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Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2006.

LA COMIDA DE LA EMPRESA

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     Tengo una amiga que trabaja en el departamento de recursos humanos de una multinacional. Cada diciembre le toca organizar la comida de Navidad de la empresa, ese desparrame anual en el que, a media tarde, hasta Herodes es un tío cojonudo.

     Les adelanto, para que no se hagan ilusiones, que este año no habrá comida y que mi amiga está de baja por depresión. Los problemas empezaron cuando un  trabajador judío denunció a la empresa, ante la Inspección de Trabajo, por antisemitismo. El pueblo elegido, ya saben, no celebra la Navidad cristiana, sino el Hanukah. La Inspección falló a su favor: además de prohibir los villancicos, obligó a la Dirección a cambiar la denominación de comida de Navidad por la de "fiesta de las vacaciones de diciembre".

     Resuelto ese problema, vinieron otros. Así, un oficinista que milita en Alcohólicos Anónimos, solicitó la instalación de una mesa en la que no se bebiera. Mi amiga se negó, argumentando que por la misma razón habría que colocar a los diabéticos lejos de los dulces, a las embarazadas cerca de los lavabos y a los rocieros encima de las carretas.

     Luego se lió cuando desde el departamento de personal se recomendó un tope de 6 euros para el regalo del amigo invisible. Los del comité de empresa, en reunión extraordinaria, consideraron que esa cantidad era excesiva para los miserables sueldos que percibe la famélica legión. El personal directivo, por el contrario, tachó la cantidad como ridícula. Una mierda con la que no encuentras nada en un sex shop, dijeron.

     Los futboleros, tampoco ayudaron mucho. Después del 1-4 de Chapín, los aficionados jerecistas pusieron como condición para asistir que se prohibiera en el karaoke el pasodoble de Manolo Santander. Los cadistas, como contraprestación, vetaron las canciones de Bertín Osborne.

     Pero el golpe de muerte a la comida lo dio una corriente interna del sindicato mayoritario que se autodenomina Homosexuales Verdes. Llamaron la noche anterior al festejo protestando por el lugar elegido, un asador que, según palabras de su líder, "es cómplice del exterminio intolerable de reses inocentes". A mi amiga, compréndanla, le dio un ataque de incorrección política y, perdiendo los nervios y el espíritu navideño, les tachó de talibanes de los nabos y los pepinos.

     La han denunciado en el juzgado por homofobia. Qué raro es todo.   

(Columna publicada en Diario de Cádiz el 9-12-2006)

           

CLÁSICOS POPULARES

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     Cuenta la leyenda que ya estaban en el lugar de los hechos cuando Alfonso X conquistó la ciudad a los vecinos del norte del Magreb (entonces, los moros). Que  vaticinaron que Santa María del Puerto terminaría siendo un hospital. Fuentes bien informadas se atreven incluso a afirmar que, en el repartimiento de tierras, alguno advirtió, al mismísimo Rey, de los problemas que en un futuro podrían traer las EMAs no consolidadas. Los investigadores más atrevidos defienden hipótesis difícilmente creíbles. Valga como ejemplo este adefesio histórico: la Carta Puebla fue entregada a nuestros protagonistas tras derrotar las tropas cristianas al último Morillo, de nombre Manolo, justo enfrente de la papelería Cortés, en plena calle Luna. Amanece sobre El Puerto y que salga el sol apostólico y romano  por donde quiera, dicen que fueron las últimas palabras del Morillo Manolo.

     Ustedes se estarán preguntando, con razón, quienes son "ellos", "nuestros protagonistas". Me refiero a una cuadrilla de periodistas iletrados, fácilmente sobornables, que ejercían el oficio de contar lo que pasaba en las calles portuenses a cambio de un cigarrito del carrillo Severo, una chiquita en La Burra, un café en Los Pepes, o, simplemente, la voluntad. Siempre al filo de la noticia y las aceras, es verdad que difundían rumores que rara vez se confirmaban. Que, como la mayoría de los políticos locales, hablaban un idioma ininteligible. Que sus ademanes tan poco versallescos y el empeño obsesivo por ajustar el paso a los demás, invitaban casi siempre a guardar las distancias. Pero eran los reporteros más dicharacheros del barrio viejo, y transitaban por las calles como una chirigota de desheredados, como personajes en busca de un autor que encontraron en el maestro Muñoz Cuenca su glosador más agradecido. 

     Hablo del Tonino, la ilusión pero también la bronca de todos los días, terror de electricistas y albañiles, trabajadores que se encomendaban a la Virgen de los Milagros cuando, desde las alturas, sentían que la escalera empezaba a bailar al ritmo del bastón de esa lengua viperina tan poco dotada para la diplomacia.

     Habló del Chamaco, que tenía la voz de la niña del exorcista, bebedor insaciable, mitad marinero en tierra, mitad pirata berberisco, con camarote permanente en la antigua lonja, donde dormía rodeado de gaviotas y de gatos.

     O del Baba, discípulo aventajado de Kung Fú, que soportaba estoicamente callos y durezas, con tal de no someter a sus pies a esa cárcel angustiosa que son los zapatos. Su andar, deslavazado y torpe, no le impedía transitar cómodamente por la vida, y él era feliz palpando el suelo sin intermediarios.

     Recuerdo también a la Tía Tula, la mejor degustadora de caldos de la tierra. A La India, siempre dispuesta al combate dialéctico, con aquel viejo bastón pintado con los colores de la bandera española. Al Guarigua y a sus "cemitas" que sabían a gloria. A Romualdo, piropeador incansable de vecinas de todas las edades.

     Quedan muchos periodistas populares perdidos por las calles del centro de mi infancia. Seres entrañables, libres, marginales, que yo observaba con temor y extrañeza cuando aparecían, entre el regocijo general, por cualquier esquina.

     Han pasado 725 años, los siglos se nos han ido volando, las calles ya no son de chinos y ya no hay cartas pueblas, sino emails y planetas virtuales (por cierto, Sr. Gago ¿qué hay de su fichaje por el Real Madrid?). La familia Medinacelli terminó echa un Cristo. Colón, el hombre blanco, anunciando detergentes. Juan de la Cosa montó un bareto en su propia calle, en el que, dicen, se conspira a jornada completa.  Entre los 100.000 hijos de San Luis Gonzaga hubo un poeta-profeta que ya habló de arboledas perdidas (el Peral de Isaac, por ejemplo, lo talaron una noche mientras Clavero daba clases). Los del Carmen dejaron las sevillanas y fundaron La Borriquita. Manolete, disfrazado de Adrián Brody, toreó por fin en El Puerto. El Lute estudió Derecho, que es muy bueno para la espalda. Los marineros están todos en tierra. Franco montó una inmobiliaria y un hogar en Caldevilla. Los Sanluqueños siguen haciendo dulces y, ahora, casas muy baratas. El Nuevo Portuense, además de jugar bien al fútbol, pone unas tapas para chuparse los dedos. El Formidable cambió las banderillas por las confecciones. Tenemos mucho teatro pero nos achicharraron el Principal. Las Memorias del Adriano hablan de un barquito que no es competitivo, como si fuera el coche de Fernando Alonso. La Navidad con Amor sobrevive gracias a unos Reyes Magos que descubrimos que no eran los padres, sino Pepe Cerrato.

     El pasado, como ven, no se ha ido. Ni tan siquiera está pasado. Y nuestros protagonistas, sólo hay que saber mirar, siguen deambulando, -un cigarrito, una chiquita, un café, la voluntad-, por las calles de siempre. Al menos, eso cuenta la leyenda.

(Artículo leído en la Cátedra Alfonso X El Sabio de El Puerto de Santa María, el 15-12-2006)           

                       

             

 

           

14/12/2006 22:14 pepemendoza #. CLÁSICOS POPULARES No hay comentarios. Comentar.

ES LO QUE TOCA

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     Nos daba en la nariz que este año iba a ser, porque el número era una preciosidad. Habíamos soñado muchas veces que periodistas y banqueros se apostaban en nuestra casa, como en los programas esos del corazón, esperando que saliéramos a la calle detrás de unas cuantas botellas de cava. Que, por fin, el tantas veces ensayado corte de mangas al imbécil del jefe, iba a proyectarse más allá del espejo de nuestro cuarto de baño. Pero nada, ni la pedrea. De nuevo el manido recurso a la salud, a lo bueno que estamos y  al buen tipo que tenemos. Otra vez a contemplar en la tele, muertos de envidia, los rostros exultantes de los afortunados; el orgullo humilde de los loteros que han llenado de prosperidad el porvenir de sus convecinos. Y para nosotros, agua y ajo. Otra vez. Es lo que toca.

      La lotería, ustedes ya lo saben, es de derechas. A los ricos (y a algunos políticos) les suele tocar mucho. Las matemáticas, como el algodón, no engañan: la gente de dinero compra muchos más billetes y, en consecuencia, tienen muchas más posibilidades de ver sus décimos premiados. Los pobres, por el contrario, llevan el mal fario pegado a los talones, y cuando salen en los periódicos, es para amargarnos la blanca Navidad. Ahí tienen, por ejemplo, esos belenes vivientes que nadie visita: los 1.821 hogares portuenses que, según la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía, han sido agraciados en la rueda del infortunio con el estigma de la exclusión social. Y  los que no somos ni pobres ni ricos, sino todo lo contrario, a rezarle a la Virgen, como el jorobado.

     La vida es una tómbola, ton ton tómbola, pero la luz y el color con que queramos pintarla va a depender mucho más del esfuerzo personal que de los caprichos arbitrarios de la suerte. Ya sé que esta clase de lirismos no se llevan, que corren malos tiempos para apelar a los valores en un mundo en el que el único desprendimiento importante es el de retina. Mas el amor al trabajo bien hecho, reírse de uno mismo, defender un derecho o situarse del lado de los decentes, son regalos que no salen de ningún bombo, pero encandilan, y de qué forma, el corazón humano.

     Si ayer pillaron algo y les sirve para tapar socavones, mi más sincera enhorabuena. Y si no, felices fiestas y a seguir disfrutando de esa mala salud de hierro. Desengañémonos de una vez: sólo la voluntad y la belleza de espíritu reparten premios cuantiosos todos los días.

     (Artículo publicado en Diario de Cádiz el 23-12-2006)

 

22/12/2006 19:37 pepemendoza #. ES LO QUE TOCA Hay 2 comentarios.


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