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Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2013.

EFECTO ALEJANDRO

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      (Para el tío Hugo, que hoy buscará el Diario y esta columna en algún kiosko de la Eternidad)   

     Cuenta Jorge Valdano que una vez le pidió consejo al entrenador Carlos Bilardo sobre cómo superar una depresión provocada por una lesión de la que no terminaba de recuperarse. “Dese una vuelta por un hospital y si no mejora haga una excursión al cementerio”, le espetó el mister sin apenas mirarlo.

     En las instalaciones de la piscina municipal se celebra este fin de semana el XIV Campeonato de Andalucía de Natación Paralímpica. Más de un centenar de participantes van a tomar las calles (de agua), en una de las más hermosas manifestaciones de rebeldía contra las apariencias que uno conoce (a día de hoy los que intentan joderles la vida recortando en dependencia no han regulado todavía multas que sancionen esa subversiva demostración de dignidad). Rebelde el invidente que no se resigna a ser engullido por la oscuridad. Rebelde la chica con brazos distintos que tira de casta para ayudarse en el braceo. Rebelde el joven con piernas invisibles que las bate con el alma. Rebelde la down que compite con un cromosoma de más y unos cuantos prejuicios de menos. Rebeldes con causa y con un par que se han prohibido a sí mismos decir no puedo.

     Si según el efecto mariposa el aleteo de ese bichito coqueto se puede sentir al otro lado del mundo, imagínense lo cerca que sentimos los incondicionales de mi sobrino Alejandro, que esta tarde debuta a las seis en la prueba de 400 libres masculino, las brazadas de nuestro héroe favorito. Sus hazañas vitales y deportivas han mejorado, y de qué manera, la salud de todos los miembros de su cada vez más numeroso club de fans. El efecto Alejandro protege nuestras defensas por dentro y por fuera mucho mejor que el Actimel.

     En estos tiempos de indolencia cobarde, ver a mi sobrino y a toda esa legión de titanes fieramente humanos lanzarse a la piscina confiando en sus propias fuerzas, suscita más admiración que piedad, más orgullo que conmiseración, más envidia que pena. Ese derroche de contagioso amor propio nos provoca a todos, de vez en cuando, una vergüenza igual de propia, que nos viene divinamente para limpiarnos de vanidades, gilipolleces y otras adherencias. Como terapia, no me digan que no, es más esperanzada que la que Bilardo recomendaba a Valdano.

     (Diario de Cádiz, 6 de diciembre de 2013)

LA CENA DE LA EMPRESA

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     Aquella cena se chamuscó mucho antes de entrar en los fogones. A priori, las previsiones de asistencia eran de lo más optimistas, pues se acababa de firmar el acuerdo de pesca con Galilea. Pero, como pasa siempre, al final la gente se fue borrando. Que si en La Sacristía se come fatal, que si a mí me gustan los gin tonics en vaso largo y no en cáliz, que si en el karaoke de enfrente sólo ponen canciones de misa… Acudieron trece trabajadores (encima trece). Ninguna mujer.

     El mal rollo ya se evidenció a la hora de tomar asiento. Nadie quería tener al lado a Juan, con una bien ganada fama de pelota; ni a Judas, un tío raro raro que daba besitos muy comprometedores. En lo único que se pusieron de acuerdo en toda la noche fue en colocarse del mismo lado de la mesa para que Leonardo da Vinci no tuviera problemas con el enfoque y le dieran el Pulitzer en el Renacimiento. Cuando llegó el primer plato, cordero lechal, Felipe comentó contrariado que si él había dicho que quería dorada a la espalda por qué tenía que comer cordero. “Porque así está escrito”, dijo Don Jesús, el jefe de personal, en una de esas contestaciones tan suyas. “Estará escrito ahora mismo -dijo Andrés-, porque en el tablón de anuncios ponía plato a elegir”.

     El vino, tan abundante como el pan (verás que al final morimos engollipados, sin conflicto y sin épica, y se malogra el best seller, se oyó por una punta), empezó a hacer efecto. Cuando Don Jesús tomó la palabra para hablar en nombre de la empresa de una nueva alianza, Pedro, uno de los más cañeros del comité, manifestó que si eso suponía una pérdida de derechos laborales, esa misma noche cerraban la lonja. La tensión se disparó cuando Judas miró a Don Jesús con cachondeito y  propuso lo del amigo invisible. Éste habló de deslealtades y traiciones. Hubo algunos que se comieron el postre en la barra porque decían que en la mesa nada más que había chivatos.

     Lo que vino después, ya lo saben: el “maestro, ¿seré yo?”, la mayoría cantando con la lengua pastosa el Vaporcito de Cafarnaúm, el simpa a la salida del restaurante, el movidón en el huerto… Con mujeres, el relato hubiera sido el mismo pero de otra manera. Se les fue de las manos aquella cena. Fue la última, claro.

     (Diario de Cádiz, 20 de diciembre de 2013) 

20/12/2013 07:40 pepemendoza #. LA CENA DE LA EMPRESA No hay comentarios. Comentar.


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