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SESIÓN INFANTIL

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"Hagas lo que hagas ámalo, como amabas la cabina del Paradiso cuando eras niño." (Cinema Paradiso)

Nadie ha vuelto a verlos por allí. Pero algunos vecinos del Barrio Alto cuentan que en las inmediaciones de lo que un día fueron el cine Moderno, el cine Victoria o el Teatro Principal, aquellos altares civiles de la infancia, algunas tardes de domingo se oye un rumor de memorias, un ruido de escenas. Son, aseguran, los espíritus que aún permanecen deambulando por las esquinas del tiempo, en los lugares comunes del recuerdo en los que un día forjamos sueños, pasiones, amores y esperanzas. Como los fantasmas del Roxy de Joan Manuel Serrat, no descansan en paz.

Dicen que de vez en cuando se oye también una algarabía de chiquillos impacientes que hacen cola en el carrillo de Severo o de Adela para cargar sus bolsillos de atramuces, alcatufas y citratos. Y que, ya dentro, ruge el león de la Metro y rugen los cientos de cachorros que esperan ansiosos que de la pared grande salga una buena historia en la que ganen los buenos por goleada.

Cuesta creerlo, lo sé. Pero qué queréis que os diga: yo nunca he estado curado de asombro. Tendríamos que pasarnos por allí una tarde de estas a curiosear un poco. A lo mejor, quién sabe, nos cruzamos con un señor de bigotillo ridículo, sombrero raído y acento mejicano con el que volvemos a troncharnos de risa. O con una bella heroína romántica que nos vuelve a jurar por Dios que nunca más volverá a pasar hambre. O, yo qué sé, con un tiarrón musculoso la mar de mono, taparrabos en la entrepierna, que nos vuelve a contagiar su pasión por los infinitivos.

Igual nos reconocemos en alguno de aquellos fantasmas bajitos y revoltosos vestidos de domingo, en un tiempo ya eterno en el que con tan poco fuimos tan felices.

05/10/2019 16:59 pepemendoza #. SESIÓN INFANTIL No hay comentarios. Comentar.

EL ABUELO HIPERACTIVO

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Aquel abuelo de todos era de fidelidades y costumbres fijas. Su familia, sus oraciones, su cacería, su pesca… A sus nietos nos visitaba todos los domingos en el cine, sin faltar ni uno, antes de que empezara la sesión infantil. En cuanto se apagaba la luz sonaba una fanfarria ardorosa y él aparecía siempre muy tieso para contarnos sus batallitas y advertirnos de los peligros del mundo. La de cosas que le había dado tiempo hacer de un domingo para otro. Aunque ya tenía una edad, no paraba quieto. Eso era un abuelo en condiciones y no el de Heidi, que era más flojo que un muelle de guita.

Era un tipo excelente. Qué digo excelente: Excelentísimo. Con mayúsculas, que era todavía más. El Excelentísimo acude a misa con su señora, narraba en el NODO Matías Prats, aquella voz legendaria por la que veíamos los partidos en la radio. Y todos los curas lo esperaban fuera de la iglesia con un toldo con palos, debajo del cual se metían aunque no lloviera. El Excelentísimo visita una obra y se protege la cabeza con un casco como el del Capitán Tan. El Excelentísimo inaugura otro pantano. El Excelentísimo preside un desfile militar. El Excelentísimo contempla cómo unas muchachas tiran unos aros para arriba, se dan una vuelta y los cogen sin que se caigan al suelo.

El Excelentísimo en el fútbol, regalando una copa que era suya, casi siempre al Athletic de Bilbao. El Excelentísimo recibiendo en su casa a un montón de gente importante con la mesa hasta arriba de papeles. Cuando las visitas eras muchas y no cabían en su despacho, se asomaba al balcón y desde abajo todos coreaban muchas veces su apellido. Él decía españoles, movía la mano derecha y se iba corriendo a otra alta responsabilidad. ¡Qué estrés, por Dios y por España!

Algunos niños decían que tenía el culo blanco porque su mujer se lo lavaba con Ariel, que era un detergente buenísimo pero que en casa solo se usaba para la ropa. Y que Barbate y un montón de pueblos más de toda España eran suyos enteritos. Y que su hija no pagaba ni en los carrillos ni en los cacharros de la feria porque para eso las pesetas y los duros llevaban tatuadas la cabeza cortada de su padre por la gracia de Dios.

Un día la espichó y mucha gente fue al entierro y lloró con el corazón encogido, como lloramos nosotros en el Teatro Principal cuando la espichó la madre de Bamby. Un señor mayor vestido de negro con orejas de soplillo y el puchero puesto salió por la tele diciendo que el abuelo acababa de llegar al Cielo. Yo también me puse triste. Pero no mucho, la verdad, porque ese día no hubo colegio.

Conforme fui creciendo me fui enterando de que aquel abuelo bajito y de voz aflautada hizo muchas más cosas que no nos contaron las tardes de los domingos de la infancia. De esas batallitas siniestras el NODO nunca nos dijo nada. Qué tramposo. Menos mal que al final, a María, María, se vieron sus tranfullerías.



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