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AQUELLOS VERANOS EN CREVILLET

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     El verano de 1975 fue el primero que pasamos en la casa nueva. Casi sin darme cuenta, dejé de ser un niño del centro, pegado con harina y agua a la falda de mi madre como un cromo al álbum de fútbol, y me convertí en un pequeño salvaje en las perdidas arboledas de Crevillet. De las dos habitaciones con servicio compartido del número 17 de la calle San Sebastián, nos fuimos a un piso entero para nosotros solos en la barriada Francisco Dueñas, Bloque 8, 3º B.  De un cierro de rejas a ras de suelo, a una ventana abierta al mar por la que se colaba el horizonte cada mañana. Del aroma a incienso de la Iglesia Mayor, al olor indómito a retama y salitre de las Dunas de San Antón. De la casapuerta nido en la que veía pasar la vida, a la plazoleta abierta a los peligros del mundo en la que era la vida  la que me veía pasar a mí. Aquel traslado fue, sobre todo, una  mudanza interior. En las radios George Dann nos animaba a bailar El Bimbó, que estaba causando sensación, y también sonaba Peret, que un año después de ir a Eurovisión seguía empeñado en que  cantáramos y fuéramos felices.

     Pronto comprobé que Crevillet era lo que el libro de Naturales definía como un ecosistema: “una unidad compuesta de organismos interdependientes que compartían un mismo hábitat”. Un pedazo de ecosistema, la verdad, pues de la plaza de toros para adelante todo era Crevillet, probablemente porque fue la primera barriada de la periferia sur, allá por los años 50. Aunque su verdadero nombre era Marina Española, cuyas calles aún conservan las rótulas de los barcos de guerra con los que combatió el ejército franquista durante la guerra civil. Así que Fermesa, San Francisco Javier, Estrella del Mar, Francisco Dueñas y la barriada de La Playa, entre otras, formaban parte de un biotipo en el que la fauna y la flora eran muy ricas a pesar de que sus nativos eran muy  pobres. En verano, la biodiversidad alcanzaba unos niveles de integración extraordinarios. La infatigable Lolilla, por ejemplo, estrenaba el día sacando a tomar el sol a miles de caracoles que vendía por las calles en un vaso de duralex siempre muy bien despachao. Los jóvenes más arriesgados formaban parte del ecosistema marino del Canal: cruzarlo sin titubear era una de esas pruebas de fuego que había que pasar para llegar a ser alguien en la pandilla. Pero el ejemplo más claro de mimetización en el ambiente era Antoñita la de las flores, la vendedora de iguales a la que, tal como su propio nombre indicaba, le prendió una mañana, una cuarta más arriba de roete, una selección de la vegetación más característica del entorno.

     También el ecosistema humano era un ejemplo de convivencia. Macario y Bruce Lee se hermanaron en el  Cine Playa, en aquellas dobles sesiones en las que el maestro de kung fu nunca se caía de la cartelera por muchos saltos que diera. Ardían los juanillos y las penas en las fiestas de San Juan en la genuina Crevillet.  A mediados de julio, los hijos pobres del mar nos recibían en su semana grande, que también encendía las noches de Los Marineros, y el día de la Virgen del Carmen la banda del músico que daba nombre a mi barrio  nos despertaba a las del alba con la marcha Reina del Mar. Eran las dos grandes citas festivas de la zona, cuando existían aquellas verbenas populares en las que todavía se estilaba esa cosa tan antigua de salir a la plaza juntos, de trabajar juntos, de sufrir juntos, de celebrar juntos.

     Como canta Sabina, aquellos veranos duraron lo que tardó en llegar el invierno. El invierno helado y tenebroso de la droga, que asoló la vida y la esperanza de tantas familias portuenses en los primeros 80. Satanás andaba suelto, y empezó a abrir franquicias, la más importante en mi barriada, que de pronto dejó de llamarse Francisco Dueñas y pasó a ser conocida como el Distrito 21. Los chavales caían como chinches de un caballo llamado muerte que Miguel Ríos recomendaba no montar, el torbellino del tiempo, del negocio y del poder, te empujan sobre unos cascos hechos de sangre y de hiel. Nos hicimos mayores viendo como muchos jóvenes se hicieron directamente viejos antes de convertirse en cadáveres andantes con los brazos taladrados a pinchazos y la mirada ya tomada por la muerte.

     Los que sobrevivimos supongo que hemos seguido cantando e intentado ser felices, tal como recomendaba el rey de la rumba en el verano de 1975. El primero que pasé en aquel pedazo de ecosistema con casi todo incluido que olía a retama y salitre. Si cierro los ojos, aún puedo ver aquella antigua luz reverberando sobre una pandilla de pequeños salvajes que corretean, libres y despreocupados, por las arboledas perdidas de Crevillet.

     (Diario de Cádiz, 11 agosto de 2013) 

SOLDADO VALEROSO DEL ARMA DE INGENIEROS

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     El niño que creyó que el Cangrejo Rojo era el apodo de algún militante comunista en la clandestinidad, el chaval que unos años más tarde correteaba por las arboledas perdidas de Crevillet, se ha hecho mayor. Bueno, más o menos. Ha estirado de largo y ha encogido de ancho, aunque sigue teniendo la cabeza llena de pajaritos, como las copas de los cientos de pinos que oxigenan las rutinas y los días de los pobladores de La Puntilla. Madura, con altibajos, adecuadamente. El bolero dirá lo que quiera, pero 20 años, y más si son los primeros veinte años en la vida de uno, ya es algo.

     En la primavera de 1984, el “Mendo” (diminutivo con el que el tal Mendoza es conocido en su barrio) es agraciado con un viaje a Palma de Mallorca con todos los gastos pagados, exactamente al Centro de Instrucción de Reclutas General Asencio. Aunque lo ha intentado, no le han dejado renunciar al premio. Ni es hijo de viuda pobre, ni tiene los pies planos, ni un hermano en la mili, ni es corto de vista (sólo cortito). Así que el 15 de abril parte con un petate en el que su madre le ha metido dos mudas limpias, algunos productos para el aseo personal y todas las latas de la sección de conservas del Eco del Puerto. En los bolsillos lleva la cartilla militar, dos mil pesetas y dos billetes. Uno de tren, que cubre la ruta Cádiz-Valencia, y otro de barco, de Valencia a Palma. 

     El primer trayecto se le hace interminable, pero la travesía por el Mediterráneo, que transcurre de noche en un ferry con discoteca, la disfruta como si fuera un pasajero de esos ricos de Vacaciones en el mar. El “Mendo” se despide a lo grande de su vida civil, hasta el punto que, entre cubatas de garrafón y melodías dulzonas, se le olvida a dónde va. Radio Futura le anticipa lo que le espera, pero él, absorto en darle marcha al espinazo, no capta la metáfora: Arde la calle al sol de Poniente, hay tribus ocultas cerca del río, esperando que caiga la noche, hace falta valor, hace falta valor... A su llegada a puerto, a primera hora de la mañana, la Policía Militar le refresca la memoria y le deja bien clara su nueva identidad. Es un pringao de mierda que ha perdido su condición humana, un guripa que se va a cagar por las patas abajo en cuanto llegue al campamento y al que se le va a hacer la mili muy muy larga. Hace falta valor.

     Tras dejarse las suelas de las botas, el ánimo y los porqués en el patio de instrucción, abandona la denostada condición de recluta y jura bandera. El “Mendo” es ahora el “Cádiz”, bulto (soldado novato recién llegado al cuartel) natural de una provincia en la que, según un brigada chusquero, sólo hay maricones. En Palma, sin embargo, como su propio nombre indica, no caben más machotes, dice ese presidente del club de fans de Millán Astray que prohíbe leer en el tiempo libre, pues es una cursilada que atenta contra la virilidad del semental patrio. Tampoco está bien visto llorar. Llorar es la mayor de las mariconadas, salvo ante la bandera, que es todo lo contrario. En qué quedamos.

     A pesar de la prohibición, el “Cádiz” derrama algunas lágrimas de alegría al conocer su nuevo su destino: cuartel de Ingenieros XIV, oficina de Auxiliaría (contabilidad), escribiente. Un escribiente maricón, lector y llorón pero con más suerte que un quebrao. Una prueba de mecanografía a última hora le ha librado de ingresar con la práctica totalidad de su reemplazo en el Regimiento de Infantería Palma 47, un destino terrible en el que la excelencia castrense se alcanza dando barrigazos y acumulando maniobras militares en la oscuridad.

    Con las gratificantes excepciones de algunos militares decentes, cultos y demócratas, la patria sigue siendo el último refugio de muchos canallas: órdenes absurdas, matonismo estrafalario, moral de rebaño, fascismo ambiental, gritos de borrachos en la noche… Pero es también un espacio de socialización en el que se aprende a convivir entre iguales muy desiguales (listos y torpes, ricos y pobres, generosos y egoístas), a sentir compasión por el más débil, a entender para siempre el significado exacto de la palabra amigo. 

     El soldado valeroso del arma de ingenieros (cantemos a la patria con recia fe y amor, etc.) pasa el verano entero en la capital de la isla de Mallorca, cuyas playas, a las que acude los fines de semana de libranza, son un Cangrejo Rojo interminable lleno de tentaciones incluso para los de Cádiz. Juega al fútbol en el C.D. Andraitx, donde gana un dinerillo extra y el cotizado privilegio de ser eximido de servicios los sábados y domingos. Es, a pesar de todo, más o menos feliz.

     El “Mendo” vuelve a El Puerto, con dos semanas de permiso, el 8 de septiembre, tras tres meses y medio desaparecido en combate. Le queda aún mucha mili. Pero, tras bajarse del tren, mientras camina despacio por la ciudad con la que ha soñado todas y cada una de las noches en las que estuvo ausente y que esa mañana le parece más bella que nunca, intuye que ha dado otro estirón, esta vez por dentro. Todavía, veinte años es algo pero no mucho, no alcanza a comprender su alcance.

     (Diario de Cádiz, 25 de agosto de 2013)



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