HÉROES QUE NO DESTIÑEN

Lo más fascinante de los héroes es que existen. No hablo de los héroes que alumbraron las habitaciones oscuras de nuestra infancia, esos personajes entrañables que lo mismo nos ayudaban a encontrar el verdadero mapa del tesoro escondido entre las macetas del patio de vecinos, que nos rescataban misteriosamente de debajo de la cama en la que, tras la penúltima trastada, mamá nos acorralaba empinando enfadada el palo de la escoba.
Aquellos súper hombres, de pronto, como si una mañana alguien, por error, los hubiera lavado con su detergente en lugar de con Ariel, perdieron color en las primeras tardes de la adolescencia, ese extraño viaje interior que nos confirmó lo ya nos temíamos: que las cosas, en la vida, no eran como en los comics. Así, el guapo kriptonita no nacionalista, que nos acompañaba volando a todos los recados, de pronto se convirtió en un tipo vulgar, que vestía como un ultra del Barca, un gamberro que, para provocar a las muchachas en flor, tenía el mal gusto de ponerse los calzoncillos por fuera. Qué decir de Hulk, un cachas que conforme cumplíamos años se nos hizo cada vez menos creíble, con un pronto malísimo y que hoy daría mucho juego en Hermano Mayor, el programa de Cuatro.
Yo hablo ahora de héroes de carne y hueso y sangre y sudor y lágrimas. Mujeres y hombres extraordinariamente corrientes, que se equivocan, dudan, lloran y vuelven a equivocarse, gente que hace que el mundo funcione a diario sin que nos despeñemos definitivamente por el abismo de la estulticia y la barbarie, ciudadanos que cada mañana emprenden su particular viaje iniciático hacia la compasión y la generosidad, calentando un poco el lado oscuro de la cotidianeidad en el que la vida es especialmente sombría. Personas que hacen lo que buenamente pueden, que nunca es bastante pero siempre es mucho, pues el que el que hace lo que puede no está obligado a más. Hombres y mujeres a las que el destino les obligó un día a realzar, en una situación concreta, la dignidad humana.
Los héroes de Fukushima, por ejemplo, premio Príncipe de Asturias de la Concordia 2011, ciudadanos de los que no conocemos sus nombres, pero sí su extraordinaria hazaña: tratar de evitar, dejándose la salud en el empeño, el desastre nuclear provocado por el tsunami de Japón. Yo quiero ver sus caras y saber cómo se llaman. Porque en la historia de los pueblos es bueno saber diferenciar a las vedettes de los protagonistas.
PUNTO Y PARTE

El sábado 8 de octubre de 2005, aparecí por primera vez, como columnista de desconocido prestigio, por esta ciudad de papel. Francisco Andrés Gallardo, ese sofalícola con alma de bolero, y, posteriormente, Teresa Almendros, siempre elegante en el fondo y en las formas, me abrieron fraternalmente las puertas de su azotea en la calle Larga y me dieron 2.000 caracteres con vistas al Guadalete.
El jueves 23 de octubre de 2008, Rafa Navas, director y caballero, me propuso adelantar mis ocurrencias a las primeras páginas. Le dije que no, pero el entendió que sí. Para convencerme de la necesidad del traslado, le faltó esgrimir que yo era como aquel personaje de Moliere que un día descubrió que llevaba toda la vida hablando en prosa sin saberlo, solo que un servidor hablaba en columnas. Fueron, exactamente, 151 y 500 noches.
Durante este tiempo he procurado ser fiel al primer mandamiento del maestro Manuel Alcántara: no aburrir ni a Dios, sobre todas las cosas. Sé que no lo conseguí, pero nadie puede quitarme la gloria del empeño. Escribí siempre con alegría, con la paciencia amable y atenta con la que labora el artesano. Intenté, como los buenos toreros, arrimarme y exponer. Quise consolar al afligido y afligir al consolado. Confirmé, a través de rostros y nombres, que la felicidad no necesita de la belleza tanto como la desventura. Y que los derrotados, vengan las crisis que vengan, seguirán siendo invencibles.
Mi escaso talento literario la compensé con otros méritos de los que sí presumo con orgullo: no falté nunca, en estos seis años, a la cita quincenal con los lectores; jamás tuvieron que llamarme del periódico para reclamarme el artículo. Un artículo que, al menos para mí, fue siempre de primera necesidad.
Espero que no me tomaran nunca ni completamente en serio ni completamente en broma. Y que hayan sabido disculpar mis acreditadas carencias en este difícil arte de poner bien puestas unas palabras detrás de otras.
Un último ruego: hagan ustedes el favor de ser felices.
(Diario de Cádiz, 25 de agosto de 2011)
CHANQUETE HA VUELTO

El otro día, zapeando en familia, me reencontré, en un canal de esos raros, con la pandilla de la que formé parte, a principio de los ochenta, en las horas muertas de la sobremesa. Tutelados por Julia, la pintora que llegó a Nerja con el lienzo de su vida hecho pedazos, y por Chanquete, el viejo marinero que tenía un barco varado entre judías verdes y tomates, compartí con Javi, Pancho y compañía los ritos sagrados de la adolescencia, en ese tiempo en que casi todos éramos jóvenes y el futuro venía cargado de promesas.
Mientras veíamos uno de los episodios, nuestros hijos nos bombardearon a preguntas: ¿los niños no jugaban a la Play?, ¿no había Tuenti?, ¿nunca cenaban en McDonalds?, ¿cómo Chanquete, viviendo solo y siendo tan mayor, no tenía móvil? Les cuento que aquellos eran tiempos más duros, pero también más nuestros. El mismo año del estreno, 1981, pasaron muchas cosas. Un tipo patibulario, con bigote y tricornio, quiso que los veranos volvieran a ser grises; la Real Sociedad ganó la liga en el último suspiro; el Consejo de Ministros indultó a El Lute, el hombre que, junto a los hermanos Malasombra, me tuvo acojonado media infancia.
Verano Azul estuvo a punto de rodarse en nuestra provincia, pues Mercero, ese mago que nos enseñó que la ternura también es una forma de rebeldía, prefería la arena más clara de esta zona al color grisáceo de la de las playas malagueñas. Sin embargo, los efectos nocivos que el levante podía ejercer sobre el sonido, hizo que la serie recalara en Nerja.
Saco del baúl de mis recuerdos el listado de indignaciones de la época y les suelto que nosotros también cantamos el “No nos moverán”, pero nos movieron, y nos robaron La Colorá (una cala en la que el sol se acostaba muy despacito), para hacer un puerto deportivo que iba a acabar para siempre con el paro en El Puerto.
He perdido ya la cuenta de las veces que ha muerto y resucitado el bueno de Chanquete. La vida, les digo a mis hijos y al chaval que fui, está llena de resurrecciones inexplicables. Chanquete ha vuelto.
(Diario de Cádiz, 11 de agosto de 2011)
CUERPOS

¿Qué fue antes, el verano o el cuerpo? ¿Se inventó el verano para alegrarle la vista al cuerpo o fue el verano el que quiso darse un homenaje poblando de cuerpos semidesnudos paseos, terrazas y playas?
La aparente comunión entre esta estación loca y la funda de piel que nos envuelve tiene, creo, más inconvenientes que ventajas. Vale que las barbacoas engrasan el cuerpo por dentro, que los baños lo untan de sal por fuera, que las siestas lo mecen sumergiéndolo en un silencio antiguo, de infancia. Vale. Pero cuánta crueldad ejerce esta época del año sobre aquellos a los que la madrastra naturaleza, el paso inexorable del tiempo, o una vida consagrada a la Cruzcampo, les dejó el armazón hecho unos zorros.
Sí, es verdad, la belleza está en el interior, lo esencial es invisible a los ojos y todo eso, pero el alma, por mucho que se transustancie, signifique lo que signifique esa palabra tan rara, es una prenda de invierno. Porque en julio y agosto, no me digan que no, todo se confabula contra aquellos que tienen un adefesio de cuerpo y, como mucho, solo pueden aspirar a ser simpáticos, ese halago piadoso que desde el punto de vista estético ya sabemos lo que significa.
No todo el mundo es rubia, o monitor de salsa, o surfista, o miembro del deseado cuerpo de bomberos, o uno de esos soufflés con piernas, carne de espejos, incapaces de imaginar que haya vida más allá del perímetro de sus bíceps. Tener una pila de años, ser rehén de Dukan (ese torturador de paladares que dice que el jamón es malo), o tener también a pan y agua a la de Ubrique, dificulta bastante transitar con decoro por esta travesía del año.
Se asoma uno a la playa algunas tardes, echa una visual a alguno de esos cuerpos que quitan el hipo, y se le cae el alma a los pies (a lo mejor en eso consiste, quién sabe, la transustanciación del cuerpo).
No, no es justo que solo un minoría pueda disfrutar sin complejos del deseo, los paseos por la orilla, el baile y las terrazas, y el resto no tengamos cuerpo para nada.
(Diario de Cádiz, 28 de julio de 2011)
CAPERUCITA ROJA

El otro día vi la película Caperucita Roja y, qué quiere que le diga, me sigue asustando mucho más el clásico de los hermanos Grimm. Esta nueva versión me pareció un clon de Crepúsculo, un romance azucarado para adolescentes, en el que el lobo, será por la crisis, también trabaja de vampiro. No se la recomiendo.
Confieso que de todos los cuentos, el de Caperucita es el único que aún merodea por las habitaciones oscuras de mi infancia. Convendrán conmigo que, a partir de cierta edad, las historias de Blancanieves y los enanitos, o la de Cenicienta y la pérdida de su zapato, o sea de su virginidad, tienen más de íntimas que de intimidatorias.
Pero la maldad despiadada de la madre de la niña de la capucha roja todavía hoy me sobrecoge. ¿Por qué en lugar de poner a su hija en la boca del lobo, nunca mejor dicho, no se encajó ella, en un salto, a llevarle la merienda a la abuela? ¿Por qué es la caída de la tarde, con la noche ya acechando, el momento del día elegido para que la pobre chiquilla atraviese la espesura del bosque? ¿Por qué se quita de en medio (y del final) del cuento y no volvemos a saber nada más de ella?
Hay estudios que sostienen que esa mala mujer no era la madre de Caperucita, sino su madrastra. Una madrastra enmascarada con más mala leche que todas las madrastras oficiales. Es muy probable que la abuelita fuera su suegra y que, como suele suceder, ésta no se llevará bien con la nueva pareja de su hijo. Matarile, pues, a la vieja. Engullida, páginas más tarde, la niña, la susodicha se queda con el padre de Caperucita para ella sola.
Ya se que esta versión de los hechos es políticamente incorrecta. Que las nuevas tendencias revisionistas puestas en circulación por el feminismo más descarriado culpabilizan al padre, por incomparecencia, y al cazador, por homofobia (el lobo apareció muerto vestido con un camisón blanco y tocado con una cofia).
Por fortuna, el reino de la fantasía, a pesar de su crisis de credibilidad, aún no ha sido intervenido.
(Diario de Cádiz, 14 de julio de 2011)
PESADILLA EN VISTEÓN

Qué mal envejecen los terrores antiguos. Lo volví a constatar el otro día, viendo uno de los capítulos de “Historias para no dormir”, la serie que el Diario viene promocionando los domingos. En comparación con las espeluznantes noticias que cada mañana aparecen en las páginas económicas de los periódicos, el episodio que puse parecía firmado, en vez de por el gran Chicho Ibáñez Serrador, por el guionista de los teletubbies. Nada que ver, por ejemplo, con el sobrecogedor relato con el que nos desayunamos el jueves y que en apenas una semana se ha convertido en un clásico de la literatura de terror laboral.
Los hechos suceden en las instalaciones de una multinacional, un escenario simbólico que hoy ocupa el espacio que en el XIX tuvieron los castillos ingleses, o, en el XX, de la mano de Freud, el terreno pantanoso del subconsciente. A primera hora de la mañana los representantes de los trabajadores son obligados a subir a un autobús que los traslada a otra dimensión. El viaje dura unos minutos, o tal vez años (eso nunca se sabrá). El autobús se detiene delante de un hotel, una recreación moderna del hotel de Psicosis. Ya dentro, un siniestro mayordomo con apariencia de traductor les informa que, laboralmente, están muertos.
Cuando vuelven de ese viaje errabundo, unas horas o unos años más tarde (eso nunca se sabrá), cansados y envejecidos, contemplan horrorizados como sus compañeros también deambulan como zombis por las inmediaciones de la factoría. Deslocalización le llaman al nuevo género, a medio camino entre el cine gore y el realismo sucio, y en el que Cádiz parece que cuenta con esa atmósfera imprescindible para este tipo de relatos. Aquí sobran puertas (administrativas) que chirrían, fantasmas que se desplazan en coche oficial, muertos vivientes perdidos en el bosque tenebroso de las estadísticas de la desesperación.
Qué mal envejecen los terrores antiguos, pero qué miedo dan estas nuevas historias de psicópatas sociales.
(Diario de Cádiz, 30 de junio de 2011)
ELEGÍA A UNA OLIVETTI 98

Con la misma impunidad con la que el vídeo mató a la estrella de la radio los ordenadores han acabado con la vida de la vieja máquina de escribir. Hace un par de semanas cerró por defunción la última fábrica, cuyos propietarios todavía creían, como Henry James, que “escribir a máquina es como acompañar a un cantante al piano”.
Durante décadas, el mejor periodismo y la mejor literatura cabalgaron a lomos de una remington, una continental o una royal. También el cine contribuyó a su leyenda. Nadie que haya visto El Resplandor podrá olvidar nunca la violenta locura de Jack Nicholson, mecanografiada en cientos de folios que repiten compulsivamente la misma frase. O la escena en la que Oskar Schindler dicta, de memoria, los nombres de los judíos que van a escapar de los hornos del nazismo.
En mi casa, no, pero en la del vecino sí que había una, una underwood que, según él, era la misma que utilizaban en los ministerios. Aunque solo trabajaba bajo presión, aquel armatoste tenía una salud de hierro. Aún así, en alguna ocasión tuvo que llamar a su mecánico de cabecera, un señor de negro que acudía siempre con un maletín de médico del que sacaba gamuzas y aceites, y que una vez le curó un esguince de rodillo y otra un pinzamiento en el tabulador.
Yo aprendí a escribir en una Olivetti 98, en las Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia, rama Administrativa y Comercial. Todavía hoy coloco los dedos (todos) en el teclado del ordenador y puedo oír la voz del Padre Martínez gritar ¡ya!, y, a continuación, el crepitar metálico de las máquinas, y me veo enfermo de vértigo, acortando el tiempo, achicando el texto, volando a más de 250 pulsaciones por minuto.
Escribir a máquina, decía entonces la publicidad de las academias, era una “condición indispensable para tener un buen trabajo con futuro”. En mi caso, perdonen la autorreferencia y la nostalgia, fue así. Le debo la vida, la vida laboral, a aquella vieja Olivetti 98. Dios la tenga en su despacho.
(Diario de Cádiz, 16 de junio de 2011)
UNA CUESTIÓN DE CLASE

Sucede que hoy la clase es un bien tan escaso como el trabajo o la vergüenza. Padecemos, por el contrario, un enorme excedente de vulgaridad y grosería. En política, por ejemplo, la derecha española cuenta con verdaderos cracks en las malas artes de escupir sobre la dignidad del contrario: Miguel Ángel Rodríguez o Salvador Sostres son sólo dos de los mejores activos del siniestro gremio de los que disfrutan envenenando la convivencia.
Hay también una cierta izquierda que desprecia los buenos modales, tal vez porque los considera vicios pequeño burgueses propios de la hipocresía conservadora. Pero para un servidor, que sigue siendo, si no rojo, al menos, infrarrojo, las formas son tan importantes como el fondo. ¿Qué es la democracia, sino una cuestión de formas?
Viene todo esto a cuento por las declaraciones que el señor Barroso hizo a este periódico tras perder el 22-M por goleada, a manos, según él, de una mujer incapaz, "un secarral, políticamente hablando… que tiene otras virtudes que en los tiempos que corren son bastante notables y cunden bastante. Como Belén Esteban, que decían que de presentarse a unas elecciones podía ser la tercera más dotada". La derrota, decía Borges, tiene una dignidad que la victoria no conoce. Barroso, parece que tampoco.
La conciencia de clase, como ven, no garantiza la clase a secas. Ni los viajes. Ni haber sido alcalde (que en griego significa "justo") durante tantos años. El machismo leninismo es una cáncer que ataca incluso a los intelectuales más comprometidos de la vanguardia.
Por cierto, habría estado bien que alguna mujer de IU hubiera salido, en público, a defender a Maribel Peinado. No solo por una cuestión de solidaridad de género. También por una cuestión de clase.
EL BIPARTIDISMO

La otra noche tuve un sueño muy raro. El despertador sonó a las seis o a las siete, lo recuerdo muy bien porque en la esfera no había más números. Todavía dormido, abrí el armario: de su interior solo colgaban dos perchas, cada una con una camisa y un pantalón. Me vestí añorando los tiempos en que tenía tanta ropa que no sabía qué ponerme.
Salí de casa y paré a desayunar en el bar de siempre. Pedí un café con leche, pero el camarero me respondió que ya sólo servían colacao o nesquik. Cogí el periódico para echarle un vistazo y era solo una hoja con portada y contraportada. Me marché recordando los días en que cada café tenía un color distinto y al periódico se le salían las páginas y las noticias por el costado derecho.
Al llegar a la oficina, mi jefe, a modo de saludo, me pregunto qué tal estaba. Regular, le dije. “Deje las medias tintas y defínase por una vez, cagoendiez”, replicó ofuscado. “Uno o está bien o está mal, lo demás son mariconadas. Un tío que se viste por los pies no puede pasarse la vida enseñando vergonzosamente sus matices”. Abandoné el despacho tapando, con todo el disimulo del que fui capaz, dos o tres puntos de vista que me brillaban a la altura del entrecejo.
A las tres fui a recoger a mi mujer y decidimos comer en el self-service que hay cerca de su trabajo. En las bandejas sólo había filetes a la plancha y filetes empanados. Nos fuimos sin pedir el postre (manzana o pero, era la disyuntiva). Para animarnos un poco, acudimos a una agencia de viajes a ver las ofertas de verano. Este año sólo organizamos excursiones a Pinto o a Valdemoro, dijo la chica que nos atendió. ¿Y entre Pinto y Valdemoro?, le pregunté como quien no quiere la cosa, sin obtener respuesta, antes de marcharnos.
Me despertó mi hijo Pablo, preocupado porque en su caja Alpino no había más colores que el lápiz blanco y el lápiz negro. Era lunes o, como mucho, martes.
En la radio, un psiquiatra hablaba de los efectos secundarios del bipartidismo.
OTRO FIN DEL MUNDO

Lo del fin del mundo es como lo de los partidos del siglo: hay cuatro o cinco todos los años. Según asegura el grupo evangélico estadounidense Family Radio, el próximo Apocalipsis tendrá lugar pasado mañana. Por lo visto, vendrá una nave azul a recogernos (¿a qué hora?, ¿en qué parada, ¿de pescuezo?), que ya se encuentra en la órbita de Plutón, ese ex planeta que fue degradado por la cara y que suponemos que se habrá ofrecido como Base del Mal para vengar su descenso en el escalafón del Sistema Solar.
El fundador del grupo y portavoz de la mala noticia, un tal Harold Camping, ya había predicho otro The End para el 6 de septiembre de 1994, aunque es sabido que los profetas no son personas demasiado respetuosas con los plazos. Pero ahora sí, ahora la cosa va en serio. El Sr. Camping (un cotilleo rosa para rebajar la tensión: ¿vivirá sus últimas horas en la Tierra alojado austeramente en su apellido o sucumbirá al lujo en un hotel de cinco estrellas?) asegura que el 21-05-2011 se acaba el mundo, que hasta la fecha no ha parado ni un momento, su noche muere y llega el día, y ese día vendrá. El del Juicio Final. El sábado.
Que sea pasado mañana (adiós a la bella leyenda del sábado sabadete) tiene, para los Parientes del Transistor, o como se llamen, su explicación. Ese día se cumplen 7000 años del diluvio universal. Cómo pasa el tiempo, si parece que fue ayer cuando Noé reunió a los animales alrededor de él. Un señor con muy buena prensa en las Sagradas Escrituras, pero que la doblaba poco: tardó 120 años en construir el arca. Para que luego digan de los de Astilleros.
Pero no nos desviemos. En apenas 48 horas, se chapa esto. Mas dejemos el pesimismo para tiempos mejores. Es seguro que el paro no seguirá subiendo. Que nos ahorraremos el disgusto de ver como el Cádiz no asciende. Que Arenas, justo cuando lo tenía todo de cara, qué mala suerte tiene este hombre, se mudará a otra dimensión en lugar de al palacio de San Telmo. Aunque si la nave es azul, cualquiera sabe.
(Diario de Cádiz, 19 de mayo de 2011)
LA CIUDADANÍA, TAMBIÉN IMPARABLE

En casa estamos ilusionadísimos con el inicio de la campaña electoral. Si la precampaña ha sido tan rica en propuestas, tan abundante en matices, imagínense a partir de mañana, que empieza lo bueno. Así que nos hemos conjurado los cinco para no perdernos ni uno solo de los espacios de propaganda que ponen después de los informativos. Sí, ya se que no somos los únicos, que la política ha vuelto a los barrios, a las fábricas, a las peñas.
Qué diferencia con respecto a otras convocatorias. Lo que hemos madurado con la crisis. Ha sido comprobar que el bolsillo se achicaba y la adversidad se agrandaba, y tirarnos todos a la calle haciendo gala de un coraje civil que ha dejado en pañales las revueltas árabes. Con tanto ajetreo militante, casi no hemos tenido tiempo de ver los cuatro clásicos, ni la boda de Catalina, ni “Hace falta valor”, ese programa de la televisión andaluza que puede que haya sido el detonante de esta revolución silenciosa. Y claro, la clase política no ha tenido más remedio que tomarnos en serio de una vez por todas.
Verán como de aquí al final de la campaña a ningún político se le va a ocurrir ya insultar a otro, ni hacer chistes ofensivos sobre mujeres, homosexuales o inmigrantes. Tampoco habrá candidatos que se atrevan a acudir a los mercados, porque es mejor no tocarle las criadillas a un carnicero indignado, con el frigorífico lleno de telarañas y el cuchillo jamonero asomando por el mandil. Pasarán a mejor vida las metáforas nunca entendidas del candidato besando niños, del candidato montando en bicicleta, del candidato vestido de algo en alguna romería. Es la honradez y el trabajo bien hecho, y no la demagogia y la sensiblería, lo que empieza a cotizar al alza en las urnas.
Por lo demás, desconfíen de la interpretación que los medios hacen de las encuestas. Que haya tanto indeciso no significa, como antaño, que la gente pase de la política, sino todo lo contrario. La reflexión ya no es solo una jornada que figura al final del calendario electoral. Esto ha cambiado mucho.
(Diario de Cádiz, 5 de mayo de 2011)
HÉROES DE NEGRO

No se si tuvieron la oportunidad de leer el magnífico reportaje, titulado “Escuelas de violencia”, que firmó el lunes, en este diario, Pedro Ingelmo. Búsquenlo en Internet y verán que hay un deporte de alto riesgo más peligroso que el rafting, el parapente y el barranquismo juntos: ser árbitro de fútbol base en la provincia de Cádiz. Si tienen a algún hijo con dos apellidos bien sonoros, que ya desde pequeñito prefería que las tarjetas de cumpleaños fueran amarillas y rojas, vayan quitándole esa vocación suicida de la cabeza: 16 agresiones físicas a colegiados, algunas a menores, llevamos esta temporada.
Cada fin de semana, decenas de chavales saltan al terreno de juego, silbato en mano, con la loable intención de impartir justicia balompédica y ganarse un dinerillo extra. Cada fin de semana, decenas de padres, presidentes, entrenadores y otros especímenes que saben de fútbol más que Di Stéfano y Luis Suárez juntos, se enfundan orgullosos la zamarra ultra y, por el mismo precio, dan clases de ética deportiva e imparten seminarios intensivos de pedagogía integradora a ras de césped.
Sé muy bien de lo que habla Ingelmo: tengo un hijo que juega en la segunda provincial de cadetes y llevo años cultivando, resignado, la vergüenza ajena. Yo he visto a un alevín marcar un gol y ponerse el índice en la boca mandando a callar al público, y a su madre celebrando risueña la ocurrencia tan graciosa del chiquillo. Y he visto también a un padre gritándole desde la grada a su hijo que pidiera el cambio porque el entrenador no le había dejado tirar un penalty.
Cuenta el responsable de los árbitros gaditanos, José Antonio Álvarez, que organizaron unas jornadas llamadas “Conoce a tú árbitro” y solo aparecieron dos equipos. Aún así, habrá que seguir insistiendo en la reeducación de todo tipo de cafres, pequeños y mayores, que creen que la formación en valores es una mariconada que no tiene sitio dentro de los estadios, porque el fútbol, como el Fundador, es cosa de hombres.
(Diario de Cádiz, 21-04-2011)
VIVIR EN EL INFIERNO

Es evidente que a mi tío Juan y a mi tía Lola Dios les ama. Si el Padre de todas las Criaturas existe, que esperemos que sí, y es ese Dios de los pobres, humano y sencillo al que le cantaban Los de Palacagüina, lo normal es que quiera con locura a una pareja venerable de más de 80 años que ha cumplido con creces el encargo de amar al prójimo como a sí mismos. Así que no hacía falta que ningún cristiano grafitero lo hiciera constar con pintura roja chillona en la puerta de su casa, ubicada, tal vez por su condición de trabajadores pobres, tal vez por culpa de un mal de ojo del destino, en el epicentro mismo del Infierno.
A mis tíos, la justicia terrenal, sin embargo, parece que les odiara a muerte, pues llevan demasiado tiempo, junto a sus vecinos, dejados, literalmente, de la mano de Dios, sufriendo el ninguneo de las Administraciones, la violencia desquiciada de los traficantes, el cinismo canalla de los políticos. Hasta las ratas que se refugian en una vieja bodega abandonada, muy cerca de su casa, se han propuesto minarles la poca moral que les queda. Nadie merece un presente tan negro y amargo, y mucho menos dos personas que no han hecho otra cosa durante su vida que deslomarse de sol a sol, Juan subido a un andamio, Lola a una máquina de coser, buscando para sus hijos un porvenir más ancho y luminoso que el que a ellos les tocó en suerte.
No les he dicho todavía que mis tíos sobreviven a sus achaques, a la impunidad de la que gozan los mercaderes de la droga y a la indiferencia de una clase política dedicada a menesteres más lustrosos, en la Barriada José Antonio, ese albañal de El Puerto por el que la democracia se ha olvidado de pasar. Tras una existencia sacrificada y laboriosa, parece que no tienen derecho a disfrutar del invierno de la vida en un hogar cálido y tranquilo en el que envejecer en orden.
Si Dios existe, que esperemos que sí, les debe amar mucho. Siquiera para compensar un poco la falta de compasión y el desprecio con el que les tratan los poderes públicos.
(Diario de Cádiz, 7 de abril de 2011)
ECOS DE VECINDAD

Para aquellos amigos que no pudieron asistir al Pregón de los Patios: en este enlace hay un resumen del mismo,
LA CASA VIEJA

Me invitan los Amigos de los Patios Portuenses a abrir su semana grande, a encalar con palabras las paredes desconchadas que envuelven una forma de entender la existencia en la que hasta los ecos eran de vecindad. En busca del tiempo perdido (¿qué vida no es, de alguna manera, una búsqueda del tiempo perdido?) regreso a las inmediaciones del número 17 de la calle San Sebastián, a aquella casa humilde en la que transcurrió mi infancia.
Como me ocurre siempre que paso por delante del cierro en el que aprendí a mirar el mundo, el pudor a violentar ese espacio íntimo, habitado ya por otros inquilinos, hace que me quede en la acera de enfrente, sin atreverme a llamar, fracasando de nuevo en la pretensión inconfesable de ser readmitido, siquiera unos minutos, en ese paraíso doméstico del que datan mis primeros recuerdos. Mi actitud, torpe y sospechosa, más propia de un ladrón de poco monta que de un hombre de mediana edad que regresa para encender el reverbero que ilumina la memoria de aquellos días, termina despertando recelos entre los vecinos.
La puerta me impide ver y verme, pero desde la calle puedo oír la voz portentosa de mi madre compartiendo sus penas con la Zarzamora, mientras hace las camas, friega los suelos y sube a la azotea a tender la ropa, y le pide a Encarnación, la vecina, que nos eche un ojito a los cuatro, porque no se fía. Suenan, también, las campanas de la Prioral, aunque no se si su repique viene de dentro de la casa o de la propia iglesia, pues su salmodia de siglos cose los días entre sí sin distinguirlos.
Cuarenta años lleva jugando al escondite conmigo el niño que está detrás de esa puerta, hoy el padre del hombre que ahora esta afuera sin atreverse a llamar y a mirarse a sí mismo desde el interior del cierro en el que aprendió a mirar el mundo. Tal vez sea mejor así, que la puerta continúe cerrada hasta que yo me marche, para que no se vayan nunca de la casa vieja los ecos sagrados de aquella vecindad en la que la vida tenía el sonido antiguo de la fraternidad.
(Diario de Cádiz, 24 de marzo de 2011)




