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Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2020.

DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (I)

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DIA PRIMERO 

Como en casa en ningún sitio, como en casa en ningún sitio, repito incesantemente mientras voy de mi corazón a mis asuntos, del jabón a los pañuelos, de mi mujer a mis hijos. Los reúno en décima convocatoria y les informo que he asumido en el espacio Mendoza el liderazgo que me piden la Organización Mundial de la Salud, el presidente de mi país, el de mi comunidad autónoma, el alcalde de mi ciudad... Y, sobre todo, Fernando Simón, ese tipo que si mañana me dice que en vez de saludar con el codo ahora hay que saludar con el culo, allá que voy yo a celebrar la amistad como si estuviera bailando Los Pajaritos.

Como en casa en ningún sitio, como en casa en ningún sitio, ya me he enterado papá, me reprocha un tal Pablo, que por lo visto es mi hijo y sigue viviendo aquí (de lo segundo me acabo de enterar). Almorzamos juntos y comemos como si fuéramos la familia de ese señor mayor que ha pillado una modalidad del coronavirus de la que aún no hemos tenido tiempo de enterarnos bien: el corinna virus. El menú es de la Asociación Saharaui, cuya cena ha sido suspendida por razones obvias. Han llamado a los asistentes para que lo retiren y la comida no se eche a perder. Los venden por el irrisorio precio de ¡3 euros! Surtido de patés, semi-gazpacho de remolacha con ventresca de atún, vol-au-vent de puerros y champiñones con langostinos, lingote de ternera con cous cous especiado, strudel con frutos secos, crumble, perfect de plátano y caramelo salado. ¡3 euros, por el amor de Dios, de Alá y de Fernando Simón! Como sigamos comiendo así toda la cuarentena vamos a tener que pedir un préstamo a Cofidis para comprar papel higiénico.

En la sobremesa, mi hija Irene propone jugar al Monopoly, pero a mi me da cosa, aunque sea un juego, pasear por la calle de Alcalá con la falda almidoná y los nardos apoyaos en la cadera. Un juego sí que es, por lo visto, la recomendación de las autoridades sanitarias de no salir de Madrid para algunas familias de la capital a las que veo por la playa de Las Redes en pandilla, desafiando la cuarentena con premeditación y chulería. Los veo porque he salido a correr. Amado Fernando Simón: ¿correr se puede?

Como en casa en ningún sitio, como en casa en ningún sitio, ya nadie me escucha, pues cada uno anda encerrado en su cuarto con sus móviles y sus tablets, desafiando ya también desde el primer día el concepto de equipo y mi incuestionable autoridad de Pater Familias. Me siento triste y solo. Abandonado, como si fuera un manojo de brocoli en un stand de Carrefour.

Ya es de noche y me retiro a mis aposentos con el libro "Un antropólogo en Marte", de Oliver Sacks. Como antropólogos en Marte nos sentimos muchos en estos días, contemplando las actitudes incívicas de muchos de nuestros compatriotas, que confirman que el Apocalípsis, cuando venga, será una cosa muy tonta sin participación divina. Una cosa muy tonta provocada por millones de tontos.

Mañana sera otro día, el primer día en estado de alarma. Una buena noticia en este tiempo de clausura civil es que, probablemente, no sonarán en la radio los anuncios terroríficos de Securitas Direct, no me digan que no es maravilloso. Buenas noches, a todos, especialmente a Fernando Simón. Pepe Mendoza, un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo.

(13 de marzo)

DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (II)

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DÍA SEGUNDO

Ayer nos pasamos casi todo el día en el salón esperando a Pedro con nuestro mejor pijama. Que está al llegar, decían. Que ya pero todavía no. Que un poco de paciencia, por favor. ¡Pedrooooooo! Si le hubieran encargado la comparecencia a mi amigo Jesús Almendros, a las ocho de la mañana ya habríamos estado todos perfectamente informados, no solo sobre el estado de alarma, sino también sobre las mejores películas, obras de teatro y bandas sonoras con las que combatir esta inflación de tiempo libre.

El caso es que el informal de Pedro no llegaba. Yo me acordé de otros muchos incumplidores. Godot, por ejemplo, ese impresentable al que todavía están esperando los dos pobres desgraciados con los que quedó bajo un árbol hace una eternidad. También de aquel tipo que se fue un día de su casa y tuvo la mala suerte de encontrarse con Paco Lobatón en “Quién sabe dónde”. Cuando le preguntaron por qué después de más de quince años no había ni siquiera telefoneado nunca a su pobre madre para tranquilizarla, dijo que desde el mismo momento en que se fue pensó en llamarla, pero que un día con otro, un día con otro… Y, cómo no, pensé en Jesús de Nazaret, el rey del ya nos vemos si eso. Aun reconociendo que cuando vino vino de verdad, aseguró que regresaría en segunda convocatoria. “Vuelvo pronto”, escribió en el muro de Facebook de la Historia. 2020 años llevamos esperándolo. Ya le vale.

El caso es que desde que Pedro dijo que venía hasta que por fin vino, me dio tiempo hacer todo esto:

1.Comer otra vez a lo grande. Presa ibérica, no me digan que no es un acto de justicia poética la coincidencia entre el nombre del plato y la situación en la que nos encontramos.

2.Pegarme una siestón de los de pijama y orinal.

3.Leer la respuesta de mi amiga Mercedes Bravo, que sabe latín y griego, a mi pregunta sobre sí se puede salir a correr. Está totalmente prohibido, tomo nota. Correr en estos días es más de cobardes que nunca.

4.Ver como pude, porque se cortaba de vez en cuando, el concierto que Javier Ruibal nos regaló por las redes sociales desde su casa.

5.Encerrarme varias veces en el baño cada vez que intuía que mi mujer podía enarbolar su frase tipo en los tiempos de asueto: “podríamos aprovechar estos días para”. Tengo el estómago regular, puse como excusa, y luego ya dentro hacía ruidos extraños con la boca y tiraba de la cisterna compulsivamente. Las mujeres, sobre todo la mía, tienen siempre una faena en la cabeza.

6.Celebrar mi cumpleaños (gracias, muchas gracias). Nos pusimos de tarta hasta casi sufrir un ataque de hiperglucemia. Mis hijos me cantaron la nueva y desesperanzada versión del cumpleaños feliz: Cumpleaños feliz/cumpleaños feliz/a saber padre cuándo/nos permiten salir.

7.Escuchar como anunciaban que no habrá procesiones de Semana Santa. Igual Jesús este año, el primero en 21 siglos en el que no lo van a crucificar, se viene arriba (en este caso abajo) y regresa por fin, pero sin sermones ni multitudes. Ni milagros de los de tocar. Además, si no tiene perro no puede salir a anunciar la buena noticia. Creo que un equipo de psicólogos debería comunicarle también, poco a poco, que Pilatos ha pasado de villano a influencer, gracias a su experiencia en la destreza de lavarse bien las manos.

Eran más de las nueve de la noche cuando, con siete horas de retraso sobre el horario previsto, Pedro se plantó por fin en nuestro salón, igual pensando que le íbamos a decir que se quedara a cenar, con lo tiesa que está la cosa. El resumen de todo lo que dijo es que sigamos el ejemplo del probe Migue, ese español solitario y solidario que es feliz sin relacionarse con nadie. Un profeta que ya vio hace décadas lo que se nos venía encima y por eso hace mucho tiempo que no sale.

Antes de retirarnos a descansar, abrimos la ventana para aplaudir el patriotismo generoso e infatigable de los trabajadores de la sanidad pública. Benditos sean.

(14 de marzo)

DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (III)

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DÍA TERCERO

Ringo, rango, rango, ringo, qué rarito este domingo. Sin misas, sin vermús, sin fútbol, sin Fallas, sin toros, sin cine, sin visitas. Esto con Franco no pasaba. Con Franco el que mandaba en las calles y hacía y deshacía a su antojo era Fraga, no el virus este de mierda que os tiene acojonaos, españolitos cobardes, ¡cagoendiez!

Hacen falta hombres de una vez, que se vistan por los pies, que desafíen la moral del rebaño y le planten cara con un par a la pandemia. Hombres como Aznar, que se caga en el bichito, en la Organización Mundial de la Salud y en el Gobierno juntos, y viaja a Marbella en lugar de permanecer encerrado en su casa de Madrid, como obliga el Decreto que regula el estado de alarma y que cumplimos escrupulosamente la inmensa mayoría de los vecinos de este país. O como Pablo Iglesias, que rompió la cuarentena a la que estaba sometido después de que su pareja diera positivo y se coló en el Consejo de Ministros porque él lo vale. O como Torra y Urkullu, que se han indignado bastante porque quieren gestionar las crisis del corona virus con independencia. Es probable que el corona virus catalán y el corona virus vasco no sean españoles, que vengan de otra cepa y tengan un RH distinto. Todos los españoles somos iguales, pero algunos somos más iguales que otros.

Con estos bueyes aramos. Al contrario que para el Covid-19, para la estulticia y la soberbia andamos sobrados de vacunas. Volver a los clásicos, por ejemplo, es un antídoto estupendo que te reconcilia con lo mejor de nosotros. Mientras desayunamos, invocamos el testimonio luminoso y la memoria agradecida de Don Antonio Machado. El poeta que nos recuerda que nadie es más que nadie. El ciudadano que dejó escrito con la tinta indeleble de su compromiso cívico que en España lo mejor es el pueblo. Que siempre ha sido así. Que en los trances duros los señoritos invocan la patria y la venden. Que el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva. En España, decía, no hay modo de ser persona bien nacida sin amar al pueblo. Qué antiguo este hombre y qué actual a la vez. Aznar, Iglesias, Torra, Urkullu, señoritos cada uno a su manera, usando su privilegios cada uno a su manera, mientras sanitarios, taxistas, maestros, artistas, autónomos, funcionarios, periodistas, hosteleros, trabajadores de todas clases, en fin, se desviven por transformar estos días oscuros en luminosos, por demostrarnos con su ejemplo que saldremos de esta. Aislados pero juntos. Y que también hay vida y fiesta y humor en este tiempo en el que estamos obligados a ser solitarios solidarios.

El día transcurre entre lecturas, saqueos al frigorífico, sobredosis de informativos, risas, zafarrancho, memes, llamadas. Mis hijos me enseñan cómo hacer una video llamada por whatsapp en la que puedan participar hasta cuatro personas. Y la hago yo solito a la primera, sin tutoriales, sin meter en Google “cómo coño hacer una llamada colectiva por whatsapp”, sin maldecir a la tecnología puta, digo punta. Sin volver a contar por enésima vez, cual abuelo Cebolleta, la confianza que daban y lo formales que eran el teléfono de rueda colgado a la pared y la Olivetti 98.

A la hora de la cena, la radio y la televisión abandonan por un momento la información sobre el corona virus real para hablar sobre el Corona Virus Real (repárese en el poder de las mayúsculas). Nos cuentan que el Emérito ha dado positivo por petrodólares y que su hijo Felipe se aleja de él para evitar a toda costa el contagio. El Rey de ahora renuncia a la herencia del Rey de antes. Qué cosas. La herencia de Juan Carlos es, cada vez menos presuntamente, un pastizal que ha ido acumulando durante toda su vida, cotizando pluriempleado en España y en Arabia Saudí. Normal que le haya quedado la pensión máxima. De lo ingresos recibidos en aquel modélico país parece que su hijo también era beneficiario, pero un año después de conocer ese regalo envenenado le ha dicho al padre que no, que no quiere nada, que él puede ir tirando más o menos con su nómina.

Ringo, rango, rango, ringo, qué rarito este domingo. El periodista José Ribagorda, se emociona en el informativo de la noche de Tele 5 al comentar las muestras de solidaridad de todo un país, un país cojonudo lleno de patriotas de los de verdad. En España, ya lo dijo Don Antonio, lo mejor es el pueblo. Siempre ha sido así.

(15 de marzo)

DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (IV)

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DÍA CUARTO

No quiero yo restar ni un ápice de entusiasmo a todas las iniciativas que surgen a través de las redes sociales para mantenernos activos y animados. Para que no se nos ponga la cara de la vieja del visillo que se nos está poniendo. Pero las vacaciones, los asuntos propios, los fines de semana, la media hora del desayuno, etc., etc., hay que respetarlos, activistas sin corazón. Que parece esto un remake de El Grand Prix.

Qué estrés, por el amor de Dios. Ya no puedo más, ya no puedo más, siempre se repite la misma historia (muy bien cantado). Así que hoy no hago ná. Repito: hoy no hago ná de ná. Bueno, saldré a la ventana a aplaudir a los héroes con bata de la sanidad pública, pero ya está. Que parece que vivo en las páginas de 1984, en la novela de Orwell y en el año en que estuve en la mili, en los dos sitios a vez, "quinto levanta tira de la manta, quinto levanta te vamo a reventá”.

Tengo el móvil bloqueado de tantas convocatorias, con la oferta de actividades actualizada al minuto. Mi amiga Fátima me acaba de reenviar el programa semanal de excursiones a la ventana . Ayer, a las 20 horas, hubo homenaje al personal de las grandes superficies, peluqueros, médicos, personal de limpieza. Hoy, salida a los balcones con las linternas del móvil encendidas como homenaje a las víctimas del corona virus. El martes hay que cantar “Sobreviviré”, versión Mónica Naranjo, en pijama (eso dice exactamente: ¿alguien sale a estas cosas trajeado?). El miércoles nueva gira para entonar el cumpleaños feliz a todos los que cumplen en marzo solos y en cuarentena. El jueves, otra vez “Resistiré”, imagino que para pasar lista y restarle puntos en el examen de la academia a los que ya estén roncos. Todo ello para hacer esta cuarentena más divertida dentro de lo que cabe, dice al final la convocatoria. ¡Virgen del amor hermoso! Si vamos a morir todos, vamos a morir un poco más tranquilos y relajaditos.

Urge pensar ya en una cuarentena adicional para los jartibles que tienen tomadas las redes. ¿Algún informático de guardia que pueda asesorarnos sobre qué se puede hacer con estos talibanes de la ONG Hiperactivos Sin Fronteras Tecnológicas? Que alguien jaqueé, siquiera un par de días, Twitter, Facebook, Instagram y Whatsapp a la vez, por favor. Que nos dejen roncar a pierna suelta en el sofá, en bragas o en calzoncillos, como hemos hecho toda la vida de Dios. Un respeto para el nutrido colectivo de holgazanes, pánfilos y demás fauna más floja que un muelle de guita del que soy socio numerario desde chico.

Si no ponemos remedio, esto se nos va de las manos. De seguir en esta dinámica, pronto algún influencer de esos nos convocará para que hagamos el amor en el balcón como homenaje a los trabajadores del sector de los anticonceptivos que llevan siglos al pie del cañón, nunca mejor dicho, y nadie se acuerda de ellos. O para que cantemos vestidos de los payasos de la tele “Pepe trae la escoba”, en reconocimiento al gremio de los trabajadores de la limpieza o al de los feriantes del tren de los escobazos, yo que sé ya. Un día de estos, ojalá me equivoque, un iluminado de una de las cientos de sectas que cree que el fin del mundo ha llegado por fin, nos pedirá que nos asomemos al balcón cantando con La Guardia “Mil calles llegan hacia ti”. Y al final ya en plena apoteosis mística autodestructiva, nos exigirán que nos tiremos directamente al asfalto para así acabar lo antes posible con este sinvivir. Vamos a terminar todos estresaos y estrozaos. Qué barbaridad.

A partir de mañana, eso si es una buena noticia, han dado lluvia, un tiempo ideal para disfrutar sosegadamente en familia de los juegos de mesa. Una manera más íntima y descansada de pasar al tiempo sin sobresaltos. Yo mataría en estos momentos por la caja de los Juegos Reunidos Geyper, la de 55, que los Reyes, menudos clasistas, nunca me trajeron. Una vez me pusieron la de 10, y va que chuta. La abrías y solo traían el parchís, la oca, el tres en raya, unos palillos grises de plástico malo que precían pizarrines y unas ratas horrorosas del mismo color con los que no jugaba nadie. Y poco más. Tampoco me trajeron nunca ni el scalextric ni la bicicleta. Ya no los quiero, y ahora mismo menos, no me vaya a multar la policía local. Aunque pensándolo bien, la bici me vendría estupendente para acudir desde mi cuarto a las próximas convocatorias en la ventana. Cuando me recupere, claro.

(16 de marzo)

DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (V)

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DÍA QUINTO

Teatro, lo nuestro es puro teatro. Cada mañana de esta cuarentena que nos ha aislado pero que milagrosamente ha hecho que estemos más unidos que nunca, nos ponemos la nariz de payaso y salimos al escenario de las redes sociales en defensa propia, en defensa nuestra. Somos el circo de aquella infancia que alegraba siempre el corazón. Se canta, se aplaude y se celebra en ventanas y balcones cualquier cosa, con tal de mantener viva la esperanza, que es la vida misma defendiéndose del Covid-19, de los expedientes de regulación de empleo, del cinismo de algunos representantes públicos que no nos merecemos. A pesar de todo, seguimos vivos y actuando, lo cual es un éxito total. Somos como esos secundarios de oro del cine y el teatro español, imprescindibles para humanizar esta distopía futurista en la que las bolsas, los besos y las calles alcanzan mínimos históricos. No se qué pensarán vecinos y amigos teatreros de reconocido prestigio como Emilio Flor, Manolo Morillo, Antonio Ocaña, Montse Torrent, Juan García Larrondo o Paco Crespo, de todo esto. De la que probablemente sea la interpretación de nuestras vidas.

Mis rutinas siguen siendo, más o menos, las mismas. A mis ventanales voy, de mis ventanales vengo. Anoche me asusté mucho. Ustedes van a pensar que esto que voy a contarles es pura ficción, una argucia literaria para salvar esta croniquilla de hoy, pero juro por Dios que, además de no volver a pasar hambre (cuando anuncien el fin de la cuarentena tendremos que llamar a un albañil para que ensanche la puerta y poder salir), esto pasó y por eso lo cuento.

Eran exactamente las cuatro y diez, como en la canción de Aute pero Ante Meridiem, no Post Meridiem (signifiquen los que signifiquen estos latinazgos). Unos ruidos extraños me sacaron de los brazos amorosos de Morfeo. Llovía copiosamente. Todavía entre el sueño y la vigilia, me tranquilicé pensando que no podían ser ladrones, pues está prohibido salir de casa salvo para casos excepcionales. Robar, que yo sepa, por lo menos mientras estemos en cuarentena, no figura en la lista de actividades permitidas. Ni siquiera llevando un perro, salvo que te dediques a chorizar farolas. Me acerqué dando tumbos a la cocina, pues de allí provenían lo que ahora más que ruidos parecían quejíos. Cubrí el trayecto a oscuras, en camiseta interior, a pasito corto, dándome ánimos, como si fuera una costalero. Espíritus, me decía a la vez que apretaba para dentro los esfínteres, tampoco pueden ser, pues las almas en penas también deben permanecer recluidas. Pienso, qué tontería, que el niño del Sexto Sentido estará ya más tranquilo, pues ya hace casi una semana que no ve muertos.

Entro en la cocina y los que lloran a su manera son el frigorífico y el microondas. En mi casa es normal escucharlos a diario, seguro que en la suya también. Pero no sé, en estos días en los que la peste del siglo XXI cabalga a través de los países y de las paredes con la guadaña en guardia, a mí me asustan hasta los Telettubbies (esa doble t y esa doble b en el nombre tienen que significar algo siniestro). Pero no nos desviemos. Le puse la mano al frigorífico en el congelador y estaba ardiendo. Acudí inmediatamente después al microondas. Estaba frío como un cadáver. Qué raro era todo. No les he dicho que siempre he tenido muy buen rollo y una gran empatía con los electrodomésticos. Yo creo que ellos también tienen alma, corazón y vida. Bueno, en lugar de corazón, termostato, que es más o menos lo mismo. Y nos hablan, claro que nos hablan, desde una abismo blanco de kilovatios, destellos y fusibles. Mi interpretación sobre su extraño comportamiento la madrugada pasada es que también los cacharros se tienen que acostumbrar a tenernos todo el día en casa, pues elos también han perdido libertad e intimidad. Y ahora, además, están sobreexplotados.

Permanecí con ellos un rato, intentado anirmarles un poco. Les hablé de las nobles aspiraciones de la aspiradora, de la limpieza de miras del lavavajillas, de lo mucho que he aprendido de la Thermomix. Ir por la vida a velocidad cuchara ha rebajado bastante mis niveles de ansiedad. Me agradecieron sinceramente que tuviera a todos los miembros de su familia en tan alta consideración. No les dije, para no herirlos, que no a todos. La lavadora nunca me cayó bien. Desestructurar parejas de calcetines, con toda el sufrimiento que provoca, no es de buenas personas. Ni de buenos cacharros.

Ya no me acosté. Vi amanecer, que no es poco. Me asomé a la ventana y vi a la chica de ayer. Tan temprano ya había un ambientazo. La gente iba con el mismo pijama de estos días y con un impermeable para combatir la lluvia. Por razones de salud pública creo que deberían ampliar el Decreto del estado de alarma para que pudiéramos comprar pijamas nuevos. Coforme pasaban los minutos se fueron incorporando nuevos vecinos a la fiesta. No sé si los que cantaban eran animalistas sobrevenidos, dándole las gracias a Noé por haber salvado a una pareja de perros. O capillitas con el corazón contento corazón contento lleno de alegría rezándole a la Virgen de la Cueva para que siga lloviendo porque este año les da igual.

La lluvia, dijo Borges, es una cosa que sin duda sucede en el pasado. Otro tiempo vendrá, mejor que este presente.

(17 de marzo)

DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (VI)

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DÍA SEXTO

Fue motivo de regocijo y chanza en los comentarios en este muro la foto de la cocina conventual que ilustraba la crónica de ayer. Algunas Hermanas y Hermanos en la Fe, la Esperanza y la Paridad, mostraron su sorpresa porque un servidor merienda de vez en cuando Cola Cao y Nocilla. Soy primo lejano desde chiquitito del negrito del África tropical y sigo cantando desde los 70 su himno proletario, y degustando con entusiasmo el alimento de la juventud. En cuanto al compuesto de leche, cacao, avellanas y azúcar, he de decir, aún a riesgo de romper de palabra el voto de humildad, que a día de hoy continuo siendo un hombre fuerte, alegre y deportista. Es cierto que en mi más tierna infancia fui adicto al Tulicrem, una crema de cacao riquísima que a veces engullía a escondidas a cucharadas. Pecado de gula por el que siempre pedía perdón antes de dormir. Un día, de la noche a la merienda, el Tulicrem desapareció de los ultramarinos, como desaparecieron las máquinas de bolas de chicle atornilladas a la pared, los burros desfilando con cerones cargados de arena y los diteros.

No voy a dar el nombre de ningún hermano, pero en más de una ocasión este cuerpo serrano y marinero ha sido depositario de alguna que otra mirada concupiscente cuando salíamos a rezar maitines, laudes, prima, tercia, sexta, nona, vísperas y completas. Nos quejábamos entonces con la boca pequeña de la cantidad de veces que había que abandonar la celda. En estos días, curiosamente, salimos a la ventana cada diez minutos para solidarizarnos con los sanitarios, la patrulla policial, la patrulla canina, los vendedores de chandals, el Dúo Dinámico… Mucho me temo que algún que otro hermano de fe quebradiza cuando todo esto acabe abandonará el convento y se remangará los hábitos.

Ayer alguien colgó en el tablón de anuncios que mañana (hay que recordarles a los fieles que esta diario, como los periódicos, recoge lo sucedido el día anterior) nos han convocado a las 7 de la tarde para homenajear a todos los hijos de Dios bautizados con el casto y puro nombre de José. Para amenizar la fiesta, se cantará la canción de los payasos de la tele “Hola Don Pepito, hola Don José”. ¡Qué barbaridad! En cuanto termine de escribir esta crónica le pido permiso al Prior para utilizar el teléfono comunitario y llamo a la policía y denuncio a los organizadores del evento. No sé qué pensará el Padre Angulo, franciscano y jurista de reconocido prestigio que estará pasando la cuarentena subiéndose por las paredes y rezándole a San Mamés para que vuelvan a dar por la tele partidos de Athletic de Bilbao, aunque sean los de Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gainza. La letra de la canción de los payasos, pecadores ignorantes, habla de que Don Pepito y Don José se visitan mutuamente sin importarles un pimiento el coronavirus, con el agravante de que Don José está en contacto con la abuela de Don Pepito, o al revés, que ahora mismo no me acuerdo. Si esto no es violentar el estado de alarma, que vengan Dios y Fernando Simón y lo vean.

Hay canciones muy bonitas, con letras que invitan al recogimiento, la oración y a levantar la mirada al Cielo en lugar de llevarse todo el Santo Día con los ojos bajados y clavados en el móvil, por muy graciosos que sean los memes. Canciones con títulos que nos ayudan a estar a solas con Dios y con nosotros mismos, que es como tenemos que estar. “Solo”, de Chiquetete, “Sabor a mí” y "Reloj" de Los Panchos, “Soledad”, de Emilio José, “No resulta fácil”, de José Luis Perales, “El baúl de los recuerdos”, de Karina, o “Una estrella en mi jardín”, de Mari Trini (la va a tener que quitar ella sola, la pobre). Perdonadme pero aquí en el convento solo escucho música clásica sin letra y no estoy al día.

Vayan ustedes con Dios, pero no más lejos de la ventana. Amén.

(18 de marzo)

DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (VII)

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DÍA SÉPTIMO

Defender la alegría como una trinchera/defenderla del escándalo y la rutina/de la miseria y los miserables/de las ausencias transitorias y las definitivas/ nos aconseja estos días Mario Benedetti, un poeta que forma parte de mi educación sentimental y social desde que supe de su existencia, allá por 1984. En aquel año, ambos residíamos en Palma de Mallorca por razones distintas. Él, huyendo de la dictadura de su país, Uruguay, que duró desde 1973 a 1985. Yo, sirviendo a la patria en la todavía jovencísima democracia española. Lo conocí allí, pero a través de sus obras, y gracias a mi novia, que me enviaba paquetes todas las semanas con libros que sacaba de la biblioteca pública de El Puerto. El primero que me llegó, “La tregua”, es una de las historias de amor más hermosas que he leído nunca.

Años después supe por uno de sus cuentos que paseábamos algunas tardes en esas mismas fechas por el Paseo Borne, el lugar de esparcimiento al que los soldados de la isla acudíamos los días que no teníamos servicios ni guardias y podíamos salir a respirar el aire puro y civil de la libertad. Yo estaba convencido, o mejor deseaba estarlo, que alguna tarde de la primavera o el verano de aquel año habíamos cruzado nuestras miradas.

Un relato publicado años después me convenció de que, efectivamente, fuimos compañeros no solo de paseo, sino de café y de copas. Contaba Don Mario que escribía en el Café Manila, el mismo al que yo iba para que mi novia me llamara desde su trabajo al teléfono público de ese mismo Café, sin gastarnos un duro. Hasta que me descubrieron y me prohibieron la entrada. Alguno de esos días de aquel verano, quién sabe, él pudo estar terminando “Geografías” (1984), una compilación de cuentos y poemas. O tal vez empezando “Cuentos completos” (1986), mientras yo susurraba al otro lado del teléfono palabras de amor sencillas y tiernas.

Algunas noches, Benedetti me acompañaba escondido en el abrigo tres cuartos a la garita norte del cuartel de Ingenieros XIV. Allí, agazapados, con el cetme y el ardor guerrero arrestados por lo civil en un rincón, se fraguó, al socaire de un rumor de grillos, el comienzo de una bella amistad. Algunos de sus principios éticos y consejos forman parte de mi manera de estar en el mundo, de transitar por la vida. Que si el corazón se cansa de querer, para que sirve. Que los débiles de veras nunca se rinden. Que hay que vivir adrede.

La mili me confirmó lo que ya amigos mayores que yo ya me habían contado. Con las gratificantes excepciones de algunos militares decentes, cultos y demócratas, la patria seguía siendo el último refugio de muchos canallas: órdenes absurdas, matonismo estrafalario, moral de rebaño, fascismo ambiental, gritos de borrachos en la noche… Pero era también un espacio de socialización en el que se aprende a convivir entre iguales muy desiguales (listos y torpes, ricos y pobres, generosos y egoístas), a sentir compasión por el más débil, a entender para siempre el significado exacto de la palabra amigo. El poeta montevideano fue, de hecho, como ese amigo invisible que teníamos de pequeños, con el que conversaba mientras leía sus libros en la garita o en la litera de la Compañía.

Años más tarde, esta vez sí, el destino terminó cumpliendo bien su trabajo. Me enteré que regalaba una lectura de sus textos en el Castillo de San Marcos y allá que fui yo para contarle que teníamos un trocito de vida en común, enarbolando una frase de Julio Cortázar que me venía al pelo: “Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”. Llegué tempranísimo. Al entrar en el castillo, con el paso sin ajustar y la emoción descompensada, doblé una esquina y tropecé con él. “Lo siento amigo, esto más que un encuentro ha sido un encontronazo”, me dijo sonriendo mientras recomponía la figura. Yo quise igualmente disculparme y quise hablarle de aquellas noches insumisas de verano en la que bajo la única patria de las letras Martín Santomé y Laura Avellaneda, los protagonistas de su novela más famosa, me enseñaron que la ternura es la cara más hermosa de la rebeldía. Pero se me atascaron las palabras.

Aquel mito discretísimo me dejó mudo. Defender la alegría de las ausencias transitorias y las definitivas. Un ejército de compatriotas, cada uno como humildemente sabe y buenamente puede, lucha a destajo, sin tregua, desde hace una semana, para que las ausencias definitivas sean las menos posibles. Nos va la vida en ello.

(18 de marzo)

DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (VIII)

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DÍA OCTAVO

Ayer teníamos que haber presentado en la Fundación Rafael Alberti el libro “Del balón enamorado”, 20 relatos firmados por 20 aficionados a la literatura y al fútbol que es, como se sabe, para los adictos a esa pasión inútil, la cosa más importante de las cosas menos importantes de la vida. Pero el balón de la realidad se ha pinchado y todavía no podemos salir a arreglarlo o a comprar otro.

Yo había convocado para la ocasión a un tridente de gala, los periodistas Fernando Santiago, Carmen Morillo y Carlos Funcia. Y a otro periodista de reconocido prestigio, Rafa Navas, como árbitro de experiencia contrastada en la moderación. Mejor Navas Renedo, sin el nombre y con sus dos apellidos, como son conocidos de toda la vida los trencillas. Santiago, Morillo y Funcia, suenan a las defensas de tres que recitábamos de memoria cuando éramos niños. Melo, Ovejero y Calleja, la del Atleti. Cenitagoya, Díaz, Soriano, la del Cádiz. Salmerón, Pérez, García, la del Racing Portuense. Una defensa y un colegiado que juegan desde hace años en la Champion League del periodismo que baja la información y la opinión al pasto.

Como los relatos del libro, un partido de fútbol, en realidad, nada tiene que ver con ese juego en el que once jugadores se enfrentan a otros once, de un tiempo a esta parte taladrados a tatuajes y frases hechas, con un secador en una mano y un espejo en la otra. El fútbol, como todo buen aficionado sabe, no va de las andanzas, cada vez más anodinas, de un balón durante hora y media. El fútbol se remite a la infancia, a la felicidad, a las mañanas soleadas de los sábados, a las porterías de dos piedras, a los desafíos a Caseras… A todos esos cromos que guardamos en los álbumes íntimos que alimentan la memoria. De esa complicidad fraterna que solo surge en la niñez, cuando un equipo compartido es una de las primeras razones para entablar amistad con el niño de la banca de enfrente. Porque uno se enamora del fútbol en general, y de un equipo en particular, de la misma manera que se enamora de las cosas que quedan para siempre.

En mi caso, a mí me hipnotizó por primera vez una tarde de junio de 1970, viendo en la pantalla de un viejo televisor General Eléctrica Española a la selección del Brasil de Pele, Tostao y Rivelinho. A ese hermoso juego lleno de épica, leyenda y alegría, quería yo jugar el resto de mi vida. Y ser como Gárate, el elegante y exquisito delantero centro de mi equipo, el Atlético de Madrid. Un señor educadísimo que daba las buenas tardes a los defensas al entrar en el área y consolaba a los porteros mientras sus compañeros celebraban apiñados su fino instinto de caballero goleador. Si Albert Camus decía que todo lo que sabía sobre ética se lo debía al fútbol, yo le debo mucho a Don José Eulogio Gárate Ormaechea.

Empecé a practicarlo ya de una manera más organizada en los veranos de mediados de los 70. Cada tarde jugábamos la final de un Mundial, cada fin de semana teníamos un partido del siglo. Nosotros le llamábamos echar un desafío. Que los de la barriada La Playa quieren un desafío. Que uno de Fermesa ha venido hace un rato pidiendo un desafío. Que el portero de Crevillet dice que el desafío del otro día hay que repetirlo, que el gol de desempate fue alta. Aquellos sí que eran desafíos y no los de Jesús Calleja. Las primeras camisetas las compramos en Tejidos López y las sufragamos con una rifa clandestina. Eran celestes, como las del Celta. Para las calzonas y las medias había libertad de modelos y colores. La mayoría calzábamos unas Tórtolas indestructibles que sudaban más que nosotros y por la noche cantaban más que Arconada.

El caso es que ayer, por mor de este maldito virus que nos ha dejado sin partidos desde que asaltamos Anfield, no pudimos presentar el libro. Los beneficios que genere su venta irán a parar a la Fundación Centro Tierra de Todos, de Cádiz, entidad que nació con el objetivo de promocionar y lograr la integración social de los inmigrantes y de los jóvenes de los barrios trabajadores de la ciudad.

Mi relato se llama "Con el 13, Tonino". Su protagonista es aquel invidente que vendía iguales de la ONCE por El Puerto y que era la ilusión pero también la bronca de todos los días. “Tonino vendía cromos de mayores por las calles del barrio alto, los iguales para hoy. A los míos yo los llamaba “repes” o “lotengo” y los cambiaba en el recreo del colegio”.

Cuando acabe esta pesadilla volveremos a intentarlo, que nadie lo dude, ¡hombre por favor!, que somos del Atleti. Un servidor y esa defensa de tres estelar, Santiago, Morillo y Funcia. Bajo las órdenes del colegiado Navas Renedo, más madridista que Guruceta Muro, poniendo orden en la mesa.

(20 de marzo)

DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (IX)

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DÍA NOVENO

En el día de la poesía, probablemente el más duro desde que se decretó el estado de alarma, he decidido castigar al móvil sin salir unas horas. Sin salir de la mesita de noche. Por salud emocional, ahora que las defensas empiezan a pasar hasta del Actimel, necesito ignorar información, opiniones y mensajes que restan y dividen. Los que promocionan el enfrentamiento, la maledicencia, la desesperanza.

Las redes están llenas de resentidos sociales de todos los bandos que militan en el cuanto peor mejor si ello les sirve para reforzar sus tesis. Hay miles de profesionales dejándose la vida en hospitales, residencias de ancianos, centros de menores, etc., trabajando a destajo para poner diques a esta tragedia sin precedentes. Su ejemplo debería servir también para que el resto estemos a la altura de las circunstancias, ejerciendo un patriotismo sin trincheras. Ya tocará analizarlo todo cuando los sanitarios y los enfermos vuelvan a recuperar la salud física y mental perdida. Lo único que me parece urgente y necesario, cuando el coronavirus sea desarmado, es un Pacto de Estado para blindar la Sanidad y que no vuelva a haber recortes nunca más. Salir todos los días al balcón a dar las gracias a nuestros heroicos cuidadores y luego, cuando todo pase, volver a dejarlos tirados, que es dejarnos tirados a todos, sería de una ingratitud superlativa. Una traición a la patria. La primera gran manifestación multitudinaria del día después de esta guerra, la guerra de nuestra generación, debería ser esa.

Huyo, por tanto, del mundanal ruido mediático, como salta la poesía en estos días de los libros para anidar intramuros en las cocinas, los salones, las conversaciones en familia, las videollamadas, el teletrabajo, las clases telemáticas de los chavales… Está muy bien toda esa eclosión de actividades, iniciativas y memes en los que nos hemos visto enfrascados en los primeros días de confinamiento. Ha sido una explosión de creatividad que nos ha recordado algo que debería ser evidente también en los tiempos de bonanza: que el arte nos consuela, aunque sea, nunca mejor dicho, arte de andar por casa. Sucede, lamentablemente, lo hemos ido comprobando conforme pasaban los días, que esta carrera no es de velocidad sino de fondo.

Así que hoy me refugio en la obra de hombres y mujeres poetas que a lo largo de la historia convirtieron el dolor en una herida luminosa. Y la socializamos y compartimos porque la poesía no es de quien la escribe sino de quien la necesita.

- "El dolor es el huésped; la alegría, la casa", nos recuerda Claudio Rodríguez.

- "Solo en la ilusión de la libertad, la libertad existe", asegura nuestro vecino luso del bloque de arriba a la izquierda, según se mira desde el balcón de Cádiz, Fernando Pessoa.

- "Soy una abierta ventana que escucha por donde va tenebrosa la vida, pero hay un rayo de sol en la lucha, que siempre deja la sombra vencida", proclama Miguel Hernández, el poeta que no cesa.

-"Un mar, creedme, necesito un mar, un mar donde llorar a mares y que nadie lo note", suplica Francisca Aguirre.

La vida transcurría de forma más o menos apacible, éramos más o menos felices cada uno a su manera, y, de repente, el abismo. Te crees que tienes un montón de problemas pero de pronto viene uno de verdad y te das cuenta que no tenías ninguno. El infierno siempre empieza poco a poco, con unas pequeñas llamas que nadie se molesta en apagar, reflexiona en voz alta mi amiga Rosa Montero.

No nos queda otra que cumplir con lo que se nos exige y esperar. Hay muchas cosas que esperar ahora que ha llegado esto tan inesperado. Cosas y sensaciones que solo echamos de menos cuando no las tenemos. El olor a tierra mojada. El aroma penetrante del mar. Un rayo de sol blanqueando de color hueso la arena de la playa. Salir todos juntos del hogar y que la casa vuelva a convertirse en esa inmensa cámara de ecos en que se convierte las mañanas de los días laborables. Una cerveza bien conversada en una terraza.

Intento animarme, recordando también las pequeñas acciones que organizan algunos amigos cercanos que además de leer poemas hacen justicia poética con la solidaridad. En El Puerto se ha creado un grupo llamado Acción Ciudadana. Cocinan y reparten alimentos para las personas sin hogar. En una semana se han dado 320 comidas y cenas y se han entregado bolsas de alimentos y productos higiénicos a 37 familias. Nosotros colaboramos con algo de trabajo y una pequeña aportación. Yo esta mañana salí a primera hora a entregar 10 mascarillas que ha confeccionado Isabel cabalgando a lomos de una máquina de coser Sigma heredada de su abuela, que se conserva divinamente. Me refiero a la máquina. La abuela, en el recuerdo, también.

Antes de irme a la cama, el maestro Manuel Alcántara me regala un verso que bien podría ser el lema de ese día en el que, más temprano que tarde, volvamos a pisar las calles nuevamente:

Para encontrarme conmigo
vuelvo a salir a la calle,
calle del tiempo perdido.

(21 de marzo de 2020)

DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (X)

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DÍA DÉCIMO

Anoche bajé a sacar la basura. Si no tienes perro, sacar la basura es probablemente la tarea doméstica que más se ha revalorizado desde que estamos en cuarentena. Aunque nunca llega la sangre al jardín, en casa algunos días parece que se va a montar la que se monta al final de “Parásitos”. Poder abrir la puerta con la bolsa agarrada como el que agarra un rencor y deshacerse del resto de competidores es una odisea digna de Ulises. La bolsa, para quien se la trabaja. La bolsa es la vida. Cinco minutos de paseo (tenemos algo lejos los contenedores) son ahora mismo un regalo a la altura de los Sugus de la infancia, de que te dejaran pasar en la adolescencia toda la noche fuera el día del Nazareno o de aprobar el último examen de la UNED en la madurez.

No hace falta decir lo bien que me sentó la caminata. Vi cosas en el barrio que vosotros no creeríais. Un gato naranja mirándome como si yo fuera ET. Una fachada que no la pintan desde el Renacimiento. Una mujer o un hombre o las dos cosas a la vez fumando en su ventana. Una mierda de perro de un mierda de dueño. Vi también en una lejana calle de chinos de mi infancia a El Lute. Y al Arropiero. Y a los Hermanos Mala Sombra, que presumían de ser malos de verdad. El coronavirus sí que es malo, malo de verdad, es como una espina que solo sabe matar, y es más malo que la quina. Dónde va a parar.

Como tengo prohibido quejarme, cuando me da el bajón miro para abajo y veo la cantidad de compatriotas que lo están pasando muchísimo peor que yo. Con la vista a la altura del subsuelo reparé en el movimiento acompasado de mi brazo derecho y la bolsa negra con lazos naranjas del Bosque Verde. Me vine arriba y me puse a desfilar cual si fuera un soldado celebrando junto a otros miles de compañeros, entre multitudes enfervorizadas que aplaudían en las calles (¡en las calles!), el Primer Desfile de la Victoria sobre el Coronoavirus.

Luego, no me pregunten por qué, me acordé de Diógenes. Si viviera, lo estaría pasando muy mal sin poder recoger la basura para subirla a su casa. A su tinaja, mejor dicho, que era su residencia, como la del Chavo del Ocho. Caminaba por las calles con una lámpara encendida buscando hombres honestos. Si viviera, le escribiría diciéndole que vivo en un país hasta arriba de hombres y mujeres honestas. Según él, la virtud es el soberano bien. Si viviera, le diría también que vivo en un país lleno de virtuosos. Pregonaba una vida natural, sin lujos. Si viviera, lo contrataría como ponente para que diera charlas ahondando en esa idea que no conseguimos meternos en la cabeza ni en el corazón. Y hablaría con mi amigo Pepe Rodríguez para que me buscara en Osborne un tonel en condiciones desde el que impartiría sus conferencias por los barrios y, sobre todo, por las zonas residenciales. Las cosas más importantes de la vida, qué sabio el tío, no son cosas. Él lo sabe desde el Siglo IV a.C. (antes de Cristo). Nosotros desde la Semana I d.C. (después del Coronavirus).

Tras dejar la bolsa en el contenedor volví volando, pero sin entretenerme como hacía Camarón. Me sentí un Peter Pan ya maduro que sin embargo entiende cada vez menos el mundo de los adultos. En lugar de Campanilla iba acompañado por Custodio, mi Ángel de la Guarda, que el año que viene cumple 19 trienios conmigo. Él no es funcionario, trabaja en la seguridad privada, pero cuenta los años como yo, y sabe de vacaciones y asuntos propios más que Moscoso. En el contrato indefinido que firmamos en su día exigió, salvos en casos de fuerza mayor, los mismos permisos de los que disfruta su jefe. Tengo que hablar con él en la próxima revisión del convenio para que afloje un poco, que cada vez estoy más torpón y dejarme mucho tiempo solo es una temeridad.

Una noche de estas deberíamos también salir a la ventana a agradecerles a todos los Ángeles de la Guarda su dulce e imprescindible compañía. Se están dejando las alas por no desampararnos ni de noche ni de día, pues saben de sobra que nos perderíamos. No es casualidad que tal como está la cosa sigamos cantando y riéndonos, que soñemos con abrazos interminables en las calles, baños interminables en las playas y cervezas interminables en los bares (¡bares, qué lugares!), en lugar de con cosas muchísimo más desagradables.

Ya en la cama, pongo la radio y escuchando a algunos políticos me acuerdo de aquella escena de Los Hermanos Marx en la que Zepo le dice a Groucho:

-Papá, ha llegado el hombre de la basura

Y Groucho contesta:

-Dile que hoy no queremos, que ya tenemos suficiente.

(22 de marzo de 2020)

DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (XI)

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DÍA UNDÉCIMO

Soy un compulsivo lector de periódicos y un yonki de la radio. Desde que era un mocoso. Si cierro los ojos, el Google Map de la memoria me geolocaliza en el número 17 de la calle San Sebastián, una mañana de fin de semana, esperando ansioso a que me dejaran leer el Diario de Cádiz. El orden era la portada, los deportes y la página de El Puerto. Luego, conforme fui creciendo, empecé a aficionarme al columnismo y a leer a periodistas de la talla de Bartolomé Llompart, Luis Alberto Balbontín "Balpiña", Agustín Merello... Si se te escapaba alguna noticia podías buscarla, en segunda convocatoria, al día siguiente. Esta vez en una cueva paleolítica, con los pantalones por las rodillas, sentado en un púlpito blanco con un agujero en medio, bajo la luz mortecina de una triste bombilla de 60 vatios.

San Juan, que tenía una calle muy cerca de donde yo vivía, decía en sus cartas, que leíamos en los jesuitas: “Obrar y callar son cosas que recogen y dan fuerza al espíritu”. Leer en silencio y concentrado las noticias del día anterior era obrar. Ponerse a hacer el chorra balanceándote en el púlpito con riesgo de caerte dentro y no aprovechar ese tiempo íntimo y sagrado, era cagar. La mística y la escatología no están, aunque lo parezca, tan desconectadas. En cualquier caso, en ambos supuestos, ahí no había diferencias, salías con el culo manchado de tinta.

De la radio recuerdo los partes a las horas en punto. Se le llamaba parte en vez de informativo porque durante la guerra todas las emisoras de radio debían conectar con Radio Nacional de España para emitir los partes de guerra. Acabada esta, a los fascistas se les siguió llamando nacionales y los boletines de noticias se les siguió llamando "el parte".

La radio ha sido de toda la vida femenina. Lo de "niño pon el arradio" es un barbarismo machista. Mi padre, taurino y gallosista, escuchaba en verano por las noches a Don Puyazo. El periodista tenía un monosabio que se llamaba Perico y cabalgaba a “Veneno”, un caballo pecherón. Sus críticas eran pequeños sainetes. Suya es la frase “¡Vamos al toro!”, con la que empezaba el programa y que luego traspasó los muros de las plazas para instalarse en el lenguaje de la calle.

Pero la radio era sobre todo de las mujeres, que la escuchaban mientras cosían, charlaban entre ellas o hacían las mallas de Terry. La oferta era variada: novelas, anuncios, programas de discos dedicados o consejos sentimentales, que siempre recomendaban resignación, servicio y paciencia, ya sabe usted como son los hombres, mi querida Fermina. Yo recuerdo la sintonía de “Simplemente María”, donde, como su propio nombre indicaba, los capítulos eran de una simpleza emocional sobrecogedora. Dramas y desgarros amorosos todas las tardes, las vecinas moviendo la cabeza asintiendo, con un ojo mirándose entre ellas y con el otro fijo en la costura.

En uno de los programas estrellas de la radiodifusión española, una señora llamada Elena Francis contestaba las cartas que las mujeres le enviaban pidiéndole consejo para saber cómo actuar con el bestia de su marido. Sus oyentes estaban convencidas de que Elena Francis era de carne y hueso, pero no existía. Como tampoco existía el patrón de España, que montaba un caballo blanco sobre el que mi tío Manolo siempre me estaba preguntando por su color, igual pensaba que yo tenía problemas de visión. Tampoco entendí nunca muy bien porque el señor Santiago cerraba España todas las noches. Además, él personalmente, que era el Jefe de Todo, en lugar de un trabajador del muy noble y sacrificado cuerpo de serenos. En cualquier caso esa obsesión suya por chapar el país a diario me daba una gran tranquilidad. Porque para que entraran los ladrones a robarnos, primero tenían que abrir el portón de España, que debía ser tan grande como el que gestionaba San Pedro en el Cielo, y luego el de la puerta de mi casa. El sereno se podía despistar una vez, pero no dos.

Recuerdo también en estos días de clausura y dolor, la vida casera de entonces, nuestro doméstico estado de bienestar que ofrecía muy pocas prestaciones pero que a nosotros nos bastaban. Arropados ahora por los nuestros, la casa es un fortín desde cuyas ventanas intentamos vislumbrar cada mañana un halo de esperanza. Yo me quedo en casa. ¡Casa!, gritábamos de chicos en muchos juegos infantiles. Yo me quedo en casa. ¡Casa!, y al llegar a ella, una pared, una silla, un escalón, ahuyentabas el peligro. La casa, tu casa, te protegía, como nos protegían el médico del seguro, la maestra de la “miga”, el señor Santiago o el sereno de la esquina.

¡Casa, casa, casa!, grito como un conjuro mirando a la calle, pensando en los que no la tienen.

(23 de marzo)

DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (XII)

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DÍA DUODÉCIMO

En estos días hay en España dos tipos de personas. Las que no pisan su casa y se están dejando la vida en los hospitales, y las que no pisamos las calles y vemos cómodamente por televisión a los que se están dejando la vida en los hospitales. Ninguna de las situaciones es agradable, claro que no, pero hay una diferencia abismal entre el primero y el segundo grupo. La que va de la muerte a la vida. Por eso me parece indigno el gimoteo obsceno de esa legión de plañideras, ya entraditos en años, normalmente clase media alta, que se quejan por tierra, mar y Facebook de no poder salir de casa. Todavía es peor la chulería de todos esos listos que van más allá, inventando coartadas para quebrantar la cuarentena en gimnasios, bares y fiestas camufladas. De cárcel.

Yo habilitaría un pabellón y recrearía el Penal de El Puerto, pero el de la copla, aquel pudridero de hombres en el que los presos preferían estar muertos antes que verse allí para toda la vida. Eso sí que era un confinamiento de verdad. Una prisión que, como tantas otras en aquella España de la posguerra, no tenía nada que envidiarle a los centros de exterminio nazi durante la II Guerra Mundial. Según cuenta Manuel Martínez Cordero en su libro “El Penal de El Puerto de Santa María. 1886-1981”, el número desproporcionado de presos hacía que el ambiente en los dormitorios fuera irrespirable. A esto había que añadir la gran cantidad de chinches, piojos y moscas que convivían con los reclusos en el contexto de una suciedad extraordinaria. Recoge también Martínez Cordero el testimonio sobrecogedor de un recluso en el que hace referencia al hambre: “El terrible fantasma había ya proyectado su siniestra sombra en el Penal de El Puerto”.

Así que haga el favor toda esa caterva de Mártires de Interiores (la situación de las personas mayores es otra cosa) de dar gracias a diario por tener una familia, una casa y una nevera más o menos surtida. Como penitencia y perdón de ese pecado de egoísmo (no hay más pecados que ese), en una de las visitas festivas a la ventana en el día de hoy podemos hacer tres genuflexiones civiles. Una al Cielo raso, cada uno conforme a sus creencias. Otra a los súperheróes Los Increíbles de la Sanidad. Y una última a la familia desestructurada más grande del mundo, la de los Nadies, los hijos de nadie, los dueños de nada, que no tienen ni familia ni casa ni nevera. Y ya de paso, le ponemos algo de poesía al acto de contrición y leemos algún pasaje antes de acostarnos de cualquiera de los libros del Evangelio de Eduardo Galeano. “El libro de los abrazos”, por ejemplo, ahora que tanta falta nos hacen. Los abrazos y él.

Pero vamos a terminar con un poco de humor, que me ha salido un crónica un pelín encrespada. El humor, esa modalidad traviesa del amor, que en estos días tan tristes hace que nos estemos riendo más que nunca gracias a esta descacharrante orgía de creatividad que ha tomado las redes. Hagamos el humor hasta llegar a la risa, tan imprescindible en estos momentos, en este tiempo hostil tan propicio a la desesperación. La risa, que es el orgasmo del alma, según el gaditano Edmundo de Ory.

Yo ayer casi tuve uno cuando vi a Mágico González recomendándonos en un vídeo que permanezcamos en casa. Él, ¡Mágico González!, que cuando jugaba al fútbol se llevó casi toda su vida profesional en busca y captura. Él, que cuando fichó por el Valladolid la directiva le puso un mayordomo para que lo atara en corto, sin éxito. Ni un funcionario de prisiones lo hubiera conseguido. No veía nada igual desde que Maradona y Julio Alberto participaron en aquel partido contra la droga a finales de los ochenta. El argentino llegó a rodar incluso un anuncio en el que pedía a los jóvenes que evitarán caer en la tentación. En cualquier caso se agradece el detalle del mito cadista. Un saludo allá donde esté, quién sabe dónde.

P.D.: Ante la escasez de efectivos y para reestablecer el ánimo alicaído de la tropa, alguien ha tenido la genial idea de llamar al reservista Gila, aquel soldado raso que se mofaba de la guerra, y ponerle un texto digno de sus famosos monólogos:

- ¿Es el coronavirus?
- Que se ponga
- Que digo yo que por qué no te quedas tú en casa y salimos nosotros.

(24 de marzo)

DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (XIII)

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DÍA DECIMOTERCERO

Decíamos ayer que el confinamiento en casa es una situación más o menos soportable. Ser rehén del coronavirus es peor. Y entrar en el convento de clausura de la Eternidad convertido en polvo, aunque sea enamorado... mejor ni pensarlo. Así que fe en nuestros profesionales, esperanza en que la situación revierta y caridad con la pareja, los hijos y lo vecinos ruidosos. Al final todo va a salir bien, y si no sale bien es que todavía no hemos llegado a la última página de esta epopeya colectiva. Un poco de paciencia que el libro es de los gordos. Aunque sea como aquel creyente que imploraba a Dios, preso de la desesperación: ¡Señor, dame paciencia, pero yaaaaa!

Leamos a Pascal, por ejemplo, un señor listísimo que fue matemático, físico, teólogo, filósofo y escritor. Decía que todas las desgracias del hombre se derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en una habitación. Eso decía. ¿La limpiaba también sentado? ¿Cambiaba la ropa de cama igualmente apalancado? ¿Qué hacía cuándo le tocaba pintar el techo? Qué pocos bares debió visitar el Paski (así le llamarían los de su peña si la hubiera tenido). Y ferias. Y conciertos en Tierra, Mar y Vino. Pero que fuera un muermazo exagerado no justifica que le hagamos una enmienda a la totalidad de su argumento. Sienta bien de vez en cuando hacerle sangre al sofá del salón. Aunque yo nunca lo consigo. Cuando empiezo a coger postura, terminan la lavadora o el lavavajillas. No falla.

El Paki acierta en lo esencial. Si queremos sumergirnos en el mar abisal de nuestro propio Ser y decirle dos o tres cosas bien dichas a la cara, lo mejor es estar cómodo y los dos solos. Mi Propio Ser y Yo. Sin postureo en Facebook, sin colgar fotos del encuentro íntimo con textos empalagosos: “Aquí, disfrutando del dominguito con la persona que más quiero en el mundo”. Sin hacer maratones por el salón vestidos como si estuviéramos corriendo la de Nueva York. Sin llamar cada dos por tres a la familia por video conferencia (algunos, en la primera conexión, han tenido que presentarse porque no se conocían). Sin movidas en la ventana. Por cierto, igual es cosa mía pero las primeras kedadas en los balcones eran más alternativas, más indies. Ahora son más comerciales.

Para recordar otros confinamientos que muchos hemos vivido a lo largo de nuestras vidas, aquí os dejo algunos que, más o menos, y con las consiguientes adaptaciones personales, probablemente nos marcaron para siempre.

- Salir de vacaciones a las cuatro de la tarde un día de agosto, hace 40 años y hace 40 grados a la sombra, en un Seat 850, sin aire acondicionado, mientras suena una y otra vez, vuelta y vuelta, una cinta de El Príncipe Gitano. O de Perlita de Huelva. O de Los Amaya.

- Hacer guardias en un pino de las Dunas de San Antón, dentro de una cabaña de autoconstrucción comunitaria hecha con plásticos, palos y retamas, para evitar que los de la barriada de al lado nos la destrozaran.

- Ir de ejercicios espirituales, que el cura te mandara dos horas a reflexionar a tu habitación sobre el Primer Mandamiento y terminar amándote a ti mismo pecando contra el Sexto.

- Perderse en la playa y llegar llorando a la caseta de información de la mano pegajosa de Nivea de una señora gorda con una pasada como la de Sandokan. Y escuchar, llorando más todavía: “En la caseta de información se encuentra un niño que se ha perdido, viste un bañador amarillo con pececitos azules y dice llamarse Pepito. Rogamos a sus familiares que pasen a recogerlo”. Y que por allí no pase ni Dios.

- Comprar dos entradas en el Teatro Principal sin mirar a la cara al taquillero, para ver con un amigo “Enmmanuelle II: La antivirgen”. Entrar tarde, con los cuellos de la cazadora alzados, temiendo encontrarte con el de la tienda de ultramarinos de la esquina, el ditero o alguno de tus tíos más salidos. Buscar un palco vacío. Y después de verla, media hora más tarde de que terminen los títulos de crédito, hacer tiempo hasta que salga todo el mundo, incluidos los acomodadores, todos los maromos de Emmanuelle y la mismísima Antivirgen.

- Las permanencias. Una hora supletoria en la escuela, de 5 a 6, que yo no necesitaba, pero mi madre por lo visto sí. Y soportar haciéndote burlas a los que se iban, la mayoría asomándose por las ventanas desde fuera, enseñándote el balón o las canicas con las que iban a jugar allí mismo. Y tú en tu banca con el síndrome de Calimero, pegando palillos de dientes con pegamento Imedio en una triste cartulina negra.

Ninguno de los de mi quinta que protestan por la cuarentena se acuerdan de esos malos ratos en los que fuimos rehenes de los mayores sin derecho a protestar.

En estos días, por lo visto, gente de toda la vida de Dios más floja que Pascal quiere ser ahora Kung Fú. O El Lute.

(25 de marzo)

DIARIO DE UN CARTUJO COQUINERO EN LUCHA CONTRA EL CORONAVIRUS (XIV)

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DÍA DECIMOCUARTO

 

ACCIÓN DE GRACIAS

Benditas sean las almas generosas
sin corona ni el virus de la queja,
los ojos que iluminan las baldosas,
las manos que saludan entre rejas.

Bendito sean los héroes de la bata,
las modistas que reparten mascarillas,
los payasos, los memes, las sonatas,
las cajeras con sonrisa de nocilla.

Bendito el vis a vis de las pantallas,
los poetas de babucha y ripio amable,
las sirenas varadas en las playas.

Bendito el porvenir de puerta abierta,
la tarde luminosa, saludable,
los abrazos a la ida y a la vuelta.

Terminan aquí las croniquillas que he ido colgando en Facebook durante los primeros catorce días de la primera cuarentena. Las justas, bajo mi punto de vista, para ni cansar ni desbarrar más de la cuenta. Esta aventura fue un reto que nació cinco minutos después de que el gobierno anunciara el estado de alarma. Un esfuerzo que me llevó tiempo y desvelos. Lo pasé bien y mal. Fuí, como ustedes, de la risa a la lágrima sin solución de continuidad, preso de este sinvivir en el que todos estamos inmersos. Cada artículo tiene una intrahistoria y un estado de ánimo cambiante que difiere, no ya de día a día, sino de párrafo a párrafo. Ni un stand entero de Actimel es capaz de proteger estos días nuestras maltrechas defensas emocionales.

He querido acabar con un soneto. Otro reto. No seáis muy críticos. Como Cervantes, “a diario trabajo y me desvelo por parecer que tengo de poeta la gracia que no quiso darme el cielo”. Seguiré por aquí colgando cosas, pero ya sin un formato ni una periodicidad fija.

Nos vemos, ojalá que pronto, por las calles, por los bares, por las bibliotecas, por los actos culturales, para abrazarnos y besarnos como si no hubiera mañana. Porque esa es una de las muchas cosas que deberíamos haber aprendido: que el presente es la única eternidad garantizada. Gracias por vuestra atención y vuestros comentarios. Haced el favor de cuidaros.

(26 de marzo de 2020)



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