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Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2013.

LOS IGUALES PARA HOY

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     Leo que la ONCE ha cumplido setenta y cinco años, y de pronto, por la cara (por la cara amable de esa infancia que a veces nos envía postales sin fecha con la letra antigua de un cuaderno Rubio), yo descumplo cuarenta, cuarenta iguales para hoy, quién me compra otro cupón. Es verano (siempre es verano cuando se asoma uno por la ventana de la memoria a la calle de su niñez), la mañana recién estrenada, el trasiego de esas primeras horas en la que los mayores se preparan en silencio para las dignidades del trabajo. Los mismos sonidos, los mismos olores, las mismas rutinas que en los ojos de un crío son siempre distintas. Hombres en bicicleta salen para los tajos; mujeres de lutos limpios, algo menos rigurosos en esta época del año, hacen la casapuerta. Se oyen ya a lo lejos, como una letanía civil, los primeros pregones: ¡las cemitas calentitas!, ¡hay higos!, ¡niña, los caracoles!,…

     Y, por supuesto, los iguales, aquellos sellitos de color celeste con el número de  tres cifras impreso en rojo. Lo vendían los más pobres de entre los pobres, los inútiles, según la despiadada terminología de la época, nada que ver con el reconocimiento social y profesional del que hoy goza el vendedor. Recuerdo sobre todo a Tonino, la ilusión pero también la bronca de todos los días, el viejo de la boina y el bastón que me enseñó algunos insultos con los que me desahogaba cuando me tocaba quedarme y me zurraban en el salto y múa. “Yo también me cagaría en todo todos los días si cuidando las vacas me hubiera explotado una granada en las manos y me hubiera quedado tuerto y con un cacho brazo menos, que me lo ha contado mi padre”, le decía yo a cualquier amigo que osara quejarse del carácter avinagrado de Tonino.

     A veces, buscando desesperadamente en el periódico del día algo sobre lo que escribir, aparece escondida entre sus páginas una postal que nos remite la infancia. En la de hoy, hay hombres y mujeres entrañables y diferentes que forman parte del paisaje sentimental del centro de El Puerto. Con un viejo bastón por lazarillo pregonan para los demás la misma suerte que a ellos les dio la espalda en la caprichosa lotería de la vida: ¡Cuarenta iguales para hoy, quién me compra otro cupón!

     (Diario de Cádiz, 7 de junio de 2013) 

07/06/2013 07:42 pepemendoza #. LOS IGUALES PARA HOY No hay comentarios. Comentar.

EL TABERNERO FIEL

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     Sin casulla ni alba ni estola podría pasar por un dependiente de ultramarinos, o mejor, por un tabernero de esos de toda la vida que un día llega al barrio, alquila un pequeño local, monta un bar y enseguida se gana el respeto de la clientela. La bondad de un tabernero se refleja, claro que sí, en los productos que expende, pero también en el trato con la parroquia, y en ese sentido Paco es un currante que además de ofrecer un buen pan y un buen vino, permite, mientras baldea el serrín de su tienda y friega las copas vacías que se acumulan sobre el mostrador, la tertulia diaria y el cante los domingos. En realidad, este tabernero no ha hecho otra cosa en su vida que expender los productos más básicos a un buen precio, regalándolos casi. Y, sobre todo, atender pacientemente a sus vecinos y echarles un cable cuando vienen mal dadas.

     Podría pasar por un tabernero de los de toda la vida, pero Paco González es sacerdote, un sacerdote de esos  de los que desgraciadamente cada vez quedan menos en la viña del Señor. En su taberna, o en su parroquia, que viene a ser lo mismo, no ha parado de ayudar a los demás, recordándoles que tan importante como disfrutar de la cháchara y la cervecita después de dar de mano en el tajo, es hacerlo juntos. Que las tapas saben mejor compartidas. Que Dios es más creíble cuando le vemos ayudar en la cocina. Que el respeto de la clientela y de los fieles hay que ganárselo sirviendo, pues una iglesia que no sirve no sirve para nada.

     Se han cumplido 50 años de su ordenación y, lejos de aburguesarse, no ha traicionado a aquel joven  entusiasta que llegó hace más de cuarenta años de Ubrique. Con la camisa remangada y la libreta llena de nombres de vecinos que ya no están pero que le ayudaron a que en el bar hubiera siempre un buen ambiente, un ambiente en el que nadie es más ni menos que nadie, sigue baldeando el serrín y fregando las copas vacías que se acumulan sobre el mostrador.

     (Diario de Cádiz, 20 de junio de 2013) 

20/06/2013 18:23 pepemendoza #. EL TABERNERO FIEL No hay comentarios. Comentar.

¡HOUSTON, HOUSTON, TENEMOS A CRISTÓBAL!

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     Mañana es el día C, C de Cristóbal, de Cristóbal Nieto, de los Nieto de toda la vida. En apenas unas horas, este portuense de 19 años, estudiante de Ingeniería Aeroespacial, saltará en Ibiza desde una altura de 10 metros para conseguir una plaza de turista espacial. Elegido entre aspirantes reclutados en 60 países, nuestro paisano ha superado unas durísimas pruebas de selección. Hasta se ha tenido que confeccionar él mismo su propio traje de astronauta, como si fuera Manolo Sastre. Otra fortaleza: es colchonero, lo que certifica que además de inteligente el chico sabe sufrir.

     Me gustó que a  la rueda de prensa del otro día en el Ayuntamiento acudiera con su madre, sabia decisión que confirma que las neuronas del entorno también vuelan altas. No es bueno que un chaval tan joven esté en las nubes más tiempo del necesario, por muy fan de Buzz Lightyear que uno sea. Si se pierde la perspectiva, el alunizaje puede ser mortal. Los sabios consejos maternos, siempre imprescindibles si uno quiere andar por la vida con los pies en el suelo, son tan útiles aquí abajo como allá arriba: ponte una rebequita no vayas a coger frío en la estratosfera, cierra la puerta de la nave al salir, como te caigas vas a cobrar, etc.

     Su elección sería, sin duda, un pequeño paso para este hombre y un gran paso para nuestra ciudad. Sin contar a Eusebio Iñiguez, desde Juan de la Cosa no habíamos tenido un piloto tan importante. Sin contar a las cigüeñas de la Prioral, ningún portuense subió nunca tan alto. Aquí, la mayoría no hemos pasado de la calle Ganao arriba y de la noria en la feria. Creo que si nuestro vecino es finalmente el elegido, deberíamos aprovechar la collá y poner también El Puerto en órbita, que buena falta nos hace. Si los americanos clavaron su bandera en la luna, Cristóbal puede tender la verde y amarilla en una azotea de la Vía Láctea. Si ellos presumen del Apolo, nosotros no vamos a ser menos: no hay color entre las cápsulas enlatadas que engullían Amstrong y compañía en el suyo y el tortillón de patatas que ponen los Benítez en el nuestro.

     Necesitamos recuperar como pueblo la autoestima humilde y la ilusión trabajada que a Cristóbal le sobra. Suerte mañana, chaval.  

     (Diario de Cádiz, 21 de junio de 2013)

ECOS DE VECINDAD

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26/06/2013 07:43 pepemendoza #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

NI COMPLETAMENTE EN SERIO NI COMPLETAMENTE EN BROMA

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(Lo que dije ayer en la presentación de mi libro,  Ecos de Vecindad)    

     Buenas noches. Muchas gracias a Millán Alegre, Concejal de Cultura, por su presencia y por haber removido Roma, Santiago y La Arboleda Perdida, y haberse comprometido personalmente a abrir la Fundación para que el acto se esté celebrando aquí, en la casa de Rafael. A Eduardo, un editor honrado y generoso (parece una contradicción, un oxímoron, signifique lo que signifique oxímoron, pero no lo es), un tipo que cree que tan importante como la libertad de expresión es la libertad de impresión, un periodista de raza al que uno leía con gusto cuando escribía hace ya algunos años en El Mundo o en Interviu, revista en la que salía todas las semanas sin necesidad de enseñar las tetas. Gracias a Rafa, Director y Caballero, pero sobre todo amigo, a quien desde este momento hago responsable, después de su generosa presentación, tanto de la venta masiva de libros en cuanto cerremos el acto, como de la no menos masiva devolución mañana por la mañana, una vez que ustedes lo ojeen por encima esta noche. Tengo su dirección. Gracias a María Antonia, que viene en primera convocatoria también como amiga y en segunda como Concejala de Educación. Si con educación se va a cualquier sitio, con educación y con María Antonia se va, además, muy bien acompañado.

     Gracias a los compañeros de El Alambique, hermanos de sangre y de corazón que me van ayudar esta noche, leyendo alguna de las columnas que aparecen en el libro. Gracias a Fernando Santiago por regalarme el prólogo: nos une un sentimiento que no se puede explicar, pero no piensen ustedes mal que ambos estamos felizmente casados y no entre nosotros. Nos une  el sentimiento colchonero, qué manera de sufrir, qué manera de palmar, qué manera de vencer, qué manera de vivir. Gracias a Bernardette Ortolá, amiga y profesora de literatura que me ayudó a barrer un poco las hojas muertas que a veces se adhieren al estilo y a la puntuación como el musgo a la corteza. Gracias, por supuesto, a Irene, Alberto y Pablo. Y a Isabel, sobre todo a Isabel. Seguro que se me olvidan muchos nombres, pero conste en acta que, aunque de desagradecidos está el mundo lleno, yo no pertenezco a esa cofradía de estiraos, que uno le debe mucho a mucha gente. Tengo una memoria extraordinaria para lo bueno: jamás olvido a quien me hace un favor, a quien me quiere o a quien me quiso. Gracias, de corazón,  a todos los que habéis tenido el detalle de acompañarme en este día tan especial para mí y para los míos.

     Gracias y también perdón por el secuestro. La mayoría de vosotros está aquí, reconozcámoslo, porque habéis sufrido durante las últimas dos semanas un escrache, un escrache pacífico, pacífico pero, no me duelen prendas en reconocerlo, mu jartible. Por tierra, mar y Facebook  habéis aguantado con resignación franciscana la presión, esos encuentros de los últimos días, a simple vista fortuitos, pero que estaban  preparados a conciencia. Hagan memoria: vale, aquel primero en la calle Luna pudo ser pura casualidad. El segundo en la cola del Mercadona, de acuerdo, mera coincidencia. Pero el tercero, como dice el enemigo de James Bond, fue ya una acción hostil. Todos provocados, como diría Umbral, para hablar única y exclusivamente  de mi libro. Pido perdón, pero no lo vayáis a estropear al final.  Quedaos quietecitos en vuestros sitios y no intentéis escapar. No se ve, pero debajo de la mesa tengo un tirachinas, un tirao de horquilla de pino, gomas amarillas y zapateta de cuero. No le tocaré un pelo a nadie si nadie se mueve.

     ¿Por qué escribes? ¿Por qué escribes columnas? ¿Por qué escribes columnas tan a ras de Cádiz y de El Puerto?, son tres preguntas que a uno le hacen de vez en cuando. ¿Y por qué no escribir? ¿Y por qué escribir otros géneros, sin tener ni la más remota idea, cuando uno sólo es hombre de medio folio? ¿Y por qué escribir de otras partes cuando lo verdaderamente universal, como dice Fernando en el prólogo, sucede en el pueblo de uno?  Supongo que tiene mucho que ver que a mi casa vieja, al número 17 de la calle San Sebastián, llegaba a primera hora de la mañana, calentito, como las cemitas del Guarigua, el Diario de Cádiz.

     ¿Por qué no escribes sobre esto y sobre lo otro? ¿Y  por qué no escribes en serio, que ya vas teniendo una edad? ¿Y por qué no pegas un saltito definitivo del blanco y negro al tecnicolor, que diría mi amiga Oliva? ¿Y por qué no te atreves de una vez a llamarle al pan pan y al vino vino y te dejas de mariconadas, y criticas de verdad, con valentía y por derecho,  al PSOE, en lugar de meterte siempre con el PP (que se te ve el plumero de lejos), y criticas de verdad, con valentía y por derecho, al PP, en lugar de meterte siempre con el PSOE (que se te ve el plumero de lejos)? La gente es muy preguntona y muy joia, no me digan que no.

     Seamos sinceros: yo de la mayoría de las cosas no entenderé, pero de articulismo, menos. Puedo parecerlo, porque engaño mucho, pero no soy tan inteligente como para aportar cada quince días un argumento bien razonado, ni tengo cultura ni para dar ni para tomar ni para informar a lectores que en la mayoría de los casos saben más que yo. A mí las ideas y las ocurrencias me llegan con mucha dificultad y procuro administrarlas con moderación para que no se me gasten en el primer párrafo. Yo cada vez que termino una columna pienso que es la última, que nunca más podré llenar con un mínimo de decencia el medio folio, que la semana siguiente tendré que llamar al periódico e inventarme una excusa de peso, porque uno, eso sí, tiene su dignidad y su corazoncito: que he empezado una novela de mil y pico páginas que me ha encargado directamente Lara para Planeta y que me va a llevar mucho tiempo; que tengo tres ofertas, de El País, de El Mundo y de ABC que estoy estudiando y que necesito desconectar un tiempo antes de decidirme por uno de ellas; o, yo qué sé, que me ha llamado Alonso de Santos para que le haga de negro o Javier Ruibal para que le escriba cinco o seis canciones.

     El miedo al folio en blanco, a quedarse seco para siempre, no se va nunca. Mis opiniones, además, no son mejores que las de los demás, ni siquiera están mejor escritas. Yo soy, por encima de todo, un lector compulsivo de columnas, ese género que Umbral (otra vez Umbral, uno de los putos amos del columnismo), ese género, decía, que él bautizó como “el soneto del periodismo”. Parafraseando a Borges, que otros se jacten de las columnas que escribieron; yo estoy orgulloso de las que he leído, leo y seguiré leyendo. Un servidor puede hablar con algo de propiedad sobre convenios colectivos, los servicios mínimos en las huelgas o sobre la intermediación laboral, y de poco más. Escribo, simplemente, y sin más pretensiones, para que me lean, para que me lean hasta el final y no me dejen la columna a medias. Con eso me conformo. Reconozco eso sí, que leo tantas a la semana que hay veces que termino vomitándolas como si fuera un quinceañero un sábado por la noche. Yo soy, además, de digestión pesada. Qué misterio, por cierto, de toda la vida de Dios, ¿verdad?, el de la digestión.

     Hablaba antes del miedo ante el folio en blanco, pero acojona más todavía el miedo ante el folio mal escrito. Creo que es mucho peor. Hay días que uno  entrega el artículo con el puchero puesto, pidiendo perdón, lo siento, no volverá a ocurrir, es que he estado ayudando al niño con las matemáticas. Eso sí, como les digo una cosa les digo la otra: esa semana va uno casi escondiéndose por la calle, como si estuviera jugando al cruz, cruz por mí y por todos mis compañeros y por mí primero, y de pronto alguien te llama y te dice: genial, Pepe, genial, hacía tiempo que no leía una columna tuya tan bien escrita, tan cuidada en el fondo y en la forma, tan poética, tan divertida y la vez tan crítica con el actual estado de las cosas. No falla, eso es así. La gente es muy preguntona y muy puñetera en general, pero en particular, Fulanito, Menganita o Zutanito, uno a uno, suelen ser personas muy compasivas y empáticas. Luego resulta que al final, cuando tú ya has dicho gracias, muchas gracias, y te haces el interesante,  uno hace lo que  puede, etc., de pronto te sueltan: magnifico el artículo sobre Faelo Poullet. Y resulta que Fulanito, Menganita o Zutanito  se han confundido y al que  han leído es, efectivamente, a un tal Mendoza, pero su nombre de pila es Ángel, mi hermano Ángel, y uno se va de allí echando leches,  con la autoestima a la altura del parking de la Plaza Peral. Me alegro mucho por mi hermano, de verdad, pero Fulanito, Menganita o Zutanito no tienen nada ni de compasivos ni de empáticos. Unos siesos maníos, eso es lo que son Fulanito, Menganita y Zutanito. Los tres juntos y por separado.

     Como todo el mundo, yo empecé a escribir para bautizos, comuniones, bodas y extremas unciones. Colaboré con columnas habladas en M-80 y la Cadena Ser, y luego me dijeron que, como tenía poquita voz pero desagradable, mejor lo pusiera todo por escrito: en El Puerto Información y en Noticias Locales tuve mi primera parcelita y allí empecé a cultivar juegos de palabras, hipérboles y metáforas. Entre medio y entre medios, de vez en cuando mandaba alguna que otra carta al Director al Diario de Cádiz, unas cartas horrorosas, la verdad, en la que todo eran adjetivos engolados que se derretían por el camino del merengue que llevaban. Luego, una tribunilla libre por aquí, una colaboración  por allá… Hasta que cogí postura, me acurruqué en un rincón de la sección de Local y ya les dio pena echarme.

     Fue el sábado 8 de octubre de 2005, cuando aparecí por primera vez, ya de manera regular y como columnista de desconocido prestigio, en la ciudad de papel de El Puerto, de la mano de. Francisco Andrés Gallardo, y, posteriormente, de Teresa Almendros. Ambos me abrieron fraternalmente,  por quincenas, las puertas de su azotea en la calle Larga y me dieron 2.200 caracteres con vistas al Guadalete. El jueves 23 de octubre de 2008,  Rafa Navas me propuso adelantar mis ocurrencias a las primeras páginas. Le dije que no, pero el entendió que sí. Para convencerme de la necesidad del traslado, le faltó esgrimir que yo era como aquel personaje de Moliere que un día descubrió que llevaba toda la vida hablando en prosa sin saberlo, sólo que un servidor hablaba en columnas. Fueron, exactamente, 151 y 500 noches. En febrero de 2012 volví a hacer guardia en la garita de El Alambique, un lugar privilegiado con unas vistas impresionantes. Les aseguro que algunas mañanas limpias de verano, sólo hay que saber mirar, todavía se pueden ver las casetas rojas y blancas de La Puntilla, el bar La Burra, el futbolín de El Pato o la feria de Crevillet.

     En mi caso, escribir también ha mejorado, no saben ustedes cuánto, mi relación familiar. En casa, al principio, llegué a creerme un superdotado del columnismo, un Juan José Millás, un Ignacio Camacho, un Enric González. Mi mujer y mis hijos recortaban mis colaboraciones y la ponían en el frigorífico, la repartían por el instituto, hacían mesas redondas en la cocina para comentarlas… Eso sí, ojo al dato, siempre tomando la precaución de que yo les viera. No tardé mucho en pillarles y desengañarme: querían que escribiera todos los días y a todas las horas porque tanto ellos como los de Maphre se sienten más seguros cuando estoy delante del ordenador que cuando pinto una habitación, cambio una bombilla o intento arreglar un grifo. Me ven levantarme del portátil, se miran entre ellos temiéndose lo peor, y alguno dice "afínala más papá, échale un vistacillo a las comas, mira a ver si puedes eliminar algún gerundio". Tengo yo un amigo por el estilo al que en su casa, en defensa propia de la propia familia, valga la redundancia,  le escondieron el taladro hace treinta años y no ha vuelto a verlo.

     Escribe uno también  para llevarles la contraria a ellos, aunque a estas alturas de la historia hay veces que uno no sabe muy bien quiénes son ellos, ni  sabe muy bien cómo se les lleva la contraria. Creo que el recado de escribir implica ponerse del lado de los que sufren. Cantarle las cuarenta a los poderosos o a los asistentes de los poderosos,  más aún en este tiempo de canallas sin escrúpulos y de psicópatas sociales, es un deber moral. Les jode, doy fe de que les jode, sobre todo si uno utiliza el humor y la sátira y ven en una humilde esquina de papel de un periódico de provincias que un don nadie les dice que no valen nada, que como el rey del cuento van desnudos, desnudos de ropa y de vergüenza. Saldrán los palmeros a defender al artista; renovarán sus votos los estómagos agradecidos ante el cacique de turno dejando constancia de que mientras haya privilegios seguirán haciendo genuflexiones y babosearán como aquel personaje que interpretaba José Luis López Vázquez en Atraco a las tres,  “Fernando Galindo, un admirador, una amigo, un esclavo, un siervo”;  entrarán en tu blog y desde la cobardía que da el anonimato lanzarán unos cuantos escupitajos para intimidarte. Pero no importa, porque el columnista es socio desde hace siglos del Club de Fans de Don Francisco de Quevedo y Villegas: No he de callar por más que con el dedo, ya tocando la boca o ya la frente, silencio avises o amenaces miedo. El lema del periodismo debería ser mantenerse lo más alejado posible del poder. Y escribir a favor de los que no tienen ni más velas, ni más mejillas que poner. 

     En realidad, creo que también escribo porque rejuvenece mucho y te ahorras una pasta en cremas, colágenos, botox y todas esas porquerías con las que creemos neutralizar las ofensas del tiempo. Asomarse al espejo de la escritura y poder mirar cara a cara al crío que uno fue una vez, ese que esperaba como un perrito faldero que su padre soltara el periódico para leer a los maestros que me dieron de leer cuando no había libros en el mueble bar de mi casa, es un ejercicio de nostalgia pero también de gratitud a mis mayores. Mi padre está pero ya no está, pues se mudó hace más de seis años al olvido, y su mirada ya no se posa en el Diario que mi madre sigue comprándole cada semana con la esperanza de que  pueda reconocernos a mi hermano Ángel y a mí en las fotos, y pueda leer nuestras columnas, las mismas que ella anuncia orgullosa en el barrio, como anunciaba El Catalán los iguales para hoy en la calle San Sebastián y Lolilla los caracoles en el Distrito 21. Escribir, insisto, rejuvenece: se tenga la edad que se tenga, uno siempre vuelve de hacer la tarea de Lengua hecho un chaval.

     En fin,  por ir  terminando que  veo ya a mucha gente durmiendo, algunos incluso roncando, y el resto se querrá acostar. ¿Por qué Ecos de vecindad? Porque la mayoría de las columnas a mi me huelen y me saben a lagares perfumados, a pino y sal, a marisma y playa, a viviendas encaladas de bajas azoteas, y uno se puede ver, sólo hay que saber mirar y mirarse,  jugando con Paco y Fae en el corredor de este patio de vecinos de El Puerto que te lleva a cien palacios y a una calle de agua a la que llaman del olvido. Lo proclamó Kavafis: No hallarás otra tierra ni otro mar. La ciudad irá en ti siempre, pues es siempre la misma. No busques otra, no la hay. Conste donde tenga que constar que me lo paso bien escribiendo.

     Procuro ser fiel al primer mandamiento del maestro Manuel Alcántara: no aburrir ni a Dios, sobre todas las cosas. Sé que la mayoría de las veces no lo consigo, pero nadie puede quitarme la gloria del empeño. Escribo siempre con alegría, con la paciencia amable y atenta con la que labora el artesano. Intento, como los buenos toreros, arrimarme y exponer, dar consuelo al afligido y afligir al consolado. El columnismo no ha hecho sino confirmarme, a través de rostros y nombres, que la felicidad no necesita de la belleza tanto como la desventura. Y que los derrotados, vengan las crisis que vengan, seguirán siendo invencibles.Mi escaso talento literario procuro compensarlo con otros méritos de los que sí presumo con orgullo. Salvo 6 meses de parón obligado, en los que, por más que lo intenté, las musas me hicieron el mismo caso que Mourinho a Casillas, no he faltado nunca a la cita quincenal con los lectores. Jamás tuvieron que llamarme del periódico para reclamarme el artículo. Un artículo que, al menos para mí, fue siempre de primera necesidad. Espero que no me hayan tomado, ni me tomen nunca, ni completamente en serio ni completamente en broma. Y que hayan sabido disculpar mis acreditadas carencias en este difícil arte de poner bien puestas unas palabras detrás de otras. 

     Muchas gracias.

     Viernes, 28 de junio, Fundación Rafael Alberti (El Puerto de Santa María)

     P.D.: Mi agradecimiento a Teresa Almendros, Enrique Bartolomé, Manolo Morillo, Ángel Mendoza y Pablo González, que amenizaron e hicieron más digestiva esta exposición leyendo algunas de las columnas que aparecen en el libro.

    

29/06/2013 17:33 pepemendoza #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

EL ACTO DE PRESENTACIÓN DEL LIBRO

Por gentileza de los amigos de 11500 EL PUERTO (muchas gracias, Alfonso, a ti y a tu equipo), aquí está la grabación completa del acto de ayer.

http://2013.11500elpuerto.es/2013/06/29/ecos-de-vecindad-libro-presentado-por-pepe-mendoza-en-la-fundacion-rafael-alberti/

29/06/2013 23:00 pepemendoza #. PRESENTACIÓN DEL LIBRO "ECOS DE VECINDAD" No hay comentarios. Comentar.


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