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ULTRAMARINOS LA GIRALDA

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     Todos guardamos, en esa casa de vecinos que es la memoria, una vieja alacena repleta de olores y sabores antiguos. En cuanto el olfato o el paladar cazan al vuelo un aroma de otro tiempo, el cerebro nos lo devuelve en forma de recuerdo. Detrás de ese recuerdo, al fondo de esa evocación luminosa, hay siempre un almacén. El almacén de la esquina.

     El almacén de la esquina de El Puerto es, desde hace más de un siglo, La Giralda, nuestra más antigua tienda de proximidad. De proximidad sentimental. Situémonos en 1914, cuando el mundo se desangraba con la primera Gran Guerra. Un chaval, Antonio Ruiz González, “Tonino”, que había bajado de la montaña cántabra años antes y se había doctorado como chicuco y dependiente en tiendas de este pueblo bullicioso de marineros y arrumbadores, arrienda en la esquina de Luna con San Bartolomé dos habitaciones con vistas al porvenir. Y el porvenir fue generoso con él. Casi siempre los es con los que perseveran en sus afanes.

     Muchos años y muchos sueños después, a Tonino empezaron a fallarle las fuerzas. Ya en el invierno de su vida, un día salió para siempre de detrás del mostrador, se quitó el babero beis y se lo entregó a su hijo Pepín. Pasaron solsticios y equinoccios, más días persiguiéndose, y  Pepín, a los 76, hizo lo propio con sus hijos Alfonso y Angelita. Les legó lo mismo que él recibió: la misma pasión, el mismo trabajo bien hecho. Tal vez como homenaje íntimo a ellos Alfonso sigue llevando las cuentas a mano. Como su abuelo y su padre él tampoco entiende nada que no puede apuntarse en un papel de estraza.

     Se asoma uno a La Giralda y se reencuentra con un pasado ya lejano que rememora unos tiempos más duros pero también más nuestros. Y se ve en aquella tienda de la esquina de su calle esperando impaciente su turno, con la chivata en la mano y escuchando el palique sabio y elegante del dueño. Niño, te toca. Que dice mi madre que cuartoymita de chorizo, una tarrina de Tulicrem y una Casera de naranja. Y que se lo apunte.

     Entrar en La Giralda es volver al territorio cálido y sagrado de la infancia. En una esquina rota de ese paraíso perdido hay siempre un almacén en el que huele y sabe a gloria bendita.

     (Diario de Cádiz, 12 de febrero de 2016) 

     Nota a pie de mostrador: La foto es del blog Cosas de Comé.

NUESTRO AMIGO MARCO

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     El niño que vivía en un pueblo italiano, al pie de la montaña. El chiquillo que iba de Los Apeninos a Los Andes como si fuera del Distrito 21 a Fermesa. El hijo pequeño de Pietro y Anna, de los Rossi de toda la vida, acaba de cumplir 40. Su fotograma de nacimiento dice que es japonés, y que fue dado a luz el 4 de enero de 1976. Ciudadano del mundo y de las cordilleras, cruzó Los Pirineos para este lado un sábado de enero de 1977, a eso de las tres y pico, justo después de que Lalo Azcona recogiera los papeles del telediario.

     Yo entonces no lo sabía, pero los Rossi, como la mayoría de las que vivían en mi barrio, eran también una familia desestructurada. Un padre más flojo que un muelleguita, un hermano mayor que iba a lo suyo y una madre que un día se quitó de en medio. Y Marco, claro, que llevaba un zurrón en la cintura y un mono blanco en la cabeza. Nosotros también teníamos un mono en casa, pero era azul y de Osborne.

     Casi un año estuvo aquella familia dándonos las sobremesas de los sábados. 52 capítulos, 52, nos pasamos gritando como un conjuro no te vayas mamá, no te alejes de mí, todos buscando desesperados a la señora Anna, sin Paco Lobatón, sin móvil y sin Facebook. Un sinvivir. En cuanto acababa el episodio, mis amigos y yo bajábamos corriendo a la plazoleta para hacer terapia de grupo. “En el siguiente ya la encuentra, que lo ha visto mi hermana en el Teleprograma”, decía siempre el optimista de la pandilla para elevarnos la moral.

     Fue tal el estado de orfandad y de angustia que provocó en los niños la serie, que TVE comenzó a emitir los capítulos de dos en dos, para acabar cuanto antes con esa tristísima odisea y adelantar el feliz reencuentro de madre e hijo. Cada vez que la mía tardaba en volver de la plaza de abastos yo rezaba para mis adentros, Dios mío, Dios mío, sí se ha ido a la Argentina que sea al ultramarinos.

  Como entonces no había psicólogos ni pedagogos ni supernannys, nunca sabremos cómo nos afectó por dentro aquella pena tan grande. Igual tiene que ver con otras habitaciones oscuras de mi infancia, pero yo sigo poniéndome nervioso cuando me acerco a casa de mi madre y no está.

     El hijo pequeño de Pietro y Anna acaba de cumplir 40. Parece que fue ayer cuando se presentó aquel sábado en el salón de casa. Qué rápido pasan en la no ficción los capítulos del relato de la vida de uno.     

     (Diario de Cádiz, 26 de febrero de 2016)

26/02/2016 08:00 pepemendoza #. NUESTRO AMIGO MARCO No hay comentarios. Comentar.


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