TERRORES LEJANOS

Bajo el título "Maestros del Terror", el diario El País ha reeditado una selección remasterizada de las mejores películas del género, supongo que para acojonarnos todavía más de lo que estamos. Será difícil: la realidad que vivimos es mucho más espeluznante que la ficción que alimenta nuestras peores pesadillas. Abrir el periódico cada mañana se ha convertido en un ejercicio de valentía que es mejor no afrontar solo.
Yo vi el otro día "El Exorcista" y, la verdad, es una película que ha envejecido muy mal. Más que pánico me dio fatiga. Y pena de la criatura. Porque esa chiquilla lo último que necesitaba para que le miraran lo suyo era un cura gritón. En cualquier clase de la ESO hay niñas más bastas que la pobre Regan, hablando un lenguaje menos comprensible y más chabacano, y a nadie se le ocurre llamar a Martínez Camino, pues terminaría excomulgando hasta al esqueleto de la clase de Ciencias.
En aquellos años, dos buenas "jofetas" a tiempo habrían acabado pronto con esos numeritos. Hoy en día, con un equipo multidisciplinar bien cohesionado, el tratamiento duraría algo más: una Supernanny para los tratornos de conducta; un buen fisioterapeuta que pusiera remedio a sus problemas con las cervicales; el mismo otorrino que trata a Sabina, para curarle esa afonía aguardentosa. Y, sobre todo, unos padres más comprometidos con su educación, y más limpios: el cuarto de un quinceañero hay que ventilarlo diariamente y las sábanas hay que cambiarlas de vez en cuando.
Pero es que, además, Satanás nunca fue tan burdo en sus comparecencias públicas. Creer que va a perder tiempo y dinero trabajando de ventrílocuo de una adolescente es pecar de ingenuos. Al padre del que vive en Chiclana le ponen más otras faenas. Sigue transitando, es cierto, por escaleras oscuras y empinadas, pero éstas ya no conducen al sótano o a la buhardilla, sino a una concejalía de Urbanismo, a la presidencia de un club de fútbol o al Consejo de administración de un banco.
Más que en películas de terror, yo le veo ahora en papeles de realismo sucio.
(Columna publicada en Diario de Cádiz el 19-11-2009)
¡PADRINO, BÚFALO!

Invierno en Madrid, noche de perros. El frío y la lluvia invitan a no salir de casa, pero el teatro ha vuelto a llenarse. Terminada la función, el actor principal se abriga antes de despedirse de sus compañeros. ¡Que te mejores!, oye al cerrar la puerta del camerino. Nadie en el patio de butacas ha notado que el cómico ha trabajado mermado por la gripe. Al salir, abre el paraguas y se dirige a una parada de autobús. Un compañero le ve guarecerse del temporal bajo la marquesina. Preocupado por la salud del veterano actor, se acerca y le pregunta que por qué no coge un taxi. "Si lo pagas tú, sí; si no, sigo esperando, que la cosa está fatal", contesta con la misma voz musicada con la que borda en escena sus berrinches.
La anécdota nos la contó, entre amigos, la persona que esa noche compartió taxi, que no el importe de la carrera, con José Luis López Vázquez, un tipo insignificante, según el mismo se definió, que quedó marcado para siempre por las penurias de la posguerra. Un señor feucho y apocado que se volvía hiperactivo en cuanto entraba en escena. El secundario de lujo que nos enseñó que la comedia nace de las entrañas de la tragedia. "Un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo" de todo lo que oliera a interpretación.
Fue el señorito (pronúnciese, por favor, en tono ascendente y marcando con énfasis las sílabas) del cine español de los sesenta, el empleado infeliz que quiso atracar a la hora del telediario el banco en el que trabajaba, el hombre corriente que nos obligó a hacer contorsionismo cada vez que entrábamos a hacer una llamada en una cabina, una mano en el teléfono y la otra procurando que la puerta no se cerrara nunca del todo.
En este su último viaje, Don José Luis, dígale al taxista (o al conductor del autobús, que la cosa está todavía peor) que le lleve al paraíso del viejo teatro en el que ya le espera la Gran Familia de cómicos que forjaron aquellos sueños más grandes que la vida. Y dígale de mi parte a Marlon Brando que el padrino es usted.
(Columna publicada en Diario de Cádiz el 05-11-2009)
HAY UN AMIGO EN MÍ

Menudo berrinche se cogió el otro día, mientras leíamos el Diario juntos, el niño que aún me habita. Al chaval, que cuando menos le espero me sale de dentro, hay que entenderle: rebelde y ocioso, continua jugando en la vieja calle a esa edad en la que uno está dispuesto a comprar a cualquier precio una certeza. Y ahí sigue, fiel a su mundo de siempre: las aventuras de los payasos de la tele, aquella novia primera con la que jamás cruzó palabra, el Atlético de Ufarte, Luís, Gárate, Irureta y Becerra. Uno intenta tratarle con toda la ternura de la que es capaz, aunque he de reconocer que a veces me puede su insultante inocencia, virtud que yo empecé a echar en falta cuando dejé de ser él, no se si me explico.
De un tiempo a esta parte, no gana para disgustos mi pequeño amigo del alma. El último, ya digo, se lo dio el columnista de este periódico Francis Gallardo, que anteayer aseguraba que Uri Geller, el hombre que allá por 1975, en el programa "Directísimo" de José María Iñigo, paralizó España declarando la guerra a todo tipo de cuberterías, era un impostor. Ni fuerza mental, ni leches: tenía las yemas de los dedos pringadas de una sustancia con componentes de aluminio que degradaba en frío el acero inoxidable de las cucharas. Y lo relojes los ponía en marcha con unos micro imanes que llevaba camuflados en las manos.
Mentira cochina, dijo Pepito. Otro mito al carajo (como Fidel, como Brigitte Bardot, como la transición democrática), dije yo. Lo peor de los mitos, intenté hacerle ver con mucha delicadeza, es que encienden el corazón pero no el cerebro. Ahora me dirás que la inclinación prodigiosa de Locomotoro, digna del mejor contorsionista, es otra falsificación de la Historia, o que Chencho no se perdió sino que lo abandonaron, o que la abeja Maya no vivía en un país multicolor sino en un país de mierda, bramó llorando antes de esconderse en mi interior, más concretamente en una de las habitaciones oscuras de mi infancia, que es la suya.
No sabe ese niño que la decepción, como él, va por dentro.
(Columna publicada en Diario de Cádiz el 22-10-2009)
QUE MUERO PORQUE NO MUERO

El científico norteamericano Ray Kurzweil ha asegurado que en veinte años (veinte años no es nada) alcanzaremos la inmortalidad, incluidos los legionarios, que tendrán que ir pensando ya en cambiar de novia. Así que si usted llega vivo/a al 2029, vaya preparándose para lo peor. La nanotecnología (en adelante, la nano), un campo de las ciencias aplicadas dedicado al control y manipulación de la materia, hará posible reemplazar nuestros órganos vitales por vísceras artificiales.
Como remedio contra la enfermedad, nos parece bien que la nano se preocupe por aumentar la calidad y calidez de vida de aquellos que fueron arrojados a la existencia hace menos de un siglo (un siglo ya es algo). Si un estudiante de Filosofía echa una mañana el hígado por la boca, después de oír en la radio a Leire Patín o a Federico Trillo, está muy bien que un "cirunano" se lo reemplace antes de entrar en clase, para que después pueda volver a echarlo al escuchar al profesor de Ética, y así, sucesivamente. O si a Diego Tristán, debido a la acumulación de partidos, se le sale un domingo el corazón por el escudo de la camiseta, tranquiliza bastante que los avances médicos permitan que se le pueda zurcir un corazón de plástico o hacerle un transplante de escudo.
En lo que no podemos estar de acuerdo es en pasar las tardes de la eternidad junto a un brasero que no calienta y un dolor sin fecha, sumidos en una vejez interminable, viendo como el tiempo, ya abolido, sigue poniéndose amarillo sobre las fotografías. No se quién le habrá dicho al Sr. Kurzweil que queremos ser inmortales. Yo por lo menos, prefiero ser polvo enamorado a pellejo arrinconado.
Eso sin contar con los daños colaterales que provoca esa condena perpetua: la imposibilidad de disfrutar con el primer café de un obituario bien escrito, la desoladora certeza de que tu cuñado seguirá vacilándote por los siglos de los siglos...
El listo ese desconoce que la vida es bella porque es efímera. Que no hay compasión en los huesos del tiempo. Por cierto, ¿alguien sabe qué va a pasar con la Resurrección?
(Columna publicada en Diario de Cádiz el 08-10-2009)
COLECCIONABLES

Septiembre ya no es el mes de la vendimia, sino de los coleccionables. Ahora, en lugar de pisar uvas, pisamos fascículos, que es lo que hice yo el otro día cuando daba un paseo por una de las pocas aceras de El Puerto que han tenido la inmensa fortuna de no guardar un tesoro debajo. Al agacharme para poner el artículo en su sitio, un título me llamó poderosamente la atención: "Cómo destrozar una ciudad impunemente".
Me interesé por la colección y el quiosquero me preguntó si estaba empadronado. No, es mi carácter, le contesté secamente por meterse donde no le llamaban. Es que si es usted portuense se la podemos personalizar adaptándola a la idiosincrasia local, replicó el hombre derrochando cultura y amabilidad. Le dije que sí y por un euro me dio los dos primeros números.
Las entregas no tienen desperdicio. "A la mierda con el patrimonio histórico" es el primer fascículo, con el que me regalaron una piqueta y un muñeco vudú, con gafas y cara de cabreo, que a mi me recuerda a Luís Suárez. El segundo, "Viaje al centro de esta tierra", recopila, en un DVD interpasivo, testimonios de personas que un día se animaron a poner un negocio en el centro de la ciudad y hoy son empresarios en riesgo de exclusión social, pobres almas en pena y en suspensión de pagos cuyos comercios ya no son de este mundo. Impresionante el relato de un autónomo recordando, entre sollozos, el último par de zapatos vendidos (unos "gorilas" con una pelotita verde).
Como este tipo de industria está siempre atenta a las últimas novedades, ya han previsto sacar un fascículo extraordinario que recogerá ese episodio glorioso de la semana pasada en el que cientos de libros de Cervantes, Clarín, Juan Ramón Jiménez y García Márquez, entre otros muchos, provenientes de la biblioteca de un colegio público, fueron arrojados, con premeditación y algarabía, a un contenedor de basura. Se va a llamar, "Que lean ellos, si pueden". Ellos somos nosotros, creo. Los que nos desfilamos ni bajo consignas ni bajo mazas.
¡Qué colección! La de políticos de la muy noble y maltratada ciudad de El Puerto de Santa María, digo.
(Columna publicada en Diario de Cádiz el 24-09-2009)
CIUDADANO RICARDI

A lo mejor me he perdido algo, pero a día de hoy sólo una ex consejera de la Junta de Andalucía ha tenido la decencia de pedir disculpas a Rafael Ricardi, el ciudadano portuense que ha pasado los últimos trece años de su vida entre rejas por un delito de violación que no cometió. En julio de 2008, Evangelina Naranjo declaró que más vale un delincuente en la calle que un inocente en la cárcel.
Sucede, sin embargo, que, desde entonces, lo que tenemos es un inocente en la calle, un ciudadano a medias, que debe presentarse cada quince días ante la justicia para firmar no se qué papel, porque para el Estado parece que todavía es sospechoso de algo. El infierno existe, quién dijo que no, y tiene una sucursal chapada donde huele a lejía y a humanidad, y en la que, de vez en cuando, algunas personas pagan en vida las culpas de otros o los errores de personas con poder que cometen equivocaciones criminales sin que nadie les pida nunca responsabilidades por sus actuaciones. De allí viene Rafael, temeroso, con su petate pobre y su mirada desolada de perrillo abandonado.
Ninguna indemnización, cuando llegue, va a compensar ya a Ricardi de tanto sufrimiento, pues nada podrá reparar el inmenso daño causado, pero este señor merece un trato más elegante, un acogida más cálida, la misma compasión, al menos, que se ejerce con las víctimas de otros dramas personales y colectivos. Porque cuesta digerir la frialdad alevosa con la que los poderes públicos han reaccionado ante este escándalo jurídico, el silencio indoloro de un gobierno que presume a diario de sensibilidad social y que no ha tenido el coraje moral de llamar a Ricardi para pedirle perdón en nombre de todos. Y luego están los nueve folios en los que el Tribunal Supremo anula la sentencia condenatoria, que merecen un lugar destacado en la Historia universal de la infamia.
Aquí parece que todo el mundo ha actuado con una profesionalidad encomiable y nadie tiene que arrepentirse ni disculparse por nada. Pero un hombre ha pasado trece años de su vida secuestrado en un penal por un delito que no cometió. Algo habrá hecho.
(Columna publicada en Diario de Cádiz el 10-09-2009)
Y NO SE ME OCURRE NADA

Se va agosto, menos mal, un mes que también debería ser inhábil para escribir artículos de opinión. Cuánto lamento ahora no haber apoyado al compañero Modesto Barragán, nuestro Delegado de Prevención, que ya a principios de verano advertía del riesgo que supone para la salud enfoscar columnas a pleno sol, con los pies colgando de un párrafo, mientras repellamos un punto y aparte.
Aunque tarde, asumo sus justas reivindicaciones, pero confieso que lo hago por puro egoísmo, pues me acaba de ocurrir lo peor que le puede pasar a un columnista: me he quedado sin tema. Son las cinco de la tarde del miércoles, antes de las seis debo enviar al periódico dos mil caracteres, y ni siquiera se todavía de qué voy a escribir. Los pájaros de la zozobra vuelan sobre mi cabeza (mira que eres cursi, qué pedante eres, me digo con música de bolero y la autoestima a la altura de un pozo minero).
Las cinco y media. Le pido a mi mujer y a mis hijos que por favor hablen un poco más bajo, que me desconcentran, aunque de pronto caigo en la cuenta de que se fueron todos a la playa esta mañana y aún no han vuelto. Desesperado, me levanto, cojo una recopilación de artículos de Julio Camba y otra de Manuel Alcántara, y se me ocurre que podría copiarle novecientos caracteres a cada uno y poner doscientos míos para disimular. Esta vez no me atrevo.
Podría hablar de Teófila y del drago que se convirtió en mojama, pero algunos me van a acusar sin pruebas (se lleva mucho ahora) de ser un mercenario a sueldo de Pepe Pettenghi. O del municipalismo expansionista de Barroso, que le ha hecho apoderarse de la alcaldía de Puertollano, mas lo mismo Fernando Santiago me pide derechos de autor.
Las seis en punto. Suena el teléfono. Le digo a mi mujer que no me llame que me desconcentra, pero es Rafael Navas, señor, si señor, y me suelta, sin entradilla, que si me he creído que soy Julio Camba o Manuel Alcántara. Le envío, a la voz de ya, esta columna invertebrada, este artículo indeterminado.
Tengo que hablar con el compañero Modesto. Por si me echan.
(Columna publicada en Diario de Cádiz el 27-08-2009, con el título "Tieso (como el drago)")
EL CASTILLO

Parece que han pasado siglos, pero cada verano volvemos a reconstruir aquel castillo de arena que levantamos una mañana luminosa de domingo, bajo cuyos cimientos guardamos el tesoro fantástico que escondimos para siempre a la edad en la que se fijan los primeros recuerdos. Por mucho que nos hayamos alejado de él, por mucho vuelo de bajo coste que concertemos buscando paraísos remotos con todo incluido, siempre terminamos allí, en la misma orilla en la que la felicidad cabía en un cubo lleno de camarones, el miedo a la libertad duraba lo que tardábamos en encontrar nuestra sombrilla y la fraternidad se forjaba alrededor de una pelota Nivea.
Abre uno la puerta del viejo castillo, que todavía sigue en pie pese a las olas gigantes de Santiago, se adentra por sus túneles y pasadizos, y llega, sin más GPS que la memoria agradecida, al mismo patio de vecinos en el que los mayores se sentaban a la fresquita, a hablar de sus cosas, en las noches limpias de agosto. Allí está también, arrumbada en un rincón del recuerdo, la vieja manta que, después del almuerzo, tendíamos en la casapuerta, mientras los mayores se dejaban cae y sólo las chicharras tenían derecho a hacer ruido sin que les cayera un rapapolvo.
Oigo, lejana, la voz metálica del afilador, ese aguafiestas que traía el levante en una moto y que suspendía, a golpe de cuchillo, los planes de playa del día siguiente. Suena, también, como un rumor antiguo, el pregón dulce del arropiero, arropías de Turquía, las llevo largas y retorcías, y por la radio, ese altar civil, habla Don Puyazo y sabe de qué habla.
Si cerramos los ojos podemos vernos embadurnados de crema, con un bocadillo de tortilla en una mano y el rastrillo en la otra, las horas obligatorias e interminables de la digestión, sobre cuya duración exacta los mayores nunca se ponían de acuerdo. La vida, en fin, bella y desnuda, en ese tiempo quieto en el que el ayer y el porvenir no hacían pie.
Parece que han pasado siglos, pero aquel castillo primero sigue allí, en la misma orilla, con la puerta encajá. Sólo hay que atreverse a entrar.
(Columna publicada en Diario de Cádiz el 13-08-2009)
ALMA, TERMOSTATO Y VIDA

Por Freud sabemos que los gritos de socorro con los que a veces se defienden algunos órganos del cuerpo, son metáforas de un conflicto mental o sentimental que se encuentra oculto tras la maleza de esa zona gris en la que retozan las neuronas.
Bien, estamos de acuerdo con Don Sigmund (¡qué gran descubrimiento también su tinto de verano!). El alma y el culo, con perdón, están interconectados, de forma que la angustia puede derivar en hemorroides, los gases en melancolía, y viceversa.
Pero hoy queremos ir un poco más allá. Los animistas, unas personas estupendas que siempre están de buen humor, sostienen que también las cosas tienen alma, corazón y vida. Los electrodomésticos, por ejemplo, en lugar de corazón tienen termostato, que viene a ser lo mismo, y nos hablan desde un abismo blanco y metálico de kilovatios, destellos y fusibles. Piensen en la cafetera y en su sentido de la trascendencia: cuanta fe pone cada mañana en su café, su café Saimaza. O en el exprimidor, ese galán siempre dispuesto a sacar lo mejor de su media naranja. Yo, de tanto rozarlos, he hecho míos sus dolores y esperanzas, sus sueños y derrotas, hasta el punto de emocionarme en algunas ocasiones ante las nobles aspiraciones de la aspiradora o la limpieza de miras del lavavajillas.
La otra noche, sin ir más lejos, en el silencio de la ídem, me despertaron unos gritos espantosos que provenían de la cocina. Sobrecogido por aquellos quejidos chirriantes, llegué dando tumbos al frigorífico, que lloraba como un niño chico. Para calmarlo, le puse la mano en el congelador: ardía. De pronto, también el microondas empezó a dolerse. Pensé que no era más que un ataque de celos, pero me acerqué y estaba frío como un cadáver.
No se qué pensarán Freud y los animistas de todo esto, pero últimamente me río por no llorar y viceversa. A lo mejor mi termostato interior, tan proclive a la empatía, necesita también un poco de cariño.
(Columna publicada en Diario de Cádiz el 30-07-2009)
HABLEMOS DE ESO

El periodista David Barba acaba de publicar 100 españoles y el sexo, un libro de entrevistas en el que personajes públicos de la sociedad española nos cuentan sus aventuras y desventuras con, según Woody Allen, el órgano más importante de su cuerpo, por delante incluso del cerebro. Por razones de espacio, nos detendremos en los más veteranos.
Manuel Fraga asegura que jamás en su vida se ha puesto un presevartivo (la contundencia en la respuesta nos hace pensar que tampoco piensa utilizarlos en el futuro). Además, el gallego indomable confiesa que aún guarda el meyba sobaquero con el que se bañó en Palomares. "Me lo he puesto luego muchas veces y les aseguro que tengo los cojones en el mismo sitio y no he notado nada de nada", declaró hace ya algunos años con la sensibilidad que le caracteriza.
Otro superviviente, Santiago Carrillo, uno de los pocos españoles capaz de fumar entre cópula y cópula siete u ocho cartones sin que de ello podamos deducir una cierta irregularidad en su actividad amatoria, declara que en su día le ofrecieron señoras bellísimas a las que tuvo que decir que no por seguridad nacional. Los jóvenes comunistas trataban de ligar desesperadamente, pero no permitíamos desmanes, asegura el curtido político. Pues vaya mierda de paraíso comunista, ¿no?, decimos nosotros.
Alfredo Landa, ese sex symbol alternativo que se ha pasado media vida en calzoncillos (todavía nos cuesta verle vestido), recuerda que la censura prohibía sacar trajes de baño con señoras dentro. Cuenta que su madre le preguntaba siempre lo mismo: ¿No serán verdad todas esas porquerías que cuentan de ti y las suecas? Y él asegura que no se comía una rosca. Qué duros debieron ser los rodajes, de cintura para abajo, para nuestro macho ibérico más entrañable.
Más allá del intento de trazar el recorrido erótico de la historia de nuestro país, poco aporta el libro sobre esa fiesta de los cuerpos íntima y gozosa, grotesca quizá cuando nos dejamos abierta la puerta del dormitorio. Nada nuevo, en fin, bajo la ropa interior.
(Columna publicada en El Diario de Cádiz el 16-07-2009)

