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¡CRIMINALES, VAIS A MATAR A UN GENIO!

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Granada. Martes, 18 de agosto de 1936. Tres y cuarto de la madrugada. Ricardo Rodríguez camina en dirección a su casa tras pasar la noche jugando a las cartas. Al llegar al Gobierno Civil, ve a su amigo Federico salir escoltado por guardias y falangistas. “¡Criminales, vais a matar a un genio!”, grita desde lejos. Se libra por poco de ser  detenido. El poeta va esposado a un maestro de escuela. Dos banderilleros anarquistas, también maniatados, cierran la cuerda de presos. Los cuatro hombres son introducidos en un coche que los traslada hasta Fuente Grande, muy cerca del barranco de Víznar. No hay luna esa noche.

Unos días antes, Ramón Ruiz Alonso, ex diputado de la CEDA, ha denunciado a Federico ante el Gobernador Civil de Granada. Se le acusa de ser socialista, masón y homosexual. Lorca, desolado, acepta el ofrecimiento de un buen amigo, el también poeta Luis Rosales, y se esconde en su casa. Un lugar que ambos consideran seguro, ya que dos de los hermanos de Luis eran destacados falangistas. Pero el domingo 16 de agosto la Guardia Civil se presenta en el domicilio de los Rosales y lo detienen. Acompañan a los guardias el ex diputado de la CEDA que lo ha delatado, y su compadre, Juan Luis Trescastro, un falangista fanfarrón y pendenciero muy conocido. El Gobernador consulta con Queipo de Llano qué debe hacer con el preso. Éste responde: “Dale café, mucho café”. Se le vio, caminando entre fusiles, por una calle larga, salir al campo frío, aún con estrellas de la madrugada. El termómetro marcaba 16 grados. Fue  una noche oscura de verano.

Amanece en Víznar. En el Bar Pasaje, conocido popularmente como La Pajarera, los vecinos más madrugadores desayunan. Alguien abre bruscamente la puerta del bar y se acerca gritando al mostrador. Los paisanos giran  la  cabeza y reconocen enseguida al alborotador: es Juan Luis Trescastro. “Acabamos de matar a Federico García Lorca. Le he metido dos tiros en el culo, por maricón”, vocea orgulloso su hazaña. Así se lo va a hacer saber también horas más tarde al pintor Gabriel Morcillo, amigo de Federico: “Don Gabriel, esta mañana hemos matado a su amigo, el poeta de la cabeza gorda”.

Federico García Lorca, natural de Fuente Vaqueros, provincia de Granada, varón de 38 años, de profesión escritor, fue fusilado a las 4:45 de la madrugada del martes 18 de agosto de 1936, en el camino que va de Víznar a Alfácar, junto al maestro nacional Dióscoro Galindo González y a los banderilleros anarquistas Francisco Galadí Melgar y Joaquín Arcollas Cabezas. Fue una noche oscura de verano. No hubo luna esa noche.

 

18/08/2018 09:42 pepemendoza #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

CARTA ABIERTA A PABLO IGLESIAS

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Sr. D. Pablo Manuel Iglesias Turrión: 

Leí hace unos días en un periódico digital que aboga usted por legalizar la marihuana para su “consumo recreativo”. En su opinión, España debería aprovechar los enormes beneficios fiscales que deja su venta, llegando incluso a proponer la creación de una empresa pública que gestione su exportación al resto del mundo. Marihuana Marca España, denominación de origen. Nada personal, solo negocios, que diría Vito Corleone.

Para defender su tesis asegura que “el mayor problema que genera el cannabis no es de salud pública, sino la delincuencia y la explotación asociadas al tráfico ilegal”. No sé qué datos maneja usted, pero los que yo he consultado sí que certifican que el consumo de canabis entre los más jóvenes es ya un grave problema de salud pública en nuestro país. Un estudio de la Organización Mundial de la Salud, revela que un 22% de españoles de entre 15 y 24 años es adicto al canabis. Conozco a algunos. Y a algunas de sus familias, la mayoría de clase obrera, víctimas silenciosas de sus cambios bruscos de humor y de su agresividad, testigos dolientes y desesperados de sus bajadas en el rendimiento académico, de su pérdida de interés por sus aficiones, por sus actividades, por sus antiguas amistades. La Asociación Proyecto Hombre, que algo sabe del tema, ha dicho que el aumento del consumo es un dato muy preocupante, y ha alertado de que la percepción del riesgo de ese consumo en España se banaliza. Para muchos, incluido usted, está incluso bien visto porque piensan que es inocuo. La realidad, dice la misma ONG, es bien distinta: entre el 30 y el 40% de los episodios psicóticos en hospitales se producen como consecuencia del consumo de marihuana. Perdida y desarmada la conciencia de clase, parece que un sector de la izquierda no ve inconveniente en que los jóvenes pierdan también la conciencia de la vida real.

Como soy algo mayor que usted, permítame que le cuente una batallita no de abuelo, que uno todavía se conserva en un aceptable estado de revista, sino de padre Cebolleta. Pasé mi adolescencia en un barrio marginal de El Puerto de Santa María, en un piso de esos de currantes con los que se sigue identificando social y emocionalmente el alcalde de Cádiz, su compañero Kichi. La única casta que conocí fue la que le echaban las familias a sus vidas para sacar adelante a sus hijos en una barriada que tenía varios nombres, como los niños de familias bien: Maestro Francisco Dueñas Piñero en el nomenclátor, los pisos del Sindicato para los nativos y el Distrito 21 para la policía. En los primeros 80, casi todas las semanas amanecía algún chaval tieso en la casapuerta de algún bloque, con una aguja taladrada en la vena y una goma amarrada al brazo, las mismas que utilizaban en sus tiradores cuando eran más pequeños para cazar gorriones en el pinar. Todos se iniciaron, “recreativamente”, consumiendo hachís y marihuana. El instinto vital de mi Ángel de la Guarda y el de otros ángeles fieramente humanos que salieron a defenderme me libró de vivir rápido y morir joven.

No entro en el debate eterno de si las drogas deben ser legalizadas o no, porque, sinceramente, sigo sin tenerlo claro. Pero comprenderá usted que su pronunciamiento a favor de que el Estado hago caja con el dolor de los más jóvenes y los más pobres (la clase alta siempre ha solucionado sus miserias a golpe de talonario) no solo no es de izquierdas, sino que me parece profundamente reaccionario. Cuando se tiene una edad biológica de 18 años pero todavía se es un crío perdido en un bosque acechado por lobos, el consumo no es nunca, señor Iglesias, un ejercicio de libertad responsable. Declarar, además, que sería fantástico que con la venta de marihuana se pudieran sufragar los gastos de sanidad y los servicios públicos me parece de un cinismo insoportable. En una paradoja perversa, las familias con hijos adictos que contribuirían con sus modestos salarios a engordar el PIB subvencionando inconscientemente el consumo de sus hijos, serían las mismas que luego acudirían a los servicios sociales a pedir ayuda para desenganchar a sus chavales.

Permítame solo un par de preguntas más. ¿Cómo explica usted que hayamos hecho un esfuerzo tan encomiable para reducir el consumo del tabaco y ahora nos resignemos a que la marihuana circule patrocinada por el Estado como si fuera una chuchería? ¿Por qué es progresista combatir el tabaco y conservador oponerse a la legalización de la marihuana? La cuestión es demasiado seria y dolorosa para que usted la despache con una frivolidad más, marca de la casa: “Si es con marihuana, a lo mejor hasta con Felipe González se puede fumar la pipa de la paz”. Fume usted recreativamente marihuana cuando quiera y con quien quiera, que ya es adulto y sabrá lo que hace. Pero haga el favor de no lanzar a los jóvenes españoles el mensaje de que consumir droga es recreativo, moderno, de izquierdas y guay.

27/06/2018 08:42 pepemendoza #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

LOS OJOS SIEMPRE ABIERTOS

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Es viernes, 27 de marzo de 1942. Josefina Manresa visita a su marido en la cárcel de Alicante. No lleva al hijo con ella, y Miguel, que presiente que no va a volver a verlo, se lo reprocha con lágrimas en los ojos: “Te lo tenías que haber traído. Te lo tenías que haber traído”. Josefina sabe también que el final está muy cerca. “Le toqué los pies y estaban fríos y con rodales negros. Tiene la ronquera de la muerte”, le dice al salir a su cuñada Elvira, la hermana de Miguel.

Sábado, 28 de marzo de 1942, víspera del Domingo de Ramos. “Sr. Jefe de Servicio: El oficial que suscribe tiene el honor de informar a Vd. que a las 5:30 horas del día hoy ha fallecido el recluso hospitalizado en este enfermería Miguel Hernández Gilabert. Significo a Vd. que el haber salido el cadáver con los ojos abiertos ha sido debido a no poder cerrárselos por medios naturales, según me manifiesta el médico auxiliar recluso”. Aprovechando la relajación en la vigilancia, algunos de sus compañeros de celda logran salvar, escondiéndolos en dos bolsas, las cartas y poemas que Miguel ha escrito en la cárcel.

Josefina vuelve a la prisión a media mañana. Cuando pone la fiambrera con la comida en la taquilla, un funcionario se la rechaza mirándola a los ojos. Ella se va sin preguntar nada. Ya lo sabe todo. A la salida, recuerda una de las últimas frases que le ha dedicado su marido: “¡Ay, Josefina, qué desgraciada eres!”.

La muerte del poeta ya es conocida por familiares y amigos, que van compareciendo en la puerta de la prisión para hacerse cargo del ataúd y llevarlo al cementerio. No está su padre. “Él se lo ha buscado”, responde a quienes se acercan a su casa a darle el pésame. Cuando el cortejo fúnebre llega al campo santo se le prohíbe quedarse a velarlo, pues es allí donde cada noche llevan a fusilar a los presos condenados a muerte. Lo entierran a la  mañana siguiente. Con los ojos abiertos, pues no pudieron cerrárselos.

“No me perdonarán nunca los señoritos que haya puesto mi poca o mi mucha inteligencia, mi poco o mi mucho corazón, desde luego a dos cosas más grandes que todos ellos juntos, al servicio del pueblo de una manera franca y noble”, dejó escrito.

No le perdonaron nunca los señoritos que fuera fiel a los vientos del pueblo, a los aceituneros altivos, a los niños yunteros. Que se alistara, como Federico y Antonio, en el bando de los perdedores de la Historia. El bando en el que militan, desde el inicio de los tiempos, los que sangran, luchan y perviven por la libertad.

28/03/2018 08:34 pepemendoza #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL WIFI

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Catroce días y catorce noches seguidas llevan los de Orange diciéndome, con letra y música de The Beatles, que todo lo que necesito es amor. Puede que sea verdad, no digo yo que no. Pero yo los llamo porque de lo que estoy falto es de teléfono fijo, de ADSL y de megas. Para eso, y no para que me hablen de nuestras carencias afectivas, se deja esta familia numerosa a principios de cada mes una pasta desde hace más de una década.

Conforme van pasando los días, también les pido que dejen de tomarme el poco pelo que me va quedando. Porque aunque según su argumentario corporativo el plazo de subsanación de incidencias no excede de 48-72 horas, son ya catorce días y catorce noches esperando que me solucionen la mía. Alguna vez, incluso, me han sacado de la cama para hacer pruebas al filo de la madrugada.

El relato de mis llamadas cada vez más desesperadas es siempre el mismo. Marco el 1470. Empieza a salirme espuma por la boca. Mi mujer y mis hijos van corriendo al mueble del baño a por el tensiómetro, Suena el estribillo de All you need is love veinte o treinta veces. Los Beatles como teloneros del operador de turno que salta al escenario y me pregunta, melifluo y dicharachero, que en qué puede ayudarme. Yo grito como un poseso all you need is vergüenza, profesionalidad, decencia, etc., etc.. Mi mujer me señala el tensiómetro y hace la señal de la Santa Cruz. El operador no se altera, elude responsabilidades y expide su ración de diaria de presunción de culpabilidad. Un día la culpa es del router, otro del PTR, al siguiente de Telefónica. O de lo lejos que me fui a vivir del repetidor. O del booguie. O del cha-cha-cha. Cuando cuelgo, estoy solo y con la presión arterial por las nubes. Los míos se han encerrado en sus cuartos aterrorizados, como si fueran la mujer de Jack Nicholson en la escena de El Resplandor en la que él se lía a hachazos con la puerta.

Igual necesito mucho amor, no digo yo que no. Y algo más de calma también. De hecho, esta tarde cambiaré de estrategia. En defensa propia ya tengo preparada otra canción de los chicos de Liverpool para combatir al enemigo con sus mismas armas. Cuando termine de sonar “Al you need is love”, les voy a poner “Hello, Goodbye”. 

20/03/2018 08:55 pepemendoza #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

EL DÍA QUE FORGES ME LLAMÓ POR TELÉFONO

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En 1995, mi amigo Rafa Travieso, enfermero y pacifista, valga la redundancia, se declaró insumiso al servicio militar obligatorio. Por aquel entonces, negarse a formar parte de la sinrazón de la guerra se castigaba en este país con dos años de cárcel y de diez a catorce años de inhabilitación absoluta. Para complicarse la vida de esa forma, como en la canción de Radio Futura, hacía falta valor. Y valores. Un montón de valores.

Como había que dar a conocer la causa de Rafa y luchar contra su más que previsible entrada en el trullo, unos cuantos sospechosos habituales montamos un grupo de apoyo. Se trataba de contarle al mundo que nuestro amigo era un tío cojonudo, el yerno que toda suegra le gustaría tener, un tipo al que cualquiera le compraría un coche de segunda mano. Un ATS que cuando salía de su trabajo visitaba por amor al arte de sanar a los enfermos del barrio, un cristiano que vivía en pie de paz, un militante comprometido con las causas de los más desfavorecidos. ¿Cómo iba a dar con los huesos en la cárcel alguien con ese brillante currículum vital?

Cuando repartimos las tareas en el grupo, a mí me tocó el Negociado de Asuntos Exteriores. Una de las iniciativas fue escribirles a personas de reconocido prestigio que pensábamos que podían solidarizarse con Rafa y con el movimiento de objeción de conciencia. Como entonces no había ni Internet, ni Twiter, ni Facebook, ni Change.org, me harté de echar horas extras.  Qué dura era la vida del activista social en el siglo pasado. Pero también tenía, reconozcámoslo, sus recompensas. En aquellos días era recibido en el estanco de la esquina de mi casa con honores de Jefe de Estado: me veían llegar y se volvían locos contando sobres y cortando sellos. Confeccioné, también, el primer mapa físico local de buzones de correos. Me aprendí de memoria los domicilios, códigos postales incluidos, de todas las televisiones, radios y periódicos. Y en un acto de patriotismo cultural sin precedentes, fruto de la necesidad de conseguir firmas al por mayor, multipliqué por cien el número de intelectuales de este país.  Pero como nos temíamos, la respuesta fue pobre. Es sabido que la mayoría de los escritores han venido a este programa al que llamamos vivir exclusivamente a hablar de sus libros. Hubo, eso sí, dos sorpresas maravillosas que nos alegraron aquellos días de zozobra por el futuro de Rafa.

Andaba yo una tarde en plena faena de cepillado de dientes cuando sonó el teléfono. Estaba solo en casa, así que no lo cogí. Es de mala educación hablar con la boca llena aunque sea de dentífrico. Volvió a sonar segundos más tarde y pensé que podía ser algo urgente. Descolgué intentando no manchar el auricular de Colgate y al otro lado alguien dijo: “¿Pepe Mendoza?” “Ji”,  contesté intentando no tragarme la pasta. “Soy Manolo Vázquez Montalbán”. “Home, Malolo”, se me ocurrió decirle ya con un río blanco de espuma bajándome por la barbilla. “Te llamo para decirte que podéis contar con mí apoyo. Y agradécele a Rafael Travieso de mi parte su valentía y su compromiso”. “Gasia a di”, me despedí ya completamente convencido de que Vázquez Montalbán colgó pensando que en el juicio a Rafa la fiscalía terminaría añadiendo como agravante en su contra el que yo fuera el portavoz del grupo.

La segunda sorpresa sucedió unos días más tarde. Llegué de trabajar y la luz roja del contestador parpadeaba. Le di al play y esto fue, más o menos, lo que escuché: “Buenas tardes, Pepe, soy Forges. Toda mi solidaridad con el insumiso Rafa Travieso. Para cualquier cosa que necesitéis, solo tenéis que llamarme. Mi número de teléfono es…. Aquí está el tío para lo que os haga falta. Un abrazo”. Aluciné. Nervioso, le devolví la llamada, esta vez ya con la boca completamente vacía y con algunas frases garabateadas en un papel para no volver a hacer el ridículo. Saltó su contestador con una bienvenida divertidísima que bien podían haber grabado la Cosma o la Blasa.  Le di las gracias por haber llamado, por  el detallazo de dejarnos su número de teléfono y por su apoyo.

Conservé su mensaje durante muchos meses hasta que se me estropeó la cinta de casete pequeñita que entonces tenían incorporados los contestadores. Lo escuché muchas veces sonriéndole a las criaturas tiernas, lúcidas y críticas de sus viñetas, que yo pinchaba en el tablón de corcho que tenía justo detrás del teléfono. Tengo abierta ahora la carpeta roja en la que las guardo. En una que le regalamos enmarcada a mis amigos Ángel Angulo y Miguel Vallecillo, dos frailes se asoman a un pozo y gritan: “¡¡¡Satanás, capulloooooo!!!”. Forges era, ha dicho su hermana Berta, la conciencia de la gente buena. En muchas de sus viñetas, digo yo, daban ganas de quedarse a vivir.

“Aquí está el tío, para lo que os haga falta”, dejó grabado en el contestador de mi teléfono aquella mañana de otoño de 1996. Se ha ido en el momento en que más falta nos hace.

P.D.: El juicio a Rafa Travieso se celebró 15 de septiembre de 1997. Lo defendió el franciscano y penalista Ángel Angulo. Ingresó en prisión el 3 de octubre de 1997. En esa fecha ya era padre de una hija, Lucía, que entonces tenía un año. Estuvo dos semanas encarcelado en Puerto II y 9 meses en régimen de tercer grado. Dos décadas después, sigue creyendo, como Forges dibujó a ras de cielo en una de sus viñetas, que no hay guerras justas ni guerras injustas. Que solo hay malditas guerras.

24/02/2018 20:50 pepemendoza #. sin tema Hay 2 comentarios.

UNA CIUDAD ANORMAL

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El pasado sábado, el Gran Puerto de Santa María, tal como lo rebautizó Alfonso X El Sabio al otorgarle la categoría de Ciudad, cumplió 736 años. El 16 de diciembre de 1281, la concesión de una Carta Puebla, una especie de estatuto de autonomía local que es considerado nuestro texto fundacional, reguló administrativamente el término geográfico y los recursos propios, facilitó el asentamiento de nuevos vecinos y eximió a los comerciantes que ejercieran aquí su trabajo de muchas de las tasas que debían abonar a la Corona. El Sabio, que tiene apodo de peón de confianza de torero antiguo más que de Rey, pasó a la Historia, si se nos permite la licencia, como nuestro primer  concejal de fomento.

Es una lástima que el cumpleaños pase cada diciembre desapercibido para la práctica totalidad de los oriundos del lugar. Ni siquiera las autoridades municipales nos recuerdan quiénes somos y de dónde venimos. Hace apenas dos semanas, sin embargo, celebraron con gran profusión de medios el 350 aniversario de la llegada de la primera delegación diplomática rusa a nuestra ciudad, y le levantaron un monolito y nos hicimos amigos de la Asociación Española de Cosacos del Volga, que a mí me suena  a chirigota mala que no pasa de preliminares, ustedes perdonen la frivolidad.

Una ciudad normal,  con ciudadanos con la autoestima y  el orgullo de pertenencia comunitaria a niveles normales, con políticos comprometidos y con un conocimiento de la realidad local más o menos normal, igual estaría a esta hora del sábado en el que escribo esta columna celebrando en la calle tan insigne efeméride. Como hacen con gran éxito de público y crítica pueblos muchos más modestos de la provincia. Una ciudad normal quizá uniría nuestro nacimiento como Ciudad con el nacimiento el mismo día de su hijo más ilustre, Rafael Alberti, el marinero en tierra de nadie que incomprensiblemente aún no tiene una ruta literaria y sentimental como la que tienen escritores con menos prestigio en otras localidades.

Pero esta ciudad y sus gentes no hemos sido nunca muy normales. Los nacidos en este melancólico lugar llevamos tatuado en el genoma comunitario la indolencia y la ingratitud con las cosas nuestras. Con las cosas de todos.

Feliz cumpleaños, en cualquier caso, a la ciudad luminosa que deslumbró a Alfonso X, el sabio toledano que hace siete siglos y pico creyó en nosotros más que nosotros mismos.

 

18/12/2017 08:43 pepemendoza #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

YO FUI A LA FP: SAFA, COSECHA DEL 77

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Es un día sin fechar de primeros de septiembre de 1977. Aún no ha amanecido. Decenas de adolescentes de las localidades de Chiclana y Rota se hacen los remolones en sus camas. Cuesta la misma vida madrugar para empezar un nuevo curso escolar, tras las vacaciones de un verano en el que Mazzinger Z ha sido el amo del espacio y Rafaella Carrá la reina de las discotecas gracias a una fiesta que por lo visto fue fantástica. Los españoles mayores de veintiún años han descubierto también hace apenas tres meses la fiesta de la libertad, eligiendo a sus representantes por primera vez desde la Segunda República. Los tiempos, tiene más razón que un santo Bob Dylan, están cambiando. Aunque Gila asegura que da gustirrinín utilizarlas, los jóvenes españoles han decidido hacerle el boicot a las Filomatic. Y a las barberías. Se llevan los pantalones con unas campanas como las de la Iglesia Mayor de grandes. Y la lotería familiar de toda la vida se ha externalizado: ahora se llama bingo y hay uno en cada barrio.

Como todos los veranos de entonces, el de 1977 ha durado una eternidad. Pero septiembre ha llegado por fin para anunciar que la uva está más o menos madura y que la cosecha va a ser abundante y de buena calidad.

Los chavales y chavalas protagonistas de esta historia apenas han desayunado, nerviosos ante una  nueva etapa académica y vital que los va a llevar en los próximos años a una ciudad cercana que la mayoría apenas conoce. Con una libreta y un bolígrafo en la mano salen de casa, tras recibir los sabios y casi siempre ignorados consejos de las madres que los parieron hace,  más o menos, catorce años. Ten mucho cuidado que esto ya no es la EGB;  entérate bien de los libros que tienes que comprar; niña, ponte un rebequita que tan temprano hace fresco; toma hijo dos duros para que te compres un bocadillo en el recreo... Con la ciudad todavía a oscuras se encaminan hacia  la parada en la que varios autobuses calientan sus motores antes de partir hacia El Puerto de Santa María.

Mientras ellos viajan soñolientos e inquietos, decenas de chavales portuenses oyen sonar un despertador parecido y son zarandeados por unas manos parecidas para que se levanten y empiecen la misma liturgia que chiclaneros y roteños han acometido hace apenas una hora. A las ocho, en cualquier caso, ya con el Sol perfectamente maqueado brillando encima de la Plaza de Toros, como brillaba Travolta en la pista de baile de Fiebre del Sábado Noche, los muchachos y muchachas de esas tres ciudades formaran en el patio bajo las órdenes de los que van a ser sus profesores. “Los de la rama de Electrónica, Electricidad y Automoción, se vienen conmigo para el patio de los talleres. Los de la rama Administrativo y Comercial, se quedan aquí, por favor”.

Con cada uno ya en su clase y Dios en la de todos (ellos aún no lo saben, pero las Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia van a ser, sobre todo, una familia cristiana bien avenida), los futuros Administrativos empiezan a oír unas palabras rarísimas que parecen sacadas de La Guerra de las Galaxias. Cálculo Mercantil, Técnicas de Comunicación, Prácticas de Oficina, Humanística, Mecanografía, Taquigrafía…  La más rara de todas es, con diferencia, Estenotipia, que más bien parece una enfermedad que una asignatura.

Pasó ese día primero, y pasaron cientos, miles de días más persiguiéndose y persiguiéndonos, la vida corriendo que se las pelaba (aunque de eso fuimos conscientes muchos años después),  como cabalgábamos a lomos de aquella Olivetti 98 en la que había que alcanzar como mínimo 250 pulsaciones por minuto. La publicidad de las academias de la época decía que escribir a máquina era “una condición indispensable para obtener un trabajo con futuro”. Escribimos muchas cartas comerciales y algunas cartas de amor y algunos poemas desesperadamente malos. Descubrimos que los asientos contables no tenían patas, y que Caballero, además de un ponche, era también un método para aprender Taquigrafía. Y que además del cálculo que se les metía a los mayores en los riñones, había uno mercantil que nos metían a nosotros por las tardes y nos fastidiaba la sana costumbre de bajar a la plazoleta después de comer.

Es 30 de septiembre de 2017. Han pasado cuarenta años. Los chavales y chavalas de entonces vuelven hoy a verse para celebrar y rememorar aquellos maravillosos años. Algunas cosas han cambiado. Han cambiado el comedor y el bar de Pepe por el Hotel Las Dunas de San Antón, en el que van a almorzar entre sonrisas, lágrimas y recuerdos.  Han cambiado la gimnasia por el gimnasio. Han cambiado la ginebra de garrafón por una en condiciones. Han cambiado sus vidas de estudiantes por unas vidas laborales más o menos estables. Muchos han sido padres y madres, algunos son ya también abuelos. Don José Matiola y Don Julio Calzado profesores entonces, que también han querido sumarse a la fiesta, son hoy los amigos Pepe y Julio. Algunos compañeros partieron demasiado pronto hacia esa casa común más allá de las estrellas en la que un tal Jesús nos prometió que volveremos a vernos.

Pero en lo esencial, nosotros, los de entonces, los adolescentes de Chiclana, Rota y El Puerto que aquel día de septiembre coincidimos por primera vez, seguimos siendo, más o menos, los mismos. Alumnas y alumnos agradecidos (uno nunca es ex-alumno de la escuela donde descubrió el conocimiento, la amistad y el amor) de las Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia.

Yo fui a la FP. No sé qué hubiera sido de muchos de nosotros si aquella uva nueva no hubiera recalado en la viña de SAFA, en aquel  lejano y a la vez reciente mes de  septiembre de 1977. Si no hubiéramos formado parte de la estupenda cosecha en la que vivimos juntos la primera vendimia de nuestras vidas.

14/10/2017 23:51 pepemendoza #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

PAÍSES ANDALUCES

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Van ustedes a pensar que les estoy vacilando, o que me han metido un golazo por la escuadra los de El Mundo Today, pero ya les digo yo que no, que la noticia  que voy a contarles aparece esta mañana en algunos periódicos digitales. La ANA, que no es una amiga de Facebook con la autoestima baja, sino las iniciales de Asamblea Nacional Andaluza, acaba de ponerle fecha a la independencia de nuestra tierra. Como lo leen. Se declarará el próximo 4 de diciembre, aún no han dicho si por la mañana o por la tarde. Por respetar las tradiciones y no empezar con el lobby del carnaval en contra, yo esperaría por lo menos a que Los Majaras cumplieran con su cita anual en la calle Ganado para cantar el pasodoble de García Caparrós, aunque sea por última vez. Es más que probable que para el señor Pedro Ignacio Altamirano, líder de la ANA, el verso “pues no renunciaremos a nuestra autonomía”, tan reaccionario y corto de miras, sea la raíz de todos los males políticos que hoy nos asolan.

Lo cierto es que a partir de ese día ya no seremos Andalucía guapa gitana mujer morena, pues despertaremos libres de nuestras cadenas bajo el nombre de “Países Andaluces”, en plural, con un par, no como los muertos de hambre del Norte, gallegos, vascos y catalanes, que solo tienen uno y la mar de chico. Bajo esta nueva denominación de origen volveremos a ser lo que fuimos hace 3.500 años, cuando éramos Tartessos y el  PSOE ya hacía campaña en la primera Edad del Hierro para hacerse para siempre con el gobierno de la Comunidad.

Pero, ¡agárrense a Junior que vienen curvas!, nuestra República Federal pretende anexionar a la causa a  Murcia, el Algarve portugués y el Rif marroquí. Sobre estas tres sorprendentes incorporaciones, la ANA ha dicho que “los consideramos parte de Andalucía por lazos culturales y sociales”. O sea, que habrá que organizar un mínimo de cuatro referéndums, con sus correspondientes urnas y papeletas y sus cuatro declaraciones unilaterales de independencia, lo que nos va a salir por un pico y una pala, por lo menos en kilometraje y dietas. Se nos irá también una pasta en las academias de idiomas, pues habrá que sacarse por lo menos el B1 en  las cuatro lenguas oficiales que serán implantadas: andaluz, portugués, murciano y valenciano. Sobre el árabe, menos mal, no han comentado nada. Parece que de momento vale con el marroquí nivel regateo.

Han dicho  también que la mayoría de andaluces somos descendientes de castellanos ocupantes. Ha sido leerlo y he empezado a odiar con todas mis fuerzas independentistas la sopa castellana, el solomillo a la castellana y hasta los zapatos castellanos. Lo que hubiera cambiado nuestra ancestral historia de tiesos si, en vez de descendientes de castellanos ocupantes, hubiéramos sido descendientes de castellanos ocupados.

07/10/2017 21:09 pepemendoza #. sin tema Hay 1 comentario.

IMÁN EN EL CORAZÓN

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     Al único Imán al que le reconozco autoridad y al que acompaño en sus oraciones rockeras andaluzas desde hace más de cuarenta años, camino del águila o donde haga falta, es a Imán Califato Independiente, aquel grupo made in El Puerto que a mediados de los setenta enarboló la bandera de la buena música en una Andalucía que entonces no pasaba de ficción autonómica y hoy es, dicen, una realidad nacional. "No era sólo rock andaluz, era un estado de conciencia", tienen escrito los integrantes de la banda nacida en la primavera de 1976 que nos dejó dos álbumes impagables: Tarantos del Califato Independiente y Camino del Águila.

Imán es para mí, junto a Triana, Alameda, Cai y Medina Azahara, un recuerdo luminoso, la banda sonora de una adolescencia que me lleva a la playa de Las Murallas, donde algunas tardes de verano, cuando ya empezaba a anochecer y el mar era un rumor, salían de la tienda de campaña canciones como himnos que nos defendían de las inclemencias de los quince años recién inaugurados.

Es verdad que en aquellos años de libertad sin ira también sonaban guaperas a todas horas en el hit parade de la pista de coches de choque de Crevillet. Un contorsionosista, hijo del maestro Dominguín y de una bella italiana, que se creía superman. Dos hermanos que parecían Zipi y Zape ya creciditos, cursis como ellos solos, que adoraban a una tal Juani. O un tío bizco que decía que era como el aire, pegado a ti, siguiéndote al andar, cuando el acoso no estaba aún tan denostado. Nosotros no les veíamos el atractivo por ningún lado y nunca llegamos a entender que ocuparan un lugar destacado en los dormitorios de aquellas novias primeras, alimentando su histeria y sus sueños eróticos. Porque además de hacer una música infame tenían, estábamos seguros, más venas que una caja de huevas.

El rock andaluz: ahí sí que confluían la pureza, la independencia, el buen gusto y el sabor a Sur. Aquella búsqueda de ilusiones, de sueños y de libertad se hermanaba con la utopía colectiva e idealista que empezaba a construirse en la tierra de los hombres sin tierra. Jóvenes de pelo largo y de ataduras cortas, hijos del agobio y del dolor, revolucionaron el panorama musical de la época, creando la primera muestra de rock genuinamente español.

Vuelve Imán en esta melancólica tarde de verano, de la mano de Manuel Rodríguez, Marcos Mantero, Iñaki Egaña y Kiko Guerrero. Vuelven, y con ellos, los cigarritos aliñados, los tintos con casera en La Chocita y el saco de dormir. Y un montón de recuerdos situados en las regiones legendarias de mediados de los setenta.

Empieza a hacer cuarenta años de casi todo. 

25/08/2017 06:57 pepemendoza #. sin tema Hay 1 comentario.

MEJOR QUISIERA ESTAR LIBRE: EL LUTE Y EL PENAL DE EL PUERTO

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Se acaban de cumplir 36 años de dos efemérides que van indisolublemente unidas a la historia de nuestra ciudad. El 19 de junio de 1981, el gobierno de la UCD concedía el indulto a Don Eleuterio Sánchez Rodríguez, una persona que en su vida anterior había sido solo un personaje: El Lute. Apenas un mes más tarde, el 20 de julio, el Penal de El Puerto chapaba sus rejas para siempre, tras casi un siglo abierto como sucursal del infierno de Dante en pleno corazón de la Bahía. El Lute, cuando todavía era El Lute, y el Penal de El Puerto, cuando todavía era el Penal de El Puerto, sellan para siempre sus destinos en la Nochevieja de 1970. O tal vez en el Año Nuevo de 1971. Pero no adelantemos acontecimientos.

Los orígenes del Penal se remontan a 1891. Ese año se crea una Penitenciaría Hospital en el que fue el convento de la Victoria. El Gobierno decidió “crear un establecimiento especial para recluir a enfermos terminales y a otros de inutilidad parcial como ciegos, paralíticos, etc…”. Es nombrado director José Millán Astray, padre del futuro fundador de la Legión. Pero los problemas económicos del país demoran su apertura hasta 1896, año en el que llegan los primeros desahuciados sociales. La improvisación y la falta de seguridad hicieron que las fugas fueran constantes. Era fácil ver a los huidos corriendo por las calles de la ciudad ante el pánico de los vecinos. Según señala Manuel Martínez Cordero, autor del libro “El Penal de El Puerto de Santa María”, los internos convivían en “un antro de suciedad, de cochambre, donde se desconocía por completo el concepto de higiene… en un horrible hacinamiento, amontonados, como piaras de animales nauseabundos”. Esto hizo que los portuenses pidieran el cierre de la Penitenciaría Hospital. Las protestas fueron oídas y fue reconvertido como centro de reclusión de mujeres con capacidad para trescientas reclusas, aunque solo llegaron veinte a finales de 1902. En 1916, tras una gran reforma, pasó a ostentar la categoría de Prisión Central, sólo para internos varones.

El final de la guerra civil y la represión llevada a cabo por el gobierno franquista, sediento de cadáveres y venganza, convierte el Penal de El Puerto en uno de los centros penitenciarios más seguros y temidos del país. En 1940, el número de presos alcanza la cifra de 5.479, cinco veces más que antes del comienzo de la guerra. De una población masculina en la ciudad de 17.073 habitantes, 5.479 eran reclusos de El Penal, un 32,09 % del total de varones con residencia en el Puerto. Las cárceles españolas de la posguerra se parecen mucho a los centros de exterminio nazi durante la II Guerra Mundial. El historiador Gabriel Jackson afirma que entre 1939 y 1943 los prisioneros muertos por ejecución o por enfermedad en el país superan la cifra de 200.000. Martínez Cordero afirma que el número desproporcionado de presos en el Penal de El Puerto hacía que el ambiente en los dormitorios fuera irrespirable, a lo que había que añadir también la gran cantidad de chinches, piojos, pulgas y moscas en el contexto de una suciedad extraordinaria. El testimonio de un recluso hace también referencia al hambre: “el terrible fantasma había ya proyectado su siniestra sombra en el Penal de El Puerto”.

La muerte del dictador abrió un halo de luz y de esperanza entre las rendijas de los inexpugnables barrotes de ese pudridero de hombres. El 20 de julio de 1981, a las nueve de la mañana, el Penal cierra definitivamente sus puertas. Hoy es un lugar sagrado en el que se honra la memoria de tantos derrotados invencibles. La de miles de militantes de la vida sobre cuyo sacrificio está construido nuestro bienestar.

El Lute fue el delincuente más buscado del tardofranquismo. Quincallero pobre, portada de El Caso con la chaqueta raída y el brazo en cabestrillo, cara de Bélmez que aparecía y desaparecía misteriosamente, merchero experto en fugas que saltaba de los trenes en marcha como un Indiana Jones con hambre y sin glamour. En 1962, cuando fue detenido por primera vez por ser un reputado ladrón de gallinas, El Lute todavía no era El Lute, sino Eleuterio Sánchez Rodríguez, un chaval de 20 años, al que en su casa llamaban Terio o Luterio. En 1964 vuelve a ser apresado, ahora por el robo de cobre. Fue en 1965, tras el atraco a una joyería de Madrid junto a dos compinches en el que mueren un vigilante de seguridad y una niña, cuando Eleuterio pasa a ser rebautizado, por lo criminal, como El Lute. El policía que redactó la nota informativa de su detención fue el que le puso ese alias que terminaría convirtiéndolo en leyenda. A pesar de que nunca pudo probarse quién había sido el autor material de los disparos, un Consejo de Guerra le atribuye la autoría de los dos homicidios y le condena a muerte, pena que más tarde le sería conmutada por 30 años de prisión.

En los primeros días del mes de junio de 1966, cuando es trasladado desde el Penal de El Dueso a Madrid para testificar por el atraco a la joyería, El Lute se lanza de un tren en marcha y logra huir. Con heridas por todo el cuerpo, cruza a nado el canal de Castilla y recorre a pie 170 kilómetros. Caminar o reventar, no había más salidas. Dos semanas más tarde es detenido por la Policía de Tráfico en la carretera de Zamora-Salamanca. Un nuevo juicio por la fuga del tren, ahora en los juzgados de Palencia, le condena a 21 años de cárcel.

Las autoridades penitenciarias deciden trasladarlo al Penal de El Puerto, un centro de exterminio del que se hicieron eco hasta las coplas: “Mejor quisiera estar muerto que verme pa toa la via en ese penal del Puerto, Puerto de Santa María”. El Lute llega a finales de junio. Durante los cuatro años y medio de estancia en la prisión los funcionarios califican su comportamiento de ejemplar. El quinqui no sólo ha aprendido a leer y a escribir, sino que aprueba con buena nota la prueba de acceso a bachillerato de adultos. Los profesores del Instituto Padre Luis Coloma de la localidad vecina de Jerez de la Frontera, acuden a la prisión a examinarlo.

Pero las ansias de libertad, que es, como se sabe, uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos, no se aplacan de la noche a la mañana por muy preso ejemplar que uno sea. En la Nochevieja de 1970, cuando España entera se tomaba las uvas, o tal vez en el Año Nuevo de 1971, cuando ya Torrebruno y José Luis Barcelona nos deseaban la mayor de las felicidades, pues nunca pudo precisarse el momento exacto de la fuga, El Lute atraviesa sin compañía el agujero que ha horadado junto a otros reclusos en un plan perfectamente diseñado meses atrás.

A partir de entonces, el Régimen vende a El Lute a la opinión pública como la mismísima reencarnación de Satanás, aunque con algunas de las virtudes todopoderosas del mismísimo Dios, pues, según los telediarios, se hace omnipotente y omnipresente el mismo día y más o menos a las mismas horas en Málaga, en Sevilla, en Madrid o en la frontera vascofrancesa. ¡Qué viene El Lute, nos asustaban los mayores! Y todos corríamos, muertos de miedo, más que Ángel Nieto, Luis Ocaña y Mariano Haro juntos. “Dicen que anda por la calle Larga, preparando fechorías”, susurraba escondida detrás de una taza de café mi abuela Teodora. Mis tíos Manolo y Luisa vivían muy cerca del Penal y yo no quería ir nunca a ver a mis primos. Me imaginaba al peligroso delincuente saliendo de detrás de un rematojo, arrancándome de la mano de mi madre y retorciéndome el pescuezo como a las gallinas que robaba.

En junio de 1973, la policía lo localiza en Sevilla en un coche amarillo con matrícula de Cádiz. Es arrestado junto a su hermano El Lolo. Si no fuera por los uniformes, la foto de la detención bien podría ser las de unos amigos que han salido de copas y posan felices para inmortalizar una inolvidable noche de juerga. El Lute es de nuevo carne de presidio. Comienza también la construcción de su leyenda. Vicente Aranda lleva su vida al cine, interpretada por Imanol Arias. El grupo Boney M. lo convierte en una especie de bandolero bueno de la Transición. Pero el ciudadano Eleuterio Sánchez Rodríguez, según confesión propia, va a odiar durante muchos años a El Lute. Cumplió 18 años de prisión, hasta que en junio de 1981 le fue concedido el indulto. Licenciado en Derecho, escritor y conferenciante sigue creyendo que las cárceles no rehabilitaban ni antes ni ahora. Dice que su reinserción se produjo a pesar de la cárcel. A sus 75 años, con cinco hijos y cuatro nietos, confiesa que ya se ha reconciliado con el mito.

Hace unos años volvió al Penal de El Puerto, que ya no era tampoco el Penal de El Puerto sino el Monasterio de la Victoria, a dar una charla. De esa prisión criminal ya felizmente clausurada, recordaba sobre todo que “los presos miraban siempre hacia abajo, como burros, sin ninguna esperanza”. “Cuando entraba, os juro que he estado a punto de volver a escaparme”, confesó. Como aquella Nochevieja de 1970 o aquel Año Nuevo de 1971, que nunca estuvo claro, en la que El Lute y el Penal pusieron a nuestra ciudad en el mapa de España y en los telediarios.

CRÓNICA DE TRES MUERTES ANUNCIADAS

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¡CRIMINALES, VAIS A MATAR A UN GENIO!

Granada. Martes, 18 de agosto de 1936. Tres y cuarto de la madrugada. Ricardo Rodríguez camina en dirección a su casa tras pasar la noche jugando a las cartas. Al llegar al Gobierno Civil, ve a su amigo Federico salir escoltado por guardias y falangistas. “¡Criminales, vais a matar a un genio!”, grita desde lejos. Se libra por poco de ser detenido. El poeta va esposado con un maestro de escuela. Dos banderilleros anarquistas, también maniatados, cierran la cuerda de presos. Los cuatro hombres son introducidos en un coche que los traslada hasta Fuente Grande, muy cerca del barranco de Víznar. No hay luna esa noche.

Unos días antes, Ramón Ruiz Alonso, exdiputado de la CEDA, ha denunciado al poeta ante el Gobernador Civil de Granada. Se le acusa de ser socialista, masón y homosexual. Lorca, desolado, acepta el ofrecimiento de un buen amigo, el también poeta Luis Rosales, y se esconde en su casa. Un lugar que ambos consideran seguro, ya que dos de los hermanos de Luis eran destacados falangistas. Pero el domingo 16 de agosto la Guardia Civil se presenta en el domicilio de los Rosales y lo detienen. Acompañan a los guardias el ex diputado de la CEDA que lo ha delatado, y su compadre, Juan Luis Trescastro, un falangista fanfarrón y pendenciero muy conocido. El Gobernador consulta con Queipo de Llano qué debe hacer con el preso. Éste responde: “Dale café, mucho café”. Se le vio caminando entre fusiles, por una calle larga, salir al campo frío, aún con estrellas de la madrugada. El termómetro marcaba 16 grados. Fue  una noche oscura de verano.

Amanece en Víznar. En el Bar Pasaje, conocido popularmente como La Pajarera, los vecinos más madrugadores desayunan. Alguien abre bruscamente la puerta del bar y se acerca gritando al mostrador. Los paisanos giran  la  cabeza y reconocen enseguida al alborotador: es Juan Luis Trescastro. “Acabamos de matar a Federico García Lorca. Le he metido dos tiros en el culo, por maricón”, vocea orgulloso su hazaña. Así se lo va a hacer saber también horas más tarde al pintor Gabriel Morcillo, amigo de Federico: “Don Gabriel, esta mañana hemos matado a su amigo, el poeta de la cabeza gorda”.

Federico García Lorca, natural de Fuente Vaqueros, provincia de Granada, varón de 38 años, de profesión escritor, fue fusilado a las 4:45 de la madrugada del martes 18 de agosto de 1936, en el camino que va de Víznar a Alfácar, junto al maestro nacional Dióscoro Galindo y a los banderilleros anarquistas Francisco Galadí y Joaquín Arcollas. Fue una noche oscura de verano. No hubo luna esa noche.

 

¿CUÁNDO LLEGAREMOS A SEVILLA?

Un verso evocando la infancia. Un poema recordando a Guiomar. Las primeras frases del "Ser o no ser" del Hamlet de Shakespeare. Es el inventario vital, derramado en palabras esparcidas por papeles arrugados, que Antonio lleva consigo en los bolsillos del viejo abrigo que le cubre los días previos a su último viaje. Las únicas pertenencias del profesor de instituto que ya sólo recuerda la emoción de las cosas. De todo lo demás ha sido despojado. Hasta la vieja maleta en la que porta sus escasos enseres va a extraviarse al cruzar la frontera con Francia, la noche del 27 de enero de 1939.

Lo acompañan, en su vía crucis hacía el exilio su hermano José, Matea, la esposa de éste, y su madre, Doña Ana Ruiz, gravemente enferma. "¿Cuándo llegaremos a Sevilla?", pregunta la anciana a sus hijos en la confusión de la huida, con la cabeza y el corazón de vuelta ya a su juventud, en aquella primera vivienda de alquiler en el Palacio de Las Dueñas. El escritor Corpus Barga, con el que coinciden en la estación de Colliure, se ofrece a llevarla en brazos hasta al hostal Bougnol-Quintana, donde la familia va a hospedarse, Antonio y su madre compartiendo habitación. Por el contable del alojamiento sabemos que hay días en que los hermanos Machado se turnan para bajar a comer. Sólo tienen una camisa para cada uno y cuando toca lavarlas deben esperar a que el otro suba para intercambiársela.

“Tengo la certeza de que el extranjero significará mi muerte” había declarado el poeta a un amigo unas semanas antes. No sobrevive ni siquiera un mes a la pérdida de España, al dolor profundo del destierro. A las tres y media de la tarde del día 22 de febrero de 1939, miércoles de ceniza, Don Antonio Machado Ruiz parte en la nave que nunca ha de tornar. El ataúd baja la escalera de la pensión envuelto en una bandera republicana que le ha cosido durante toda la noche Juliette, la dueña de la mercería del pueblo. En el bolsillo de su viejo gabán apareció un trozo arrugado de papel con su último verso: “Estos días azules y este sol de la infancia”.

La noticia de la muerte del poeta recorre atravoesa Los Pirineos. Empiezan a llegar a Colliure decenas de españoles y franceses que quieren acompañar en el día de su último viaje al hombre bueno que nos habló de equipajes ligeros, del vino de las tabernas, de huertos claros y de limoneros, del viejo secreto de la filantropía.

Su madre, Doña Ana Ruiz, muere en la misma habitación tres días más tarde.

 

LOS OJOS SIEMPRE ABIERTOS

Es viernes, 27 de marzo de 1942. Josefina Manresa visita a su marido en la cárcel de Alicante. No lleva al hijo con ella, y Miguel, que presiente que no va a volver a verlo, se lo reprocha con lágrimas en los ojos: “Te lo tenías que haber traído. Te lo tenías que haber traído”. Josefina sabe también que el final está muy cerca. “Le toqué los pies y estaban fríos y con rodales negros. Tiene la ronquera de la muerte”, le dice al salir a su cuñada Elvira, la hermana de Miguel.

Sábado, 28 de marzo de 1942, víspera del Domingo de Ramos. “Sr. Jefe de Servicio: El oficial que suscribe tiene el honor de informar a Vd. que a las 5:30 horas del día hoy ha fallecido el recluso hospitalizado en este enfermería Miguel Hernández Gilabert. Significo a Vd. que el haber salido el cadáver con los ojos abiertos ha sido debido a no poder cerrárselos por medios naturales, según me manifiesta el médico auxiliar recluso”. Aprovechando la relajación en la vigilancia, algunos de sus compañeros de celda logran salvar, escondiéndolos en dos bolsas, las cartas y poemas que Miguel ha escrito en la cárcel.

Josefina vuelve a la prisión a media mañana. Cuando pone la fiambrera con la comida en la taquilla, un funcionario se la rechaza mirándola a los ojos. Ella se va sin preguntar nada. Ya lo sabe todo. A la salida, recuerda una de las últimas frases que le ha dedicado su marido: “¡Ay, Josefina, qué desgraciada eres!”.

La muerte del poeta ya es conocida por familiares y amigos, que van compareciendo en la puerta de la prisión para hacerse cargo del ataúd y llevarlo al cementerio. No está su padre. “Él se lo ha buscado”, responde a quienes se acercan a su casa a darle el pésame. Cuando el cortejo fúnebre llega al campo santo se le prohíbe quedarse a velarlo, pues es allí donde cada noche llevan a fusilar a los presos condenados a muerte. Lo entierran a la  mañana siguiente. Con los ojos abiertos, pues no pudieron cerrárselos.

“No me perdonarán nunca los señoritos que haya puesto mi poca o mi mucha inteligencia, mi poco o mi mucho corazón, desde luego a dos cosas más grandes que todos ellos juntos, al servicio del pueblo de una manera franca y noble”, dejó escrito.

No le perdonaron nunca los señoritos que fuera fiel a los vientos del pueblo, a los aceituneros altivos, a los niños yunteros. Que se alistara, como Federico y Antonio, en el bando de los perdedores de la Historia. El bando en el que militan, desde el inicio de los tiempos, los que sangran, luchan y perviven por la libertad.

(Artículo leído en el acto ‘Música y Poesía por la Memoria en el Penal de El Puerto’, celebrado el 18-07-2017, en El Puerto de Santa María)

BRICOMALAJES

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     Hay encargos domésticos que te arruinan el día. Yo oigo la frase “acércate un momentito a la ferretería” y se me cae el alma a los pies. Momentito y ferretería es un oxímoron, como lo de hielo abrasador y fuego helado pero sin pizca de lírica. Por muy simple que sea lo que tienes que comprar, a la ferretería siempre hay que ir por lo menos dos veces. Cuatro viajes como poco, dos de ida y dos de vuelta. Un montón de momentitos. Si, además, uno no tuvo demasiada suerte con la herencia genética que le dejó nuestro ascendiente más mañoso (el Homo Habilis, en el árbol genealógico de la familia), comprenderán que un servidor sufra una considerable bajada de tensión en la autoestima cada vez que oye el recado maldito.

Esa tara en el ADN la huele el ferretero en cuanto te ve entrar. Das las buenas tardes y por la forma en que te acercas al mostrador ya sabe perfectamente que tienes la misma soltura en las manos que un click de Famobil. Pides un simple tornillo de mierda, para terminar de montar un simple zapatero de mierda de esa república independiente pero iletrada en la que los que meten las cosas en las cajas no saben ni contar, y te acribillan a preguntas malintencionadas. Como si en lugar de en una ferretería estuvieras en El Objetivo de Ana Pastor. En el convenio colectivo de esa gente debe de haber un plus por humillar a los que aprobamos por lástima la Pretecnología de la EGB.

Hace ya muchos años mi padre me mandó a comprar un martillo. El dependiente, que tenía la misma sensibilidad que el Hombre de Hojalata después de encontrarse con la bruja, empezó a dispararme signos de interrogación en cuanto terminé de decir “quería un martillo”. “¿Un martillo? ¿Qué tipo de martillo? Porque martillos hay de muchas clases… ¿De bola?, ¿de cabeza metálica?, ¿de maceta?, ¿de mocheta?, ¿de orejas?, ¿de tramoyista?”. Yo, con la autoconfianza chorreando sangre, balbuceé como pude que un martillo de los de toda la vida, de esos que le dan collejas a una puntilla hasta que la pobre se queda quieta con la cabeza fuera y el cuerpo consagrado a  la vida interior a salvo de los peligros del mundo. El tipo no le gustó nada mi microrrelato y empezó a mirarme con cara de mala leche. A mí y a algunas de las herramientas que tenía de exposición. Salí corriendo y no paré hasta llegar a casa. Creo que le dije a mi padre que la ferretería estaba cerrada por defunción. Casi. Por poco.

No se si lo han notado, pero me dan muy mal rollo las ferreterías. Y la mayoría de los ferreteros, esos bricomalajes con la empatía oxidada. ¿Qué se puede esperar de un gremio que le vendió a Pilatos los clavos de Cristo?

19/05/2017 08:03 pepemendoza #. BRICOMALAJES Hay 1 comentario.

ARIZA, EL INTERIOR ALEGRE

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     En el otoño de 1973, mi familia se mudó a Crevillet. Crevillet era entonces un paraíso casi virgen, con unas cuantas barriadas enclavadas entre arboledas perdidas bañadas por las olas cálidas y domésticas de La Puntilla. De la plaza de toros para adelante, todo era Crevillet. Nosotros recalamos en la barriada Francisco Dueñas, que pronto fue rebautizada por los oriundos del lugar como los pisos del Sindicato y por la policía como el Distrito 21.

Yo tenía nueve años y el Brasil del 70 me cautivó de tal manera que tuve clarísimo a una edad tan precoz lo que quería ser de mayor: feliz y futbolista, por ese orden. No un tuercebotas cualquiera, sino un pelotero de categoría. Pelé mismo. Y si no podía ser, porque pedirse Pelé era mucho pedir, por lo menos Tostao, que además del nombre también tenia la cara como el pan del desayuno. O Rivelino, que metía golazos de falta justo por el hueco que había dejado tras agacharse un compañero incrustado en la barrera contraria.

Así que entendí aquella mudanza como un regalo del destino que me llevaría irremisiblemente a convertirme en un futuro no muy lejano en un fijo de la selección de Kubala. En la calle San Sebastián, nuestro domicilio anterior, era imposible romper en futbolista con una pelota gigante de Nivea en una diminuta casapuerta de tres por tres. Pero en Crevillet, donde había un campo de fútbol en cada esquina y partidos a todas horas, mi ascensión al olimpo de los dioses del balón estaba cantada. Lo que allí disputábamos no eran exactamente partidos, sino desafíos, palabra que tenía un componente épico añadido del que carecían los enfrentamientos en el recreo del colegio. Que los de Fermesa me han pedido un desafío. Que los de la barriada La Playa dicen que estamos cagaos y que por eso no queremos desafíos contra ellos. Que los de Los Marineros quieren repetir el desafío del sábado porque el gol que nos dio la victoria fue alta. Y que les devolvamos las Caseras, que si no nos vamos a enterar.

Justo enfrente de mi calle, en la barriada San Francisco Javier, vivía un chaval algo mayor que yo, del que me hice pronto amigo, que manejaba las dos piernas con exquisita solvencia y remataba de cabeza como si fuera Santillana. Además, mientras todos los del equipo salíamos a jugar con los dientes apretados y con la cara de los indios en las películas del Oeste, él saltaba al campo siempre riéndose, como el que va a contar chistes en un bautizo en lugar de a jugarse la vida contra los enemigos acérrimos de la barriada de enfrente.

Era tan bueno, que pronto vinieron a por él y empezó a jugar en un equipo federado, que era como alcanzar la internacionalidad en el barrio. Fue el interior derecho, el interior alegre, del Zeppelín y de La Salle, un 8 con llegada y disparo, cuando los números en el dorsal todavía decían algo. Jugar en un campo de verdad, con dos porterías de verdad en vez de dos piedras, y con la cal delimitando el campo en lugar de tener que marcar las líneas arrastrando las Tórtolas por la arena, no estaba entonces al alcance de cualquiera. Yo ya me lo imaginaba saliendo de un sobre de estampas vestido de blanco, pues era madridista confeso, y pegándolo con engrudo en el álbum de la Liga. Amancio, Ariza, Santillana, Velázquez  y Roberto Martínez.

José Luis Ariza Villar, nuestro amigo Ariza, jugó siempre como jugaba con nosotros en el barrio: defendiendo la alegría, disfrutando cada minuto dentro y fuera del campo. Se juega como se vive. Pasaron los años y cada vez que nos veíamos uno siempre salía mejorado del encuentro. Si cierro los ojos, puedo verlo en un cromo de la época, mediados de los 70, en un álbum en el que ya hay demasiadas ausencias, posando, atlético y feliz, con la camiseta a cuadros verdiblancos del Zeppelín, en el centro del campo del colegio La Salle. Y riendo, siempre riendo.   

ELOGIO DEL LUNES

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   Siempre he creído que los fines de semana están sobrevalorados y que los principios no merecen tan mala reputación. Aquí tienen, casi sin estrenar todavía, al pobre lunes, un día estupendo que a mí siempre me ha parecido humilde, formal y sensato. No tiene los aires de grandeza del viernes, ni la cabeza llena de pajaritos como el sábado. Pero es como ese amigo que no va de nada y que siempre está cuando lo necesitas.

Fue un lunes cuando Dios se puso manos al obrón y echó la peoná más agotadora de las seis que inauguraron la primera semana laboral del primer autónomo. Creó Dios los cielos, la tierra y la luz, dice el plumilla del Génesis. El techo, los cimientos y la instalación eléctrica natural, ahí es nada. Se ganó a pulso la categoría profesional de Sumo Hacedor. Y, de paso, dotó al lunes de un compromiso con las dignidades del trabajo que no hemos sabido valorar.

Un lunes fue el día en el que el hombre puso un pie en la luna por primera vez. Un pequeño paso para el hombre y otro gran paso para el prestigio emprendedor de los lunes. La Primera Guerra Mundial acabó un lunes y fue un lunes también cuando los nazis se rindieron en la Segunda. Una manera justa, democrática y esperanzada de empezar la semana.

La gente le tiene mucha manía al lunes. A casi todo el mundo se le hace larguísimo, pero eso es porque el lunes lo empezamos, emocionalmente, el domingo por la tarde, a esas horas feas que son como los minutos de la basura del baloncesto y en la que no hacemos otra cosa que lamentarnos de la insoportable levedad del fin de semana.

Cuando lo tratas y te desprendes de los prejuicios, el lunes es encantador. Es el día de las pequeñas cosas: el repaso a primera hora de la lección, los buenos olores, el café bien conversado, el propósito de enmienda, los reencuentros. Cada día de la semana tiene sus imágenes legendarias en la memoria de uno y yo siempre me veo dentro del mismo lunes. Un lunes invernal, frío y soleado de la infancia en el que llego a la escuela por detrás de la bocina, con el babi otra vez limpio y otra vez con todos los botones. Y luego ya en la fila, atravesando el patio de la SAFA, caminando soñoliento en dirección a la clase. No había fila más prieta que la que formábamos los lunes.

Yo defiendo el limpio y humilde batallar de los lunes, su borrón y cuenta nueva, su inercia resucitadora. El mundo se acaba los domingos, a eso de la media tarde. Afortunadamente, vuelve a comenzar los lunes.

LOS OTROS

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     Para no dejarse los cuartos en el psiquiatra hay que tener una doble vida. Ser otro, además del que el Registro Civil dice que somos. San Agustín, que sabía latín, ya defendía hace quince siglos ese desdoblamiento de personalidad: “Yo soy dos y estoy en cada uno de los dos al completo”. Merece la pena construirse una segunda existencia en la que vivir a salvo de contradicciones y amenazas. Como Mortadelo cuando se disfraza para huir de sus jefes. La vida es muy corta, pero hay días malos que se hacen larguísimos en el que todos necesitamos que nuestro álter ego nos rescate de un naufragio interior, de un insomnio cruel o de un grupo de whatsapp. 

     Tener una doble vida te compromete a cuidar de otra familia y de otros amigos. Es probable que tus íntimos de siempre no lo entiendan y que se vivan momentos de tensión. Que si tú estás muy raro últimamente. Que si no nos haces ni puñetero caso. Que si no te soporto cuando callas porque estás como ausente. No vamos a idealizar  esas otras amistades porque también tienen sus cosas, como todos, pero son gente de bien que estuvo cuando había que estar. Por alguna extraña jugada del destino, un día coincidisteis en algún cruce de caminos y se quedaron contigo para siempre. Puedes decir más cosas de ellos que de algunos primos o cuñados. Cuando llegaron tal vez te sentías solo, quizá deprimido, y unas palabras suyas bastaron para animarte, para proporcionarte compañía o una esperanza a la que agarrarte. Qué gente más maja.

     A mí esa doble existencia y esos otros amigos me han salvado la vida muchas veces. Para ayudarme a sobrellevar un taciturno amor de juventud, un domingo luminoso apareció por mi cuarto Florentino Ariza, y me preguntó si había visto a Fermina Daza, a la que llevaba medio siglo buscando en un “ir y venir del carajo”. Una mañana de invierno de hace más de treinta años, navegando a la deriva, me encontré en medio del mar con Santiago, un viejo pescador que luchaba sin desfallecer contra un pez de espada que era más grande que su barca mientras me hablaba con su ejemplo de la obligación moral de no rendirse nunca ante las adversidades. Recuerdo también aquel atardecer lejano en el que Rafael, un vecino también con más vidas que un gato, me sacó de paseo por mi pueblo y me llevó a un melancólico lugar de retamas blancas y amarillas al que llamaba la Arboleda Perdida.

     Una sola existencia no da para mucho. Lo sabía aquella señora que le reprochaba a Mia Farrow, en La rosa púrpura de El Cairo, que se hubiera enamorado del actor de carne y hueso en lugar del personaje que el actor representaba en la pantalla. “¡Le está bien empleado, por quedarse con el de verdad!”, bramó enfadada a la salida del cine.

  Hay que tener una doble vida. La literatura es Alicia recordándonos desde su país maravilloso que con una sola no basta.

10/03/2017 07:46 pepemendoza #. LOS OTROS Hay 1 comentario.


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