Blogia

El blog de Pepe Mendoza

RESIDUOS

RESIDUOS

     A mi me parece bien que el Ayuntamiento sancione a aquellos que no colaboren con la limpieza comunitaria y conspiren contra el deber cívico de mantener El Puerto en condiciones. Aplaudimos, claro que sí, todas aquellas medidas que contribuyan a que nuestra ciudad recupere sus paredes blancas, sus calles limpias y escamondás, sus olores. Y es que de un tiempo a esta parte, aquel diálogo de los hermanos Marx en no recuerdo qué película, parecía referido a nosotros: -Ha llegado el hombre de la basura, le dice Zepo a Groucho. Y éste contesta: -Dile que hoy no queremos.

     Para dotar de credibilidad la campaña, eso sí, el propio Ayuntamiento podría empezar por multarse a sí mismo por, es sólo un ejemplo, declarar el centro territorio libre de papeleras, que llega uno a su casa, se vacía los bolsillos, y los niños empiezan a mirarse entre ellos pensando que papá tiene también el síndrome de Diógenes.

      No hemos leído la letra pequeña de la ordenanza de residuos y limpieza pública, pero hay cuestiones de peso que escapan de la competencia municipal y que tendrá que regular el gobierno de la nación. Pensamos en cómo se van a conciliar los derechos constitucionales a la salud o a la integridad física -hagan el favor de no reírse-, con ese nuevo deporte de riesgo, de riesgo de exclusión, que va ganando adeptos y que ya practican personas que hasta hace muy poco sólo se atrevían con el padel: acercarse por las noches a las inmediaciones de los contenedores para reciclar el hambre hurgando en los restos del despilfarro.

     ¿Cómo se abordará esta nueva realidad social? ¿Habrá sanciones no sólo para los que depositen los desperdicios fuera, sino además para los que los saquen de dentro? ¿Se creará un IVA especial que habrá que abonar en cuanto se salga del contenedor? ¿Se prohibirá tirar en el contenedor azul prensa no afín para que en las colas sólo se puedan leer los diarios que hay que leer? ¿Estará permitido hacer botellón dentro del contenedor verde?

     Lo que estamos haciendo es lo que hay que hacer, repite Rajoy con una seguridad que aterroriza. Pronto habrá que regular también una ley de Residuos Sólidos Humanos.  

     (Diario de Cádiz, 26 de octubre de 2012) 

EL PERIÓDICO

EL PERIÓDICO

     En casa, una casa de pobres, no había libros. Había tebeos y novelas del oeste que cambiábamos en el Liberato. Y un cierro verde por el que nos asomábamos a ojear los titulares de lo que pasaba en la calle San Sebastián, pues la letra pequeña la leían en secreto los mayores. Pero libros no hubo hasta bien mediados los setenta, cuando empezó a frecuentarnos un señor vestido de negro, con un maletín también negro (parecía un ditero siniestro), que se presentaba como el agente del Círculo de Lectores, una actividad que, tal vez influenciado por Mortadelo y Filemón, me llevó a mirarle siempre con desconfianza.    

     No, no había libros en mi casa cuando yo era chico, pero sí llegaba puntual cada mañana, como las cemitas del Guarigua, el Diario de Cádiz. Me recuerdo todavía, como un perrito faldero, esperando ansioso a que mi padre acabara su repaso para hacerme con aquella sábana tintada de negro, que yo expandía en el corredor como un mapa del tesoro que me permitía espiar la realidad con mayor perspectiva con la que miraba el mundo desde el balcón cerrado que ya se me había quedado pequeño. Nunca estuve de acuerdo con el destino final de esas páginas llenas de luz: envolver pescado o esperar turno en la hemeroteca del retrete.

     Creció uno por dentro y por fuera siguiéndole la pista y el estilo a Bartolomé Llompart, a Luis Alberto Balbontín, a Agustín Merello. Con lo que leía me construí una realidad a mi medida y también una actualidad íntima y doméstica que yo iba clasificando en cada sección. Si mi clase ganaba la liga de los recreos, me veía en Deportes, con una foto alzando la copa y un titular que decía: Mendoza, el mejor. Si a mi padre lo llamaban de la bodega, ese día el editorial anunciaba que en breve Rafael sería borrado de la lista de los eventuales y lo harían fijo de plantilla. Si moría algún vecino, yo firmaba el más sentido obituario. 

    Malos tiempos para la lírica que despierta al alba, mas uno sigue recordando, con emoción agradecida, a todos aquellos maestros que me dieron de leer cuando en el hueco destinado a los libros en el mueble bar de mi casa, no había, desgraciadamente, lo que tenía que haber. Pintan bastos en el oficio, pero mi lealtad es vieja.

(Diario de Cádiz, 12 de octubre de 2012)

 

CONTIGO EN LA DISTANCIA

CONTIGO EN LA DISTANCIA

     Se dice, se comenta, se rumorea que Enrique y Silvia han intentado retomar lo suyo, pero que no ha cuajado, al menos por ahora. Lo suyo, hagamos memoria, viene de lejos, principios de los 90, cuando se conocieron en aquella independiente pandilla portuense que llevaba El Puerto en el corazón, algunos de una manera tan profunda que las palpitaciones se prolongaron hasta la cartera. Pero no nos desviemos: Silvia y Enrique se siguen amando, aunque no lo suficiente. Todavía.

     Dada la condición de hombre casado (políticamente) del alcalde, apenas ha trascendido nada del asunto. Da igual, nos lo inventamos. Si tú me dices ven, te apoyo y todo, pudo decir ella. Contigo en la distancia, amada mía estoy, puede que respondiera él. Lo único que hemos sabido, gracias a que Silvia, en una versión feminista de aquella famosa anécdota de Dominguín y la Gardner, fue rápida a contarlo a los medios, es que llevaban tiempo viéndose a escondidas. Y que la relación “no ha sido fructífera para ninguna de las partes”. Qué manera más fría de dar carpetazo a una pasión. A una mujer tan racial le pegaba otra cosa. Y Enrique, la verdad, aunque esté comprometido (políticamente), podía haber tenido algún gesto cariñoso con la chica. No sé, un toque Casablanca, sin mirar a nadie, al empezar un pleno: “Las subcontratas se derrumban y nosotros nos enamoramos”, por ejemplo. O menos arriesgado aún, una servilleta del Rempujo mismo por debajo de la mesa que dijera: “Me asomo a la pasarela y eres la chica de ayer”.

     Fuentes no contrastadas aseguran que él va a seguir dejándose querer. Que las prisas de ella dieron al traste con todo (es sabido que la mayoría de los fracasos vienen por querer adelantar la hora de los éxitos). Yo es que cierro los ojos y veo el video clip. Ella bajando despacio las escaleras del patio del Ayuntamiento, bata de cola verde y amarilla, cantando aquel bolerazo de Machín: Pero así van pasando las semanas/pasando sin lograr lo que yo quiero/yo no sé para qué/para qué son esos plazos traicioneros. Y al fondo él, su imagen difuminada, firmando papeles, inaugurando cosas.

     A la hora de entregar esta columna, no sabemos qué pensará Antonio Jesús de todo esto.

     (Diario de Cádiz, 28 de septiembre de 2012)

MAZINGER CUARENTÓN

MAZINGER CUARENTÓN

     Cuarenta años cumplió antesdeayer Mazinger Z, aquel gigante de hierro, ligero de puños, que a finales de los 70 nos congregaba frente al televisor cada sábado a las tres y media. Fue el primero pilotado por una persona, Koji Kabuto, un adolescente con muy mal genio y algo temerario en sus incursiones por el espacio, lo más parecido entonces a un comandante de Ryanair. Mazinger es fuerte y muy bravo, ¡es una furia!, mas lo normal es que haya dejado ya las peleitas. El tiempo pasa y también los robots se van poniendo viejos, que hasta mi thermomix se queda dormida algunas tardes haciendo las lentejas a velocidad cuchara.

     La serie, pásmense, fue suspendida por violenta y poco apropiada para el público infantil. Recuerdo ese día en el que todos esperábamos impacientes un nuevo capítulo de nuestro héroe favorito y en su lugar pusieron las bobadas de un niño pálido y canijo, con un palo y un taparrabos que daba pena verlo, al que llamaban Orzowei Narananarananá. A mí me parecieron más nocivos para nuestro desarrollo emocional el padre de Pipi y la madre de Marco, que se las piraron dejando a sus hijos bajo la tutela de un caballo y un mono, respectivamente. Aquello me marcó tanto, que recuerdo una vez que fuimos al Zoo de Jerez y me mosqueé mucho con mis padres porque no paraban de mirarse entre ellos, cosas de pareja, supongo ahora. Yo entonces pensé aterrorizado que también preparaban la huida, que de mi ducha de esa noche terminaría encargándose el elefante.

     Leo en internet que la famosa frase “pechos fuera”, el grito con el que la protagonista femenina, Sayaka, lanzaba los misiles de Afrodita A, nunca se pronunció. Pues mis amigos y yo la escuchábamos en cada episodio, y como nosotros, Nadiuska, Ágata Lys, Victoria Vera y las francesas del Cangrejo Rojo.

     No me digan que la actualidad política no parece un remix cutre de aquella serie legendaria. El Doctor Infierno, disfrazado de canciller alemana, grita a diario, desde el Bundestag, “¡Bienestar abajo!”, pilotando un sumiso robot de hojalata disfrazado de presidente de gobierno. Esta reposición siniestra sí que es violenta y poco apropiada para toda clase de públicos. Que la suspendan ya.     

     (Diario de Cádiz, 14 de septiembre de 2012)     

DÍAS DE LUZ

DÍAS DE LUZ

     Ver dormido a mi hijo pequeño por el retrovisor del coche la mañana en que salimos de viaje. Palabras que las olas de la nostalgia devuelven cada verano a la orilla gris de la memoria: priñaca, higos chumbos, avellanas de los toros, el peso la caló, jogailla, los quince baños. El asesinato freudiano del padre en su versión deportiva: un campeonato de ping pong y otro de mini golf en familia certifican que ya no soy el mejor competidor de la casa. La botella de agua fría de la nevera (agua del grifo, por supuesto) y esa felicidad antigua de volver a beber a morro y a escondidas.

     Dos cuerpos traviesos, verano en la piel, reclamando una siesta. Una tarde olímpica despatarrado en el sofá, abanderando el mando a distancia, y unos cuantos negros con prisa (final de los 100 metros lisos) que terminan estresándome. El encuentro con un viejo conocido que continúa presumiendo, como siempre lleno de razón, de ser muy discreto: solo habla de él. Encerrarse a leer en el cuarto de baño y levantarse con las nalgas señaladas. Un paseo bien conversado por el centro, a la fresquita, con los bolsillos cargados de pipas. La mirada extraviada de mi padre y su cuerpo indefenso acercándose al final.

     Una paella en casa con amigos: qué manera de comer, qué manera de charlar, qué manera de reír. Dos visitas seguidas a urgencias como acompañante y el buen hacer de unos profesionales a los que casi nadie respeta. Un baño de noche en la playa haciendo el cristo mirando a las estrellas. Un karaoke compartiendo escenario con Carlos Cano y María la portuguesa. Madrugadas de sábado entre el sueño y la penumbra, la imaginación asediada por los peores presagios hasta que oigo, por fin, el sonido liberador de la llave entrando en la cerradura de la puerta y los pasos de mis hijos que llegan sanos y salvos de los peligros del mundo.

     Una frase para combatir juntos los rigores de un otoño que, más que caliente, uno intuye pornográfico desde el punto de vista social y económico, y que ya figura en la puerta de nuestro frigorífico como una forma humilde y digna de plantarle cara a la crisis: “Haz lo que debas lo mejor que puedas, y sé amable”.

     (Diario de Cádiz, 31 de agosto de 2012) 

LA MUERTE TENÍA UN PRECIO

LA MUERTE TENÍA UN PRECIO

     Un precio ya de por sí desorbitado, y por eso clama al cielo, nunca mejor dicho, que desde el 1 de septiembre, con la subida del IVA del 8 al 21 %, espicharla vaya a costar una media de 400 euros más. Solo los ricos de solemnidad van a tener donde caerse muertos. La Asociación Funeraria de España está que se sube por las paredes de los tanatorios, pues temen que se pongan de moda los entierros low cost, modalidad en la que los difuntos se despedirán en su casa de familiares y amigos y tirarán solos para el cementerio.

     –Venía por la oferta básica, la de la caja de cartón piedra de segunda mano y el tiesto con flores de plástico del chino. No, esquela no voy a querer, que en el Facebook es gratis y además sale hasta con biografía. -Pues con ese pack solo le podemos garantizar la ida al Más Allá, pero el viaje de vuelta para la Resurrección queda en el aire. Lo sentimos, este gobierno no nos deja otra opción. Sí le aseguramos que será ceniza y tendrá sentido, nosotros respetamos a los clásicos, hasta ahí podíamos llegar. Polvo será, mas polvo extraviado en alguna terminal de la Eternidad. -¿Y no podré tener tampoco abogado para el Juicio Final, aunque sea de oficio? –Con esa mierda de pack, ya le digo yo que hasta el epitafio irá con un marcador Dymo.

      Cree uno que al igual que el desempleo, esa muerte civil, ha provocado un considerable descenso en el número de divorcios, con la subida del IVA en los sepelios España tendrá una media de edad de la Edad Media. -Deje de traer a su suegra al centro de salud y llévela mejor al taxidermista, háganos el favor. –Es que anoche vino de nuevo la Parca a recogerla y hasta que no le dí una fotocopia de mi carné del paro no la dejó en paz. Ande, recétele algo. Mira que se lo advertimos, que o se moría en agosto al 8 por ciento o a saber cuando la iba a poder tener Dios en su gloria. La pobre se pasa los días gritando llévame contigo de una vez. Y recitando, con una voz que sobrecoge, a Santa Teresa: vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero que muero porque no muero, etc.

      Ahora sí que vamos a vivir por encima de nuestras posibilidades. De nuestras posibilidades biológicas.

(Diario de Cádiz, 3 de agosto de 2012)

LUGARES COMUNES

LUGARES COMUNES

   En la foto que tengo delante, un anciano sonríe algo temeroso montado en un columpio; su nieta está detrás, pura alegría, balanceándole hasta el infinito y más allá. El texto que figura al pie dice: “Existen lugares en los que todavía tenemos cinco años”. Es cierto. Hay paraísos en la memoria en los que los días no se persiguen, y el calendario, sobre el que el tiempo hace ya mucho que se puso amarillo, sigue marcando la fecha en la que se fijaron, sin orden ni concierto, nuestros primeros recuerdos.

     Yo cada vez que paso por la Prioral tengo nueve, y voy o vengo del Liberato de la calle Vicario, de cambiar novelas de Corín Tellado para mi madre. Los sábados por la mañana, cuando mis amigos y yo nos reunimos para jugar el mismo partido que llevamos disfrutando treinta años, donde realmente estamos es en el patio de recreo, en plena celebración semanal de la infancia. Y es que todavía permanecemos allí, y en breve sonará la bocina, hemos ganao la copa de meao quien ha perdio se la ha bebio, que nos devolverá a clase. Sí, existen lugares en los que nunca crecemos. Cuando uno es niño lo es para toda la vida.

     Hay espacios protegidos del olvido que marcan también el tránsito de una estación a otra. Uno pasó sin apenas darse cuenta de las noches a la fresquita en un patio de vecinos, entre macetas que ponían límites y olores a la niñez, a las noches a la fresquita de un cine de verano, el cine Playa, bajo el cielo raso y algo amenazador de la adolescencia. Macario enciende la luz, que me mareo, eo, eo, gritábamos cada vez que la proyección daba un salto inexplicable. Pero no era mareo, sino el vértigo que producía nuestro propio salto vital, igual de incomprensible, a aquella libertad recién inaugurada que se reflejaba en una pantalla por la que siempre aparecía un chino sin camiseta y con nunchakus animándonos a hacer un mal uso de ella: no había papelera que quedara inmune a las patadas de aquellos karatecas de Crevillet en el camino de vuelta a casa. 

     Uno crece y descuida compañías y lugares, y es bueno regresar de vez en cuando a aquellos amigos y aquellos escenarios, de los que siempre se vuelve, se tenga la edad que se tenga, hecho un chaval.

     (Diario de Cádiz, 20 de julio de 2012)

LA DIGESTIÓN

LA DIGESTIÓN

     De los ritos infantiles de obligado cumplimiento ninguno me resultaba tan fastidioso como el de guardar la digestión. Qué indigestos los mayores con la digestión. Si algún día salgo con Proust en busca del tiempo perdido, tendré que pasarme sin falta por La Puntilla para recuperar el rastrillo rojo que perdí una tarde nublada de agosto y desenterrar aquellas horas muertas de la sobremesa. Los jugos gástricos, que debían ser unos cuantos, tardaban mucho más en embadurnar el bocadillo de tortilla que mi madre en embadurnarnos a todos de Nivea (madre entonces solo había una).

     No alcanzaba uno a entender, a esas edades, la razón por la cual el proceso de transformación de los alimentos, pura mecánica según el libro de Naturales, tenía una duración tan arbitraria. Tú te podías comer, por ejemplo, una tartera de filetes empanados, otra de pimientos fritos, media sandía, un camy limón y el final del camy naranja de tu hermano chico, y ese día, no sabíamos por qué, en no más de hora y media el bolo alimenticio daba de mano. Por el contrario, había veces en que uno andaba desganado, con apenas un huevo duro en el estómago, y el quimo y el quilo, socios inseparables que mantenían unas luchas intestinas, se pegaban tres horas centrifugando. Raro, raro. El empollón de la clase me dijo una vez que la digestión era un estado de ánimo. Un estado de ánimo de los adultos, puntualizó. Qué raro hablaba, también, aquel niño.

     El caso es que la digestión, como la procesión y las cortinas del baño, iba por dentro, y eso la convertía, al final, en una cuestión de fe. Tú guárdala, por si acaso, decía mi madre. La misma fe a la que te encomendabas cuando te tragabas un chicle  para que no se te pegara en el estómago, o la que te libraba de que te diera un aire cuando cometías la imprudencia de acostarte con el pelo mojado.

     Hay momentos en los que me gustaría que la vida volviera a sestear con la misma desesperante cachaza con la que lo hacían las horas eternas de la digestión. Ahora, los veranos pasan tan deprisa que apenas tiene uno tiempo de escarbar, con el entusiasmo y la profundidad de entonces, en la arena dorada de los días. Todo era más sencillo, además, con aquel rastrillo rojo.

     (Diario de Cádiz, 6 de julio de 2012)

EL ESTADO DE LA CIUDAD

EL ESTADO DE LA CIUDAD

     En la novela “Conversación en la Catedral”, el protagonista, Santiago Zavala, se pregunta  en qué momento se había jodido el Perú. Más o menos lo mismo se preguntaba uno el otro día, después de leer la crónica del Pleno (tenso y sin propuestas, según este diario), sobre el Estado de la Ciudad: ¿en qué momento se jodió El Puerto?

     No hace falta encerrarse en las solemnidades del salón municipal para hacer un diagnóstico certero de la situación. Es más, hay mejores vistas, la mayoría a pie de calle, para asomarse a la realidad y comprobar el estado mental y físico del paciente: una depresión de caballo, del caballo blanco del hotel Melia, y una mala cara que sobrecoge. Una cuestión adicional, no menos importante: ¿cuándo dejó de dolernos este patio de vecinos bañado en añiles desde el que aprendimos a mirar el mundo?

     Al Puerto lo jodieron mucho algunos y lo jodimos un poco entre todos. No hemos tenido suerte, no, con la mayoría de las juntas directivas de la Comunidad. Algunas gestionaron las zonas comunes y el dinero de las cuotas con la misma legalidad con la que los Corleone arreglaban las cuentas de la familia. Pero ni la incapacidad ni la mala fe en el ejercicio de los cargos eximen al resto de inquilinos de sus responsabilidades cívicas.

     Todo empezó mucho antes de que perdiéramos las banderas azules de las playas (alguien debería explicarle a la concejala, como nos lo explicaban los de Barrio Sésamo, la diferencia entre ser de turismo y estar de turismo). Antes, mucho antes, de que cayeran lágrimas de piedra de la Iglesia Mayor y las campanas doblarán por su Historia. Antes, mucho antes, de lo del Hospital Municipal, de lo de las palmeras, de lo del Vapor, de lo de la Casa de las Cadenas…

     El Puerto empezó a torcerse el día en el que nos robaron los barcos y la honra. Y las bodegas. Y las dignidades del trabajo. Y el orgullo, sobre todo el orgullo humilde de ser portuenses, hoy sólo evocado en la memoria de los viejos, de cuya grandeza tan poco saben las nuevas generaciones.

     La jodienda, con perdón, sucedió hace mucho tiempo y ayer mismo. Porque al Puerto le hemos hecho y le seguimos haciendo de todo. Ya solo hace falta que le hagamos la autopsia.

     (Diario de Cádiz, 22 de junio de 2012)

FUNCIONARIOS

FUNCIONARIOS

     Pongo la radio nada más levantarme y escucho esa sección tan divertida que se ha convertido en un clásico de los informativos: Déle al funcionario. Hoy la abre otra vez la Sra. Aguirre, que es fija en la atracción. El Estado de Bienestar no da para todo y hay que recortar lo superfluo, dijo hace unos días. Lo superfluo, ya lo habrán adivinado, son los funcionarios: un 3,3 % menos en la nómina de los de carrera, un 10 %  en la de  los interinos.

     Hubo un tiempo, sin embargo, allá por los primeros años del S. XXI a.c. (antes de la crisis), en el que los empleados públicos despertábamos más conmiseración que ira, un sentimiento mucho menos peligroso. No es lo mismo que te pasen la mano por el lomo y que te digan que pedir no es fácil para nadie, pero que si triste es de pedir, más triste es de robar, a que te peguen un puñetazo en la boca del estómago de las pagas extras, como han hecho Griñán y Valderas (sí, sí, Valderas, el de las tragaderas gordas).

     Recuerdo que aquellos días de ladrillo y bochorno las almas más caritativas incluso te pagaban a veces el desayuno, cóbrese lo del pobre ese de la esquina, que además es del Atleti, qué pena de chaval. Tiempos en los que un peón albañil presumía de ingresar tres mil boniatos al mes, mientras su mujer se jactaba en la clase de Pilates (qué nombre más feo, Vane, para un deporte tan bonito, con lo mal que se portó ese tío con Jesucristo) de tener ya los billetes para irse en verano a Todo Incluido, provincia de Cancún. 

     Eso fue hace años, aunque parece que han pasado siglos. Hoy el peón albañil anda aparcando coches en la plaza de toros, todavía sin ser consciente del país en el que realmente vive. Su ex mujer cambió de acera y ahora vive con la Vane, 300 euros de pensión para las dos, todo incluido. Mi nómina ha seguido bajando, más o menos a la misma velocidad con la que los granujas de turno pretenden devaluar mi honradez profesional. Como terapia de choque, he pensado reescribir aquel libro titulado “No le digas a  mi madre que soy publicista; ella piensa que trabajo de pianista en un burdel”. No le digas a mi madre que soy funcionario; ella piensa que trabajo de columnista en un periódico.

     (Diario de Cádiz, 8 de junio de 2012) 

EL ÚLTIMO BAILE

EL ÚLTIMO BAILE

     Hay iconos que se mueren e iconos que se nos mueren. En apenas una semana se han ido con la música a otra parte Donna Summer y Robin Gibb, cualquiera sabe a qué discoteca. Si hay un cielo también para los lugares mágicos que ya no existen, a lo mejor están en El Oasis. De Los Bee Gees solo queda Barry, el del centro, justo al contrario que en Los Chichos. Permítame una propuesta surrealista para desdramatizar. Ahora que están tan de moda las fusiones, a lo mejor podrían unirse el de en medio de los Bee Gees y los Chichos de los lados, para versionar, en falsete agitanao, Mala ruina tengas (You have bad ruin). Cosas peores se han oído.

     No termina nunca el último baile, Last Dance, en la garganta portentosa de la Summer. Ni el eco lejano de las voces acarameladas y algo tramposillas de los Bee Gees, artistas imprescindibles en aquella pista de finales de los 70 en la que danzábamos, benditos, al ritmo, a veces vertiginoso, a veces apocado, de la adolescencia. Ni emepetrés, ni aipa, ni leche espolvoreada con Nesquik: no hay aparato que suene mejor que el tocadiscos de los quince años.

      A mí, muchas de las canciones de esa época me llevan a la JUFRA, a los guateques que organizábamos los domingos en la Casa de las Cadenas. Contábamos con la complacencia de Ángel Angulo, ese fraile loco, loco de amar, que no de atar. Entendía el amigo de Francisco de Asís y de San Mamés, que además de la música comprometida de Violeta Parra, Víctor Jara o Luis Pastor, compañeros de utopías en los discoforums de los sábados, también era necesario un rato a la semana de libertad sin tutela. Los jóvenes necesitan de la fiesta tanto como de la justicia, nos dijo una vez. Y el roce de los bailes lentos (por lo fino, le llamaba algún cursi) hace la fraternidad, decíamos nosotros, por más que alguna estirara tanto los brazos en el cuerpo a cuerpo que a veces los más alegrotes se nos subían encima para construir un castillo humano de esos que hacen en Cataluña.

      Uno podría volver a vivir toda la adolescencia solo con escuchar los vinilos del verano de 1979. Aquellos amigos, aquella casa, aquella ropa, aquella música, perduran mientras la vida pasa. No, no termina nunca el último baile.

      (Diario de Cádiz, 26 de mayo de 2012)

      

FLATULENCIAS

FLATULENCIAS

     Una revista inglesa ha publicado un estudio que asegura que las flatulencias de los dinosaurios pudieron calentar el planeta hace 150 millones de años. Hasta 520 millones de toneladas anuales de gas metano llegaron a emitir los dinosaurios herbívoros, sí, ha leído bien, herbívoros, lo cual demuestra que lo de las bondades digestivas de las verduritas al vapor es una leyenda gastronómica que hay que poner también en cuarentena. Qué asco. De las verduritas al vapor y de los dinosaurios. No hace falta ser Joaquín Paloma para estar en contra del efecto invernadero. Como para acercarse al Parque Jurásico a montar a los niños en los columpios. Todavía huele mal desde entonces.

     La historia de la humanidad es, perdóneme si está leyendo esta columna con la media tostada por delante, una sucesión de flatulencias. En la antigua Grecia, quienes dejaban escapar una ventosidad eran expulsados de la Academia. – Tú, fuera. –Es que soy Homero y he escrito La Odisea. – Pues te vas a Itaca a tirarte cuescos, so guarro. En Roma fueron más permisivos: llegaron a tener un dios, Crepitus, al que se ofrecían eructos y flatos en las fiestas. Contigo todo suena a música, tu melodía es la más íntima, se piropeaban mutuamente, como en la canción de Mocedades, las parejas mientras bailaban.

      En la película “Ay, Carmela” hay una escena que no tiene más argumento que los pedos de los que hace alarde el protagonista. Los pedos, llega a reconocer avergonzado el pobre cómico, son la degradación del arte. En esta crisis, que va camino de hacerse eterna (cuando despertemos seguirá estando ahí, como el dinosaurio de Monterroso), cada mañana los mercados salen al escenario a imponer, a un público entregado, entregado al desencanto, sus sonoras flatulencias financieras, que desprenden siempre su hedor más insoportable en los sitios con peor ventilación presupuestaria: en las aulas públicas, en los consultas del seguro, en las colas del INEM. Más Aero-Red, que es la guerra, gritan los gobiernos con el culo al aire. Esos pedos también son la degradación del arte. Del arte de la democracia verdadera.  

      Qué asco. De los mercados, de los gobiernos y de esta columna. Me cago en todo.

     (Diario de Cádiz, 11 de mayo de 2012)

CORRÍGETE ÁNGELA

CORRÍGETE ÁNGELA

Este eterno aspirante al Pulitzer de periodismo ha podido saber que el pasado lunes se encendieron todas las alarmas en el Ayuntamiento de nuestra ciudad. ¿El motivo?: un informe confidencial recibido en el Gabinete de Alcaldía, firmado, no se lo van a creer, por la mismísima Ángela Merkel. En el documento, la canciller alemana recomendaba (es un decir) un ajuste durísimo  en nuestra feria de primavera, que empezaría a aplicarse ya en la velada, como paso previo para negociar el rescate de la portada del recinto de Las Banderas, intervenida, como todos ustedes saben, por la Unión Europea.

Tras unas primeras horas de enorme desconcierto, el primer edil se puso en contacto con su socio de gobierno, Antonio Jesús Ruíz, que le contestó por el messenger que Andalucía guapa, gitana mujer morena, despierta que eres libre gitana de tus cadenas, lo que Moresco entendió como un nuevo acto de deslealtad que, casi con toda seguridad, tendrá consecuencias en el futuro. Así las cosas, el martes se constituyó un gabinete de crisis formado por el alcalde y por los concejales de cultura, Millán Alegre y Olé, y de fiestas, Millán Alegre y Olá. La noche del miércoles, tras arduas negociaciones, una hora antes del encendido del alumbrado, se alcanzó un principio de acuerdo por el que la Merkel aceptaba una demora de un año en el plan de ajuste a cambio de una serie de contrapartidas que, al menos oficialmente, no han trascendido. Fuentes bien informadas, sin embargo, apuntan que entre las compensaciones figuran la puesta en funcionamiento, bajo bandera alemana, del Vaporcito, que pasaría a llamarse Helmuth III, y la creación de una nueva franquicia de la web de José María Morillo: Habitantes y Gentes de Mönchengladbach.

Pero pasemos a desglosar algunas de las inasumibles medidas que exige la cortijera de Europa. Para sanear las arcas municipales pide, agárrense a junior que vienen curvas, que se implante ya, a modo de prueba, el futuro impuesto sobre las autovías en las pistas de coches choques. También apuesta por la sustitución del albero del Real (al que ella llama Bayern Munich) por arena volaera, que es más barata. Demanda, además, la clausura de aquellas casetas en la que suenen sevillanas que puedan contener críticas veladas a las políticas de austeridad vigentes. Y ponía dos ejemplos, en su idioma, que sin música, la verdad, ha costado traducir. Eesa de wir nichts verpassen (que no nos falte de na, que no, que no), y esa otra cuyo estribillo dice Ich bin froh, als Cousin Bruder, wie ich glücklich bin, das Black-footed Schinken (como me alegra, primito hermano, como me alegra, el jamón serrano de pata negra).

El informe contiene también nuevas medidas de contención del gasto. Dos de los sectores que se verían más perjudicados por las mismas pertenecen a la muy noble y honrada estirpe de los charlatanes de feria: los trabajadores de las tómbolas y los turroneros, colectivos generosos donde los haya. Una Directiva comunitaria obligaría a los primeros a desmontar la bicicleta y entregarla, con cada sorteo, por partes, vale por un guardabarros, vale por una cadena, vale por media docena de radios. Los turroneros también tendrían que racionalizar la oferta, sancionándose a todo aquél que por 5 euros de nada continúe entregando las seis tabletas surtidas y el estuche de mantecados y el de mazapán y el de alfajores y, de propina, la fruta escarchada.

Como ven, más de lo mismo. No hay subvenciones para proyectos de I+D+I, a los que podría acogerse, por ejemplo, la señora Tere con su tartana, que en los tiempos de bonanza, ¿recuerdan?, vendía bocadillos como le daba la gana. Ni una ley de protección integral para los ponis, que son los chinos de los équidos, los parientes pobres de los caballitos de la Reina (serían, más bien, los elefantes del Rey), trabajadores infatigables que saben que la vida da muchas vueltas pero siempre para el mismo sitio. Ninguna ayuda pública, tampoco, para las casetas de miedo, un sector que pide a gritos una reconversión, ya que, desde que se inició la crisis, más que susto dan risa, pues el verdadero horror está afuera, en la calle.

En fin, suponemos que el año que viene habrá que volver a negociar duramente. Aunque si por mi fuera, yo le daría a Doña Ángela la portada pa ella pa siempre, por si algún día se le desencaja la puerta de Brandenburgo.  Siglos llevamos sin contraportada y el libro abierto de nuestra fiesta más entrañable jamás se descosió.

Por lo demás, haga usted el favor de desembotellar todas las alegrías acumuladas, que estos días de vino y de rosas reparan algo las penurias sufridas durante el año y devuelven siempre la confianza en la vida. No deje, por lo que más quiera, que le recorten nunca el viejo afán de celebrar.

     (Diario de Cádiz, 6 de mayo de 2012)   

SECUNDARIOS

SECUNDARIOS

     En la vida, como en el cine, uno siempre ha preferido los secundarios a los protagonistas. De pequeño, en el colegio, le pedí a un compañero que me cambiara su papel de Pepito Grillo por el mío de Pinocho. Para que la clase dejara de abuchearme por querer interpretar a un insecto cojonero en lugar de a un muñeco, corporalmente bipolar, sí, pero libre como el viento, argumenté que mi condición de tocayo del Sr. Grillo otorgaba un plus de verosimilitud añadida al personaje. Luego me puse trágico y les dije con toda la crudeza de que fui capaz que, sin Pepito, Pinocho hubiera terminado hecho polvo, o sea virutas, en una aserradora de mala muerte.

     Esa debilidad antigua por los actores de reparto tiene también mucho que ver con mi experiencia personal. Salvo para la BBC (mi bautizo, mi comunión y mi boda), todo lo que he rodado hasta la fecha en esta tragedia cómica o comedia trágica a la que llamamos existencia, lo he hecho como secundario, cuando no de figurante. He pisado muchos suelos desnudos y muy pocas alfombras rojas.

     Viene todo esto a cuento porque tres secundarios de categoría, Don Francisco Ramírez (Koki), Don José Luis Parra (Peli) y Don José Manuel Algeciras (Jose), los de los Blend de toda la vida, salieron el pasado viernes al patio de vecinos del Hospitalito para, con la colaboración de esa maquilladora amable y algo mentirosa que es la nostalgia, llevarnos de la mano, pero sobre todo del oído y del corazón, a aquel tiempo en el que fuimos jóvenes y despreocupados. Qué lejanos esos días y, sin embargo, qué cerca estuvimos, oyéndoles de nuevo, de la caseta de Tierra, Mar y Vino, del concierto homenaje a Los Beatles en la Casa de la Cultura, de la fiesta popular de San Juan en Crevillet, de la de los marineros en la barriada Estrella del Mar… 

     Qué cerca, en fin, la otra noche, de los demás y de nosotros mismos, saboreando, como se saborea el vino añejo de la bodega íntima que alimenta la memoria, la música cercana y apacible de Koki, Peli y José, los Blend de toda la vida. Tres secundarios de lujo que nunca pecaron, tal vez por eso les queremos tanto, de afán de protagonismo.

     (Diario de Cádiz, 27 de abril de 2012) 

CIUDAD TOMADA

CIUDAD TOMADA

     Déjenme que hoy comience recordando un relato fantástico del no menos fantástico Julio Cortázar: “Casa tomada”, la historia de dos hermanos que son expulsados de su propia vivienda a causa de un “algo” que en ningún momento el autor nos desvela. Los protagonistas van renunciando voluntariamente a cada una de las habitaciones conforme éstas son ocupadas por unos intrusos desconocidos que se manifiestan a través de extraños ruidos. Lo más sorprendente es que viven la situación con un desconcertante fatalismo, convirtiendo lo que para el lector es un injusto y angustioso allanamiento de morada en algo normal e irremediable. Al final, terminan abandonando definitivamente la casa. 

     Me acordé de este cuento el pasado miércoles, cuando tuve que firmarles a mis hijos la autorización para acudir a la cadena humana con la que la Concejalía de Educación quiso conmemorar el cierre y tapiado de El Puerto por el ejército francés hace doscientos años. Estaba previsto que doblaran las campanas de todas las parroquias, pero al final otro “algo” misterioso (el espíritu de Rayuela, tal vez), las dejó, si no mudas, roncas. No son tiempos para echar las campanas al vuelo, no vaya a ser que doblen por nosotros.

     Más allá de la literatura y de la historia tiene uno la impresión de que el asedio, en su versión moderna, continúa, no tanto en las bocacalles, a trabucazo limpio, como en los despachos enmoquetados en los que se deciden los despidos. El Puerto es, de un tiempo a esta parte, una ciudad tomada por un siniestro ejército de intrusos formado por Generales desconocidos, con mando en Europa, y serviles cabos chusqueros siempre a la orden, que conspiran a diario para que marchemos todos juntos, los más débiles los primeros, por la senda de la calamidad.

     Visteón, Ojelosa, Gadir Solar, el hotel Duque de Medinaceli, el hotel Monasterio, el piso asistido de Nevería… Como nos sigan ocupando habitaciones, con el beneplácito de una clase política que nos ha tapiado la esperanza y la complacencia de una sociedad civil tan sumisa como los hermanos del relato de Cortázar, vamos a terminar todos durmiendo, a cielo raso, en “El Lejío”. Sin vino ni barcos ni honra.

     (Diario de Cádiz, 13 de abril de 2012) 

AGUJEROS

AGUJEROS

     La vida es un tránsito entre agujeros. Venimos al mundo por uno y nos vamos  por otro. Ambos se parecen, como se parecen el primer sonajero y el hisopo final. Entre medio, al contrario de lo que pensaba Protágoras, es el agujero, y no el hombre, la medida de todas las cosas. Tapándolos y destapándolos nos pasamos la existencia.

     Cada edad tiene los suyos. El bebé duerme acurrucado en un foso con barrotes y sábanas de Winny the Pooh, añorando, tal vez, su estancia en el útero materno, esa oquedad de 5 estrellas. El anciano se acerca indefenso al final de sus días recluido en el hueco helado de una residencia.

     Confieso que mi relación con los agujeros ha sido siempre complicada. De pequeño se me iban los ojos detrás del carrillo de Adela, una gruta con ruedas y cristaleras con vistas al mar de la inocencia, bañada en azúcar. Los primeros meses de la adolescencia los pasé sin salir del hoyo de mi cuarto, acompañado, entre otros, por un tal Pascal, un tipo al que le leí que todo lo malo que le había pasado en la vida había sido por salir de casa, y yo, que entonces era muy radical, me lo tomé tan a la tremenda que solo aparecía por el salón los sábados por la tarde para ver Aplauso.

     Vino luego la ratonera con galones de Mallorca, en la que gasté tantas noches en vela, haciendo guardias entre ardores que no eran guerreros, sino de estómago. Por la abertura del anillo de compromiso entró un día una tal Isabel, y luego aparecieron Irene, Alberto y Pablo, y de no haber tomado medidas sobre mi agujero más íntimo hoy seríamos la versión 2.0 del grupo Viva la Gente.

     También los pueblos se asoman cada mañana a esta realidad cada vez más agujereada. En nuestra ciudad, sin ir más lejos, más de cuatrocientas empresas y doce mil vecinos en edad de merecer trabajo se han ido por el sumidero de la crisis ante la indiferencia de los que ya patinamos por el fregadero. ¿Qué es el centro de El Puerto si no un socavón enorme bajo cuyos escombros han quedado atrapados comerciantes, maniquíes, grifos de cerveza y cajas registradoras? Por contemplar ese espectáculo macabro, el Ayuntamiento va a cobrar ahora, a precio de oro, los aparcamientos de la zona. Otro boquete más en el bolsillo.

     (Diario de Cádiz, 30 de marzo de 2012)

SUPERVIVIENTES

SUPERVIVIENTES

     Tengo una muy buena noticia que darles. De nada, para eso estamos. Nos la contó el lunes entusiasmada Teresa Almendros (con el apellido en flor se debe ver la realidad de otra manera). Confieso que desde que empezó la crisis abro el Diario todas las mañanas temiéndome lo peor, pues no sé por qué se me ha metido en la cabeza que la doble de Consuelo Gamero, Angelita Merkel, va a recortarme un día la vida misma y me voy a encontrar con mi propia esquela al final del periódico.

     Pero no nos desviemos. Resulta que en nuestra ciudad hay nueve señoras y cinco señores centenarios, que es, diga lo que diga Terry, más cosa de mujeres que de hombres, vistas las estadísticas de longevidad. El tiempo, como el cóndor, pasa para todos menos para Rafael Ricardi, ese Benjamín Button con petate y sin glamour que no para de descumplir años. Según la Audiencia Nacional, ya anda por los ocho, probablemente preparándose para la Primera Comunión y para el viaje a Euro Disney, ahora que puede permitírselo.

     Disculpen de nuevo la dispersión (tantos meses sin escribir hace que me entretenga hablando en la casapuerta de cada párrafo). Quería decir que a mí me subió la moral saber que estas heroínas y estos héroes llevan más de un siglo entregados al cada vez menos prestigiado oficio de vivir, amando en esta vieja ciudad con la que comparten el innegable encanto de la decadencia y tal vez la nostalgia de épocas mejores. 

     Es difícil hacerse a la idea de que tan ilustres veteranos ya paseaban por nuestras calles aquel 9 de septiembre de 1916 en el que se inauguró el Hospital Municipal, convertido hoy en símbolo de lo mucho que nos importa a los portuenses nuestro patrimonio histórico. Alguno incluso recordará el primer hundimiento del Vapor, que se fue a pique por la explosión de su caldera un día de julio de 1929. Es probable que, en las habitaciones oscuras de la infancia, oigan todavía estremecidos los disparos en la tapia sur del cementerio tras la toma de la ciudad por las tropas franquistas. El pasado debe latirles por dentro como un segundo corazón.

     Testigos humildes de un tiempo más duro pero quizás más nuestro, han sobrevivido dignamente a todos los naufragios personales y colectivos. ¿Quién dijo que todo está perdido?

     (Diario de Cádiz, 16 de marzo de 2012)  

PUNTO Y APARTE

PUNTO Y APARTE

     El sábado 8 de octubre de 2005, aparecí por primera vez, como columnista de desconocido prestigio, por esta ciudad de papel. Francisco Andrés Gallardo, ese sofalícola con alma de bolero, y, posteriormente, Teresa Almendros, siempre elegante en el fondo y en las formas, me abrieron fraternalmente  las puertas de su azotea en la calle Larga y me dieron 2.000 caracteres con vistas al Guadalete.

     El jueves 23 de octubre de 2008,  Rafa Navas, director y caballero, me propuso adelantar mis ocurrencias a las primeras páginas. Le dije que no, pero el entendió que sí. Para convencerme de la necesidad del traslado, le faltó esgrimir que yo era como aquel personaje de Moliere que un día descubrió que llevaba toda la vida hablando en prosa sin saberlo, solo que un servidor hablaba en columnas. Fueron, exactamente, 151 y 500 noches.

     Durante este tiempo he procurado ser fiel al primer mandamiento del maestro Manuel Alcántara: no aburrir ni a Dios, sobre todas las cosas. Sé que no lo conseguí, pero nadie puede quitarme la gloria del empeño. Escribí siempre con alegría, con la paciencia amable y atenta con la que labora el artesano. Intenté, como los buenos toreros, arrimarme y exponer. Quise consolar al afligido y afligir al consolado. Confirmé, a través de rostros y nombres, que la felicidad no necesita de la belleza tanto como la desventura. Y que los derrotados, vengan las crisis que vengan, seguirán siendo invencibles.

     Mi escaso talento literario la compensé con otros méritos de los que sí presumo con orgullo: no falté nunca, en estos seis años, a la cita quincenal con los lectores; jamás tuvieron que llamarme del periódico para reclamarme el artículo. Un artículo que, al menos para mí, fue siempre de primera necesidad.

     Espero que no me tomaran nunca ni completamente en serio ni completamente en broma. Y que hayan sabido disculpar mis acreditadas carencias en este difícil arte de poner bien puestas unas palabras detrás de otras.

     Un último ruego: hagan ustedes el favor de ser felices.

     (Diario de Cádiz, 25 de agosto de 2011)

 

CHANQUETE HA VUELTO

CHANQUETE HA VUELTO

     El otro día, zapeando en familia, me reencontré, en un canal de esos raros, con  la pandilla de la que formé parte, a principio de los ochenta, en las horas muertas de la sobremesa. Tutelados por Julia, la pintora que llegó a Nerja con el lienzo de su vida hecho pedazos, y por Chanquete, el viejo marinero que tenía un barco varado entre judías verdes y tomates, compartí con Javi, Pancho y compañía los ritos sagrados de la adolescencia, en ese tiempo en que casi todos éramos jóvenes y el futuro venía cargado de promesas.

     Mientras veíamos uno de los episodios, nuestros hijos nos bombardearon a preguntas: ¿los niños no jugaban a la Play?, ¿no había Tuenti?, ¿nunca cenaban en McDonalds?, ¿cómo Chanquete, viviendo solo y siendo tan mayor, no tenía móvil? Les cuento que aquellos eran tiempos más duros, pero también más nuestros. El mismo año del estreno, 1981, pasaron muchas cosas. Un tipo patibulario, con bigote y tricornio, quiso que los veranos volvieran a ser grises; la Real Sociedad ganó la liga en el último suspiro; el Consejo de Ministros indultó a El Lute, el hombre que, junto a los hermanos Malasombra, me tuvo acojonado media infancia.

     Verano Azul estuvo a punto de rodarse en nuestra provincia, pues Mercero, ese mago que nos enseñó que la ternura también es una forma de rebeldía, prefería la arena más clara de esta zona al color grisáceo de la de las playas malagueñas. Sin embargo, los efectos nocivos que el levante podía ejercer sobre el sonido, hizo que la serie recalara en Nerja.

     Saco del baúl de mis recuerdos el listado de indignaciones de la época y les suelto que nosotros también cantamos el  “No nos moverán”, pero nos movieron, y nos robaron La Colorá (una cala en la que el sol se acostaba muy despacito), para hacer un puerto deportivo que iba a acabar para siempre con el paro en El Puerto.

     He perdido ya la cuenta de las veces que ha muerto y resucitado el bueno de Chanquete. La vida, les digo a mis hijos y al chaval que fui, está llena de resurrecciones inexplicables. Chanquete ha vuelto.

      (Diario de Cádiz, 11 de agosto de 2011)

 

CUERPOS

CUERPOS

     ¿Qué fue antes, el verano o el cuerpo? ¿Se inventó el verano para alegrarle la vista al cuerpo o fue el verano el que quiso darse un homenaje poblando de cuerpos semidesnudos  paseos, terrazas y playas?

     La aparente comunión entre esta estación loca y la funda de piel que nos envuelve tiene, creo, más inconvenientes que ventajas. Vale que las barbacoas engrasan el cuerpo por dentro, que los baños lo untan de sal por fuera, que las siestas lo mecen sumergiéndolo en un silencio antiguo, de infancia. Vale. Pero cuánta crueldad ejerce esta época del año sobre aquellos a los que la madrastra naturaleza, el paso inexorable del tiempo, o una vida consagrada a la Cruzcampo, les dejó el armazón hecho unos zorros.  

     Sí, es verdad, la belleza está en el interior, lo esencial es invisible a los ojos y todo eso, pero el alma, por mucho que se transustancie, signifique lo que signifique esa palabra tan rara, es una prenda de invierno. Porque en julio y agosto, no me digan que no, todo se confabula contra aquellos que tienen un adefesio de cuerpo y, como mucho, solo pueden aspirar a ser simpáticos, ese halago piadoso que desde el punto de vista estético ya sabemos lo que significa.

     No todo el mundo es rubia, o monitor de salsa, o surfista, o miembro del deseado cuerpo de bomberos, o uno de esos soufflés con piernas, carne de espejos, incapaces de imaginar que haya vida más allá del perímetro de sus bíceps. Tener una pila de años, ser  rehén de Dukan (ese torturador de paladares que dice que el jamón es malo), o tener también a pan y agua a la de Ubrique, dificulta bastante transitar con decoro por esta travesía del año.

     Se asoma uno a la playa algunas tardes, echa una visual a alguno de esos cuerpos que quitan el hipo, y se le cae el alma a los pies (a lo mejor en eso consiste, quién sabe, la transustanciación del cuerpo).

     No, no es justo que solo un minoría pueda disfrutar sin complejos del deseo, los paseos por la orilla, el baile y las terrazas, y el resto no tengamos cuerpo para nada.

     (Diario de Cádiz, 28 de julio de 2011)