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El blog de Pepe Mendoza

RESURRECCIONES

RESURRECCIONES

     Hace algunas semanas, Rosa Montero escribía en El País sobre todas esas ocasiones en las que pudo haber muerto. De las que fue consciente y de las que no. ¿Cuántas veces nos habremos salvado por un pelo sin saberlo?, se preguntaba mi amiga en su estupendo artículo. ¿Cuántas resurrecciones inexplicables acumulamos en la mochila?, me pregunto yo.

     Según cuenta mi madre, yo nací justito de entusiasmo y de oxígeno. Nadie, por otra parte, me dijo que mi primera comparecencia aquí había que hacerla  berreando y vacilando de pulmones. Para resucitarme, la matrona me dio tal paliza que casi me mata. Algunos años más tarde me suicidé con éxito -con el éxito de todos los suicidios frustrados- en la piscina municipal, sin que nadie me advirtiera tampoco de que Arquímedes, uno de los putos amos de mi libro de Naturales, era un impostor. No era verdad que todos los cuerpos sumergidos en un fluido reciben un empuje hacia arriba igual al peso del volumen del fluido que desalojan. Al menos, no los cuerpos de los niños que no saben nadar. Pero tuve suerte: alguien volvió a confundirme con Lázaro.

     Ya de mayor, una mañana de perros Isabel y yo vimos a La Parca escondida entre la niebla, mientras subíamos a los Lagos de Covadonga en un Renault 5 hecho polvo por unos desfiladeros que lindaban directamente con el Más Allá. Pudimos darle esquinazo. O, quién sabe, otro alguien, décimas de segundo más tarde, decidió devolvernos de nuevo a este lado de la vida. Todo eso sin contar, como dice Rosa, las veces en que pudimos estirar la pata sin enterarnos. El día en que la cornisa esperó a que pasáramos antes de desplomarse, la tarde en que cancelamos a última hora el último viaje, o la madrugada en la que el corazón decidió tirar para adelante tras un instante de duda.

     Y así, salvación tras salvación, una resurrección tras otra, hoy hace cincuenta años que aparecí por las tablas de esta  tragicomedia en dos actos. Como los protagonistas de El amor en los tiempos de cólera, uno está encantado de poder seguir, aunque sea por un pelo, “en este ir y venir del carajo”. Y cree uno también, con el mismo fervor del narrador de la novela, que es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites.

     (Diario de Cádiz, 14 de marzo de 2014)

MACHADO EN EL PUERTO

MACHADO EN EL PUERTO

     El pasado sábado se cumplieron 75 años de la muerte de Antonio Machado. Llegó a la frontera francesa al anochecer de un 27 de enero de 1939, desfallecido y gravemente enfermo, huyendo del fascismo analfabeto y cuartelero de los que se autoproclamaron nacionales, él, nuestro poeta nacional por excelencia, referente moral e intelectual de la España más decente. Lo acompañaban su madre, Ana Ruiz, de 88 años (¿cuándo llegaremos a Sevilla?, preguntaba la anciana), su hermano José y la esposa de éste. Como no tenía dinero para abonar la pensión, se ofreció a pagarle a la casera en poemas. Falleció en Colliure, a las cuatro de la tarde del 22 de febrero de 1939. En un bolsillo de su viejo gabán apareció un trozo arrugado de papel con su último verso: "Estos días azules y este sol de la infancia". Su madre murió, también de pena, tres días después.

     Según cuenta el perito en poetas Paco Arniz, hay constancia documental de que Don Antonio estuvo en El Puerto al menos en dos ocasiones. La primera, en octubre de 1915, para asistir como testigo a la boda de su hermano Francisco, funcionario de prisiones destinado en nuestra ciudad, con la portuense María de las Mercedes Martínez López, en la parroquia de San Joaquín. La pareja vivió en el número 76 de la calle Cielo durante dos años, hasta que se trasladaron a Cartagena. La segunda, en junio de 1916, invitado al bautizo de su sobrina, Ana Eulalia María de las Mercedes. La abuela Ana fue la madrina. En esta segunda visita, que se prolongó por espacio de un mes, el poeta aprovechó para reencontrarse con un mar que no había vuelto a ver desde niño. "Si quieres saber algo del mar, vuelve otra vez, un poco pescador y un tanto pez", dice uno de los versos del único poema datado aquí, Apuntes, parábolas, proverbios y cantares.

     Me gusta pensar que fue feliz entre nosotros. Lo imagino de paseo por nuestras calles, tocado con su sombrero y esa sonrisa tímida y plácida con la que aparece en los libros, disfrutando en familia de esos días azules. En una foto que nunca le hicieron puedo verlo asomado a la ventana del número 76 de la calle Cielo, contemplando, con la mirada limpia de los hombres buenos, ese sol de la infancia.

     (Diario de Cádiz, 28 de febrero de 2014)

EL VIEJO TEATRO

EL VIEJO TEATRO

     En la butaca de una sala de un desangelado multicines, un hombre de mediana edad se queda dormido y comienza a soñar. Sueña que está en el mismo lugar en el que caído rendido en los brazos de Morfeo, pero la película que se proyecta no es la misma. En la nueva, un niño y sus amigos compran chucherías en un carrillo con visera de lona y ruedas de bicicleta. Con los bolsillos reventones de citratos y pepitas de calabaza, a la voz de tonto el último, los chavales doblan la bocacalle y entran excitados en un viejo teatro. En cuanto el acomodador les rebaña las entradas, suben a empujones las escaleras de madera hasta aterrizar en un gallinero vestido de blanco y oro.

     Un timbre anuncia que la sala va a ser tomada por una oscuridad como de plomos fundidos. Suena la música metálica del NODO: ¡Noticiarios documentales cinematográficos, presenta...! El reloj de pulsera del crío dice que son las cuatro de la tarde de un domingo sin fechar. Ruge el león de la Metro saludando a la muchachada y rugen los cientos de cachorros que esperan ansiosos que de la pared grande salga una buena historia en la que ganen los buenos por goleada. Decenas de trailers de clásicos infantiles rejuvenecen bajo la luz antigua de lo eterno. Es eterno el hombre que sueña feliz en la incómoda butaca del multicines. Es eterno el niño que le acuna desde el otro lado de la pantalla. Son eternas las vidas recién estrenadas que florecen en ese templo civil de elegantes candelabros en el que un puñado de héroes vengan cada domingo las penurias de la semana.

     El hombre se agita ahora en la butaca con la respiración acelerada. Está en medio de un incendio en el que puede oír el crepitar de las tejas y distinguir el olor a madera quemada. Pese a ese abismo de humo negro que se divisa en una esquina de la pantalla, el proyector sigue exhibiendo las películas que el crío guardó en la cabina de la memoria mucho antes de que aquel coloso humilde fuera abrasado por las llamas.

     El hombre se despierta asustado, mira su reloj de pulsera (han pasado treinta años), sale de la sala y se pierde entre la niebla desvaída del tiempo. Dentro, el león y los cachorros siguen rugiendo. No hay quien pueda con los buenos.

     (Diario de Cádiz, 14 de febrero de 2014)

AGENCIAS DE COLOCACIÓN

AGENCIAS DE COLOCACIÓN

     A la Secretaria Provincial del PSOE le ha parecido muy mal que Moresco haya encontrado curro en Diputación nada más anunciar que dejaba la alcaldía. Son las ventajas de pertenecer a una de las agencias privadas de colocación más importantes de este país, el Partido Popular. Irene García lo sabe de sobra, pues es directiva del PSOE, la otra gran agencia que gestiona, en régimen de duopolio con el PP, la mayoría de los puestos mejor remunerados de la Administración Pública española.

     Dice que Moresco no tiene los conocimientos suficientes para ser el gerente del Patronato de Turismo. ¿Y eso que tiene que ver? ¿Desde cuándo en política la formación  es un requisito a tener en cuenta? En la agencia PSOE hubo un maestro de escuela que le cogió tal alergia a la tiza que se hizo Delegado de Educación, Director General de Empleabilidad y Formación Profesional, Director General de Juegos y Espectáculos y no se cuántas cosas más. Todo es ponerse. Izquierda Unida tiene de portavoz en el Congreso a un señor al que no se le entiende ni papa. Además, esa plaza de gerente se lleva desde el catamarán. De hecho, ha estado cuatro años sin cubrir. Cuando la agencia que entonces presidía Cabaña tuvo la subcontrata de Diputación fue ocupada por un licenciado en Educación Física y por un delineante. Hasta una peluquera cuentan las malas lenguas que gestionó el turismo provincial.

     También ha dicho la señora García que el PP gobierna la provincia como si fuera un tablero de monopoly. Es verdad, pero su empresa, en los años en que fuimos imparables, montó en la función pública andaluza un juego de la oca gigante (de oca a oca y el partido me coloca) con la inestimable colaboración de UGT, esa franquicia hermana hoy agrupada en torno a la hucha final. Es lo que se conoce como Administración paralela. Más de 20.000 puestos de trabajo fijos sin pasar por la preceptiva oposición. 

     Teoría de las élites extractivas le llaman los expertos a estas ofertas que Vito Corleone aseguraba que no se podían rechazar. Grupos de interés particular dedicados a captar rentas públicas con el exclusivo fin de mantener a los suyos a costa del contribuyente. El turnismo de Cánovas y Sagasta, los viejos yacimientos de empleo de toda la vida.

      (Diario de Cádiz, 31 de enero de 2014)

LA PIEZA DEL MES

LA PIEZA DEL MES

 

 

 “La pieza del mes”, iniciativa cultural que puso en marcha el ayuntamiento de la que fue la antigua ciudad de El Puerto de Santa María (1184 a.de C.-2098), cumple 200 años. Esta actividad de difusión museística se mantuvo incluso durante las dos guerras: la germano española, que anexionó la península ibérica al IV Reich (2039-2045), y la guerra del Todo a Cien, una prolongada contienda comercial iniciada a finales del siglo XX que transformó al viejo continente en la actual República Popular Europea de China. En el año 2098, el municipio, que bajo la dominación alemana pasó a llamarse El Puerto de Brandeburgo, cambió su nombre por el actual: Bazar de Santa María.

 Para celebrar el bicentenario, la multinacional El Corte Chino, que gobierna la península ibero asiática desde hace cuarenta años, va a exponer en el Centro Comercial La Gran Muralla-Iglesia Mayor Prioral dos objetos arqueológicos que nos retrotraen a los primeros años del siglo XXI, los últimos de la democracia. El primero es una pluma estilográfica, instrumento decimonónico de escritura con un depósito de tinta líquida que fue sustituido por los hoy ya también vetustos teclados. Los expertos aseguran que perteneció a uno de los ideólogos de Por el Puerto Vivo, una rebelión cívica nacida del  hartazgo ciudadano ante la incapacidad de los partidos tradicionales por gestionar el patrimonio común, y que llegó a gobernar el municipio con dos mayorías absolutas. El segundo es un cuchillo jamonero con rastros de sangre, de procedencia aún indeterminada. Unos aseguran que es el arma con el que fue asesinado un alcalde, antes de terminar su mandato, por sus propios compañeros de partido. Otros creen que sirvió para ejecutar el parricidio, a manos de su hija política preferida, de un regidor anterior condenado por la justicia.

     El acto central de la efeméride contará con la presencia del grupo musical Shin-chan y sus coquineros. A la finalización se servirá un almuerzo consistente en cazón en adobo con salsa agridulce, pollo con almendras de garrapiñada y raya en amarillo con bambú y setas, todo ello regado con alcohol de arroz de la tierra. A los postres se degustarán las típicas tejas de Pekín.  

      (Diario de Cádiz, 17 de enero de 2014)

        

REGALOS

REGALOS

     Desde que una tarde lluviosa de invierno te sentaron en la bodega de Osborne encima de un señor con falda con pintas de no haber pisado jamás una barbería, y que amablemente te entregó un paquete grande envuelto en papel de embalar, ya nunca te abandonó la intuición de que, hubiera lo que hubiera dentro, eran la magia, la ficción y el juego los verdaderos regalos que debías cuidar con esmero el resto de tu vida.

     Poco importó que años más tarde un día de fin de año descubrieras por casualidad un paquete parecido encima del mueble de la cocina, confirmando lo que el listillo de la clase había venido propagando desde el inicio del curso: que los reyes no eran tres, sino cinco, y que una de ellos era reina. Aquella primera pérdida de la inocencia cambió para siempre tu manera de mirar el mundo, pero con el tiempo te alegraste porque esas dos nuevas incorporaciones al cortejo real humanizaron aún más el establo de Belén. De hecho, aquellos magos,  que no venían de Oriente sino de una infancia de pan negro y tuberculosis, también tenían poderes sobrenaturales. Con un sueldo miserable, cuando lo había, hacían, nunca mejor dicho, unos números prodigiosos. Pucheros que aumentaban el tamaño de la olla; prendas que traspasaban armarios al inicio de cada estación; cuentos y tebeos que crecían y se multiplicaban en el liberato de Casa Juana, la biblioteca pública de la época.

     En lo sustancial, eres el mismo mocoso que espera con ansiedad que le cuenten  buenas historias con las que poder seguir iluminando las habitaciones oscuras de la infancia. El adulto que, a pesar de los achaques, acude cada sábado con sus compañeros al patio del recreo a echar un desafío aunque sea de portero y que sigue gritando mientras corre hacia el centro del campo que penalti gol es gol. El que subido a la torre más alta del Exín Castillos se reconoce sin avergonzarse en el niño que juega abajo con sus amigos a las chapas, al boli o al trompo. El que colorea los días grises de la madurez con el estuche de lápices Alpino.

     Nadie envejece por dentro si sigue creyendo a pies juntillas en la magia, la ficción y el juego, esos regalos antiguos que, si se cuidan bien, duran toda la vida.

     (Diario de Cádiz, 3 de enero de 2014) 

LA CENA DE LA EMPRESA

LA CENA DE LA EMPRESA

     Aquella cena se chamuscó mucho antes de entrar en los fogones. A priori, las previsiones de asistencia eran de lo más optimistas, pues se acababa de firmar el acuerdo de pesca con Galilea. Pero, como pasa siempre, al final la gente se fue borrando. Que si en La Sacristía se come fatal, que si a mí me gustan los gin tonics en vaso largo y no en cáliz, que si en el karaoke de enfrente sólo ponen canciones de misa… Acudieron trece trabajadores (encima trece). Ninguna mujer.

     El mal rollo ya se evidenció a la hora de tomar asiento. Nadie quería tener al lado a Juan, con una bien ganada fama de pelota; ni a Judas, un tío raro raro que daba besitos muy comprometedores. En lo único que se pusieron de acuerdo en toda la noche fue en colocarse del mismo lado de la mesa para que Leonardo da Vinci no tuviera problemas con el enfoque y le dieran el Pulitzer en el Renacimiento. Cuando llegó el primer plato, cordero lechal, Felipe comentó contrariado que si él había dicho que quería dorada a la espalda por qué tenía que comer cordero. “Porque así está escrito”, dijo Don Jesús, el jefe de personal, en una de esas contestaciones tan suyas. “Estará escrito ahora mismo -dijo Andrés-, porque en el tablón de anuncios ponía plato a elegir”.

     El vino, tan abundante como el pan (verás que al final morimos engollipados, sin conflicto y sin épica, y se malogra el best seller, se oyó por una punta), empezó a hacer efecto. Cuando Don Jesús tomó la palabra para hablar en nombre de la empresa de una nueva alianza, Pedro, uno de los más cañeros del comité, manifestó que si eso suponía una pérdida de derechos laborales, esa misma noche cerraban la lonja. La tensión se disparó cuando Judas miró a Don Jesús con cachondeito y  propuso lo del amigo invisible. Éste habló de deslealtades y traiciones. Hubo algunos que se comieron el postre en la barra porque decían que en la mesa nada más que había chivatos.

     Lo que vino después, ya lo saben: el “maestro, ¿seré yo?”, la mayoría cantando con la lengua pastosa el Vaporcito de Cafarnaúm, el simpa a la salida del restaurante, el movidón en el huerto… Con mujeres, el relato hubiera sido el mismo pero de otra manera. Se les fue de las manos aquella cena. Fue la última, claro.

     (Diario de Cádiz, 20 de diciembre de 2013) 

EFECTO ALEJANDRO

EFECTO ALEJANDRO

  Cuenta Jorge Valdano que una vez le pidió consejo al entrenador Carlos Bilardo sobre cómo superar una depresión provocada por una lesión de la que no terminaba de recuperarse. “Dese una vuelta por un hospital y si no mejora haga una excursión al cementerio”, le espetó el mister sin apenas mirarlo.

     En las instalaciones de la piscina municipal se celebra este fin de semana el XIV Campeonato de Andalucía de Natación Paralímpica. Más de un centenar de participantes van a tomar las calles de agua), en una de las más hermosas manifestaciones de rebeldía contra las apariencias que uno conoce. A día de hoy los que intentan joderles la vida recortando en dependencia no han regulado todavía multas que sancionen esa subversiva demostración de dignidad. Rebelde el invidente que no se resigna a ser engullido por la oscuridad. Rebelde la chica con brazos distintos que tira de casta para ayudarse en el braceo. Rebelde el joven con piernas invisibles que las bate con el alma. Rebelde la down que compite con un cromosoma de más y unos cuantos prejuicios de menos. Rebeldes con causa y con un par que se han prohibido a sí mismos decir no puedo.

     Si según el efecto mariposa el aleteo de ese bichito coqueto se puede sentir al otro lado del mundo, imagínense lo cerca que sentimos los incondicionales de mi sobrino Alejandro, que esta tarde debuta a las seis en la prueba de 400 libres masculino, las brazadas de nuestro héroe favorito. Sus hazañas vitales y deportivas han mejorado, y de qué manera, la salud de todos los miembros de su cada vez más numeroso club de fans. El efecto Alejandro protege nuestras defensas por dentro y por fuera mucho mejor que el Actimel.

     En estos tiempos de indolencia cobarde, ver a mi sobrino y a toda esa legión de titanes fieramente humanos lanzarse a la piscina confiando en sus propias fuerzas, suscita más admiración que piedad, más orgullo que conmiseración, más envidia que pena. Ese derroche de contagioso amor propio nos provoca a todos, de vez en cuando, una vergüenza igual de propia, que nos viene divinamente para limpiarnos de vanidades, gilipolleces y otras adherencias. Como terapia, no me digan que no, es más esperanzada que la que Bilardo recomendaba a Valdano.

     (Diario de Cádiz, 6 de diciembre de 2013)

EL PUERTO EN UN, DOS, TRES

EL PUERTO EN UN, DOS, TRES

     El miércoles le dieron el premio Ondas al concurso Un, dos, tres, probablemente el más famoso de la historia de la televisión española. Lo merece. No había share entonces, ni el INE midió nunca el número de personas con silla de enea bajo el brazo que podían apretujarse aquellas noches de los viernes de los primeros setenta en la humilde salita de una casa de vecinos. Pero cuando la calabaza Ruperta se asomaba cantando que ya estaba con nosotros otra vez, la audiencia se disparaba, y si no andabas listo tu cuota de pantalla dependía de la dimensión de la permanente de la vecina que te tocara delante.

     En su primera etapa (1972-1973), Chicho Ibañez Serrador retrató con ironía y sutileza la decadencia de una España rancia en la que lo viejo no terminaba de morir y lo nuevo no acababa de nacer. En la parte negativa puso a Don Cicuta, símbolo del tardofranquismo que representaba el sector de la sociedad más inmovilista y puritano. En la positiva colocó a Kiko Ledgard, un inmigrante vitalista y sin prejuicios, un mago de las habilidades sociales y la psicología conductista. Y, por supuesto, a aquellas jóvenes espléndidas que vestían como el Sabadell, de piernas ebúrneas y falda minúscula, que nada tenían que ver con las secretarias con pinta de beatas que habíamos visto en algunas películas antiguas. A mí me gustaba Ana, la contable, capaz de multiplicar por cinco duros sin equivocarse y luego sonreírme mirando a la cámara para hacerme saber con disimulo que ella también sentía algo por mí.

     Los portuenses tuvimos en aquella primera etapa del concurso nuestro minuto de gloria (de pena, más bien). Una pareja de farmacéuticos de la calle Luna concursó con tan mala fortuna que no acertó ni la respuesta que Kiko ofrecía siempre como gentileza de la casa. No está confirmado, pues las gestiones que este columnista ha hecho para contactar con los participantes han resultado infructuosas, pero, escuchada la voz de los Supertacañones con más memoria televisiva, pongamos que la pregunta pudo ser más o menos así: “Hagan un recorrido por países de Europa y América con el estrecho de Bering congelado. Por ejemplo, España. Un dos tres responda otra vez”. Y nuestro paisano respondió: “Alaska”. La dulce Ana, que aquella noche me miró con una infinita tristeza porque sabía que eran de mi pueblo, sentenció al borde de las lágrimas: “Han sido cero respuestas acertadas, por veinticinco pesetas, cero pesetas”. Tampoco nos clasificamos para la subasta, con lo que ni coche ni apartamento en Torrevieja ni na de na.

     La vecina de enfrente dijo que los nervios eran de toda la vida de Dios muy traidores. Mi padre, enfadado y con su orgullo portuense a la altura de los túneles de la Prioral, le contestó que, trabajando en una farmacia, se podían haber tomado antes tres o cuatro tilas.

     (Diario de Cádiz, 22 de noviembre de 2013)

PERSONAS WINDOWS

PERSONAS WINDOWS

     Hay algo peor que ser secuestrado por un grupo de whatsapp: tropezarse con una persona windows. Una persona windows es aquella de la que has intentado escapar sin éxito cambiándote de acera y que, tras el olakease de rigor y una inmovilización tipo mozos de escuadra para que no te vayas, empieza a abrir conversaciones compulsivamente sin cerrar ninguna. Es como si tuvieran un troyano en la lengua.

     Yo, que llevo una época en la que tengo la impresión de que todo el mundo me cuenta sus historias y yo no hablo nunca, sufrí el otro día el acoso de un conocido que vomitaba titulares.  El Erasmus de la niña, los vivos de su empresa, los muertos de la crisis, el pelotazo del “monkigui”, la barriga de Messi, el niño del Papa, el cura de Bárcenas, el cotilla de Obama, Nueva pestaña (Ctrl+T)… Terminé como Kiko, el del Chavo del 8, con los mofletes hinchados y gritando ¡cállate, cállate, que me desesperas!

     Hablar está bien, pero hablar poco y centradito está genial. Cada vez me cae mejor la gente de pocas palabras, esa que no habla por no ofender. La vida es muy corta, no hay tanto que contar. De la actual inflación de relatos tienen mucha culpa los psicólogos, que se empeñan en que lo verbalicemos todo, hasta los silencios. Tonterías. ¿Por qué enredarse con un folletín cuando podemos explicarlo todo con un aforismo? A mí me parece de muy mala educación que un compañero de trabajo invada tu mesa para contarte que en el hotel en el que estuvo en el puente de tosantos la comida era demasiado rica en hidratos de carbono y que el colchón de la habitación no respetaba la curvatura natural de la columna vertebral. Con comida mala, cama dura, va que chuta. Siempre recuerdo una presentación de Fernando Gago en la que dio paso al conferenciante de esta forma: Buenas noches, seré breve, muchas gracias.

     Hablar por hablar, insisto, es absurdo. No hay tantas cosas interesantes que decir. Y lo verdaderamente interesante se puede expresar con las palabras justas, las estrictamente necesarias, ni una más. Desde los griegos, además, está casi todo dicho. No sé, igual estoy exagerando y ando todavía traumatizado por el plasta windows ese del otro día.

      (Diario de Cádiz, 8 de noviembre de 2013)  

NUESTRO TÍO MANOLO

NUESTRO TÍO MANOLO

     Ayer me llamó mi madre para decirme que había muerto Manolo Escobar, y yo estuve a punto de preguntarle que a qué hora la recogía para ir al tanatorio y si sabía cuándo era el  entierro. Porque Manolo no es que fuera como de la familia: era de la familia. De la familia de mi madre, concretamente. Fue en casa de mi abuela Teodora donde escuché sus primeras canciones,  en un tocadiscos Cosmos con dos altavoces de maleta que mis tíos yeyés (Victoriano, Lolo y Ángel) me tenían prohibido tocar. Aunque las letras eran facilonas, había algunas estrofas que yo no entendía. Recuerdo que una vez le comenté a mi profesor de Lengua, Don Enrique, que yo no veía por ningún sitio el refrán en “por eso se oye este refrán, que viva España”. ¿Viva España era un refrán? Y  me contestó, que él, que era muy modernillo para la época, tampoco veía bien que un hombre prohibiera a su mujer ir con minifalda a los toros mirara la gente para donde mirara.  

     Otro Manolo también tristemente desaparecido, Manolo Vázquez Montalbán, escribió que el cantante de El Ejido representó el sueño de los jóvenes españoles de los 60. Un humilde empleado de Correos que canta a todas horas y que, animado por sus compañeros, da el salto a la fama sin que ésta se le subiera nunca a la cabeza. Por el camino se casa con una alemana que lleva pantalones, fuma y conduce, tres meses después de conocerla en una discoteca y sin que ninguno de los dos entienda ni jota del idioma del otro. Ni en sus películas más azucaradamente románticas hay una historia tan increíble. 

     La llamada de mi madre responde, lo sé porque la conozco como si fuera yo el que la hubiera parido a ella, no sólo a su necesidad de compartir la pena por el adiós del que fue el ídolo musical de su juventud, sino también a su deseo implícito de que escriba unas cuantas frases en nombre de nuestra familia con las que poder recordar y honrar  la memoria de ese andaluz cabal al que ella siempre vio  “muy guapo, muy simpático y muy trabajador”. Donde quiere que vaya, sepa este tío mío por parte de madre que le vamos a echar de menos. Y sepa también que donde quiera que esté, el carro es suyo.

      (Diario de Cádiz, 25 de octubre de 2013)

MANCHONES LEJANOS

MANCHONES LEJANOS

     Confieso que empecé a leer con gusto el relato “Manchones lejanos”. La historia prometía. El mundo ordinario y antiguo representado por el Vaporcito. La llamada a la aventura que el héroe visualiza una mañana en el espejo, en forma de churrete de colores, mientras se afeita antes de tomar el Palacio de Araníbar. La travesía del explorador por el Explorer. El encuentro con el mentor, un ucraniano que vende imágenes al por mayor en un top manta de La Red. Las pruebas, los aliados, la odisea. Yo he visto cosas que vosotros no creeríais -confiesa el protagonista sobre el altar de la bodega de Mora-, pero por consenso, siempre por consenso. Todo iba bien hasta que llegan el dragón de dos cabezas, las arañas asesinas, la hechicera transformada en rata... Los buenos no existen sin los malos. Y es ahí cuando nuestro héroe, en lugar de arriesgar su vida por el exclusivo tesoro, se viene incomprensiblemente abajo y se pone a llorar como una magdalena de El Cafetín, balbuceando palabras como víctima, caza de brujas, niños malos, nene bueno. Un desastre.

     Nadie dijo que el viaje iniciático fuera fácil. Entraba dentro de lo previsible que en el pasadizo de las redes sociales los enemigos íntimos de El Puerto torpedearan su revolucionaria aportación al futuro de la publicidad en general y al turismo de nuestra ciudad en particular. Estaba cantado que las fuerzas del mal se iban a tomar al pie de la letra eso del coste cero (¿qué son seis mil o siete mil euros de nada para tamaña recompensa?). Su respuesta medida y culta (impagable el uso de términos como reach o brand switching) a la jauría de hienas de siempre que puso en duda la exclusividad del Anillo Único alegando que había pasado ya por más manos que la falsa monea, nos hizo concebir esperanzas.

     Pero Raulito, ¡ay!, arruinó nuestro relato refundacional con el que íbamos a marchar todos juntos, él el primero, por la senda de la modernidad. Abandonó por la gatera la misión y se puso a llorar desconsolado como un triste concejal de pueblo lo que no había sabido defender como nuevo gurú de un Puerto Global y Churretoso. Prefirió la compasión de la víctima a la épica del héroe. Pudo ser el Don Draper de Mad Men y se quedó en Calimero. Pa echarlo. No sólo del relato.

      (Diario de Cádiz, 11 de octubre de 2013)   

CUMPLIR 50

CUMPLIR 50

      (Para Isabel)

     Aunque los más jóvenes aún no alcancen a entenderlo, cumplir cincuenta no es una desgracia. Una desgracia es no poder cumplirlos. Cumplir cincuenta, como os ha ocurrido ya a algunos de vosotros (¡eh,  los de la JUFRA, no disimuléis), como te acaba de ocurrir a ti, es una especie de liberación. Atrás quedaron, para bien, las pesadillas de los diez, la inestabilidad de los veinte, las ansias de maternidad de los treinta, la frustración de los cuarenta por abandonar definitivamente las filas de la juventud. Cumplir cincuenta es formar parte ya para siempre del equipo de la madurez.

     Es verdad que frustra un poco que, cuando alguien pregunta quién da la vez en la frutería, ya no digan esa muchacha, sino esa señora. Y que cada vez sean menos las personas que te tutean. Pero tienes permiso para lucir, serenamente, tus virtudes y tus imperfecciones. Nadie puede pretender cambiar a una mujer de cincuenta. Menos aún el marido. Hasta tú mismo te aceptas por fin, que ya iba siendo hora. Eres así y tu trabajo te ha costado.

     Te acredita una larga lista de aciertos y de errores. A veces pensabas que ganabas por goleada y el tiempo vino a decirte que aquello fue, en realidad, un severa derrota. Otras veces creíste que habías perdido por K.O. y luego descubriste que fueron triunfos clamorosos. Han sido, sobre todo, las batallas perdidas las que te han permitido progresar adecuadamente en el duro oficio de vivir.

     A los 50, además, ya puedes presumir, pero sin pasarte, de esa cosa tan apreciada por filósofos y psicólogos a la que llamamos sabiduría. Una sabiduría humilde y solidaria, que es la única sabiduría verdadera. Aunque ya no salves el mundo como a los veinte. Porque, tal vez, sin esforzarte mucho y sin darte cuenta, ya lo hiciste. Un poco. En algo.

     Así que, felicidades.  A partir de cierta edad, la que ha sido joven durante toda su vida sigue siéndolo. Cumplir cincuenta, ya ves, tiene más de gracia que de desgracia. Es, quizás, reflexionar. Y sonreír. Y desdramatizar. Y suspirar aliviados. Y celebrar. Y, por qué no, seguir soñando.

¡AVE, EMILIO!

¡AVE, EMILIO!

     En una de las escenas de la “La vida de Bryan”, el líder del FPJ (Frente Popular de Judea) interpela a sus compañeros de lucha cuando éstos reconocen la superioridad intelectual de los romanos: -Bueno, pero aparte del alcantarillado, la sanidad, la enseñanza, el vino, el orden público, la irrigación, las carreteras y los baños públicos, ¿qué han hecho los romanos por nosotros?

     Una pregunta parecida llevo yo formulándome desde que el tribuno Tito Manolo Morillus, uno de los cabecillas en nuestra ciudad del FPJ (en El Puerto, reconstituido bajo el nombre de Frente Portuense de Jubilatas), glosó en esta misma esquina la figura de Emilio Flor, ese romano coquinero que acaba de colgar los trastos oficiales de enseñar y el uniforme de trabajo, la túnica que le legó Antígona de su hermano y unas sandalias de rebaja que compró al final de la primera Guerra Púnica en la zapatería enfrente de Cartago.

     Vale, no es mal tío. Ha echado más horas en el Instituto Santo Domingo que las columnas del patio. Sigue siendo el ojito derecho de Balbo El Menor, de los Balbo de toda la vida, que ya en el año 50 A.C. (Antes de la Crisis) le aseguró que lo suyo era puro teatro. Desde hace dos o tres centurias es titular indiscutible en el C.D. Los Pardillos (en sus años mozos le marcó un penalty a Iríbar). De acuerdo. Pero aparte de todo eso, de saber latín, de ponernos todos los años Roma a tiro de piedra, dar clases particulares gratis y acumular conferencias, excursiones, estrés y ácido úrico, ¿qué ha hecho Emilio por nosotros?

     Sí, es uno de los imprescindibles en la vida académica de varias generaciones de portuenses. Nos consta que, al saber de su jubilación, muchos han recordado (del latín recordis, volver a pasar por el corazón), con una melancolía parecida a la que se siente cuando se baja el telón o se acaba el partido, las amenas clases en las que se velaba el cadáver de una lengua muerta a la que aquel joven humanista veía siempre rebosante de salud. 

     ¿Que qué ha hecho Emilio por nosotros? Algo mucho más importante que todo eso y que no aparece en su brillante curriculum: ser de nuestra calle, de nuestro instituto, de nuestro equipo de fútbol, de nuestro grupo de teatro. Ser de los plebeyos proletarii. Ser uno de los nuestros.

     (Diario de Cádiz, 27 de septiembre de 2013)   

FICHAJES

FICHAJES

     Puede estar tranquila la concejala de Medio Ambiente: en casa hace ya muchos años que fichamos por el amarillo. Todos los días nos partimos el pecho (de lata reciclable, obviamente) por el equipo, y besamos su escudo (de plástico también reciclable, por supuesto) cada vez que dibujamos un mate en el cubo amarillo y en el verde y en el azul y hasta en el rojo de las pilas. Sentimos apasionadamente los colores, todos los colores, del C.D. Desarrollo Sostenible. Con nuestra entrenadora, además, no hay espacio para la relajación. En cuanto nos ve faltos de intensidad nos suelta uno de sus discursos biodegradables sobre el futuro del planeta en general y el porvenir de la conciencia ecológica de nuestra familia en particular. Un punto, doña Isabel. Un punto limpio. La Clavera le llamamos, que no salga de aquí.

     También somos socios del Recreativo Mochicle, un veterano club de pinos achaparrados que un día, huyendo del ruido y de las talas (según Lezama Lima los árboles se mueven de noche), se instalaron en el pequeño bosque de juguete que le da nombre. Allí pasan las mareas y los siglos practicando tai chi, de ahí esas posturas tan raras, y oxigenando a las sirenas que varan y paran por el Cangrejo Rojo. El caso es que este verano, ese paraíso coqueto que visto desde alguna de sus dunas parece una ensalada de brécol, ha sufrido los daños colaterales de la Zona Naranja de Las Redes. Allí se ha implantado una nueva zona, la Zona Negra, aparcamientos rurales gratis a pie de playa en los que domingueros sin escrúpulos envisten sus coches monte adentro, con el consiguiente peligro de incendio y de destrucción de la flora y la fauna del lugar. La Arboleda Jodida, podría llamarse el relato.

      Una pasión incolora sentimos, así mismo, por uno de los clubs que más éxitos de gestión han cosechado aquí en los últimos años, y que ahora, como esos equipos que buscando el dinero fácil terminan olvidando su historia y entregándose a la abultada billetera de un empresario estrafalario y arrogante, parece que va a cambiar de manos. Entusiastas defensores de lo público, hinchas incondicionales de lo que es nuestro, todos deberíamos llevar pegada al cuerpo, como un segunda piel, la camiseta antigua, transparente y comunitaria de la Empresa Municipal Aguas de El Puerto.

      (Diario de Cádiz, 13 de septiembre de 2013) 

SOLDADO VALEROSO DEL ARMA DE INGENIEROS

SOLDADO VALEROSO DEL ARMA DE INGENIEROS

     El niño que creyó que el Cangrejo Rojo era el apodo de algún militante comunista en la clandestinidad, el chaval que unos años más tarde correteaba por las arboledas perdidas de Crevillet, se ha hecho mayor. Bueno, más o menos. Ha estirado de largo y ha encogido de ancho, aunque sigue teniendo la cabeza llena de pajaritos, como las copas de los cientos de pinos que oxigenan las rutinas y los días de los pobladores de La Puntilla. Madura, con altibajos, adecuadamente. El bolero dirá lo que quiera, pero 20 años, y más si son los primeros veinte años en la vida de uno, ya es algo.

     En la primavera de 1984, el “Mendo” (diminutivo con el que el tal Mendoza es conocido en su barrio) es agraciado con un viaje a Palma de Mallorca con todos los gastos pagados, exactamente al Centro de Instrucción de Reclutas General Asencio. Aunque lo ha intentado, no le han dejado renunciar al premio. Ni es hijo de viuda pobre, ni tiene los pies planos, ni un hermano en la mili, ni es corto de vista (sólo cortito). Así que el 15 de abril parte con un petate en el que su madre le ha metido dos mudas limpias, algunos productos para el aseo personal y todas las latas de la sección de conservas del Eco del Puerto. En los bolsillos lleva la cartilla militar, dos mil pesetas y dos billetes. Uno de tren, que cubre la ruta Cádiz-Valencia, y otro de barco, de Valencia a Palma. 

     El primer trayecto se le hace interminable, pero la travesía por el Mediterráneo, que transcurre de noche en un ferry con discoteca, la disfruta como si fuera un pasajero de esos ricos de Vacaciones en el mar. El “Mendo” se despide a lo grande de su vida civil, hasta el punto que, entre cubatas de garrafón y melodías dulzonas, se le olvida a dónde va. Radio Futura le anticipa lo que le espera, pero él, absorto en darle marcha al espinazo, no capta la metáfora: Arde la calle al sol de Poniente, hay tribus ocultas cerca del río, esperando que caiga la noche, hace falta valor, hace falta valor... A su llegada a puerto, a primera hora de la mañana, la Policía Militar le refresca la memoria y le deja bien clara su nueva identidad. Es un pringao de mierda que ha perdido su condición humana, un guripa que se va a cagar por las patas abajo en cuanto llegue al campamento y al que se le va a hacer la mili muy muy larga. Hace falta valor.

     Tras dejarse las suelas de las botas, el ánimo y los porqués en el patio de instrucción, abandona la denostada condición de recluta y jura bandera. El “Mendo” es ahora el “Cádiz”, bulto (soldado novato recién llegado al cuartel) natural de una provincia en la que, según un brigada chusquero, sólo hay maricones. En Palma, sin embargo, como su propio nombre indica, no caben más machotes, dice ese presidente del club de fans de Millán Astray que prohíbe leer en el tiempo libre, pues es una cursilada que atenta contra la virilidad del semental patrio. Tampoco está bien visto llorar. Llorar es la mayor de las mariconadas, salvo ante la bandera, que es todo lo contrario. En qué quedamos.

     A pesar de la prohibición, el “Cádiz” derrama algunas lágrimas de alegría al conocer su nuevo su destino: cuartel de Ingenieros XIV, oficina de Auxiliaría (contabilidad), escribiente. Un escribiente maricón, lector y llorón pero con más suerte que un quebrao. Una prueba de mecanografía a última hora le ha librado de ingresar con la práctica totalidad de su reemplazo en el Regimiento de Infantería Palma 47, un destino terrible en el que la excelencia castrense se alcanza dando barrigazos y acumulando maniobras militares en la oscuridad.

    Con las gratificantes excepciones de algunos militares decentes, cultos y demócratas, la patria sigue siendo el último refugio de muchos canallas: órdenes absurdas, matonismo estrafalario, moral de rebaño, fascismo ambiental, gritos de borrachos en la noche… Pero es también un espacio de socialización en el que se aprende a convivir entre iguales muy desiguales (listos y torpes, ricos y pobres, generosos y egoístas), a sentir compasión por el más débil, a entender para siempre el significado exacto de la palabra amigo. 

     El soldado valeroso del arma de ingenieros (cantemos a la patria con recia fe y amor, etc.) pasa el verano entero en la capital de la isla de Mallorca, cuyas playas, a las que acude los fines de semana de libranza, son un Cangrejo Rojo interminable lleno de tentaciones incluso para los de Cádiz. Juega al fútbol en el C.D. Andraitx, donde gana un dinerillo extra y el cotizado privilegio de ser eximido de servicios los sábados y domingos. Es, a pesar de todo, más o menos feliz.

     El “Mendo” vuelve a El Puerto, con dos semanas de permiso, el 8 de septiembre, tras tres meses y medio desaparecido en combate. Le queda aún mucha mili. Pero, tras bajarse del tren, mientras camina despacio por la ciudad con la que ha soñado todas y cada una de las noches en las que estuvo ausente y que esa mañana le parece más bella que nunca, intuye que ha dado otro estirón, esta vez por dentro. Todavía, veinte años es algo pero no mucho, no alcanza a comprender su alcance.

     (Diario de Cádiz, 25 de agosto de 2013)

AQUELLOS VERANOS EN CREVILLET

AQUELLOS VERANOS EN CREVILLET

     El verano de 1975 fue el primero que pasamos en la casa nueva. Casi sin darme cuenta, dejé de ser un niño del centro, pegado con harina y agua a la falda de mi madre como un cromo al álbum de fútbol, y me convertí en un pequeño salvaje en las perdidas arboledas de Crevillet. De las dos habitaciones con servicio compartido del número 17 de la calle San Sebastián, nos fuimos a un piso entero para nosotros solos en la barriada Francisco Dueñas, Bloque 8, 3º B.  De un cierro de rejas a ras de suelo, a una ventana abierta al mar por la que se colaba el horizonte cada mañana. Del aroma a incienso de la Iglesia Mayor, al olor indómito a retama y salitre de las Dunas de San Antón. De la casapuerta nido en la que veía pasar la vida, a la plazoleta abierta a los peligros del mundo en la que era la vida  la que me veía pasar a mí. Aquel traslado fue, sobre todo, una  mudanza interior. En las radios George Dann nos animaba a bailar El Bimbó, que estaba causando sensación, y también sonaba Peret, que un año después de ir a Eurovisión seguía empeñado en que  cantáramos y fuéramos felices.

     Pronto comprobé que Crevillet era lo que el libro de Naturales definía como un ecosistema: “una unidad compuesta de organismos interdependientes que compartían un mismo hábitat”. Un pedazo de ecosistema, la verdad, pues de la plaza de toros para adelante todo era Crevillet, probablemente porque fue la primera barriada de la periferia sur, allá por los años 50. Aunque su verdadero nombre era Marina Española, cuyas calles aún conservan las rótulas de los barcos de guerra con los que combatió el ejército franquista durante la guerra civil. Así que Fermesa, San Francisco Javier, Estrella del Mar, Francisco Dueñas y la barriada de La Playa, entre otras, formaban parte de un biotipo en el que la fauna y la flora eran muy ricas a pesar de que sus nativos eran muy  pobres. En verano, la biodiversidad alcanzaba unos niveles de integración extraordinarios. La infatigable Lolilla, por ejemplo, estrenaba el día sacando a tomar el sol a miles de caracoles que vendía por las calles en un vaso de duralex siempre muy bien despachao. Los jóvenes más arriesgados formaban parte del ecosistema marino del Canal: cruzarlo sin titubear era una de esas pruebas de fuego que había que pasar para llegar a ser alguien en la pandilla. Pero el ejemplo más claro de mimetización en el ambiente era Antoñita la de las flores, la vendedora de iguales a la que, tal como su propio nombre indicaba, le prendió una mañana, una cuarta más arriba de roete, una selección de la vegetación más característica del entorno.

     También el ecosistema humano era un ejemplo de convivencia. Macario y Bruce Lee se hermanaron en el  Cine Playa, en aquellas dobles sesiones en las que el maestro de kung fu nunca se caía de la cartelera por muchos saltos que diera. Ardían los juanillos y las penas en las fiestas de San Juan en la genuina Crevillet.  A mediados de julio, los hijos pobres del mar nos recibían en su semana grande, que también encendía las noches de Los Marineros, y el día de la Virgen del Carmen la banda del músico que daba nombre a mi barrio  nos despertaba a las del alba con la marcha Reina del Mar. Eran las dos grandes citas festivas de la zona, cuando existían aquellas verbenas populares en las que todavía se estilaba esa cosa tan antigua de salir a la plaza juntos, de trabajar juntos, de sufrir juntos, de celebrar juntos.

     Como canta Sabina, aquellos veranos duraron lo que tardó en llegar el invierno. El invierno helado y tenebroso de la droga, que asoló la vida y la esperanza de tantas familias portuenses en los primeros 80. Satanás andaba suelto, y empezó a abrir franquicias, la más importante en mi barriada, que de pronto dejó de llamarse Francisco Dueñas y pasó a ser conocida como el Distrito 21. Los chavales caían como chinches de un caballo llamado muerte que Miguel Ríos recomendaba no montar, el torbellino del tiempo, del negocio y del poder, te empujan sobre unos cascos hechos de sangre y de hiel. Nos hicimos mayores viendo como muchos jóvenes se hicieron directamente viejos antes de convertirse en cadáveres andantes con los brazos taladrados a pinchazos y la mirada ya tomada por la muerte.

     Los que sobrevivimos supongo que hemos seguido cantando e intentado ser felices, tal como recomendaba el rey de la rumba en el verano de 1975. El primero que pasé en aquel pedazo de ecosistema con casi todo incluido que olía a retama y salitre. Si cierro los ojos, aún puedo ver aquella antigua luz reverberando sobre una pandilla de pequeños salvajes que corretean, libres y despreocupados, por las arboledas perdidas de Crevillet.

     (Diario de Cádiz, 11 agosto de 2013) 

EL CANGREJO ROJO

EL CANGREJO ROJO

     Fue a mí tío José al primero que se lo oí pronunciar un domingo de agosto en La Puntilla, principio de los setenta, con esa media voz como de espías que ponían siempre los mayores cuando hablaban de secretos familiares o de política. Dijo “el Cangrejo Rojo” y enseguida mi tío Manolo y mi padre se perdieron con él, orilla abajo, en dirección al Castillito. Yo ya había escuchado en la clandestinidad doméstica del corredor de mi casa que mi tío José era comunista (de la filiación política de mi padre y de mi tío Manolo no había  podido averiguar nada todavía), por lo que imaginé que igual se habían citado, en alguna parte del litoral menos concurrida, con un alto cuadro del Partido, para cerrar los últimos detalles de una democracia que estaba al caer.  El Cangrejo Rojo, continúe con mis ya por entonces brillantes deducciones, podía ser el apodo en clave revolucionaria de Santiago Carrillo o de Marcelino Camacho, o del mismísimo Rafael Alberti, que lo mismo tenía un piso franco camuflado, con vistas al mar, en La Arboleda Perdida. Cualquiera de ellos podía ser el autor intelectual de la emboscada definitiva que acabaría para siempre, esta vez sí, con el Caudillo, quizá en su próxima visita a Cádiz, tal vez en la tranquila intimidad de su habitación del Motel Caballo Blanco (siempre la misma), donde pernoctaba cuando bajaba a la provincia. Cangrejo Rojo, Caballo Blanco, no estaba mal como título para una novela con la que El Puerto pasaría a formar parte de la historia gloriosa de todas esas ciudades europeas que se rebelaron y derrotaron al fascismo gracias a algunos héroes anónimos. En el caso que nos ocupa, mi tío José, mi tío Manolo, y Rafael, mi padre, los tres en meyba y con la espalda hasta arriba de Nivea.

     Pero no, el Cangrejo Rojo tenía más de Freud que de Marx. Lo descubrí unos años más tarde, a esa edad en la que tan importante como la lucha incansable por la implantación de una sociedad sin clases es la utopía fervorosa e igualitaria del deseo carnal. Aquel Club de Vacaciones, poseía, justo delante del hotel, una zona de dominio público en la que retozaban medio en cueros, soñolientas y despreocupadas, ardientes hembras francesas (las suecas de aquí) que, no teníamos ninguna duda, venían buscando lo que venían buscando. La España alegre y faldicorta, de la que hablaba Fraga como símbolo de modernidad, era una película de Walt Disney al lado de aquel cine con dos rombos que se rodaba cada verano al final de Vistahermosa, en un Puerto ya preparado para el turismo y para lo que hiciera falta,  en el que, más temprano que tarde, acabaría triunfando la república dependiente y festiva del amor libre. Nos lo merecíamos, pues habíamos pasado sin traumas, y con una saludable alegría epidérmica, del refajo al traje de baño y del bikini al despelote, gracias sobre todo a nosotros, jóvenes y sobradamente acalorados, machotes coquineros en permanente estado de ebullición, atletas sexuales de la Ciudad de los Cien Palacios y un Número Indeterminado de Fantasmas.

     No voy a negarlo (salvo la primera vez, que me puse las gafas de buzo, el resto de comparecencias las hice siempre a cara descubierta): yo también fui de excursión a esa playa libertina, a la edad en la que, según Quevedo, uno “vivía amancebado con su mano”. Y sí, también doblé bastante la vista a la derecha (en el camino de vuelta, a la izquierda), bizqueando mucho para no perderme detalle, sin dejar nunca de andar, porque si te parabas, algún gabacho, sólo por  disimular (era vox populi que todos tenían más venas que una caja de huevas), podía ponerse gallito, acomplejados como estaban por un pasado de guerras perdidas y un presente de cuernos bien puestos.

     Sí, definitivamente el Cangrejo Rojo tenía mucho más de Freud que de Marx.

     (Diario de Cádiz, 21 de julio de 2013)

LA EDAD DEL HIELO

LA EDAD DEL HIELO

     En el frigorífico de casa hay tres clases de helados, pero mis hijos dicen que la oferta es manifiestamente mejorable, se habrán creído que el padre es el dueño de Da Massimo. Nunca hiela a gusto de todos. En mis tiempos, les digo mientras coloco bien las cajas que han desordenado, pero me vuelvo y ya no hay nadie, ni tan siquiera Isabel, que sabe de sobra que en el costumbrismo y en la cocina doy lo mejor de mí mismo. Me acompaña, menos mal, Tina, nuestra perra, a quien le agradezco muy sinceramente su presencia antes de empezar la disertación.

     En mis tiempos, en el frigorífico sólo había, cuando había,  flaggolosinas, mi rico helado, del congelador lo saco congelado, etc. Aunque los únicos que le llamaban así eran los niños del anuncio, pues ese polo discapacitado tenía más nombres que sabores: flá, flan, poloflá, poloflán... Tú le decías al señor del kiosco "un flaggolosina" y el hombre ponía una cara rarísima, lo mismo hasta pensaba que eras descendiente de algún niño de la guerra que había vuelto de Rusia ese verano. El caso es que no había más: o el poloflá, o, como mucho, el Camy naranja o limón. La verdadera edad del hielo se sitúa a finales de los 60 y principios de los 70. Luego vinieron el Drácula, el Minimilk, el Mikolápiz o el Súper Choc (al que una niña de mi calle, finísima ella, le añadía al final otra "h" y otra "o"), pero esos fueron polos saboreados ya en la casapuerta de la democracia.

     Le hablo a Tina de Proust y de su magdalena, cuyo sabor, de mayor, le hacía evocar la infancia. El de los  poloflán ya no es el mismo,  pero cuando he vuelto a abrirlos (sin tijeras, devorando el plástico a dentelladas secas e impacientes) y a probarlos, yo también me asomo a aquellos días azules y a aquel sol jovencísimo. Es una versión algo cutre, lo sé, pero es que, aunque ambos seamos dos grandísimos escritores y tengamos dos novelas parecidas (él, Por el camino de Swann; yo, Por la calle San Juan), la cuna, le digo a Tina,  marca, y de qué manera, el devenir de los placeres y los días.

     Acabo la conferencia agradeciendo la atención prestada. La perra puesta en pie, ladra emocionada. Yo me vengo también arriba y le doy un abrazo. De mi mujer y mis niños, ni rastro.

     (Diario de Cádiz, 5 de julio de 2013) 

EL ACTO DE PRESENTACIÓN DEL LIBRO

Por gentileza de los amigos de 11500 EL PUERTO (muchas gracias, Alfonso, a ti y a tu equipo), aquí está la grabación completa del acto de ayer.

http://2013.11500elpuerto.es/2013/06/29/ecos-de-vecindad-libro-presentado-por-pepe-mendoza-en-la-fundacion-rafael-alberti/