpus Barga, con el que coinciden en la estación de Colliure, se ofrece a llevarla en brazos hasta al hostal Bougnol-Quintana, donde la familia va a hospedarse, Antonio y su madre compartiendo habitación. Por el contable del alojamiento sabemos que hay días en que los hermanos Machado se turnan para bajar a comer. Sólo tienen una camisa para cada uno y cuando toca lavarlas deben esperar a que el otro suba para intercambiársela.

“Tengo la certeza de que el extranjero significará mi muerte” había declarado el poeta a un amigo unas semanas antes. No sobrevive ni siquiera un mes a la pérdida de España, al dolor profundo del destierro. A las tres y media de la tarde del día 22 de febrero de 1939, miércoles de ceniza, Don Antonio Machado Ruiz parte en la nave que nunca ha de tornar. El ataúd baja la escalera de la pensión envuelto en una bandera republicana que le ha cosido durante toda la noche Juliette, la dueña de la mercería del pueblo. En el bolsillo de su viejo gabán apareció un trozo arrugado de papel con su último verso: “Estos días azules y este sol de la infancia”.

La noticia de la muerte del poeta recorre atravoesa Los Pirineos. Empiezan a llegar a Colliure decenas de españoles y franceses que quieren acompañar en el día de su último viaje al hombre bueno que nos habló de equipajes ligeros, del vino de las tabernas, de huertos claros y de limoneros, del viejo secreto de la filantropía.

Su madre, Doña Ana Ruiz, muere en la misma habitación tres días más tarde.

 

LOS OJOS SIEMPRE ABIERTOS

Es viernes, 27 de marzo de 1942. Josefina Manresa visita a su marido en la cárcel de Alicante. No lleva al hijo con ella, y Miguel, que presiente que no va a volver a verlo, se lo reprocha con lágrimas en los ojos: “Te lo tenías que haber traído. Te lo tenías que haber traído”. Josefina sabe también que el final está muy cerca. “Le toqué los pies y estaban fríos y con rodales negros. Tiene la ronquera de la muerte”, le dice al salir a su cuñada Elvira, la hermana de Miguel.

Sábado, 28 de marzo de 1942, víspera del Domingo de Ramos. “Sr. Jefe de Servicio: El oficial que suscribe tiene el honor de informar a Vd. que a las 5:30 horas del día hoy ha fallecido el recluso hospitalizado en este enfermería Miguel Hernández Gilabert. Significo a Vd. que el haber salido el cadáver con los ojos abiertos ha sido debido a no poder cerrárselos por medios naturales, según me manifiesta el médico auxiliar recluso”. Aprovechando la relajación en la vigilancia, logran salvar, escondiéndolos en dos bolsas, las cartas y poemas que Miguel ha escrito en la cárcel.

Josefina vuelve a la prisión a media mañana. Cuando pone la fiambrera con la comida en la taquilla, un funcionario se la rechaza mirándola a los ojos. Ella se va sin preguntar nada. Ya lo sabe todo. A la salida, recuerda una de las últimas frases que le ha dedicado su marido: “¡Ay, Josefina, qué desgraciada eres!”.

La muerte del poeta ya es conocida por familiares y amigos, que van compareciendo en la puerta de la prisión para hacerse cargo del ataúd y llevarlo al cementerio. No está su padre. “Él se lo ha buscado”, responde a quienes se acercan a su casa a darle el pésame. Cuando el cortejo fúnebre llega al campo santo se le prohíbe quedarse a velarlo, pues es allí donde cada noche llevan a fusilar a los presos condenados a muerte. Lo entierran a la  mañana siguiente. Con los ojos abiertos, pues no pudieron cerrárselos.

“No me perdonarán nunca los señoritos que haya puesto mi poca o mi mucha inteligencia, mi poco o mi mucho corazón, desde luego a dos cosas más grandes que todos ellos juntos, al servicio del pueblo de una manera franca y noble”, dejó escrito.

No le perdonaron nunca los señoritos que fuera fiel a los vientos del pueblo, a los aceituneros altivos, a los niños yunteros. Que se alistara, como Federico y Antonio, en el bando de los perdedores de la Historia. El bando en el que militan, desde el inicio de los tiempos, los que sangran, luchan y perviven por la libertad.

(Artículo leído en el acto ‘Música y Poesía por la Memoria en el Penal de El Puerto’, celebrado el 18-07-2017, en El Puerto de Santa María)

BRICOMALAJES

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     Hay encargos domésticos que te arruinan el día. Yo oigo la frase “acércate un momentito a la ferretería” y se me cae el alma a los pies. Momentito y ferretería es un oxímoron, como lo de hielo abrasador y fuego helado pero sin pizca de lírica. Por muy simple que sea lo que tienes que comprar, a la ferretería siempre hay que ir por lo menos dos veces. Cuatro viajes como poco, dos de ida y dos de vuelta. Un montón de momentitos. Si, además, uno no tuvo demasiada suerte con la herencia genética que le dejó nuestro ascendiente más mañoso (el Homo Habilis, en el árbol genealógico de la familia), comprenderán que un servidor sufra una considerable bajada de tensión en la autoestima cada vez que oye el recado maldito.

Esa tara en el ADN la huele el ferretero en cuanto te ve entrar. Das las buenas tardes y por la forma en que te acercas al mostrador ya sabe perfectamente que tienes la misma soltura en las manos que un click de Famobil. Pides un simple tornillo de mierda, para terminar de montar un simple zapatero de mierda de esa república independiente pero iletrada en la que los que meten las cosas en las cajas no saben ni contar, y te acribillan a preguntas malintencionadas. Como si en lugar de en una ferretería estuvieras en El Objetivo de Ana Pastor. En el convenio colectivo de esa gente debe de haber un plus por humillar a los que aprobamos por lástima la Pretecnología de la EGB.

Hace ya muchos años mi padre me mandó a comprar un martillo. El dependiente, que tenía la misma sensibilidad que el Hombre de Hojalata después de encontrarse con la bruja, empezó a dispararme signos de interrogación en cuanto terminé de decir “quería un martillo”. “¿Un martillo? ¿Qué tipo de martillo? Porque martillos hay de muchas clases… ¿De bola?, ¿de cabeza metálica?, ¿de maceta?, ¿de mocheta?, ¿de orejas?, ¿de tramoyista?”. Yo, con la autoconfianza chorreando sangre, balbuceé como pude que un martillo de los de toda la vida, de esos que le dan collejas a una puntilla hasta que la pobre se queda quieta con la cabeza fuera y el cuerpo consagrado a  la vida interior a salvo de los peligros del mundo. El tipo no le gustó nada mi microrrelato y empezó a mirarme con cara de mala leche. A mí y a algunas de las herramientas que tenía de exposición. Salí corriendo y no paré hasta llegar a casa. Creo que le dije a mi padre que la ferretería estaba cerrada por defunción. Casi. Por poco.

No se si lo han notado, pero me dan muy mal rollo las ferreterías. Y la mayoría de los ferreteros, esos bricomalajes con la empatía oxidada. ¿Qué se puede esperar de un gremio que le vendió a Pilatos los clavos de Cristo?

19/05/2017 08:03 pepemendoza #. BRICOMALAJES Hay 1 comentario.

ARIZA, EL INTERIOR ALEGRE

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     En el otoño de 1973, mi familia se mudó a Crevillet. Crevillet era entonces un paraíso casi virgen, con unas cuantas barriadas enclavadas entre arboledas perdidas bañadas por las olas cálidas y domésticas de La Puntilla. De la plaza de toros para adelante, todo era Crevillet. Nosotros recalamos en la barriada Francisco Dueñas, que pronto fue rebautizada por los oriundos del lugar como los pisos del Sindicato y por la policía como el Distrito 21.

Yo tenía nueve años y el Brasil del 70 me cautivó de tal manera que tuve clarísimo a una edad tan precoz lo que quería ser de mayor: feliz y futbolista, por ese orden. No un tuercebotas cualquiera, sino un pelotero de categoría. Pelé mismo. Y si no podía ser, porque pedirse Pelé era mucho pedir, por lo menos Tostao, que además del nombre también tenia la cara como el pan del desayuno. O Rivelino, que metía golazos de falta justo por el hueco que había dejado tras agacharse un compañero incrustado en la barrera contraria.

Así que entendí aquella mudanza como un regalo del destino que me llevaría irremisiblemente a convertirme en un futuro no muy lejano en un fijo de la selección de Kubala. En la calle San Sebastián, nuestro domicilio anterior, era imposible romper en futbolista con una pelota gigante de Nivea en una diminuta casapuerta de tres por tres. Pero en Crevillet, donde había un campo de fútbol en cada esquina y partidos a todas horas, mi ascensión al olimpo de los dioses del balón estaba cantada. Lo que allí disputábamos no eran exactamente partidos, sino desafíos, palabra que tenía un componente épico añadido del que carecían los enfrentamientos en el recreo del colegio. Que los de Fermesa me han pedido un desafío. Que los de la barriada La Playa dicen que estamos cagaos y que por eso no queremos desafíos contra ellos. Que los de Los Marineros quieren repetir el desafío del sábado porque el gol que nos dio la victoria fue alta. Y que les devolvamos las Caseras, que si no nos vamos a enterar.

Justo enfrente de mi calle, en la barriada San Francisco Javier, vivía un chaval algo mayor que yo, del que me hice pronto amigo, que manejaba las dos piernas con exquisita solvencia y remataba de cabeza como si fuera Santillana. Además, mientras todos los del equipo salíamos a jugar con los dientes apretados y con la cara de los indios en las películas del Oeste, él saltaba al campo siempre riéndose, como el que va a contar chistes en un bautizo en lugar de a jugarse la vida contra los enemigos acérrimos de la barriada de enfrente.

Era tan bueno, que pronto vinieron a por él y empezó a jugar en un equipo federado, que era como alcanzar la internacionalidad en el barrio. Fue el interior derecho, el interior alegre, del Zeppelín y de La Salle, un 8 con llegada y disparo, cuando los números en el dorsal todavía decían algo. Jugar en un campo de verdad, con dos porterías de verdad en vez de dos piedras, y con la cal delimitando el campo en lugar de tener que marcar las líneas arrastrando las Tórtolas por la arena, no estaba entonces al alcance de cualquiera. Yo ya me lo imaginaba saliendo de un sobre de estampas vestido de blanco, pues era madridista confeso, y pegándolo con engrudo en el álbum de la Liga. Amancio, Ariza, Santillana, Velázquez  y Roberto Martínez.

José Luis Ariza Villar, nuestro amigo Ariza, jugó siempre como jugaba con nosotros en el barrio: defendiendo la alegría, disfrutando cada minuto dentro y fuera del campo. Se juega como se vive. Pasaron los años y cada vez que nos veíamos uno siempre salía mejorado del encuentro. Si cierro los ojos, puedo verlo en un cromo de la época, mediados de los 70, en un álbum en el que ya hay demasiadas ausencias, posando, atlético y feliz, con la camiseta a cuadros verdiblancos del Zeppelín, en el centro del campo del colegio La Salle. Y riendo, siempre riendo.   

21/04/2017 23:06 pepemendoza #. ARIZA, EL INTERIOR ALEGRE No hay comentarios. Comentar.

ELOGIO DEL LUNES

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   Siempre he creído que los fines de semana están sobrevalorados y que los principios no merecen tan mala reputación. Aquí tienen, casi sin estrenar todavía, al pobre lunes, un día estupendo que a mí siempre me ha parecido humilde, formal y sensato. No tiene los aires de grandeza del viernes, ni la cabeza llena de pajaritos como el sábado. Pero es como ese amigo que no va de nada y que siempre está cuando lo necesitas.

Fue un lunes cuando Dios se puso manos al obrón y echó la peoná más agotadora de las seis que inauguraron la primera semana laboral del primer autónomo. Creó Dios los cielos, la tierra y la luz, dice el plumilla del Génesis. El techo, los cimientos y la instalación eléctrica natural, ahí es nada. Se ganó a pulso la categoría profesional de Sumo Hacedor. Y, de paso, dotó al lunes de un compromiso con las dignidades del trabajo que no hemos sabido valorar.

Un lunes fue el día en el que el hombre puso un pie en la luna por primera vez. Un pequeño paso para el hombre y otro gran paso para el prestigio emprendedor de los lunes. La Primera Guerra Mundial acabó un lunes y fue un lunes también cuando los nazis se rindieron en la Segunda. Una manera justa, democrática y esperanzada de empezar la semana.

La gente le tiene mucha manía al lunes. A casi todo el mundo se le hace larguísimo, pero eso es porque el lunes lo empezamos, emocionalmente, el domingo por la tarde, a esas horas feas que son como los minutos de la basura del baloncesto y en la que no hacemos otra cosa que lamentarnos de la insoportable levedad del fin de semana.

Cuando lo tratas y te desprendes de los prejuicios, el lunes es encantador. Es el día de las pequeñas cosas: el repaso a primera hora de la lección, los buenos olores, el café bien conversado, el propósito de enmienda, los reencuentros. Cada día de la semana tiene sus imágenes legendarias en la memoria de uno y yo siempre me veo dentro del mismo lunes. Un lunes invernal, frío y soleado de la infancia en el que llego a la escuela por detrás de la bocina, con el babi otra vez limpio y otra vez con todos los botones. Y luego ya en la fila, atravesando el patio de la SAFA, caminando soñoliento en dirección a la clase. No había fila más prieta que la que formábamos los lunes.

Yo defiendo el limpio y humilde batallar de los lunes, su borrón y cuenta nueva, su inercia resucitadora. El mundo se acaba los domingos, a eso de la media tarde. Afortunadamente, vuelve a comenzar los lunes.

LOS OTROS

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     Para no dejarse los cuartos en el psiquiatra hay que tener una doble vida. Ser otro, además del que el Registro Civil dice que somos. San Agustín, que sabía latín, ya defendía hace quince siglos ese desdoblamiento de personalidad: “Yo soy dos y estoy en cada uno de los dos al completo”. Merece la pena construirse una segunda existencia en la que vivir a salvo de contradicciones y amenazas. Como Mortadelo cuando se disfraza para huir de sus jefes. La vida es muy corta, pero hay días malos que se hacen larguísimos en el que todos necesitamos que nuestro álter ego nos rescate de un naufragio interior, de un insomnio cruel o de un grupo de whatsapp. 

     Tener una doble vida te compromete a cuidar de otra familia y de otros amigos. Es probable que tus íntimos de siempre no lo entiendan y que se vivan momentos de tensión. Que si tú estás muy raro últimamente. Que si no nos haces ni puñetero caso. Que si no te soporto cuando callas porque estás como ausente. No vamos a idealizar  esas otras amistades porque también tienen sus cosas, como todos, pero son gente de bien que estuvo cuando había que estar. Por alguna extraña jugada del destino, un día coincidisteis en algún cruce de caminos y se quedaron contigo para siempre. Puedes decir más cosas de ellos que de algunos primos o cuñados. Cuando llegaron tal vez te sentías solo, quizá deprimido, y unas palabras suyas bastaron para animarte, para proporcionarte compañía o una esperanza a la que agarrarte. Qué gente más maja.

     A mí esa doble existencia y esos otros amigos me han salvado la vida muchas veces. Para ayudarme a sobrellevar un taciturno amor de juventud, un domingo luminoso apareció por mi cuarto Florentino Ariza, y me preguntó si había visto a Fermina Daza, a la que llevaba medio siglo buscando en un “ir y venir del carajo”. Una mañana de invierno de hace más de treinta años, navegando a la deriva, me encontré en medio del mar con Santiago, un viejo pescador que luchaba sin desfallecer contra un pez de espada que era más grande que su barca mientras me hablaba con su ejemplo de la obligación moral de no rendirse nunca ante las adversidades. Recuerdo también aquel atardecer lejano en el que Rafael, un vecino también con más vidas que un gato, me sacó de paseo por mi pueblo y me llevó a un melancólico lugar de retamas blancas y amarillas al que llamaba la Arboleda Perdida.

     Una sola existencia no da para mucho. Lo sabía aquella señora que le reprochaba a Mia Farrow, en La rosa púrpura de El Cairo, que se hubiera enamorado del actor de carne y hueso en lugar del personaje que el actor representaba en la pantalla. “¡Le está bien empleado, por quedarse con el de verdad!”, bramó enfadada a la salida del cine.

  Hay que tener una doble vida. La literatura es Alicia recordándonos desde su país maravilloso que con una sola no basta.

10/03/2017 07:46 pepemendoza #. LOS OTROS Hay 1 comentario.

RAFALITO

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     Hará cosa de diez años mi padre se mudó al olvido. Un reventón en su cabeza y, de pronto, los seres queridos y los paisajes que lo arroparon durante su existencia se convierten en un arboleda calcinada, en una casa de vecinos en ruinas. En esa noche oscura de la memoria vivió Rafalito ayuno de recuerdos, como queriendo no existir, durante una década que a nosotros nos pareció un siglo. Contemplando indefenso, tras la espesura de la niebla, como en los versos de Jorge Manrique, cómo pasaba la vida, cómo se venía la muerte, tan callando.

     A mí me gustaba imaginar, en defensa propia, en defensa nuestra, que en la memoria de Rafalito tal vez hubiera alguna luz en aquel oscuro túnel del olvido. Que, por qué no, algunas sonrisas incomprensibles tenían que ver con el chispazo luminoso de un recuerdo en el que de pronto él se veía envidiablemente joven y eternamente feliz. Tal vez en ese momento volvía en su bicicleta verde un mediodía de principios de verano contento por haber encontrado trabajo como camarero hasta finales de agosto en una caseta de la playa. O era sábado y tras pasar el control de avituallamiento en el bar del Tinaja, después de una semana dura de faenas, le daba a mi madre aquel sobre amarillo, con la paga de la semana, que olía a sudor, a dignidad y a decencia.

     Quizás, quién sabe, detrás de aquella sonrisa que le iluminaba la cara, ordenaba papeles y nos enseñaba orgulloso aquel título de electricidad que cursó en el Programa de Promoción Profesional Obrera. O disfrutaba de una tarde de toros en El Puerto, ejerciendo de acomodador en el tendido 8, “donde se sentaba el Sol”, mientras esperaba nervioso que Galloso tuviera suerte con su lote y volviera a demostrar que era el mejor torero del mundo. O, yo qué sé, que lo acababan de llamar de la bodega para comunicarle que por fin dejaba su condición de eventual y lo hacían fijo de plantilla.

     Me gustaba imaginar, en defensa propia, en defensa nuestra, que detrás de su mirada acuosa y perdida, de vez en cuando lo asaltaban retornos fugaces, rememoraciones dichosas, que él sentía y vivía en su mundo, más justo y generoso que el nuestro. Me gusta soñar, en defensa propia, en defensa nuestra, que Rafalito salió ayer por fin del oscuro túnel del olvido. Que vuelve a ser joven y eternamente feliz, mientras pedalea, de camino a casa, a lomos de su vieja bicicleta verde.

05/02/2017 08:47 pepemendoza #. RAFALITO Hay 2 comentarios.

CASABLANCA

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     Se van a cumplir 75 años del reencuentro probablemente más romántico e inesperado de la historia del cine. De todos los garitos de todos los pueblos del mundo, ella ha tenido que entrar en el suyo, también es casualidad. Accede acompañada por su marido, un reputado líder de la resistencia contra el fascismo. Ella es Ilsa, la mujer que lo abandonó en Paris sin darle explicaciones. Él es Rick, el administrador del exclusivo club  nocturno en el que conspiran cada noche ciudadanos de la Francia de Vichy, oficiales de la Alemania nazi, asilados políticos, ladrones y contrabandistas de todos los pelajes. Rick, un cínico con el corazón en ruinas, es el jefe de la banda. Aunque contra quien de verdad conspira a tiempo completo es contra sí mismo, contra la mordedura  de un pasado en el que fue feliz.  Con Ilsa.  Por Ilsa.

     De eso va Casablanca, del vano ayer. De la relación efímera pero eterna entre un hombre y una mujer que se enamoraron perdidamente mientras el mundo se desmoronaba. Del duelo largo del adiós. De las segundas oportunidades. Del encarnizado combate entre el deber y el placer. De las trampas de la memoria. De los claroscuros de la vida. De todas las vidas. Porque todos hemos estado alguna vez en aquel Paris que Rick e Illsa disfrutaron juntos, que es un lugar sentimental, un paraíso perdido en el que vivimos, éramos jóvenes e inmortales, la plenitud de un amor imposible. Casablanca es nuestra porque todos guardamos en algunos fotogramas de la memoria una historia feliz y triste en la que ya no sabemos cuánto hubo de real y cuánto de  ficción. Una verdad mentirosa. Una mentira verdadera.  Puro cine.

   Se cumplen 75 años  del reencuentro probablemente más romántico de la historia del cine, del principio de una bella amistad. Y ahí siguen, agazapados entre la niebla, Rick e Ilsa. “Siempre nos quedará París. No lo teníamos, lo habíamos perdido hasta que viniste a Casablanca, pero lo recuperamos anoche”. Y ahí seguimos también nosotros. En el París íntimo y personal que siempre nos queda. Porque a diferencia del presente, que vive solo la fugacidad de los estrenos, el pasado sí tiene reposiciones.

     Tócala una vez más, Sam.  En recuerdo de los viejos tiempos.

20/01/2017 07:48 pepemendoza #. CASABLANCA No hay comentarios. Comentar.

EL REY FONSI NIETO Y EL CORTESANO QUINTANA

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     De desagradecidos anda el mundo lleno. Y de maleducados, todavía más. Que alguien te invite a su casa sin apenas conocerte de nada y te dé tratamiento de rey debería ser acogido por el agasajado con la mejor de las actitudes. Si, además, la categoría es de rey mago y el generoso anfitrión es una ciudad a la que llaman de los cien palacios, con más de 3.000 años de historia, en la que, indudablemente, sobran reyes y sobra magia, el comportamiento antes, durante y después de la visita debería ser intachable. La buena educación obliga incluso a pasar por alto las pequeñas incomodidades que podamos sufrir durante la estancia. Nos lo enseñaron nuestros mayores desde que éramos muy chicos: es de bien nacidos ser agradecidos.

Al señor Fonsi Nieto, uno de los cargos directivos de esta comunidad de vecinos que es El Puerto, el inefable Ángel Quintana, le propuso hace meses, ignoramos en base a qué mérito, capacidad o compromiso con nuestra ciudad, venir a nuestra casa común y disfrutar de una de las tareas más fascinantes que uno puede desempeñar en la vida: ser uno de los tres Magos de Oriente, en su caso Gaspar. El lujo impagable de mirar y mirarse en los ojos de los niños en la noche más hermosa. La dignidad de representar a todos los reyes de un pueblo, muchos de condición muy humilde, que han hecho posible que sus hijos, sobrinos o nietos,  puedan disfrutar de sus regalos la mañana del 6 de enero. El homenaje merecido al niño que no nos abandonará nunca. La bendita dicha  de regalar y regalarse.

Pero el señor Fonsi Nieto no estuvo en ningún momento a la altura del inmenso honor con el que fue investido. No creó lazos afectivos con los miembros de la comitiva real. No participó ni se interesó jamás por el trabajo que el resto de compañeros desempeñó para que todo saliera de la más manera más decente posible. En las visitas a las entidades y asociaciones se mantuvo en todo momento al margen del grupo, negándose incluso a posar con aquellos que le solicitaban una foto. Pasó la mayor parte del tiempo hablando por el móvil. Cuando algunos portuenses se lo reprocharon en las redes sociales, achacó su cara de sieso manío a  la “alergia a los caballos”. Y su adicción al móvil la justificó diciendo que “tenía que hacer fotos para una marca de caramelos que le regaló kilos y kilos para que los niños disfrutaran y para el club de fans de Valentino Rossi, que le regaló el merchan”.  “A merecido la pena” (sic), escribió también dando buena cuenta de su exquisita ortografía, y agradeció la colaboración de todos, en especial de  “los ancianitos y  los niños enfermitos”.

El cortesano de Nieto, Ángel Quintana, como concejal nuestro que es, nos debe una explicación.  En base a qué criterios Nieto fue elegido rey, cuál es su vinculación con la ciudad, por qué no le llamó al orden y ejerció de representante de los ciudadanos a los que el falso Gaspar faltó al respeto, en lugar de  atender sus continuas quejas de niño bien (hay quienes apuntan que estuvo a punto de dar la espantada antes de que las carrozas se pusieran en marcha). Por qué, en definitiva, un tipo tan desagradecido y maleducado ha sido rey mago en una ciudad en la que sobran reyes amables y sobra realismo mágico.

SONIDOS ETERNOS

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     La bocina del Vaporcito, que daba las horas por lo civil y por lo popular. La flauta del afilador, convocando, en un maridaje peligroso, a los cuchillos y al levante. El motor atorado del isocarro. El chirrido de la máquina de cortar fiambre de la tienda de Manolo. El himno del Racing tronando por los altavoces mientras los jugadores estiraban los músculos y nosotros el paquete de pipas Churruca. Veinte iguales para hoy, ¿quién me compra otro cupón?

     La válvula de la olla exprés suspirando un puchero. El jarrillo de lata buceando en la tinaja. La maquinilla eléctrica de mi padre. La Alfa de mi madre cabalgando sobre un mantón de Manila. La carraspera del transistor desintonizado. El rebobinado de la cinta de casete. El tic tac del despertador gigante de la mesita de noche de mi abuelo Paco. La rueda del teléfono fijo yendo y volviendo de los números. El chasquido al romper los sobres de los cromos y los golpes para que quedaran bien pegados en el álbum. El dado del parchís bailando agitado en el cubilete.  Había una vez un circo que alegraba siempre el corazón…

     La tiza de color dibujando la fecha al noroeste de la pizarra. Las tijeras atravesando inexpugnables la cartulina. El pelo de la sierra de marquetería escarbando en la madera. El crujir de los escalones que nos llevaban, mariquita el último, al gallinero del Teatro Principal. Los primeros compases del NODO y el rugido desganado del león de la Metro. El balón golpeando contra la pared las tardes en las que no bajaba nadie a jugar. En la caseta de Información se encuentra un niño que se ha perdido, viste bañador rojo  y dice llamarse Miguel.

     El silbido de la piedra saliendo del tiraó. La bola de la máquina de flippers de El Gazpacho chocándose con todo y nosotros empujándola a golpes de cadera apara que no bajara nunca.  El disparo seco del lateral izquierdo del futbolín.  La sirena de la SAFA. El crepitar metálico de la máquina de escribir. El chirrido de las gomas de los coches choques sobre la pista de Crevillet. Libre, libre, quiero ser, quiero ser,  quiero ser libre…

    Sonidos eternos que forman parte de la banda sonora doméstica de la vida de uno. Yo los sigo escuchando, a lo lejos, aunque ya apenas suenen. Son la memoria auditiva de nuestra biografía.    

21/12/2016 08:00 pepemendoza #. SONIDOS ETERNOS No hay comentarios. Comentar.

EL PAYASO DE ALEPO

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     Se llamaba  Anas al Basha,  tenía 24 años y  se había casado hacía apenas dos meses. Era trabajador social y regalaba sonrisas a los niños en Alepo, que es, desde hace cinco años, el epicentro del Infierno. Dirigía un grupo de animación llamado Espacio para la Esperanza, una ONG que ofrece terapia y asistencia económica a casi 400 niños que han perdido a uno o a ambos padres. Cuando cesaban los bombardeos y el cielo recuperaba su belleza natural, Anas se ponía una peluca naranja, un sombrero amarillo con flores, se pintaba la nariz de rojo y se convertía en el payaso de Alepo. Siempre hay héroes anónimos que en las circunstancias más adversas asumen el riesgo de crear un espacio para la esperanza, humilde pero valeroso, en medio del horror. Como su compatriota el doctor Wasim, el último pediatra que quedaba en la ciudad y que murió en abril en un bombardeo sobre el hospital en el que trabajaba en condiciones miserables. La esperanza, dice Cortázar, le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose.

    En julio, cuando su familia decidió huir, él prefirió quedarse. De las 250.000 personas atrapadas en esa locura organizada, 100.000 son niños y adolescentes. Ya no funciona ningún hospital, no hay reservas de medicinas ni de alimentos. Un alto funcionario de la ONU declaró hace unos días que la ciudad corre el riesgo de convertirse en un cementerio gigante. Anas tal vez pensó que privar de la risa a esos santos inocentes era ya un castigo excesivo que su conciencia no se podía permitir. Que tenía que defender incondicionalmente la alegría. La de sus jóvenes vecinos y la suya propia.

  Anas al Basha murió la semana pasada en uno de los innumerables bombardeos que sufre la capital Siria desde hace meses. Tenía 24 años y se acababa de casar. La noticia apenas ha tenido trascendencia en los medios occidentales, tan ocupados como estamos aquí con nuestras cosas.

   En los últimos días, cuentan sus amigos más cercanos que pese a que estaba muy cansado y muy débil seguía saliendo a la calle con su peluca naranja y su sombrero amarillo de flores. Era solo un payaso que hacía reír a los niños en el mismo epicentro del Infierno. Darles, en fin, un poco de esperanza, que es, como dice Cortázar, la vida misma defendiéndose.

04/12/2016 20:07 pepemendoza #. EL PAYASO DE ALEPO No hay comentarios. Comentar.

PACO PEPE

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En los últimos días del invierno de 2011 yo andaba intentado poner en pie el encargo que los Amigos de los Patios Portuenses me habían hecho: escribir veinte o treinta folios para presentar su fiesta grande. Tenía la idea, pero el trabajo no despegaba. La papelera de reciclaje rebosaba de textos aburridos, previsibles, sin climas ni matices. Una tarde abrí la carpeta de la memoria en la que almacenamos paisajes, paisanajes y décadas, y di con el recuerdo de una sobremesa, datada en enero de 1971, en la que vi por primera vez a mi pueblo en el telediario. La fama nos llegó gracias a las desventuras de un quinqui que saltó los muros del penal. Era mejor estar muerto que verse allí pa toa la vía.

A una musa de esas que siempre pasan de mí, y que cuando no andan de vacaciones están de asuntos propios, le debí dar pena y me susurró al oído que la historia de la huída de El Lute podría ser uno de los relatos sobre los que construir mi trabajo. Me recomendó también que llamara a Francisco José Román para proponerle que recreara en un audio la que fue la sin duda la noticia de ese año. El año en el que los niños vivimos peligrosamente acojonados. El año en el que aquel analfabeto perito en fugas caminó hasta reventar haciendo más kilómetros que Ángel Nieto, Luis Ocaña y Mariano Haro juntos.  

Aunque me daba mucho apuro, cumplí a rajatabla el encargo de la musa mediática con la esperanza de ganármela para siempre y de que a partir de entonces me escribiera las columnas como hacía con los escritores en condiciones. Al otro lado del teléfono, el periodista me dijo con la misma entonación solemne con la que abre un informativo: “Haré lo que pueda”. 

Lo que pudo lo hizo en media hora, que fue lo que tardó en enviarme el audio. “Sí, atención, interrumpimos nuestra programación para contarles que El Lute se ha fugado del penal aprovechando la relajación navideña. Prosigue a esta hora la búsqueda por los bosques portuenses y por la campiña de Jerez…”. El niño que va siempre conmigo pegó un respingo de la silla de enea en la que en ese momento oía la radio en el número 17 de la calle San Sebastián. Primero orgulloso de oír por primera vez en el parte el nombre de su pueblo. Luego, muerto de miedo en la cama, ya de noche, viendo como el fugitivo está escondido detrás de las cortina de su habitación para, en cuanto sus padres se duerman, retorcerle el pescuezo como a las gallinas que roba.

A Paco Pepe, que con su regalo me salvó un pregón condenado al fracaso, le han concedido, junto al resto de su equipo, el Premio Andalucía de Periodismo por su programa “Surco y marea”, en el que nos cuenta la actualidad andaluza agrícola y pesquera. De dónde venimos, quiénes somos, de eso va su espacio. El relato fundacional de nuestra tierra, en fin, en este tiempo servil en el que nuestra identidad comunitaria y nuestro orgullo cívico han alcanzado mínimos históricos. La nostalgia de lo que ni siquiera sabemos que hemos perdido.

Escucha uno a diario a Paco Pepe, su manera de ejercer dignamente ese periodismo de proximidad a cuyos  pechos se crió uno, y vuelve a aquellos días de radio en familia en los que lo verdaderamente universal sucedía en el pueblo, en el barrio y en la casa de uno. Si yo tuviera que ponerle voz a El Puerto que amo y en el que me reconozco como vecino, le pondría la voz antigua, elegante y cercana de Paco Pepe. 

17/11/2016 22:23 pepemendoza #. PACO PEPE No hay comentarios. Comentar.


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