Facebook Twitter Google +1     Admin

Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2010.

UNA CUESTIÓN DE ORDEN

20100114074945-4parados-1-.jpg

    Dice Juan José Millás en su último libro que los objetos nos llaman. No tengo la más mínima duda: si eres blando de tímpanos, es fácil percibir a diario sus voces metálicas, sus quejidos de convalecientes. Ya conté aquí que alguna vez, en el silencio de la noche, he oído al frigorífico delirar de fiebre y al microondas tiritar de frío. Sólo hace falta un poco de empatía.

     Hay personas, sin embargo, que tienen serios problemas de comunicación con los seres mal llamados inanimados. Mis hijos, por ejemplo. El otro día, en la comida, se desnucó una cuchara al caer de la mesa y ninguno de los tres se agachó a prestarle el auxilio debido. Cuando llegamos su madre y yo a media tarde, el pobre cubierto aún estaba en el suelo retorciéndose de dolor. Eso por no hablar de sus pésimas relaciones con la ropa sucia: no es que no la miren, es que no la ven. Hay familias, usted lo sabe, que se han roto por un quita de ahí esos calzoncillos.

     Qué importante es respetar el espacio vital de los objetos,  ser conscientes de las innumerables ventajas que proporciona en la vida cotidiana el orden natural que pregonaban los presocráticos. Si en casa tenemos el Exín Castillos, qué necesidad hay de construir torreones en el cuarto de baño con los canutos de papel higiénico. Si la toalla nació con vocación de toalla, a qué viene travestirla de alfombra. Tiene razón Millás: los objetos nos llaman.  Hay veces que nos llaman de todo.

     Y si eso sucede en la casa de uno, imagínese qué no pasará en la aldea global, en donde es la propia vida humana la que está al retortero. Nos dijeron que la crisis iba a poner las cosas en su sitio y lo que ha hecho es desubicar aún más a sus poseedores. Este Diario informaba el otro día que en el triángulo de las Bermudas de la estadística, esa ciencia que miente con extraordinaria precisión, 40.000 parados de la provincia habían desaparecido de repente por no estar donde tienen que estar, esto es, en los tajos, en las oficinas, en las fábricas.

     Un poco de orden, por favor.

     (Columna publicada en Diario de Cádiz el 14-01-2010)

 

MIGUEL

20100128081733-004d6ctgp1-1.jpg

     En Orihuela, su pueblo y el nuestro, han comenzado las celebraciones del centenario del nacimiento de Miguel Hernández. Entre las actividades programadas figura el envío a la luna de su libro "Perito en lunas", una iniciativa que a uno le parece demasiado esnob para homenajear a un cabrero que apacentaba palabras y utopías tan a ras de tierra. Que el poeta manchado de naranjas, tal como le retrató Neruda, se definiera a si mismo como lunicultor, no creo que justifique tan estrafalario disparate, por mucho que la empresa con la que se ha contratado el viaje haya declarado estar encantada de incluir a Miguel en su próxima misión espacial. Ya puestos, y por seguir con el concurso de ocurrencias, se me ocurre que podíamos subir "El rayo que no cesa"  al video marcador del estadio de Vallecas.

     La mejor forma de honrar al zagal de alma gigantesca que nunca renegó de sus orígenes ("soy pastor desde niño, es un oficio de dioses paganos y héroes bíblicos", le contó a Juan Ramón Jiménez), es asomarnos a la hondura de sus versos, en los que resuena, orgullosa, la voz antigua de la tierra. Y no olvidar nunca la tragedia que le arrancó la vida a la  temprana edad de 31 años, en aquella represión cruel que llevaron a cabo los que ganaron la guerra, sedienta de venganza y cadáveres, que le reventó los pulmones, anegados por la tisis, en la cárcel de Alicante.

     Ese es, creo, el más bello recordatorio que se le puede hacer a uno de nuestros mejores poetas, al hijo de la luz y de la sombra que estuvo hasta el final donde tenía que estar, en el bando de los perdedores de la Historia, el único en el que se alistan, desde el inicio de los tiempos, los que sangran, luchan y perviven por la libertad.

     Mandar a la luna los poemas de Miguel, alejarlos de los vientos del pueblo, de los aceituneros altivos y de los niños yunteros, es una frivolidad que probablemente no haga daño a nadie, pero es también un síntoma más de una sociedad enferma de infantilismo, incapaz de acercarse, con profundidad, al legado moral de sus profetas.

     (Columna publicada en Diario de Cádiz el 28-01-2010)

 

27/01/2010 22:30 pepemendoza #. MIGUEL Hay 1 comentario.


Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris
1959909